Marruecos: política incorrecta

por Ángel Pérez, 6 de mayo de 2005

La decisión de vender carros de combate, aunque sean relativamente anticuados, a Marruecos constituye una prueba más de lo que puede denominarse en la política hacia nuestro vecino del sur una vuelta al pasado.

Los gobiernos del PSOE han entendido tradicionalmente la cooperación con el reino vecino en términos confusos, mezcla de contención y apaciguamiento, pero siempre a costa de intereses inmediatos o mediatos de España. Venta de armas, apoyo al rey alauita en la crisis saharaui, silencio sobre la democratización del país y, por supuesto, ambigüedad en lo concerniente al futuro de Ceuta y Melilla. El hecho de que la cesión, porque prácticamente es un regalo, de los tanques vaya acompañada de una cláusula de seguridad que impide su despliegue en el norte no deja de traducir una profunda contradicción interna que afecta a los departamentos de exteriores y defensa. Si Marruecos merece esa cláusula, la razón no es otra que la de constituir de hecho un problema de seguridad, no solo policial, sino militar. Hecho que hace aun más incomprensible la cesión casi gratuita de esos vehículos blindados y la política aparentemente amistosa que ha puesto en marcha el gobierno de Rodríguez Zapatero. La consolidación de una política que tan malos resultados ha dado y, con seguridad, dará en el futuro no es una buena noticia.
 
La trascendencia de esa actitud es notable. España abandona definitivamente, parece, la defensa del derecho internacional a aplicar en el Sahara Occidental; olvida el contencioso marítimo entre ambas naciones, cuya solución se pospone unilateralmente, dejando por tanto la iniciativa a Marruecos, que, de hecho, ocupa y usa sin limitación aguas de jurisdicción equivoca; para Melilla y Ceuta esta política augura evidentes desengaños, tanto en lo relativo a su futuro autonómico como en lo concerniente a la tranquilidad política, tan necesaria para atraer inversiones y alejar fantasmas abandonistas. Por añadidura, podemos afirmar que esta política evita enfrentarse a los graves problemas internos marroquíes, cuyo desarrollo se prevé desbocado y, por tanto, incomodo en el futuro. Una monarquía corrupta y de legitimidad discutible; un islamismo creciente y una agresividad exterior cuyo desarrollo es paralelo a las crisis internas solo permiten vaticinar más guerras en la región. Enfrentado al Frente Polisario, con Argelia y con España, Marruecos mantiene en jaque el espacio magrebí, sin que hasta el momento se haya replanteado en Europa una política hacia ese reino más exigente en lo concerniente a las reformas internas de naturaleza democratizadora. Simplemente Marruecos constituye hoy con su dictadura, su irredentismo y su nacionalismo religioso un actor inestable y problemático que tarde o temprano habrá que contener, si es necesario, con el uso de la fuerza. El gobierno de España se equivoca y demuestra en su persistente error una extraordinaria impermeabilidad a las ideas más innovadoras y que más transformaciones pueden ocasionar en el norte de África: democracia, libertad individual y reforma económica. Pone en riesgo la seguridad de España y otorga una legitimidad inmerecida a un régimen conocido por sus elevadas deficiencias de todo género. Unas constantes políticas que tendrán caras consecuencias.