Marruecos. Más presión

por Florentino Portero, 3 de diciembre de 2010

 

Las dictaduras tienen dificultad para controlar el uso de la fuerza y para gestionar adecuadamente la información política. El poder corrompe y atonta. El poder absoluto, parafraseando al maestro Acton, corrompe y atonta absolutamente. El Gobierno marroquí ha hecho un uso grosero de la fuerza con la comunidad saharaui y ha mostrado lo peor de sí mismo en el trato a los medios de comunicación. Los saharauis han sabido resistir mientras los marroquíes, cegados por la soberbia intrínseca al autoritarismo, han entrado al trapo cometiendo errores, dejamos a un lado las cuestiones morales, impropios de un Estado avanzado. Marruecos es un país ejemplar en muchos aspectos, pero esos errores le han llevado a ganarse a pulso la condena de los parlamentos europeo y español.
 
El Rey Mohamed VI está indignado. No sé en qué medida es consciente de su responsabilidad o si se encuentra en plena rabieta y piensa que la culpa es exclusiva de la derecha española. En cualquier caso las consecuencias están a la vista: persecución a los periodistas, marchas y revigorizadas reivindicaciones territoriales. Nada nuevo.
 
El problema es que ante una embestida así nuestro gobierno se acongoja y en vez de hacer uso de los instrumentos propios del poder, lo que hace es esconderse debajo de la mesa. El presidente ha pedido al Rey Juan Carlos su mediación. El resultado, según leemos en El Confidencial Digital, ha sido un poco elegante "no se meta en este asunto" espetado por su hermano alauita. Se supone que al Gobierno le corresponde proteger al Monarca, de ahí que tenga competencias para intervenir en su agenda. Sin embargo, una vez más nos encontramos con que es el Gobierno quien expone al Rey a desdenes diplomáticos, como hemos visto en América Latina, Argelia y ahora Marruecos. 
 
El Gobierno tiene miedo y Mohamed VI lo sabe. Lo paradójico es que teme quien más poder tiene y asusta quien más ayuda necesita. No hace falta recordar que el poder no es algo objetivo, sino subjetivo, porque de nada vale disponer de medios si no se está dispuesto a utilizarlos.
 
España debería estar tranquila porque la población española de credo musulmán que vive en Ceuta y Melilla es quien mejor conoce las diferencias entre los dos modelos y quien más valora la libertad, la sanidad, la educación y las pensiones que España le proporciona. Más aún, muchas de esas familias tienen vínculos de sangre con algunas de nuestras unidades militares más insignes. Sin embargo, el Gobierno no las tiene todas consigo. No han empleado los medios suficientes para que el Centro Nacional de Inteligencia, la Guardia Civil o el Centro de Inteligencia de las Fuerzas Armadas tengan el conocimiento suficiente para saber qué está ocurriendo en las comunidades musulmanas de esas dos ciudades. Peor aún, por una política inmigratoria irresponsable han encontrado cobijo en España, y en concreto en esas ciudades, imanes islamistas perseguidos por Marruecos. Que su presencia está teniendo consecuencias es algo que nadie duda, de su alcance poco podemos decir por esa falta de información a la que antes me refería. Tampoco ha habido una política para fortalecer vínculos, aprovechando las vivencias comunes en esas unidades militares o abriendo nuevos terrenos. Se ha dejado hacer a la inteligencia marroquí hasta el punto de consentir los vergonzosos sucesos ocurridos no hace mucho en la frontera de Melilla.
 
Los musulmanes españoles han sido fieles en momentos difíciles y su interés está en mantener una saludable distancia con Marruecos. Sin embargo, no podemos pedirles que se suiciden. Lo que quizás no saben nuestros políticos es que lo que más alimenta el sentimiento promarroquí es la sensación de que España no está dispuesta a luchar por ellos. Cuando ven cómo el Gobierno se humilla ante el Majzén ponen sus barbas a remojar. Pueden ser una quinta columna o, como han demostrado exponiendo sus vidas en ambas orillas del Estrecho, la fuerza de choque de la defensa de España. Todo depende de nosotros.