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Gees.org Opinión María San Gil o la batalla contra ETA
María San Gil o la batalla contra ETA

María San Gil o la batalla contra ETA

por Alfredo Crespo Alcázar, 02 de Febrero de 2012

 Reseña del libro "En la mitad de mi vida", de María San Gil, Planeta 2011

 
A lo largo de 329 páginas, María San Gil hace un repaso a su trayectoria vital y política. No recurre a la enumeración de hechos descriptivos o anecdóticos sino que por el contrario, su obra supone un tratado de historia reciente del País Vasco y por extensión de España con un eje vertebrador: la dictadura de Eta a la que ella se opuso y se opone.
 
En efecto, si una lección debemos extraer de su lectura es que la batalla contra Eta, pese a lo que se nos diga, no está ganada aún. De este modo, San Gil huye del triunfalismo, tan habitual en algunos sectores de la clase política y mediática, decantándose por el realismo, aún siendo consciente de las críticas (muchas de ellas personales) que tal forma de pensar lleva consigo.
 
Referentes
 
Lo personal y lo político no pueden disociarse en ningún momento cuando de María San Gil hablamos. En efecto, en 1998 tuvo que exiliarse en Ezcaray (La Rioja) ya que se encontraba entre los objetivos de Eta. La fecha es muy significativa: 1998, momento en el cual el Partido Popular había dejado de ser una fuerza política marginal en el País Vasco para convertirse en una alternativa real de gobierno. Que así fuera se debió a la obra, como sinónimo de esfuerzo y tesón, de una de las personas a las que rinde tributo en su libro: Gregorio Ordóñez. Éste fue asesinado por la banda terrorista lo cual no evitó que su discurso y su apuesta velada por la libertad se impregnara en las nuevas generaciones de vascos.
 
Así habla San Gil de su mentor: “fue de los primeros políticos en señalar con el dedo al Gobierno del PNV como responsable de muchas situaciones que se vivían en el País Vasco.(…). Se rebeló contra el terror, se rebeló contra la dictadura de Eta, y lo hizo siendo un ciudadano normal, era uno de nosotros…Sólo que él tenía la valentía de decir lo que muchos callábamos” (pág. 97).
 
Libertad frente a terror
 
Si los 80 fueron “los años de plomo” y entre los objetivos de la banda terrorista se encontraban en primer término militares, policías y políticos de la UCD, una década más tarde, ese lugar lo ocuparon políticos de los partidos constitucionalistas en función de la estrategia de “socialización del terror”. Aún así, los verdaderos demócratas no se amedrentaron y sí miraron hacia delante pese al apartheid institucional, político y social al que fueron sometidos con el Pacto de Lizarra. Fueron momentos complicados en los que PP y PSE sumaron fuerzas no sólo argumentales sino políticas también, lo que se tradujo en la candidatura conjunta para las elecciones autonómicas de 2001.
 
Como describe San Gil: “por fin un colectivo importante, integrado por gente del PP, del PSOE y por gente sin afiliación política, acusaba a los nacionalistas de connivencia con el terrorismo, no por acción pero sí en muchos casos por omisión. Los dirigentes nacionalistas tenían una enorme responsabilidad en la continuidad de Eta a través de los años y en no tomar medidas para derrotarlos. Desde luego no sería a través de un pacto con ellos como Eta iba a dejar de matar o iba abandonar su proyecto totalitario” (pág. 174).
 
Demócratas vs oportunistas
 
En mayo de 2001 mucha gente pensó que “el cambio” era posible. Sin embargo, no fue así y lo que es más grave, a partir de ese instante, la situación se invirtió por la suma de un conjunto de factores concatenados de los que se hace eco la autora. Desde el victimismo con que el “nacionalismo moderado” encaró dichos comicios acusando al PP y al PSE de “frentismo”, a la reacción de un sector del socialismo vasco y estatal, caracterizado por sus complejos doctrinales e ideológicos y que de una manera oportunista renegó del pacto suscrito entre Jaime Mayor Oreja y Nicolás Redondo Terreros. Por su importancia y veracidad, citamos la siguiente explicación de la autora: “esas elecciones del año 2001 fueron la antesala de lo que ocurrió en el 2009 (…).Una vez visto el resultado electoral muchos politólogos achacaron la “no victoria” al hecho de que desde el resto de España se había prestado una atención desmedida a las elecciones, al hecho de que Jaime Mayor había dejado el Ministerio de Interior para ser candidato y eso, supuestamente, le restaba credibilidad. También se dijo que habíamos sido demasiado claros y directos en la confrontación con el PNV y el mundo nacionalista, que habíamos obligado a los ciudadanos a elegir entre nacionalistas y constitucionalistas, y que eso no había sido bien acogido. Es lo de siempre: una vez visto el resultado electoral, los “listos” se inventan un montón de argumentos que lo justifiquen, pero si el resultado hubiera sido otro todo aquello que nos restó votos habría sido lo que nos hubiera hecho sumar” (págs. 181-182).
 
A partir de mayo de 2001, el Partido Popular Vasco, a pesar de quedarse solo, mantuvo su apuesta por el “patriotismo constitucional”, como demostró el Congreso de 2002, coincidiendo con el cambio de “estrategia” del PSOE, simbolizada en la negociación con Eta.
 
María San Gil no reserva calificativos para describir la política “anti-terrorista” del gobierno zapateril, en unos años en los cuales se puso de moda en España un cordón sanitario contra el PP, abanderado por sectores de la clase política y de la clase “intelectual”. El Pacto del Tinell fue uno de sus frutos y “los socialistas cumplieron a rajatabla” (pág. 228).
 
La perversión conceptual
 
María San Gil combatió a los instintos asesinos de Eta y los planes separatistas del PNV: “me siento orgullosa de haber defendido contra viento y marea que a Eta hay que derrotarla sin paliativos y que el País Vasco sólo tiene sentido formando, como lo ha hecho históricamente, parte de España” (pág. 73). En ambas empresas estuvo más bien sola aunque los escasos apoyos los exalta (Jaime Mayor Oreja o José María Aznar).
 
En efecto, han sido muchos los estamentos de la sociedad vasca que han mirado para otro lado, empezando por el propio nacionalismo dirigente (que no brindó un verdadero apoyo a las víctimas) o la Iglesia (al respecto, son ilustrativos los encuentros de María San Gil con Setién). En este punto, ella subraya la enorme paradoja que se da en su comunidad autónoma: “los no nacionalistas, los que se supone que somos peores vascos, solamente porque no seguimos los postulados excluyentes y xenófobos propuestos por Sabino Arena, nosotros sí somos capaces de enormes sacrificios por esa patria vasca a la que se supone que no queremos” (pág. 171).
 
Por ello, en esta obra San Gil quiere homenajear a aquellos colectivos cívicos que han actuado en Euskadi en defensa de la libertad y que tuvieron que afrontar como hándicap de partida esa cobardía de un sector importante de la sociedad. “El País Vasco es una sociedad enferma y no es para menos de haber padecido cuarenta años de terror de Eta, y treinta años de nacionalismo obligatorio. Lo primero, los cuarenta años de terrorismo, nos ha convertido en una sociedad asustadiza, cobarde, temerosa, y profundamente marcada. Y los treinta años de nacionalismo casi obligatorio no nos han ayudado mucho a superar ese trance” (pág.61).
 
De ahí el consejo que da a sus hijos: “si cuando crezcáis Eta sigue existiendo (es tan insensata su existencia que me resulta impensable), me gustaría que no mirarais hacia otro lado, que no os encogierais de hombros como ha hecho una parte importante de la sociedad vasca, y espero que también que, en la medida de vuestras posibilidades, le plantéis cara al terrorismo y os rebeléis cívicamente contra él” (págs. 10-11).
 
También nos acerca un poco más a la diáspora vasca, la cual se ha producido tanto por motivos ideológicos como por la calidad de la enseñanza que ha priorizado el adoctrinamiento provocando que “un buen número de nuestros jóvenes, en general del ámbito no nacionalista, una vez acabado el colegio, quisieran evitar por todos los medios posibles las universidades públicas del País Vasco y que, una vez ya instalados en otras ciudades españolas, sobre todo Madrid, ni se plantearan volver a vivir a Euskadi” (pág. 170).
 
En defensa de las víctimas frente a los verdugos
 
María San Gil se muestra tal cual es. No emplea el libro para justificarse sino para explicar, contextualizar y precisar. Así hace con el concepto de “paz”, prefiriendo hablar de “libertad”. Pone a fin determinados tópicos que se han asociado a Eta como su supuesto carácter liberador frente a la dictadura de Franco. Arremete contra la tendencia del PNV a monopolizar lo vasco, de tal manera que sólo es vasco quien es nacionalista (generando un enfrentamiento con el que adopte la complementaria identidad vasca y española), sin olvidar el recurso nacionalista a emplear la palabra español como insulto (pág. 105).
 
Buen vasco vs mal vasco es una dualidad que forma parte del discurso del PNV: el buen vasco es el nacionalista pero también aquél que mira para otro lado cuando Eta mata, amenaza o extorsiona. María San Gil se rebela contra esta falsa división: “esto de ser mal vasco es algo que siempre me ha parecido el colmo del cinismo. Quienes nos hemos jugado la vida, quienes llevamos más de diez años viviendo con escolta, quienes hemos sacrificado años de nuestra vida por defender la libertad de todos, también la de los nacionalistas, por luchar contra el miedo, esos somos los malos por el simple motivo de no ser nacionalistas” (pág. 171).
 
En íntima relación con esta idea, es destacable otro punto que pone sobre el tapete como es la perversión conceptual que tiene lugar en el País Vasco y que se traduce en que un buen número de ocasiones los verdugos pasen a la categoría de víctimas y éstas a la de victimarios. Al respecto, era habitual la aparición de pintadas contra Gregorio Ordóñez en las que le acusaban de “español”, “carcelero” o el más clásico de “fascista”, incluso una vez asesinado: “la saña con la que insultaban después de muerto quizá se debía a que ahora él ya no les podía responder” (pág. 105).
 
Coherencia hasta el final
 
Finalmente, la autora explica los motivos de su salida de la vida política. De nuevo mostró la coherencia que ha caracterizado todo su devenir profesional y todo su desempeño político. San Gil no estaba de acuerdo en la línea que iba a seguir el PP, en lo que al País vasco se refiere, tras el Congreso de Valencia (2008), por lo que optó por renunciar. Y lo hizo siguiendo su modus operandi tradicional: exponiendo argumentos y no amparándose en la demagogia. Apartada de la vida política, sigue mostrando el mismo compromiso del que hizo gala durante sus años de batalla, convirtiéndose, más allá de ideologías políticas, en un referente para todos aquellos que nos definimos como amantes de la libertad.



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