Mali: Consecuencias no deseadas

por Rafael L. Bardají, 31 de enero de 2013

(Publicado en Expansión, 31 de enero de 2013)

 

 A la alarma ante el avance del jihadismo en Mali se ha sucedido la euforia por el contraataque francés y la reconquista de varias ciudades que llevaban meses bajo el control del islamismo radical. Sin embargo, ni la guerra está cantada, ni se puede ver un final feliz para el futuro de aquel país. En el corto plazo el optimismo parece no dejarnos ver que los jihadistas no están presentando batalla a las fuerzas francesas. O bien se mezclan con los civiles para pasar desapercibidos o bien se dispersan en el desierto a la espera de que las tropas terrestres se marchen y ellos puedan regresar de nuevo.

Ni Francia ni los países africanos cuentan con suficientes soldados para asegura el control del territorio. Segundo, como ya hemos visto en Argelia, el avance hacia el norte no acaba con el jihadismo, sino que lo empuja en la misma dirección amenazando ahora la estabilidad del Magreb. Ciertamente, se les priva a los terroristas de un santuario en Mali Norte, pero conviene no olvidar que ese no es el único suelo desde donde poder lanzar sus ataques. Libia también les sirve de base.

 
Y es que en materia estratégica nos empeñamos en no aprender. Más llamativo si cabe tras una larga década de batallas contra el islamismo radical en Afganistán y en Irak. Deberíamos saber ya que la guerra aérea no es suficiente y que al jihadismo no se le puede combatir ni con tácticas ni con fuerzas convencionales. No es casualidad que quien más sabe hoy de islamismo en la zona, Argelia, haya alertado repetidamente de los riesgos de esta operación.
 
No menos peliaguda es la interrogante de qué hacer con el país una vez que los combates cesen (y cesarán antes que después, una vez que las fuerzas galas se queden sin objetivos que bombardear). La insurgencia en Mali, como en casi todas partes, no es ni mucho menos homogénea, e incluye elementos tan dispares como los tuaregs, militantes asociados a Al Qaeda y otros grupos vinculados al narcotráfico y la delincuencia. Incluso con un país liberado de la amenaza jihadista, Mali seguirá siendo un estado fallido. ¿Quien va a garantizar su estabilidad?
 
En fin, Mali ha puesto de relieve, una vez más, la gran brecha que separa la retórica de los europeos de la realidad. Aunque se afirma sin pudor que el jihadismo en Mali es una amenaza esencial para nuestra seguridad, pocos han apoyado la acción francesa. Por falta de voluntad o por falta de capacidad. Y como estamos viendo en Afganistán, cuando no se tiene ni lo uno ni lo otro, al final la victoria se transforma en derrota. Aún peor, a veces el cántico de la victoria no es sino la palabrería que esconde una realidad bien distinta. Ya nos lo advirtió Gaddafi antes de ser depuesto y asesinado: "O yo, o los islamistas".   Si de verdad se quiere que Mali no sea un fiasco más, se necesita ser serios. Serios con la evaluación de la amenaza real; serios con los medios que se pueden utilizar para eliminarla"; serios con las promesas de solidaridad. Y, sobre todo, serios con el empleo de unos militares. Si se va a la guerra, que sea para ganarla. Y si no se puede ganar porque no se sabe cómo hacerlo, o no se disponen de las fuerzas para lograrlo, no sólo hay que pensárselo muy bien, sino también explicarlo. Si por defender el sur de Mali incendiamos el Norte de África, sólo habremos empeorado nuestra seguridad. Desgraciadamente no será la primera vez. Si hoy fluyen las armas por Mali se debe a la guerra de Libia. No lo olvidemos. Los actos superficiales y apresurados suelen acarrear consecutivas indeseadas.