Los inmigrantes ilegales están aquí para quedarse (I)

por Jeff Jacoby, 4 de abril de 2007

(Publicado en The Boston Globe, 14 de marzo de 2007)

Suponga que usted se entera de que un fabricante de Nueva Inglaterra está explotando a su plantilla, muchos de ellos inmigrantes ilegales, en condiciones de trabajo lamentables. Les sanciona por hablar en el trabajo, rechaza pagar horas extra, y les castiga por permisos para ir al baño de más de dos minutos, todo además de salarios bajos, largas jornadas de trabajo, e instalaciones deplorables. ¿Qué hace?
 
Bien, si usted es el gobierno de los Estados Unidos, envía agentes armados a sacar a la fuerza a los trabajadores esposados hasta una base militar a 100 millas de distancia, a continuación transporta vía aérea una parte importante de ellos más de 2000 millas, hasta un penal de Texas. Proporciona a los asustados detenidos poca información y ningún acceso a abogados. Actúa tan duramente que muchos de aquellos a los que captura se ven separados de sus hijos y no pueden tener noticia de esposas o canguros. Muestra tamaña ineptitud, en la práctica, que los bebés acaban en el hospital, deshidratados, después de que sus cuidados pasen a segundo plano.
 
Al propietario y la dirección de la compañía, mientras tanto, la detiene, presenta cargos, y la libera bajo fianza. Al día siguiente vuelven a abrir el negocio.
 
Eso resume en gran medida la redada federal de inmigración de la semana pasada en Michael Bianco Inc., una fábrica de objetos de cuero de New Bedford, Mass., que ha sido condenada merecidamente como fraude humanitario. Pero es más que eso. También es una lección magistral de la incompetencia de la política de inmigración americana, y del perjuicio que está siendo provocado por la obsesión nacional con, y la hostilidad hacia, los inmigrantes ilegales.
 
Los puristas de la inmigración se quejan airadamente ante cualquier sugerencia de que se conceda a los extranjeros ilegales algún camino para salir de la ilegalidad y legalizar su estatus. Cada propuesta así la rechazan tajantemente como 'amnistía'. Los extranjeros ilegales son criminales, argumentan con firmeza. Las personas así deben ser deportadas, no recompensadas.
 
Pero nadie a este lado de la controversia cree realmente que 12 millones de personas -- la población de Pennsylvania -- puedan ser detenidas y deportadas. La redada de New Bedford solamente implicaba a 361, y mire la ruina que salió. Deportar a 33.000 veces esa cifra exigiría el puño de hierro de Stalin y una falta de escrúpulos nunca vista desde Trail of Tears. Ningún americano cuerdo lo toleraría.
 
Ah, pero las expulsiones en masa no son necesarias, dicen algunos turistas. Aplicar la ley con fuerza sobre apenas unos cuantos miles de inmigrantes ilegales, o tal vez unas cuantas docenas de miles, 'persuadiría a cada vez más de ellos de desistir y deportarse por sí mismos', afirma Mark Krikorian, director ejecutivo del restriccionista Center for Immigration Studies. Estima que 6 millones de inmigrantes ilegales recogerían sus cosas y se irían con que solamente 'el gobierno reuniera el sentido común de imponerse sobre los intereses de la élite que apoya las fronteras abiertas'.
 
Pero los inmigrantes que corrieron riesgos vitales para estar aquí, muchos de los cuales viven ya con miedo constante a ser atrapados y deportados, no harán su equipaje con tanta disposición. Por el contrario, escribe la académica del Manhattan Institute Tamar Jacoby (sin relación conmigo), una implementación más dura de las leyes de inmigración -- es decir, más New Bedfords -- solamente 'les obligará a esconderse más -- a los brazos de traficantes, falsificadores de documentación y patronos explotadores sin escrúpulos'.
 
También podríamos afrontar la realidad: la mayor parte de los inmigrantes ilegales no se va a ninguna parte. Están aquí para quedarse -- trabajar, tener familia, vivir entre nosotros, y realizar una contribución indispensable al estilo de vida americano. ¿No nos parece apropiado imaginar un modo de asimilarlos en el medio nacional, en lugar de condenarlos a un limbo permanente que no nos hace ningún bien ni a ellos ni a nosotros?
 
Decir eso, no obstante, es darse de bruces con el principal impedimento al pensamiento sensato sobre los inmigrantes ilegales: la fijación con su posición como violadores de la ley. '¿Qué parte de 'ilegal' no comprende?', afirman furiosamente los partidarios de cerrar las fronteras, como si el hecho de que muchos inmigrantes violan la ley para venir aquí fuera todo lo que necesitamos saber de ellos.
 
¿Lo es? ¿O es al menos tan importante como saber el motivo por el que vienen? ¿Y cómo actúan una vez que están aquí? ¿Y si los americanos se benefician de su presencia?
 
Si decenas de millones de conductores violan constantemente el límite de velocidad interestatal, ¿asumimos que todos son criminales que deben perder sus permisos de conducir y tener vedadas las autopistas? No: una explicación más plausible es que el límite de velocidad es demasiado bajo para una conducción segura por autopista y tendría que elevarse. Por el mismo motivo, si cientos de miles de inmigrantes vienen aquí ilegalmente cada año, ¿es realista concluir que tenemos un problema masivo de criminalidad para el que una regulación legal feroz es la única solución? Quizá se dé simplemente el caso de que las cuotas de inmigración de América simplemente son demasiado bajas para la economía más dinámica del mundo. Y quizá el persistente flujo de trabajadores industriales no sea una plaga a soportar, sino una bendición a gestionarse mejor.