Los dilemas de la defensa española

por Florentino Portero y Rafael L. Bardají, 1 de diciembre de 2003

(Publicado en En el Mundo 2004, Anuario The Economist-Actualidad Económica, diciembre de 2003)
 
La defensa española se encuentra al final de un ciclo. La transformación profunda y acelerada del entorno estratégico mundial y la culminación de una fase de cambios internos de nuestras Fuerzas Armadas, como la plena profesionalización de la tropa y marinería o la incorporación total y sin reservas en las organizaciones multinacionales de seguridad colectiva, plantea la necesidad de ajustar objetivos y de adaptarse a las nuevas circunstancias.  En suma, arrancar una nueva etapa. Esta nueva fase se inicia con dos hechos incontestables: el primero la amenaza directa del terrorismo internacional y la posibilidad de que llegue a disponer de armas de destrucción masiva, el segundo la agresión marroquí, por limitada e irracional que fuera, en julio de 2002, sobre el Islote de Perejil. Ambos hechos representan dos momentos de ruptura con el pasado inmediato, señales de alerta sobre un mundo que no está libre de peligros que pueden llegar a materializarse en nuestro propio suelo. Los años 90 fueron una década de ilusiones pacifistas; la primera década del siglo XXI presenta una faz mucho más oscura y violenta.
 
En esta situación, a la defensa española se le presentan diversos dilemas. El primero, el divorcio entre seguridad y defensa. Hasta no hace mucho, la defensa era el garante de la seguridad internacional en la medida en que disuadía a potenciales adversarios o estaba en capacidad de repeler por la fuerza un ataque contra el territorio nacional. El enemigo estaba claro y bien definido y el campo de batalla también. El terrorismo de alcance global cambia esta situación. Ya no hay ejércitos regulares de los que defenderse, las fronteras ya no son la línea de defensa, porque el frente está por todas partes, y, sobre todo, ya no parece razonable reaccionar para parar una agresión, sino que ante el escenario de un ataque de naturaleza y consecuencias catastróficas es una obligación moral y política de todo gobernante hacer todo cuanto esté en su mano para prevenirlo, lo que conlleva decisiones ineludibles sobre acciones anticipatorias o preventivas. El cambio en la esencia y en las formas de expresión de las amenazas exige, por tanto, la adopción de nuevas doctrinas, pero también una mayor integración de los servicios de inteligencia, los cuerpos de seguridad del Estado y las Fuerzas Armadas. La seguridad y la defensa forman un continuum en el que ya no cabe diferenciar entre seguridad interior y defensa frente al exterior.
 
El segundo dilema tiene que ver con la mentalidad. La internacionalización por la que han pasado nuestros ejércitos en la década de los 90 se ha desarrollado bajo el exclusivo prisma de la ayuda humanitaria y las misiones de paz. Y aunque en determinadas ocasiones unos pocos pilotos han participado en acciones de bombardeo, como en Bosnia en 1995 o en Kosovo en 1999, el grueso de nuestras fuerzas sólo han estado involucradas en misiones de apoyo a la paz. Esto, además, iba acompañado de una visión de una España carente de riesgos y amenazas directas. En los últimos meses, sin embargo, hemos aprendido dos cosas muy importantes. Por muy increíble que parezca, alguien en Marruecos se lanzó a una aventura cuya solución sólo vino del empleo de la fuerza, por mínima que fuera. Lo importante de Perejil no fue la cantidad, sino la calidad de la decisión de recurrir a nuestros militares para forzar una salida a la crisis en nuestros términos. Lo fundamental fue la voluntad de combatir por lo que creíamos nuestro. Igualmente, también hemos visto que determinadas misiones de paz pueden tener que desarrollarse en un ambiente relativamente hostil, como sucede hoy en Irak. Es más, que en ocasiones la seguridad internacional exige asumir riesgos y acciones militares, particularmente en la lucha contra el terrorismo internacional. Pasar de una mentalidad de gestión de crisis y de la paz a una de combate es un gran salto que requiere un fuerte liderazgo, la asunción de nuevos valores profesionales, así como una actitud social que entienda lo que está en juego y el papel de lo militar en el turbulento mundo en el que vivimos.
 
Un tercer dilema viene de la mano de la actual revolución tecnológica militar y de sus implicaciones globales para los ejércitos, desde sus medios materiales a la concepción de sus operaciones. Estamos siendo testigos de grandes cambios en los sistemas a disposición de la defensa: hay nuevos sensores capaces de ofrecer un cuadro completo de cuanto acontece en un teatro de operaciones; se están usando ordenadores de gran potencia, así como comunicaciones de banda ancha, capaces de tratar y administrar una cantidad de información sobre el enemigo y las tropas propias o aliadas de tal forma que la superioridad venga por un mejor, mayor y más veloz conocimiento del campo de  batalla; se introducen nuevos sistemas de armas, más precisos, más letales y de mayor radio de acción, otorgando la posibilidad de conseguir los mismos objetivos con un menor nivel de destrucción. En suma, una revolución que prima el conocimiento, la velocidad del ciclo de decisión y de acción y, sobre todo, la calidad frente a la masa. Hoy es posible hacer y ganar una guerra con una fracción de tropas respecto a conflictos de hace tan sólo una década. Lo hemos visto en Afganistán y se ha vuelto a ver en Irak. El reto para nuestra defensa viene de la tensión entre modernización -esto es, la mejora y actualización de los sistemas de armas- y la transformación -introducción de nuevos sistemas y una organización diferente para la conducción de las operaciones. La modernización tiende a dotar a nuestros ejércitos de los sistemas y plataformas tradicionales, mientras que la transformación apuntaría a un cambio en la política de adquisiciones, primando, por ejemplo, la proyectabilidad, la movilidad de teatro, la ligereza y la información. Habida cuenta, además, de que los grandes programas de armas se realizan en varias décadas, atarse a un sistema no por nuevo menos obsolescente, será un error estratégico que se pagará cada vez más caro. Es cuestión de dinero, pero no sólo. Se debe gastar más pero, sobre todo, hay que saber en qué gastarlo.
 
Por último, la defensa española se enfrenta al dilema de la disparidad entre nuestras estructuras y objetivos de fuerza y la imposibilidad de reclutar, con el actual modelo, el  número de soldados requeridos por las mismas. Se puede discutir si hay que rebajar las expectativas o gestionar un largo bache en los temas de personal. Pero, en cualquier caso, lo que es urgente es concentrar los escasos recursos humanos en un número menor de unidades, a la vez que primar la fuerza. Sobre el papel aguanta todo tipo y número de unidades y cuarteles, pero el criterio que debería primar es el de contar con unidades realmente operativas aunque eso lleve a reducir su número. Repartir la escasez entre todos sólo es garantía para que nadie tenga las plantillas cubiertas y un sin fin de problemas asociados a este hecho.
 
La actuación del gobierno del Partido Popular ha ido, en lo esencial, en la dirección correcta. Al menos en sus primeros años de ejercicio de poder. Se luchó contra la descapitalización de las Fuerzas Armadas españolas que se arrastraba desde comienzos de los 90, se incrementó  la capacidad adquisitiva de los ejércitos a través de las aportaciones y la prefinanciación de los grandes sistemas de armas por parte de Industria o Ciencia y Tecnología, se participó plenamente en la OTAN, y se cambió el modelo de reclutamiento para pasar a una fuerza totalmente voluntaria. Esos objetivos respondían a la necesidad de ajustar nuestra defensa a las necesidades de los 90. Ahora los objetivos son otros y nuevos. Business as usual ya no vale. Nuestra seguridad es lo que está de verdad en juego y el futuro nos exige una capacidad de acción muy superior a lo vivido hasta ahora, en un terreno imposible de definir o delimitar a priori. Para ser útiles, nuestras fuerzas deben ser utilizables y utilizadas. Todo lo demás es ya, para bien o para mal, historia pasada.