¿Libre comercio?

por Gerardo del Caz, 19 de noviembre de 2007

Pascal Lamy tenía razón cuando afirmó, el pasado 20 de septiembre en el Wall Street Journal,[1] que estamos en un momento decisivo para el futuro del comercio libre. Su argumento principal es, lógicamente, que la ronda Doha, amparada y tutorada por la Organización Mundial del Comercio, no acaba de cristalizar en un acuerdo que beneficie a todos.
 
Efectivamente dicha ronda se encuentra desde hace tiempo en el punto muerto tras sucesivos enroques por parte de las delegaciones japonesa, europea y americana con el añadido especial de que, esta vez sí, los nuevos bloques de alianzas configurados en torno a las llamadas nuevas economías como las del grupo BRIC (Brasil, Rusia, India, y China) que encabezan un nutrido grupo de países altamente poblados que combinan altos índices de crecimiento con un peso mayor de la agricultura y el sector primario en general con respecto a Europa o EEUU.
 
Estos países se caracterizan por la enorme relevancia que están adquiriendo en el comercio internacional. Liderados por China, los BRIC ya constituyen más de un cuarto del comercio mundial y las perspectivas futuras respecto a su importancia en la economía mundial son muy superiores. (Fig. 1)

Fig. 1: Distribución del PIB mundial (%PIB) según el año
 
Fuente: World Economic Outlook 2005 y elaboración propia
 
 
A estas alturas de la Historia, nadie discute ya que el mercado se ha convertido en el mejor mecanismo de creación de riqueza y en la mejor manera de asignación de recursos y necesidades. La expansión y unificación de los mercados internacionales mediante el comercio es una meta con la que sueñan aquellos que quieren más libertad, más progreso y que, además, sea para todos. En definitiva, el comercio libre fomenta el desarrollo económico y la mejora de los niveles de vida en todo el mundo.
 
Sin embargo, no es menos cierto que para ciertos países que están fuera del sistema global de comercio son necesarios enormes esfuerzos para adaptarse y ajustarse a las reglas internacionales y, en definitiva, abrir sus mercados. En este sentido cabe destacar la iniciativa “Ayuda por Comercio”, aprobada en las reuniones de Hong Kong de 2005 por las que EEUU, la Unión Europea y Japón aceptaban contribuir con más de 15.000 millones de dólares a un fondo para ayudar a estos países en la apertura de sus mercados hasta 2010 mediante el desarrollo de infraestructuras, programas de desarrollo específicos y, lo que realmente importa, un compromiso por parte de los países desarrollados para abrir sus mercados agrícolas en sucesivas fases.
 
¿Cuál es el problema entonces? La cuestión más importante no es saber qué consecuencias tendrá la apertura de fronteras por parte de los países más pobres a los ricos o de los ricos a los pobres. Según muchos análisis[2], el impacto en ambos tipos de países sería muy beneficioso. Los países subdesarrollados, eminentemente agrícolas, tendrían acceso a nuevos mercados para vender sus productos sin problemas y, de este modo, tener una fuente de entrada de divisas. Los países desarrollados, si bien tendrían que soportar un coste social por la perdida de su agricultura tradicional, obtendrían nuevos mercados para sus productos industriales. Se estima que en pocos años las ganancias de productividad mundiales podrían situarse en torno al 4% si se firmara Doha.
 
El problema real son los BRIC, países que tienen una agricultura desarrollada, una masa demográfica importante y, sobre todo, una capacidad tecnológica capaz de rivalizar con los países desarrollados. En definitiva, los BRIC tienen lo bueno de ambos países. Un acuerdo generalizado de bajadas arancelarias supondría más costes sociales a las economías europeas. Y esta vez no serían sólo los agricultores ya que el empleo industrial se vería mermado por las deslocalizaciones.[3]
 
Es en este punto, con una situación de estancamiento en las relaciones multilaterales, cuando se observa peligrosamente otra modalidad, malentendida, del libre comercio. Se trata de los acuerdos bilaterales.
 
Estos acuerdos tienen por objeto dar preferencia a determinados países sobre otros a la hora de comerciar determinados productos. Los acuerdos pueden ser simétricos, si incluyen los mismos aranceles para ambos, o asimétricos, si los aranceles se escogen según cada país y según cada bien o sector involucrado.
 
Los que abogan por estos acuerdos preferenciales insisten en el hecho de que estos convenios son, en realidad, primeras etapas para una futura liberalización y que incentivan el comercio de forma mucho más eficaz con determinados países. Por ejemplo, Japón es uno de los países que más ha apostado por ese modelo. Bajo el mandato de Koizumi y Abe se impulsó la firma con países asiáticos de acuerdos comerciales “a la carta” en los que se protegiera la agricultura japonesa y se encontraran mercados nuevos para las empresas industriales. Todo ello se combinó con una retórica política, muy respetable en este caso, llamada el “Arco de libertad y prosperidad”. Japón firmó acuerdos preferenciales con Indonesia, India, Singapur y está previsto que se haga con EEUU, Chile, Méjico, Brunei, Tailandia, Malasia y Australia. Por supuesto  China queda fuera. Es una competencia demasiado peligrosa para la industria japonesa en el exterior y para la agricultura japonesa en el interior.
 
La realidad es que este tipo de acuerdos no son libre comercio sino una forma más de complicar el panorama del comercio internacional. En 1947 se firmó en Ginebra el GATT, el acuerdo arancelario más importante del mundo en el que se fijaban las mismas reglas de juego para todos: aranceles comunes, criterios iguales y trato similar para todos los países. Hoy, por el contrario, se intenta identificar al libre comercio con acuerdos puntuales que fomentan la discriminación según el origen del socio comercial cuando, no nos engañemos, la idea esencial de los acuerdos bilaterales es disminuir las barreras comerciales para algunos bienes mientras se pone fuera del mercado a potenciales competidores de otros países.
 
A pesar de lo que se diga, los acuerdos bilaterales o regionales no han traído una bajada generalizada de aranceles. Muy al contrario, diluyen la necesidad de la misma y hacen que contextos políticos ajenos al comercio entren en la ecuación de los acuerdos comerciales. De hecho, mientras la ronda Doha permanece parada, se siguen firmando acuerdos preferenciales entre países y hoy son ya más de 300 los que existen[4] cuando hace apenas siete años no llegaban a 100. De hecho, de todos los países del mundo, sólo Mongolia no ha firmado ni un solo acuerdo bilateral o preferencial (Fig. 2).

Fig. 2. Acuerdos preferenciales de comercio vigentes según fecha de entrada en vigor (sólo aquellos notificados a la OMC)
 
Fuente: Organización Mundial del Comercio
 
 

En definitiva, la idea de un comercio internacional cada vez con menos barreras se ve cada vez más lejana. Economistas como el prestigioso Jagdish Baghwati denomina esta red de acuerdos “un plato de espaguetis”[5] por la complejidad y disparidad de los acuerdos. Más de la mitad del comercio internacional discurre ya en el marco de estos acuerdos preferenciales de tipo bilateral.
 
¿Qué implica en términos prácticos esto? volviendo al ejemplo anterior, para Japón estos acuerdos con países asiáticos son una forma de mantener mercados para sus empresas industriales. Desde los años 1990 las exportaciones japonesas a EEUU disminuyen de forma clara e, irónicamente, lo hacen a causa de otro acuerdo preferencial, esta vez el NAFTA, que privilegia las manufacturas de empresas americanas establecidas en Méjico con las que los productos japoneses no pueden competir por precio. Si esto no es suficiente, veamos como funcionan estos acuerdos con respecto a los países emergentes. Tras la firma del acuerdo preferencial de comercio con India, Japón comprometió 100 millones de dólares de ayuda para un corredor viario de alta capacidad que uniera Delhi y Bombay. La empresa Komatsu sería la encargada de construirlo dejando fuera de la competición a empresas de otros países. Cuando el anterior Primer Ministro Abe firmó el acuerdo con Tailandia, este país se comprometió a abrir su sector del automóvil y del acero a empresas foráneas. Por supuesto estamos hablando de Toyota, Honda, Nissan, Nippon Steel y no de otras como General Motors. Del mismo modo, cuando Indonesia abrió su sector tecnológico al exterior, no lo hacía para Intel o Samsung. Los beneficiarios eran sólo las empresas japonesas.
 
En realidad Japón, que ha notificado a la OMC sólo 3 de sus 8 acuerdos preferenciales no es peor que EEUU que tiene 11 acuerdos preferenciales o la Unión Europea, con más de 20. Es sólo una prueba más de que estamos en una compleja situación donde los tratados preferenciales no fructifican en una progresiva liberalización multilateral sino que esconden un intercambio de influencias políticas y económicas.
 
En definitiva esto no tiene nada que ver con el comercio libre sino, irónicamente, con una nueva forma de proteccionismo que vincula ayudas, influencia política y cultural con mercados y que, además, producen perturbaciones poco comprensibles desde el punto de vista de aquellos que abogan por mercados abiertos. Por ejemplo, al igual que los acuerdos preferenciales de Europa excluyen los plátanos, también los de Japón dejan fuera el arroz para proteger a su influyente lobby. Para Tailandia, en este caso, es una historia diferente. Aunque se beneficia de poder exportar pescado de forma preferencial, sus paupérrimos agricultores de arroz seguirán sin tener acceso al mayor mercado del mundo en términos relativos. Las indicaciones de la Organización Mundial del Comercio para la ronda de Doha, en las que se defiende una verdadera apertura de los mercados agrícolas, son ignoradas y contradichas.
 
Los acuerdos bilaterales son, además, una forma más de regulación encubierta. El acuerdo comercial Unión Europea-Méjico[6] tiene más de 400 páginas con especificaciones de todo tipo limitando y protegiendo industrial locales o productos “sensibles” (es decir, “políticamente sensibles”). Hay exclusiones para numerosos productos agrarios que crean, por ejemplo, numerosos agravios con otros países emergentes como los del continente africano que tienen acuerdos preferenciales más ventajosos. En el caso de Japón es lo mismo: se excluyen las piñas del acuerdo de libre comercio con Malasia mientras las producidas en Tailandia o Brunei si están dentro del acuerdo porque se negociaron contrapartidas en productos petrolíferos.
 
El comercio, mediante esta nueva forma de regulación, adquiere así una dimensión política importante en la que el “mercadeo” se hace cada vez más patente. Los acuerdos bilaterales de Europa con países de África da acceso a empresas europeas (o sea, francesas) a petróleo y gas natural de Gabón, Camerún, Mauritania… Los acuerdos de Japón con Brunei o Indonesia dan acceso a las empresas japonesas a las reservas naturales de hidrocarburos de esos países y les proporcionan una plataforma exportadora a otros países de la zona.
 
Pase lo que pase con Doha, y en este sentido no podemos ser muy optimistas, el gran reto de los próximos años para aquellos que abogan por un comercio libre, no será la supresión de barreras comerciales o aranceles, sino la desregularización del comercio internacional y la superación de los contratos bilaterales mediante nuevos y ambiciosos acuerdos multilaterales con pocas cláusulas y mucha voluntad de avanzar en el comercio libre sin reservas. Nos beneficiaremos todos de que así sea.

 
 
Gerardo del Caz es Analista de Política Internacional, especialista en temas de seguridad y desarrollo en Asia.
 
 
Notas

[1] Wall Street Journal, 20 septiembre 2007, “Aiding Trade”, Pascal Lamy
[2] Francois, J.F, Meijl, H., Tongeren, F. ”Trade Liberalization and Developing Countries under the Doha Round”, 2007
[3]Ackerman, Frank. “The Shrinking Gains from Trade: A Critical Assessment of Doha Round Projections”, 2006
[5] U.S. Trade Policy: The Infatuation with Free Trade Agreements'. Bhagwati J. Artículo publicado en “The Dangerous Drift to Preferential Trade Agreements”, AEI Press, 1995
[6] http://ec.europa.eu/trade/issues/bilateral/countries/mexico/fta_en.htm