Levántate, Salman Rushdie

por Mark Steyn, 10 de julio de 2007

Estaba leyendo una columna de Salman Rushdie el otro día y, como es habitual, concordando con el 95% de ella. En la práctica, estoy de acuerdo con él con tanta frecuencia que casi he dejado de notarlo.
 
Pero no del todo. En lo profundo de mi memoria aún recuerdo al Rushdie de los 80 - reflexivamente izquierdista, anti-Thatcher, lo usual. El antiguo dicho - un neoconservador es un progresista que se ha pasado de rosca - le encaja a la perfección. No es solamente un progresista pasado de la realidad, es un progresista al que la realidad lleva los últimos 13 años intentando matar. Aún tengo problemas con sus novelas, no menos con la que le causó los problemas, pero en sus columnas y ensayos ha desbordado sus ilusiones.
En aquel momento - el día de San Valentín de 1989 - la mayor parte de nosotros en Gran Bretaña y Occidente no captamos la importancia de los sucesos. Marcaba la primera vez que el ayatolá Jomeini había reclamado explícitamente la soberanía extraterritorial. Porqué eligió una oscura y para la mayor parte de nosotros ilegible novela inglesa para su empresa expedicionaria no está claro, pero los resultados tienen que haberle alentado tremendamente. Rushdie no tenía intención de ofender a los musulmanes. Ninguno de los críticos de Londres encontró nada de controvertido en el libro. Cuando los musulmanes británicos y sus co-religionarios de todo el mundo quemaban ejemplares de Los versos satánicos en las calles, los chupatintas de la BBC celebraban innumerables debates sobre el desagradable “simbolismo” de este ataque “a las ideas”.
 
Pero no fue simbólico en absoluto. Quemaban el libro porque no tenían nada más a mano. Si su esposa y su hijo se hubieran dejado caer por allí, les habrían prendido fuego a ellos en su lugar alegremente. A ultramar lo hicieron con traductores y editores. El delicioso colectivo literario de Rushdie se oponía a la fatwa sobre todo por motivos de libertad artística en lugar de la defensa general del pluralismo occidental. Eso fue un error.
 
En los 50 y 60, el Nasserismo intentó importar a Oriente Medio el socialismo soviético. Nunca echó raíces verdaderamente. Una generación más tarde, el ayatolá se presentaba con un chiste mejor. Exportar el islamismo a un Occidente derrotista culturalmente. Todo lo que se ha hecho patéticamente familiar para nosotros desde el 11 de Septiembre estaba presente en el caso Rushdie.
 
En primer lugar, el silencio de los “musulmanes moderados”: Unos cuantos académicos islámicos señalaron que el ayatolá no tenía ninguna autoridad para decretar la fatwa, rápidamente se callaron cuando las consecuencias de no hacer nada se hicieron obvias.
 
En segundo lugar, la pusilanimidad del estamento izquierdil: Rushdie se enfureció cuando el archiobispo de Canterbury cayó en modo causas raíz. “Comprendo bien la reacción de los devotos musulmanes, heridos en lo que estiman más querido y por lo que morirían”, decía Su Gracia.
 
Rushdie respondió tajantemente, “Solamente hay una persona aquí en peligro de muerte”.
 
Roy Hattersley, el líder en funciones del Partido Laborista, intentó zanjar las diferencias argumentando que, mientras que él por supuesto apoyaba la libertad de expresión, quizá “en interés de las relaciones raciales” sería mejor no difundir la edición. Estaba a favor de la libertad artística, pero solamente en tapa dura - y ciertamente, en concepto de soporte blando, Lord Hattersley sabe de lo que habla. Gerald Kaufman, un diputado judío que desde entonces ha pasado a repudiar Israel por completo, atacaba a los críticos de los musulmanes británicos: “Lo que no puedo aceptar es la implicación de que de alguna manera es anti-británico y antidemocrático que los escritos del Sr. Rushdie sean objeto de crítica por motivos religiosos, en contraposición a los literarios”.
 
Kaufman decía esto unos cuantos días después de que grandes cifras de musulmanes británicos hubieran desfilado por ciudades inglesas pidiendo que Rushdie sea ejecutado. En los últimos meses, varios lectores me han escrito con sus recuerdos de esas marchas. Un hombre de Bradford recuerda preguntar a un funcionario de policía de West Yorkshire porqué “los lideres de la comunidad musulmana” no eran detenidos por incitación al asesinato. El funcionario dijo que a ellos les habían dicho que fueran discretos. Los gritos pidiendo sangre se hicieron más virulentos. Mi compañero epistolar le planteó de nuevo la pregunta. El funcionario de la policía le dijo que “cierra la bocaza o te detengo'.
 
Y, lo más importante de todo, el caso Rushdie debería habernos enseñado que no hay nada que negociar. Mohammed Siddiqui escribía al Independent desde una mezquita de Yorkshire para apoyar la fatwa citando los versos 33 al 34 de la quinta Sura:
 
El castigo para aquellos que emprenden la Guerra contra Alá y Su Apóstol y luchan con fuerza y tesón por engañar por el mundo es la ejecución, o la crucifixión, o la amputación de las manos y los pies de extremos contrarios, o el exilio de la tierra. Esta es su desgracia en este mundo, y un fuerte castigo caerá sobre ellos en el otro mundo. Excepto para aquellos que se arrepientan antes de caer en tu poder. En ese caso has de saber que Alá es clemente, el más misericordioso.
 
Rushdie parece haber entendido mal esto. Apareció de pronto en una emisora musulmana de radio de West London una noche y dijo a su interlocutor que se había convertido al Islam. Maravillosa religión, no podría ser más feliz, loado sea Alá y todo eso. El ayatolá dijo genial, ahora no sufrirás tan severo castigo en la otra vida. Pero aún te vamos a matar.
 
Tan mala como fue la fatwa, la incapacidad del establishment para defender coherentemente los valores occidentales fue peor. Clifford Longley, corresponsal de asuntos religiosos para The Times, fue uno de los pocos en comprender lo que estaba en juego. El gobierno británico debe saber con total certeza, escribió, que algunas creencias musulmanas “al menos textualmente, no son compatibles con una sociedad plural'. El islam no sabe existir como cultura minoritaria. Porque no es simplemente un conjunto de principios y creencias individuales. El islam es un credo social por encima de todos, un modo radicalmente diferente de organizar la sociedad en conjunto.
 
Longley quería que cualquiera que enarbolara la pancarta “Muerte a Rushie” fuera “entendido textualmente y detenido por incitación al asesinato”. Las consecuencias inmediatas podrían ser desagradables, incluyendo incluso el riesgo de disturbios. Pero el doloroso impacto de tal confrontación podría ser lamentablemente necesario antes de que la comunidad musulmana británica encarase frente a frente la realidad de que la tolerancia y el compromiso, incluso en los fundamentos, son un requisito insoslayable de la vida en Gran Bretaña. En su lugar, todos esos musulmanes británicos que pedían abiertamente la muerte de Rushdie aún están ahí, más poderosos y con más seguidores.
 
El gobierno de Su Majestad carecía entonces de la voluntad, al igual que la mayor parte de Occidente hoy. En la práctica, al ayatolá se le permitió seguir adelante adjuntando el islam para fines políticos, no solamente en casa sino internacionalmente. Si los “musulmanes moderados” son una vía demográfica en algún sentido, afrontan una elección: pueden seguir a los incitadores al asesinato de Bradford, los terroristas suicida del West Bank y los depravados asesinos del norte de Nigeria en su descenso al barbarismo. O pueden despertar y salvar su religión. En cualquier caso, Occidente será de poca ayuda.

 
 
Mark Steyn es periodista canadiense, columnista y crítico literario natural de Toronto. Trabajó para la BBC presentando un programa desde Nueva York y haciendo diversos documentales. Comienza a escribir en 1992, cuando The Spectator le contrata como crítico de cine, Más tarde pasa a ser columnista de The Independent. Actualmente publica en The Daily Telegraph, The Chicago Sun-Times, The New York Sun, The Washington Times y el Orange County Register, además de The Western Standard, The Jerusalem Post o The Australian, entre otros.
 
© Mark Steyn 2007