Las minorías rusas

por Ángel Pérez, 22 de octubre de 2004

Introducción
 
“Gorbachev tendría que haber sido un hombre excepcional, un ruso excepcional, para aceptar que la perestroika estaba destinada a desembocar en la emancipación de los pueblos. Él tenía una idea completamente distinta de lo que debía suceder. Yo mismo, al principio, veía las cosas de forma diferente. No me di cuenta hasta bastante más tarde de que el sistema estaba condenado. Y aun así este pensamiento era estrictamente personal. No podía comunicárselo a nadie. Lo que yo había comprendido es que la disolución del imperio era inevitable y que su destrucción se gestaría en su interior.”(1)
 
Estas palabras de E. Cheverdadze permiten poner de relieve la complejidad, a pesar de su rapidez, del proceso de disolución de la Unión Soviética y la dificultad que los protagonistas de aquellos sucesos tuvieron para comprenderlo. Independientemente de que Cheverdnadze hubiera o no previsto el fin del imperio soviético, lo cierto es que para la mayoría de sus dirigentes esta era una posibilidad remota. Y no solo porque fuera impensable desde un punto de vista político o estratégico, sino porque existía el convencimiento de que la unidad de la Unión Soviética era un hecho refrendado por la cohesión social e ideológica de sus diferentes pueblos (2). Es cierto que nunca se llegó al extremo de considerar completada la asimilación de las poblaciones no rusas, pero se insistió desde los años 60 y 70 del pasado siglo en la aparición de un hombre y un pueblo nuevos, el soviético, capaz de superar las diferencias nacionales dentro de la Unión Soviética.
 
El conocimiento, por tanto, del problema nacional en la Unión Soviética es básico para comprender los acontecimientos que se iniciaron en 1989. El problema nacional, de hecho, figura entre las preocupaciones por excelencia de los dirigentes soviéticos desde la misma creación de la Unión Soviética en 1922. La búsqueda de una fórmula no colonialista que permitiese la cohesión de lo que hasta entonces era un imperio de caracteres tradicionales y la superación de las diferencias de clase, cultura y religión gracias a la nueva ideología fue una constante hasta el final. Es posible que la rigidez ideológica de numerosos dirigentes soviéticos y el condicionamiento a que fueron sometidas las diferentes actividades científicas contribuyeran a crear la falsa percepción de que, efectivamente, tales objetivos se habían alcanzado. En palabras de J. Chinn y R. Kaiser: “aunque pocos dirigentes soviéticos o etnógrafos hablaron de una asimilación completa de los pueblos, la mayoría estaban de acuerdo en que la amistad entre ellos y el patriotismo soviético habían erradicado los estrechos nacionalismos locales”(3).  Es más, el error fue doble. Por un lado se pretendió explicar y analizar el problema nacional como un fenómeno original, distinto a otros procesos de carácter nacionalista desarrollados en el mundo occidental. Los acontecimientos en las antiguas repúblicas soviéticas han demostrado lo contrario. Otros procesos de independencia han tenido, aunque sea parcialmente, características parecidas (4). Por otro se pretendió que la nueva identidad soviética, como superadora de las diferencias nacionales, se extendía por igual en las diferentes repúblicas y pueblos. Pero lo cierto es que fundamentalmente fue  un sentimiento compartido por  los rusos, disminuyendo su intensidad entre los individuos de otros pueblos y minorías. Solo así pueden comprenderse las declaraciones del que fuera presidente de la República de Letonia, Guntis Ulmanis (5):
 
“En lo concerniente a las minorías y, en particular, a la minoría rusa, no veo que discriminaciones podrían sufrir. El régimen soviético ha intentado hacernos creer que Rusia estaría siempre presente, que nunca más existirían los letones, los estonios, los tártaros, los georgianos, tan solo una única nación rusa. Aquellos que alimentaron en su día este tipo de ilusiones tienen hoy problemas para deshacerse de ellas. En el fondo esas gentes que han perdido su sentimiento de pertenencia nacional y no acaban por deshacerse de los restos de ideología inspiran más pena que rechazo.”
 
La desaparición de la Unión Soviética ha dado lugar a dos fenómenos directamente relacionados con la existencia de importantes minorías rusas fuera de las actuales fronteras de la Federación Rusa. En primer lugar ha provocado una seria crisis de identidad en Rusia, cuyos ciudadanos e instituciones se habían identificado intensamente con la  Unión Soviética. Han sido los ciudadanos rusos los que más han sufrido en sus conciencias nacionales, una conciencia que ya en la Rusia zarista se había anclado en la expansión territorial y en la noción de imperio. De hecho algunas constantes en los procesos de integración  de los pueblos de Asia Central tenían sus antecedentes en la época zarista. Si el imperio ha sido una constante histórica para Rusia es lógico que el nacionalismo ruso haya hecho de su legado uno de los pilares de su discurso. La presencia de minorías rusas en las antiguas repúblicas permite mantener la ficción de un área de influencia necesaria para su salvaguardia, pero también  la imagen viva  de otros tiempos.  A partir de 1994 Rusia, animada por intereses económicos y estratégicos se replantea su política en la zona. Ese año crea treinta nuevas bases en países de la CEI, intensifica su intervención en conflictos locales (Georgia y Tayikistan) y se hace cargo de la protección de la frontera de la CEI en Asia Central. En estas circunstancias el sociólogo Viktor Gushchin llegó a afirmar que la alternativa a una Rusia imperial era la autoliquidación, “pero esto último será ya una catástrofe de carácter global. Y entonces tanto en las repúblicas de la ex-URSS como en otros países extranjeros muchos lamentarán no haber apoyado las aspiraciones imperiales de Rusia” (6).
 
En segundo lugar ha permitido la creación de nuevas naciones, la mayoría sin tradición histórica alguna, esto es, por completo artificiales. La presencia de poblaciones rusas en aquellas ha generado un problema externo, esto es las relaciones con Rusia, y otro interno, a saber, el tratamiento de aquellas poblaciones, en ocasiones partes sustanciales de la población del nuevo país. El irredentismo, la estructuración democrática de los nuevos estados, su viabilidad, sin contar con una porción sustancial de sus ciudadanos; problemas que afectan directamente a la estabilidad política y social de los nuevos estados. Aunque el presente texto se centre en este segundo supuesto conviene tener en cuenta el primero, la crisis de identidad rusa, y su traducción en política internacional, anclada en consideraciones estratégicas ya superadas.
 
Tres son las cuestiones que la aparición de nuevas naciones plantea de forma prioritaria a los efectos del presente artículo, a saber, el tratamiento de las minorías rusas por los nuevos estados; la reacción de aquéllas y los efectos que una y otra consideración tiene sobre los procesos de democratización en las antiguas repúblicas soviéticas, una democratización que en algunos casos es del todo ficticia, debido, entre otras cosas a la complejidad nacional de los nuevos estados y la poco equilibrada relación que guardan a efectos de poder los diferentes grupos humanos que comparten las antiguas divisiones administrativas soviéticas, fenómeno agravado por la herencia comunista: debilidad de vínculos, atrofia de valores y persistencia de la mentalidad colectivista (7). La reconstrucción de aquellos requiere la recuperación de valores hace tiempo debilitados y que en el caso de las repúblicas asiáticas se mezcla indefectiblemente con procesos de indigenización complejos y escasamente compatibles con una sociedad moderna. En palabras de Jan Kieniewicz :
 
“Para poder reproducir estos vínculos habría que remitirse a los valores comunes que también quedaron aniquilados. Los conflictos revisten formas de luchas nacionales y étnicas, pero no son más que una mera apariencia, porque los vínculos nacionales son débiles...¿Habrá destruido el comunismo todo el sistema social antiguo? Para alcanzar este objetivo millones de personas fueron asesinadas, el país, la economía y la cultura quedaron devastados, se crearon todos los medios posibles para crear un hombre nuevo y la nación socialista. ¿Por qué fracasó? Cabe preguntarse si quedó eliminado también el odio...La caída del comunismo no significa un retorno al punto de partida, en cambio demuestra la increíble superficialidad del orden establecido”(8).
 
El problema nacional en la Unión Soviética
 
Ha sido frecuente la consideración de la Unión Soviética como una continuación en numerosos aspectos del antiguo imperio ruso (9), consideración que tiene su base en la preeminencia de Rusia dentro de la URSS, la rusificación ensayada en las ex-repúblicas y en la herencia de los condicionantes estratégicos del imperio zarista. Sin embargo es necesario hacer hincapié en aquellos elementos que separan un período de otro, porque si bien es cierto que las líneas de continuidad son evidentes, no es menos patente que el tratamiento del problema nacional dentro de un imperio, el soviético, inestable fue original. Hasta el punto de que podemos considerar ese tratamiento como uno de los factores más influyentes en la génesis de las nuevas naciones. Dos características condicionan el desarrollo de este problema en la Unión Soviética: la elección de un modelo territorial que diese un verdadero protagonismo a los pueblos no rusos del imperio, modelo particularmente nuevo y original en Asia Central, que nunca había conocido algo parecido; y la contradicción entre la base teórica establecida por Lenin y Stalin para solventar el dilema y la práctica, que transcurrió por cauces bastante más tradicionales.
 
Sin duda para Lenin el nacionalismo tanto ruso como el de las demás naciones del imperio constituía un obstáculo importante para el triunfo de la ideología marxista, que debía superar la estratificación étnica y económica al igual que otras supuestas consecuencias del capitalismo. Lenin consideró que el origen del nacionalismo periférico era el nacionalismo ruso, alimentado por la tradicional superioridad de aquél en el imperio. Para superar este problema ideó un sistema que aunaba el respeto del derecho a la autodeterminación, que no equivalía al apoyo práctico de tales  tendencias , la igualación de los diferentes pueblos y la autonomía territorial. La igualación suponía en realidad la equiparación con la nación rusa, lo que exigía dotar a, por lo menos, los pueblos más relevantes del imperio de atributos similares, entre otros de una base territorial. El federalismo y la autonomía no eran sino consecuencias lógicas de este planteamiento. La originalidad del mismo radica en que la creación de la base territorial suponía fijar fronteras artificiales y englobar en aquellas a su vez minorías no pertenecientes a la nación más importante, aquélla que debía dar nombre al territorio. Lenin prefirió así una autonomía cultural-territorial frente a un sistema cultural nacional, que consideró antimarxista. Sobre los regímenes de amplia autonomía administrativa y lingüística Lenin situaba el aparato central del partido comunista. Este hecho no solo suponía un límite evidente a esa autonomía, además es el origen de un intenso proceso de desinstitucionalización, en el que el estado acabaría confundiéndose con el partido. Su desaparición después del  intento de golpe de estado de 1991 fue uno de los elementos que facilitaron la separación de la antiguas repúblicas, puesto que supuso la ruptura del vinculo real con Moscú.
 
Stalin siguió inicialmente este esquema,  para abandonarlo en la práctica tiempo después. En los años veinte Stalin consideró que eran tres los grandes problemas nacionales a superar: el nacionalismo ruso, los nacionalismos locales y la desigualdad nacional heredada del imperio zarista; considerando este último como la causa de los dos primeros. Su política tendió a buscar tal equiparación a través de una política de indigenización formal de las nuevas repúblicas. Su postura cambia en la década de los treinta debido al evidente fracaso de esta técnica. A partir de ese momento los nacionalismos locales serán considerados como un problema esencial. Se mantendrán los atributos formales  de las nuevas entidades territoriales pero comienza una política larvada de rusificación que desembocó finalmente tras la Segunda Guerra Mundial, en la  deportación de comunidades enteras y en la generalización de la enseñanza del ruso.
 
Esta realidad hace todavía más incomprensible el convencimiento generalizado a partir de los años cincuenta de que se había podido superar aquel problema, máxime cuando en algunas repúblicas, como Ucrania y las repúblicas bálticas el nacionalismo era un sentimiento enraizado entre numerosas personas. El mantenimiento de la política de indigenización creo un doble sistema de estratificación nacional, amparando la superioridad rusa en el conjunto de la URSS, pero garantizando la preeminencia de la nación hegemónica dentro de cada república. Si sumamos los datos, es decir, si tenemos en cuenta la debilidad del Estado, disuelto en el partido, y la indigenización en las repúblicas, abiertamente contradictoria con la supuesta aparición de un ciudadano soviético, el resultado permite hacerse una idea de las causas de la debilidad de los lazos que en 1991, como quedó demostrado, existían entre las repúblicas de la ex-URSS y Rusia. Es más, la aparición del “homo sovieticus” fue interpretado en numerosas repúblicas periféricas como una connotación negativa más del acervo soviético (10), resultado de un sistema destructurante de la mentalidad y generador de contradicciones permanentes. En palabras de Raymond Aron:
 
“Se diría que el régimen sufría una contradicción interna, incapaz de crear una “intelligentsia”, incapaz también de otorgar a aquélla la libertad a la que aspiraba” (11)
 
Pero el problema nacional sería agravado progresivamente. La política nacional llevada a cabo por Stalin tenía además como objetivo acabar con las estructuras tradicionales. Con el pretexto de avanzar en la superación de la relación de inferioridad entre rusos y no rusos en la URSS y con objeto de hacer inviables las nuevas estructuras territoriales, Stalin puso en marcha una política de protección de minorías que justificaría la división de los imprecisos territorios nacionales. Stalin procedió a dividir las naciones existentes con total desprecio por la lógica geopolítica y con la intención de atizar las rivalidades existentes. Un ejemplo evidente es el de las principales repúblicas transcaucasianas en cuyo interior fueron creados uno o más enclaves autónomos. En Azerbayan se crea un enclave armenio, Karabaj, con amplios derechos reconocidos, excepto el de adherirse a la república de Armenia. Este islote enclavado en territorio musulmán hace de la población armenia y cristiana que lo habita un rehén y, al mismo tiempo, una amenaza para la integridad de la república azerí. La propia Armenia, enclavada entre vecinos de religión islámica, está flanqueada por un territorio autónomo de mayoría azerí, Nakitchevan.
 
La situación de Georgia no es distinta. En su territorio Stalin creo una república autónoma y dos regiones autónomas. La república autónoma de Abjacia fue creada sin atender siquiera a criterios étnicos, puesto que en ella era mayoritaria la población georgiana, no llegando los abjazos a superar el 17% de la población. En Adjaria ya no son criterios étnicos sino religiosos, a pesar del supuesto desprecio de la religión por el régimen soviético, el que justificó la creación de una región habitada por georgianos de religión musulmana. El caso de Osetia del Sur es todavía más incomprensible, puesto que ni existen diferencias étnicas ni religiosas con el resto de Georgia.
 
La parcialidad de esta política nacional se advierte si comparamos en esa misma región  el norte y sur del Cáucaso. El paralelismo entre el fraccionamiento realizado en una y otra zona es simbólico. Si en las repúblicas transcaucasianas las minorías son dotadas de leyes extremadamente protectoras de sus derechos culturales, en las repúblicas autónomas del norte, integradas en Rusia, se lleva a cabo una intensa política de rusificación. Este contraste evidente fue acompañado de transferencias masivas de población. Por ejemplo los habitantes de Osetia del Norte fueron masivamente instalados en la recién creada Osetia del Sur, en Georgia. Aquí como en Asia Central estas poblaciones desplazadas tendían a mantener su lealtad hacia Moscú, el poder central que, si bien era represivo, garantizaba sus derechos en tierras extrañas. Ni la rusificación, ni las deportaciones masivas, ni el genocidio de pueblos enteros tras la Segunda Guerra Mundial pusieron seriamente en duda esa lealtad. Por el contrario las rivalidades entre ellos no dejarían nunca de ampliarse.
 
La ideología contribuyó de manera determinante a moldear tanto las mentalidades nacionales como la percepción del concepto mismo de nación. La confusión sistemática en la antigua URSS entre nacionalidad y etnia, algo que la formalidad de un pasaporte soviético nunca pudo esconder; la diferencia creada entre nacionalidad y ciudadanía y la reducción de la identidad a la perpetuación de tradiciones folclóricas más o menos vistosas contribuyeron finalmente a atrofiar la facultad  de los pueblos de la URSS para pensar en si mismos como naciones con capacidad para decidir su futuro y forma de desarrollo. En definitiva, esta confusión junto a la represión antinacional engendró un nacionalismo básico creado en torno a la identificación errónea entre etnia y nación. Y es que en su estrategia de erradicación del fenómeno nacional la política soviética terminó por hacer de la etnia, y no del internacionalismo, su caballo de batalla contra la nación. De la identificación entre raza y territorio así como del fraccionamiento intenso de aquel surgió una insatisfacción generalizada que contribuyó a mantener con vida el irredentismo.
 
Esto explica por qué el acceso brutal a la independencia fue acompañado con frecuencia de tensiones. Las mismas condiciones de acceso a la independencia influyeron en el fenómeno. La perestroika, al relajar la dependencia y control central, dejó libre el paso a manifestaciones desbordadas de sentimientos nacionales. A falta de verdaderos atributos propios de un estado independiente, los nuevos dirigentes se dejaron llevar y alimentaron ellos mismos como fuente de legitimidad una ola nacionalista sorprendentemente fuerte, excesos nacionalistas que contribuyeron a agravar los problemas heredados de la antigua URSS. En palabras de J. Chinn y R. Kaiser,
 
“De esta manera, los nuevos estados independientes de la antigua Unión Soviética ... se volvieron antisoviéticos y particularmente antirusos en las décadas que precedieron a la desintegración soviética”.(12):
 
La generación de nuevas naciones
 
El nacionalismo excluyente que permitió alcanzar la independencia, desarrollado a pesar de una política soviética cuyos fundamentos teóricos demostraron ser erróneos, ha moldeado igualmente las nuevas naciones. Entre las antiguas repúblicas soviéticas es necesario hacer distinciones. Algunas, como las tres repúblicas Bálticas o Ucrania, poseían una tradición nacionalista más coherente con su devenir histórico. En el Cáucaso, si bien las realidades territoriales deben mucho a la URSS, las realidades nacionales tenían cierto arraigo, lo que en lugar de facilitar ha complicado las cosas. Y en Asia Central sencillamente se ha tenido que crear todo en un proceso interesante más por la forma que por el contenido. Este último ha sido similar en todos los casos. Más allá de legitimidades con mayor o menor arraigo, en todas ellas han sido evidentes varios fenómenos, si bien con diferencias de intensidad. El primero es la negación de la realidad. El nacionalismo excluyente que ha generado los nuevos estados se ha basado en una pretendida homogeneidad que no ha existido en ningún sentido. Los nuevos estados son multiétnicos, incluyendo a los estados bálticos, los de mayor consistencia. Y, por si fuera poco, la independencia no ha sido el resultado de una decisión consensuada. La división étnica y nacional ha respaldado la heterogeneidad de actitudes ante la necesidad o no de romper la URSS.
 
El segundo fenómeno común ha sido la mentalidad de las nuevas clases dirigentes, marcada a menudo por el neocomunismo y la ideologización de los conceptos nacionales. La dificultad para elaborar leyes sobre ciudadanía que superen la analogía soviética etnia-nación, es decir, para concebir un estado-nación moderno en el que considerar la presencia de minorías, a veces no tan minoritarias, como un hecho y no como una vulnerabilidad potencial, ha paralizado con frecuencia la puesta en marcha de estrategias nacionales coherentes. Al contrario, ha generalizado los discursos chovinistas como sucedáneo de una verdadera política de bienestar y desarrollo económico. El nacionalismo ha encontrado un terreno favorable en una población que no ha acabado de abandonar una estructura de pensamiento totalitaria y, por consiguiente, está mal preparada para aceptar las reglas que marca la tolerancia y el estado democrático.
 
Por último, el tercer factor común a todas las nuevas repúblicas independientes es el redescubrimiento de la realidad geopolítica. A pesar de las dificultades económicas, los nuevos estados descubren que sus intereses no tienen porque coincidir con sus vecinos, desplegando nuevas políticas exteriores condicionadas por la geografía y la composición étnica. Esta situación lleva a los nuevos estados a enzarzarse en disputas territoriales que con frecuencia esconden la lucha por romper la dependencia económica. La complejidad étnica y la diversidad de intereses en juego hacen que estos conflictos puedan reproducirse sin límite. Esta tensión es evidente en el Cáucaso y en las relaciones entre Ucrania y Rusia.
 
Estos tres factores han condicionado los procesos concretos de creación de las nuevas naciones y, por consiguiente, el tratamiento del problema de las minorías rusas. Y suponen un elemento unificador de las formas de adquisición de la independencia. Por supuesto también hay diferencias. La primera y más evidente, es la existente entre las repúblicas con tradición irredentista y un pasado independiente (Estonia, Letonia, Lituania y Ucrania) y aquellas creadas por la extinta URSS. Sin embargo esta diferencia en origen se fue diluyendo antes incluso de la desaparición de la URSS por un fenómeno de contagio. La territorialización de grupos nacionales en Asia Central y en el Cáucaso no solo hizo más complejo el problema nacional, también dotó de atributos formales a las nuevas repúblicas que facilitaron la asunción de los esquemas nacionalistas populares en Ucrania y en los países bálticos. La política de nacionalidades se desarrolló en esencia con el objetivo de quebrar los grandes conjuntos nacionales, culturales y lingüísticos. La paradoja es que tal política acabó por atribuir un estatuto de realidad objetiva a reagrupamientos artificiales. Aquellos territorios recibieron la apariencia de un estado, esto es, instituciones, aparato administrativo, sistema educativo, bandera, incluso una historia propia, con frecuencia inventada a partir de realidades inconexas. Esa clase política y administrativa solo tenía sentido en ese marco, luego parece lógico que se apropiara de el y lo hicieran permeable a las ideas nacionalistas que podían permitir perpetuarlo. Aunque se puede argüir que este proceso novedoso no se produjo en las repúblicas con tradición nacionalista, lo cierto es que sí se ha producido. Sencillamente la apropiación de símbolos ha sido más fácil, quizá porque nunca se perdieron del todo. Pero la recuperación del pasado no puede esconder un hecho evidente, ni Ucrania, ni las repúblicas bálticas son hoy como eran  a principios de siglo. Y este es en definitiva el aspecto más común de cuantos nacionalismos se han desarrollado en la extinta URSS, la necesidad de cambiar y hasta obviar la historia.
 
La invención o reinvención de los nuevos estados puede seguirse con claridad en torno a varios pasos:
 
Primero
 
El primer objetivo de las nuevas repúblicas fue dotarse de la simbología propia de un estado independiente. Esta nacionalización de símbolos afectó de manera especial a los nombres de instituciones y calles. Esto se convierte en una verdadera obligación y símbolo de la voluntad de cambio. Dando lugar a opiniones del todo exageradas. Janri Kachia (13) se expresaba así en 1994:
 
“Las ambiciones imperiales de Moscú son patentes en un detalle que podría parecer anecdótico, esto es, que las principales ciudades de Rusia han recuperado sus nombres presoviéticos. Esta fórmula no ha sido aplicada a Kaliningrado. La ciudad natal de Kant no ha vuelto a denominarse Königsberg.”
 
En otros casos, como en Asia Central cambia el nombre de lugares concretos, pero no el de entidades recompuestas como las provincias, sencillamente porque no hay otro para denominarlas.
 
Segundo
 
El segundo paso es la invención de una lógica histórica que legitime el nuevo Estado. Ucrania y los países bálticos recuperan su tradición europea, de la que fueron arrancadas por la fuerza por el expansionismo soviético. A este respecto nada más clarificador que las declaraciones de responsables políticos de esos estados. En 1994 Lennart Meri, primer presidente de la república independiente de Estonia se expresaba así:
 
“Ante todo hay que recordar que Estonia nunca ha formado parte, propiamente hablando, de la Unión Soviética, sino que estaba ocupada por ella desde 1940. Las generaciones que llamamos de la primera independencia aun vivían cuando nosotros iniciamos el proceso a la vez doloroso y excitante de restauración de nuestra soberanía. Gracias a su presencia ... pudimos romper las cadenas con las que el último imperio colonial del planeta se esforzaba en reprimir los movimientos de emancipación.” (14)
 
Guntis Ulmanis, Presidente de Letonia en 1993, afirmaba ese mismo año
 
“De los tres estados bálticos somos el único que ha repuesto en vigor la constitución de 1922. Recordamos a nuestros antepasados con orgullo ...” (15):
 
Y en 1997, el ministro de Asuntos Exteriores de Letonia repetía de nuevo este planteamiento:
 
“Letonia no es comparable con las demás ex repúblicas soviéticas, no solo por razones culturales e históricas, sino también porque nunca llegó legalmente a ser reconocida como parte de la URSS, internacionalmente hablando... la identidad europea del pueblo letón no permitía que se diluyera entre la masa soviética, olvidándose de sus propias raices.” (16):
 
En Asia Central la reescritura de la historia no puede hacer abstracción del verdadero origen de los nuevos estados, la URSS, de ahí que se conserven los conceptos soviéticos, se recuperen antiguos disidentes y se califique a los rusos como colonizadores. Esta actitud no deja de provocar contradicciones en algunas repúblicas debido a la presencia centenaria de los colonos rusos, es el caso de Kazajistán, y la arbitrariedad de las fronteras. Por ello cualquier  elemento identificatorio se considera válido para reforzar las nuevas identidades. El caso más evidente es el de Uzbequistán y la consagración de su antiguo carácter de vía comercial como símbolo  de identidad significativo.
 
Tercero
 
El tercer paso consiste en la búsqueda de legitimidad cultural, lo que se traduce en la desrusificación lingüística. Todas las repúblicas han proclamado su lengua como lengua nacional, en detrimento del ruso y de otras lenguas minoritarias. Esta política ha sido impulsada precisamente por las clase dirigentes más rusificadas, como fórmula de reivindicación nacionalista y como forma de evitar su desplazamiento por sectores de la sociedad tradicionalmente no rusificados. Es un fenómeno grave, en la medida que supone la discriminación de las minorías no hablantes, fundamentalmente la rusa. Las leyes que imponen la nueva lengua son duras en todas las repúblicas. Solo Ucrania y Kazajistán, debido a la importancia de la minoría rusa o rusófona se han visto obligados a limitar la intransigencia inicial. En las demás repúblicas su conocimiento ha sido imprescindible, a veces, como en Estonia o Letonia, para acceder a la nacionalidad. El nacionalismo excluyente encuentra aquí, probablemente, su mejor expresión.
 
Cuarto
 
El penúltimo paso no es otro que la búsqueda de una ideología y unos valores nacionales. Este aspecto se traduce en los estados bálticos y en Ucrania en la recuperación de su proyección europea y occidental. En los estados musulmanes del Cáucaso y en Asia Central supone un lento, pero inexorable, proceso de indigenización, en detrimento de algunos de los aspectos que de modo determinante condicionan la modernidad occidental, entre ellos el estatuto de la mujer.
 
Quinto
 
El último paso en la consolidación nacional es la búsqueda de independencia económica. Todas las repúblicas han vuelto la vista hacia la economía de mercado, la privatización y los contactos con Occidente, en un intento más voluntarista que fructífero hasta ahora de alejarse de Rusia.
 
El trato recibido por las minorías rusas
 
Aunque es cierto que también la nación rusa fue oprimida por el régimen soviético (17), no es menos evidente que los rusos gozaron de una posición privilegiada y, sobre todo, que para las demás naciones de la URSS era difícil establecer una clara diferencia entre lo ruso y lo soviético. Estos dos factores son esenciales para comprender el tratamiento de las minorías rusas y la reacción de aquéllas. De forma general las nuevas repúblicas independientes han puesto en marcha políticas nacionalistas que manifiestan no ya antisovietismo sino clara rusofobia.
 
La necesidad de construir nuevas naciones ha generado una intensa búsqueda de raíces históricas y modificado por completo la imagen de los rusos, que ahora son considerados, en mayor o menor grado, como ocupantes o colonizadores. Con la excepción de Kazajistán y Ucrania, donde las minorías rusas se asentaron antes de comenzar el siglo y tienen por tanto la categoría de población originaria, en el resto de las repúblicas la situación de las minorías rusas es propia de extranjeros, nacionales tolerados o simplemente hostil. Su situación se complica debido a la actitud de Moscú, que las ha utilizado como justificación de una política en la zona percibida a veces como claramente imperial y a su condición de alimento del nacionalismo ruso. La necesidad de proteger a las poblaciones rusas en el exterior ha sido objeto de atención por todos los partidos rusos, esencialmente nacionalistas en uno u otro grado. Así Boris Yeltsin se expresaba en 1993, con motivo de la aprobación en Estonia de una ley sobre extranjeros, en los siguientes términos:
 
“Es como si los dirigentes estonios ... hubiesen olvidado ciertas realidades geopolíticas y demográficas. La parte rusa tiene los medios para recordárselas.” (18).
 
Y Guennadi Ziuganov, lider en su momento del Partido Comunista Ruso, afirmaba en 1995 en términos incluso más agresivos que:
 
“Las actividades de Rusia en el territorio de la ex-URSS deben orientarse a la restauración del Estado único, y Rusia tiene además la obligación y el derecho de sentirse preocupada por la población rusa que, en contra de su voluntad, ha quedado fuera de sus actuales fronteras (19).
 
En estas circunstancias no es extraño que las relaciones entre las nuevas repúblicas y sus súbditos rusos estén llenas de altibajos. A ello hay que añadir otros dos elementos conflictivos. El primero su dimensión. En algunos casos  el término minoría no es el adecuado para describir el peso demográfico de la población rusa. Se trata de casi la mitad de la población en Estonia, Letonia o Kazajistán. El segundo, la ausencia en numerosas repúblicas de una diferencia nítida entre ciudadanía y etnicidad, fenómeno que intensifica las contradicciones entre las nuevas constituciones, que insisten en la ciudadanía, y la práctica de los estados, todavía centrada en la etnia.
 
En definitiva tres son los ámbitos donde es posible medir el trato recibido por las poblaciones rusas, a saber, la lengua, la educación y la ciudadanía, con el derecho que esta lleva aparejada de intervenir en la vida política del nuevo estado. Estos tres elementos permiten determinar si la política de la nueva nación es o no asimilacionista, segundo aspecto al que conviene hacer referencia. Y, por último, es necesario traducir la tensión provocada por las minorías rusas a una confrontación entre dos ideas elementales. Una primera, según la cual todos los habitantes del nuevo estado serían ciudadanos del mismo con derechos y obligaciones idénticas, fórmula que requiere la protección de las minorías y es acorde con la idea de democracia importada de Occidente; y una segunda, la consideración de la población rusa como colonizadora, compuesta de colonos y antiguos militares y funcionarios y por tanto, desde el punto de vista de un proceso descolonizador, carente de derecho automático a la ciudadanía y sus privilegios. La realidad se encuentra, en cierto modo, entre ambos extremos, con diferencias que atienden a tres aspectos esenciales. La localización geográfica de la minoría, la tradición del nacionalismo local y la magnitud de la población rusa, magnitud que varía sustancialmente de una república  a otra. Así la población rusa supone el 40% de la población en Estonia, el 38% en Letonia, el 37% en Kazajistan, el 10% en Lituania, el 20% en Ucrania, el 20% en Kirguizistán, el 2% en Tayikistán, el 7% en Turkmenistán, el 6% en Uzbequistán, el 4% en Georgia, el 2% en Armenia y el 2% en Azerbayán.
 
En general podemos decir que las tensiones suscitadas por la presencia de casi treinta millones de rusos fuera de la Federación Rusa se han resuelto de forma pacífica, con la excepción de Moldavia. Sin embargo esas tensiones han alcanzado niveles extraordinarios en algunas repúblicas. Además de Moldavia, el caso de Ucrania y la península de Crimea y el caso de Kazajistán y los países bálticos ponen de relieve que nos encontramos ante un fenómeno todavía mal gestionado y susceptible de crear nuevas tensiones, quizá incluso violencia, en el futuro. La prueba evidente de que los problemas creados por el carácter multinacional de las poblaciones de las antiguas repúblicas soviéticas no están siendo correctamente gestionados es el hecho de que en todas ellas se ha partido de un desconocimiento consciente de la realidad demográfica. Las nacionalidades titulares de cada república se han esforzado en general por poner en marcha políticas que aseguren su supremacía económica, política y cultural. Este dominio ha caracterizado las nuevas leyes e instituciones, insistiendo en el carácter colonial de la presencia rusa, con la excepción de los asentamientos rusos anteriores a este siglo. Una actitud animada tanto por el nacionalismo emergente como por el temor al nuevo nacionalismo ruso. En palabras de Jacques Rupnik:
 
“...no puede excluirse la posibilidad de asistir en la Rusia europea a un recrudecimiento del nacionalismo. Un nacionalismo con probabilidad  fundado en una definición étnica de la nación. Dado que Rusia ya no es el imperio, es necesario redefinir las fronteras, y las fronteras están allí donde viven los rusos. Sabiendo que 25 millones de rusos viven fuera de las fronteras de Rusia, se les llama los pies rojos, podemos imaginar  fácilmente a que tipo de problema corremos el riesgo de enfrentarnos.” (20)
 
Opinión que parece plenamente justificada a tenor de las declaraciones de numerosos políticos rusos. En 1992 Andrei Kozirev, entonces Ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, no dudó en afirmar que la incorporación de Crimea o el Tradniester a Rusia era posible; y preguntado sobre la intangibilidad de las fronteras en Europa declaraba lo siguiente (21):
 
“...El problema de la intangibilidad de las fronteras, tal como está formulado en el marco de la  CSCE, no significa en absoluto que las fronteras no puedan cambiar si nos basamos en acuerdos. Pero hay que contar con la opinión de la población de los territorios de los que hablamos y entablar un proceso de negociaciones...”
 
La nueva situación de las minorías rusas no solo es patente en la legislación o, desde un punto de vista sociológico, en la consideración que aquéllas merecen por los demás ciudadanos, a saber, rechazo de su reconocimiento político en general y consideración de la población rusa como un producto de la colonización y agresión soviética. Quizá el dato que mejor permite analizar la gestión del problema de las minorías en las nuevas repúblicas sea el que concierne al respeto de sus derechos culturales, en particular lingüísticos. En todas las repúblicas ex-soviéticas, excepto Bielorusia, se ha asistido a un intenso proceso de desrusificación. Todas han aprobado leyes muy estrictas para promover la lengua nacional, dándose la paradoja de que tal rigidez es incluso mayor en las repúblicas de Asia Central, salvo en Tayikistán, que en las repúblicas bálticas. Exactamente lo contrario de lo que sucede con la concesión de la nacionalidad, extremadamente complicada en las últimas y rápida en las primeras. Solo Kazajistán, Tayikistán y Kirgizistán reconocen un estatus especial a la lengua rusa como lengua de comunicación entre nacionalidades, no como lengua oficial, aunque tanto Ucrania como Kazajistán amparan de forma especial los derechos lingüísticos de las minorías rusas. En términos generales la discriminación del ruso prácticamente deja fuera de la administración y el gobierno a la población rusa. Incluso allí donde funcionan sistemas escolares y universitarios en ruso, los que salen de ellos ven limitadas sus posibilidades por las leyes sobre la lengua, cuyo conocimiento se convierte a veces en requisito para adquirir la ciudadanía, como sucedió en Letonia y Estonia.
 
En cualquier caso el tratamiento de las minorías rusas se enfrenta en algunas ocasiones a la realidad demográfica. En las repúblicas donde tal población es abundante o está concentrada en regiones concretas el reconocimiento de derechos culturales se impone por razones pragmáticas. Es el caso de Ucrania y Kazajistán. En el caso de Ucrania se puede hablar prácticamente de la existencia de dos naciones distintas. En la parte oriental rusos y rusófonos son mayoritarios, abundando las actitudes favorables a la integración en Rusia. En la parte occidental se encuentra el centro de los grupos independentistas. Las elecciones legislativas de 1994 confirmaron definitivamente la división del país: los independentistas se impusieron en el oeste mientras los comunistas resurgieron en el Este. Esta fuerte polarización política regional confirmó la realidad de las tendencias centrífugas que sin duda socavan la unidad ucraniana y ponen en tela de juicio la estructura política del estado. Es evidente que la gestión de las diferencias nacionales está lejos de haber sido resuelta. Algo parecido sucede en Kazajistán, donde los rusos  establecidos sobre todo en el norte y discriminados abiertamente tanto en un plano político como cultural, encuentran dificultades para identificarse con el nuevo estado y ponen en peligro la supervivencia futura de Kazajistán en sus actuales fronteras, máxime tras la consolidación de las posturas de cada grupo nacional  con la creación del Círculo Cosaco Transfronterizo, que confiere a las regiones del norte una casi autonomía respecto al gobierno central .
 
En ocasiones la realidad demográfica no se traduce de forma inmediata políticamente, como ha sucedido en Estonia y Letonia, aunque como sucede en Kazajistán no está nada claro que esta realidad pueda perpetuarse indefinidamente. El acceso progresivo de la población rusa a la nacionalidad en esas dos repúblicas será paralelo a un incremento de su actividad política. Las pruebas son evidentes. En el caso de Estonia la ley de ciudadanía estableció que gozaban de aquella  las personas que fueran ciudadanos estonios en el período de entreguerras y sus descendientes, excluyendo por tanto a los emigrantes rusos asentados a partir de 1940. Como consecuencia la población rusa no pudo votar en las elecciones generales de 1992 y participar así en la redacción de la constitución. Sin embargo los no ciudadanos sí participaron en las elecciones municipales de 1993, poniendo de relieve su fuerza en la misma capital, donde la Asamblea Representativa de los Rusófonos aventajó al partido Pro Patria, cuyo líder era el entonces primer ministro  Mart Laar. Ese año se agudizó el problema de los no ciudadanos con la aprobación de una ley que les obligaba, de no adquirir la nacionalidad estonia, adquisición difícil de acuerdo con la ley de ciudadanía, a solicitar un permiso de residencia. Esta ley fue denunciada en masa por los rusófonos, demostrando su peso de nuevo al imponer por la fuerza de los hechos la aprobación de una ley de autonomía cultural y exigir un tratamiento especial para las ciudades de Narva y Sillamäe, de mayoría rusa. Solo en 1998 varias enmiendas a la ley de ciudadanía  alinearon, al menos formalmente, la legislación del país con las normas de la OSCE . Proceso parecido ha sido el seguido en Letonia, más rápido, de hecho, probablemente porque la proporción de rusos en la población era y es mayor que en Estonia. En este país se aprobó una ley de ciudadanía que imponía un sistema de cuotas. Sin embargo tras las presiones del Consejo de Europa y de la OSCE la ley fue modificada de tal modo que todos los residentes en la república podrían conseguir la ciudadanía antes del año 2003.
 
En definitiva, las repúblicas donde existe una alta densidad de población rusa se han visto obligadas, a pesar de las políticas  restrictivas de ciudadanía y derechos culturales puestas en marcha en los primeros momentos, a reconocer la realidad demográfica, máxime cuando, desde puntos de vista bien distintos, tanto las organizaciones internacionales en las que se han integrado (Consejo de Europa, OSCE y en algunos casos la UE) como Rusia han exigido un cambio de actitud.
 
La reacción de las minorías rusas
 
La reacción de las minorías rusas en las diferentes repúblicas no es idéntica. Existe una diferencia evidente entre la actitud de la población rusa allí donde ésta es abundante, esto es, Estonia, Letonia, Ucrania y Kazajistán, y la actitud en el resto de las repúblicas independientes. En este segundo caso se impone la adaptación a la nueva situación o, sencillamente, la emigración, que ha afectado esencialmente a las regiones centroasiáticas y transcaucásicas. Las razones de esta emigración no hay que buscarlas exclusivamente en el cambio político. En realidad las legislaciones de las repúblicas centroasiáticas han sido más benévolas con las minorías rusas en algunos aspectos que las nuevas leyes en Letonia o Estonia, donde sin embargo no se ha manifestado deseo alguno de emigrar. La causa hay que buscarla en las diferencias culturales crecientes entre la población europea y las poblaciones originarias de la zona, la recuperación de las tradiciones islámicas o sencillamente en la insatisfacción económica. La guerra y la crisis económica, sin duda, marcan la diferencia con otras zonas de la ex-URSS.
 
Por el contrario las regiones de alta concentración rusa se han caracterizado por la tensión entre nacionalidades y la reacción más o menos apasionada de la población rusa. Así ha sucedido en Letonia, Estonia, Moldavia, Ucrania y Kazajistán. Con la particularidad de que si en un principio  las minorías rusas carecían de organización e incluso sentido colectivo de identidad, producto sin duda de su lealtad a una estructura política superior como la URSS; este problema ha sido superado progresivamente, como ha quedado claro en los casos analizados de Letonia, Estonia, Ucrania y Kazajistán. Dos ejemplos, sin embargo, requieren una atención especial por suponer fórmulas extremas en la reacción de las poblaciones rusas, se trata de Crimea y Moldavia. Ambos han constituido la traducción de un verdadero nacionalismo ruso en el exterior y su posible contagio una preocupación evidente para las demás repúblicas con abundante población rusa, cuya unidad e identidad como estados aparece así en permanente duda.
 
Crimea fue incorporada en 1954, por decisión personal de Kruchev, a Ucrania. Bajo el centralismo soviético fue una decisión sin mayores consecuencias, pero con la independencia de Ucrania se convirtió en un problema grave y doble, puesto que no solo obligaba a Ucrania a hacer frente a una región abiertamente independentista sino, además, complicaba aun más las tensas relaciones de aquel nuevo estado con Rusia. En Crimea los ucranianos solo constituyen un 20% de la población, 600.000 personas. Y aunque la población rusa se dividió fuertemente en 1991 a la hora de votar a favor o en contra de la independencia, la crisis económica terminó por reforzar las tesis nacionalistas, pronto asumidas por el Partido Republicano de Crimea (RDK). Este grupo político lanzó en 1992 la idea de celebrar un referéndum de autodeterminación, al mismo tiempo que el Soviet Supremo ruso declaraba anticonstitucional la decisión que en 1954 separaba Crimea del resto de Rusia. Con el fin de solucionar el problema y adelantarse a los acontecimientos fue el propio gobierno ucraniano el que decidió la concesión de una amplia autonomía a Crimea en 1993. Este hecho no solo supuso el reconocimiento, por primera vez con tal envergadura en la ex-URSS, del peso político de la población rusa, además consolidó las posiciones nacionalistas. En 1994 las elecciones son ganadas por el candidato nacionalista, Iouri Mechkov, y acto seguido se procedió a celebrar un referéndum según cuyos resultados el 83% de los habitantes deseaba la doble nacionalidad ruso-ucraniana. Además el ayuntamiento de Sebastopol declaró rusa la ciudad y demandó el ingreso en la Federación Rusa, propuesta rechazada por Boris Yeltsin. El ejemplo de Crimea, por tanto, fue alarmante para la propia Ucrania, que cuenta con una importante población rusófona en el resto del país; para Kazajistán, cuyas provincias del norte tienen un evidente parecido con el caso de Crimea o para Letonia y Estonia. Sin embargo es un conflicto que hasta ahora se ha resuelto pacíficamente, en esencia porque la debilidad económica de los contendientes impide cualquier enfrentamiento mayor y porque la puesta en duda de las fronteras podría ocasionar un reguero de conflictos a lo largo y ancho de la antigua URSS.
 
Cuando estos dos condicionantes son menos intensos el caso de Moldavia da a entender que la violencia es posible. Un elemento característico del caso de Moldavia es la debilidad numérica de la población rusa. Este hecho es particularmente importante y quizá la razón por la que la violencia  se desencadenó con rapidez. La sensación de inseguridad de la población rusa, medio millón de personas de los cuatro de la república, azuzó las posiciones radicales. La independencia de Moldavia fue seguida de la aparición de grupos políticos nacionalistas que reclamaban la unión con Rumania. La aparente fortaleza de esta postura tuvo un efecto devastador entre la población rusa. Bajo el paraguas del XIV ejército ruso, estacionado en Moldavia, la franja de territorio al Este del río Dniester proclamó la independencia en 1990. Los enfrentamientos armados comenzaron en la primavera de 1992, provocando numerosos muertos y miles de refugiados que se instalaron en territorio ucraniano. El conflicto terminó en julio de 1992, tras un acuerdo firmado por Yeltsin, presidente de la Federación Rusa, y el entonces presidente de Moldavia Mircea Snegur, que garantizaba la autonomía para la región y la integridad territorial del estado. El de Moldavia es un ejemplo de hasta qué punto la intervención rusa puede ser determinante. Dado que la mayor parte de la población rusa reside fuera de la región autónoma y que la legislación relativa a la protección de minorías ha recibido el visto buena de la OSCE, es evidente que la intervención rusa está relacionada con problemas estratégicos, asegurar a Rusia una salida a los Balcanes. Se trata de una cuestión resuelta de manera poco firme dados los intereses en juego de Rumania, sensible a la demagogia nacionalista que predica la reintegración de Moldavia; Ucrania, temerosa de ver consolidada una república rusa que cerraría su salida hacia el sur y Rusia, cuyos intereses ya han sido comentados.
 
Conclusión
 
La importancia de las minorías rusas como condicionante de la vida política de las antiguas repúblicas soviéticas no solo no ha decrecido, se ha consolidado y es previsible  que adquiera mayor relevancia en el futuro. Frente a las repúblicas donde tales minorías son poco relevantes numéricamente, donde con independencia de su protección legal, no pueden influir significativamente en la marcha de los acontecimientos, aquellas donde la población rusa y rusófona constituye una parte notable de la población han visto crecer su influencia en todos los órdenes gracias a su peso demográfico, a las reformas legales que progresivamente les han permitido la participación política y al respaldo de Rusia, que ha convertido su protección en uno de los pilares de su nueva estrategia exterior.
 
Dos, por tanto, entre los múltiples problemas que aquejan a estos nuevos estados son especialmente importantes y están intensamente relacionados con las presencia de minorías en general y rusas en particular. El primero es la construcción de un sistema democrático de corte occidental, cuyos principios de tolerancia y respeto de las minorías entraron desde un principio en colisión con el nacionalismo estridente que dio lugar a la independencia o se generó tras ella. Las leyes discriminatorias en torno a la nacionalidad, la lengua o la participación y representación política que se generalizaron a partir de 1991 eran incompatibles con planteamientos democráticos exigidos por las organizaciones internacionales como el Consejo de Europa, la OSCE o la Unión Europea.
 
La dificultad para establecer un sistema democrático equilibrado, capaz de garantizar la estabilidad política y aminorar las reclamaciones nacionales creo a su vez el segundo. Se trata de la inserción internacional de los nuevos estados y sus relaciones con Rusia, ansiosa por recuperar, como de hecho así ha sido, parte de su protagonismo en sus antiguos dominios. Problema que afectaba también a la creación de sistemas democráticos por cuanto la presión rusa con frecuencia alentaba los nacionalismos locales  y reforzaba la imagen de las minorías rusas como verdaderas quintas columnas, ajenas a los intereses estrictamente nacionales.
 
El primero de los problemas constituye un factor decisivo en todo el antiguo Bloque del Este. La tensión entre nacionalismo y democracia ha sido el factor que mayores incertidumbres ha proyectado sobre la consolidación democrática de los nuevos estados. Las ideas de Carlos Taibo y Carmen González Enriquez sobre Europa del Este se pueden aplicar sin problemas a las repúblicas de la antigua URSS:
 
“El nacionalismo en Europa del este es una amenaza a la consolidación democrática en varios sentidos. En primer y obvio lugar, por cuanto implica un riesgo de confrontación bélica... En segundo lugar, el nacionalismo es una amenaza para la vida política democrática por cuanto tiende a oscurecer o anular los conflictos de intereses materiales entre los distintos segmentos de la sociedad, imponiendo un discurso artificiosamente unificador que impide la formación de un sistema de representación de los intereses...En último lugar, porque un requisito para la consolidación democrática es la certidumbre sobre los habitantes y los territorios a los que afectan las normas, y sobre las personas con derecho a intervenir en la vida política; el nacionalismo que cuestiona las fronteras existentes, o el racismo que intenta negar la ciudadanía de una parte de la población, impiden esta certidumbre.”(22)
 
En estas ideas han abundado otros autores. Juan Linz y Alfred Stepan establecieron cinco condiciones necesarias a su juicio para consolidar un sistema democrático. Aunque lo hicieron pensando en Europa del Este, de nuevo su aplicación a los estados de la ex-URSS nos permiten comprender las carencias democráticas de todo género que deben superar. Las condiciones no eran otras que la existencia de una situación que permita el desarrollo de una sociedad civil democrática (Stepan define la sociedad civil como el conjunto de movimientos sociales y organizaciones cívicas de todo tipo que intentan configurar un entramado de acuerdos formales e informales para así poder expresarse y perseguir sus propios intereses), la existencia de una sociedad política dotada de autonomía, la protección efectiva de los derechos fundamentales, una estructura útil para el estado democrático y, por último, lo que ambos autores denominan una sociedad económica, esto es la existencia de un mercado, libre y abierto (23). A la luz de estas condiciones parece claro que la gestión política de las tensiones creadas por la diversidad nacional tiene una relevancia especial, pues de su éxito depende el cumplimiento de prácticamente todas ellas. En pocas palabras, podemos considerar la participación de las minorías rusas en el desarrollo político e institucional de los nuevos estados como uno de los elementos determinantes del éxito o fracaso de los ensayos democráticos que en ellos  están teniendo lugar.
           
Respecto a las relaciones de los nuevos estados y Rusia no se debe olvidar la importancia que en ellas tiene la presencia de las minorías rusas en el exterior, hasta el punto de que su sola presencia ha justificado en ocasiones una política exterior que no acaba de abandonar sus resabios imperiales. Por otra parte se trata de un problema vinculado también a la propia transición política rusa llena de incertidumbres  y animada por tensiones políticas contradictorias y con frecuencia de cuño nacionalista. El tratamiento de las minorías rusas y su posible discriminación ha alimentado el discurso nacionalista en Rusia y condicionado decisiones estratégicas significativas, como la retirada de tropas rusas estacionadas en la antiguas repúblicas de la URSS. El ejemplo claro es el de las repúblicas bálticas o el de Moldavia. Sin duda existen intereses estratégicos que justifican sin necesidad de acudir al argumento de las minorías la pretensión rusa de conservar su ascendencia sobre los nuevos estados. Ascendencia que en general se ha debilitado en todos los ámbitos, pero que sigue siendo relevante. La intervención rusa ha sido determinante en la solución del problema de Crimea, Moldavia, en las guerras civiles transcaucásicas y en los enfrentamientos armados internos en Tayikistán. La presencia militar en la práctica totalidad de las repúblicas de la ex-URSS es un  elemento clave del nuevo escenario estratégico, hasta el punto de que ha sido acusada de intervenir en las crisis locales sin ánimo real de resolverlas, tan solo con la pretensión de mantener una presencia militar efectiva y permanente.
 
La percepción en las nuevas repúblicas independientes de esta actitud ha avivado la sensación de amenaza ante la idea de un nuevo imperialismo, reacción a su vez a la presencia creciente de Occidente e incluso de China en las antiguas áreas de influencia rusa. Si estamos o no ante un resurgimiento imperial es una cuestión debatida. Sea como fuere la estabilidad de Rusia y la moderación de su nacionalismo creciente e intervencionista en el exterior constituye un requisito sin el cual es difícil que la situación de las minorías rusas se normalice por completo, dado que la amenaza sentida por los nuevos estados independientes no tiene solo un origen étnico, sino histórico y político. Para numerosos estonios, letones, ucranianos o kazajos detrás de las reivindicaciones de las minorías rusas está la propia Rusia, ansiosa por perpetuar su dominio y poder..

 
Ángel Pérez es Analista de Política Internacional.
 
Notas
 
1. Kachia, Janri (1993) “Entretien avec Édouard Chevardnadze”, Politique Internationale 60: 9.
2. Chinn, Jeff & Kaiser, Robert (1994) Russians as the new Minority, Missouri: WestviewPress. pp.75-76.
3.   Op.cit. nº2, pág.75.
4.   Roy, Olivier (1998)  La Nueva Asia Central o la fabricación de naciones, Madrid: Sequitur. pp.5-6.
5. Kachia, Janri (1993/1994) “ Entretien avec Guntis Ulmanis”, Politique Internationale 62: 364.
6. El Pais, 20-2-1994, pág.8.
7. Kieniewicz, Jan (1996) “ ¿Hacia donde va Rusia?”, Política Exterior 49: 48.
8. Op.cit. nº.8, pág.48-49.
9. Carrère d`Encausse, Hélène (1993) Russie: à la recherche de l´identité perdue”, Politique Internationale 60: 37.
10 . Kachia, Janri (1993/1994) “Pays Baltes: cap sur l´Europe”, Politique Internationale 62:333.
11.  Aron, Raymond (1966) Trois essais sur l´âge industriel. Paris: Plon. pp. 163.
12. Op. cit. nº.2, pág.87-88.
13. Op.cit.nº.10, pág.337-338.
14. Kachia, Janri (1993/94) “Estonie: le spectre de l´ours russe”, Politique Internationale 62: 351.
15. Op.cit. nº.5, pág.363.
16. Birkaus, Valdis (1997) “Letonia y Europa”, Politica Exterior 60: 177-178.
17. Meyer, Jean (1997): Rusia y sus imperios 1894-1991. México: Fondo de Cultura Económica. pp.459.
18. Op.cit. nº.15, pág.341.
19. Bonet, Pilar (1996) “El comunismo en Rusia: del rojo al blanco”, Meridiano Ceri 7: 15.
20. Varios autores (1993) “Heurs et malheurs de l´Europe post-communiste”, Politique Internationale 60:103.
21. Féron, Bernard (1995) Rusia, esperanzas y amenazas. Barcelona: Salvat. pp.201.202.
22.  Taibo, Carlos & González Enríquez, Carmen (1996) “La Transición política en Europa del Este”, Cuadernos y Debates 61: 66.
23.     Linz, Juan & Stepan, Alfred (1996) “Toward consolidated democracies”, Journal of Democracy 2:17.