Las Fuerzas Armadas del 2025: misiones, capacidades, estructuras, equipamiento y recursos humanos

por Ignacio Cosidó, 4 de junio de 2001

(Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales)
 
Describir como debe ser algo en el 2025 puede parecer arriesgado. El futuro es imprevisible en sí mismo y un cuarto de siglo parece un período excesivamente largo como para poder realizar predicciones fiables. Sin embargo, hablar de las Fuerzas Armadas del 2025 consiste en buena medida en analizar aquellas grandes decisiones de nuestra política de defensa que deben adoptarse hoy, porque es seguro que esas decisiones configuraran de forma precisa y determinante la realidad de las Fuerzas Armadas de ese futuro. Este papel no pretende ser por tanto un guión de ciencia-ficción, sino una reflexión sobre las líneas políticas básicas que definirán nuestros ejércitos del mañana.
 
Veinticinco años no es además un horizonte tan largo cuando nos referimos a las organizaciones militares, que se han caracterizado tradicionalmente por una gran inercia histórica. Ese es además el plazo que muchos modernos sistemas de armas necesitan desde sus primeros requerimientos doctrinales hasta que alcanzan una verdadera madurez operativa. Los oficiales y los soldados tampoco pueden ser improvisados y menos aún eliminados instantáneamente en caso de que se decida un recorte en el número de efectivos. Eso significa que las políticas de personal, para ser coherentes y efectivas, deben ser diseñadas a largo plazo. Por último, una política de infraestructuras, como la construcción de una nueva base o un Cuartel General, tampoco es algo que pueda hacerse, en circunstancias normales, en plazos muy cortos.
 
Todo esto no significa que en los próximo años no vayan a ocurrir cambios muy significativos en nuestras sociedades que afectarán de forma muy radical a las misiones concretas, a las capacidades, a las estructuras y a los equipos de los que dispondrán nuestros ejércitos. A riesgo de ser repetitivo, podemos destacar al menos tres de estos grandes desafíos: la globalización, la revolución cibernética y la integración europea.
 
La globalización significa que la seguridad internacional se va volver crecientemente interdependiente. Eso hará que nuestros intereses de seguridad se dispersen en escenarios cada vez más alejados de nuestro territorio. Las Fuerzas Armadas del futuro deberán por tanto tener la capacidad de desplegarse con la mayor rapidez y combatir con eficacia en zonas muy distantes de sus bases operativas. La proyectabilidad será por tanto  un requisito esencial para los ejércitos del 2025.
 
Por su parte, la revolución cibernética, que está provocando el nacimiento de la llamada sociedad de la información o del conocimiento en el ámbito civil, está a su vez produciendo la denominada Revolución en los Asuntos Militares. Esta revolución consiste en esencia en la integración de estas nuevas tecnologías informáticas y de comunicación en un sistema de sistemas que permite, por un lado, un grado de conocimiento y certeza sobre el campo de batalla como nunca antes había existido y, en segundo término, hace posible establecer el combate a una creciente distancia del enemigo y con una precisión de fuego mucho mayor. Es también evidente que las Fuerzas Armadas españolas no podrán quedar al margen de esa revolución en marcha.
 
Finalmente, los próximos veinticinco años puede traer también cambios sustanciales en la arquitectura política y de seguridad del Viejo Continente. Así, no puede descartarse que los incipientes pasos que en materia de política de seguridad y defensa común la Unión Europea ha comenzado a dar, no desemboquen a medio o largo plazo en una verdadera defensa común. Esa defensa común, que culminaría el proceso histórico de integración política que los países europeos han ido desarrollando en las últimas décadas, supondría una transformación trascendente de nuestra defensa, que pasaría de tener una dimensión preeminentemente nacional a convertirse en una defensa común europea. En sentido inverso, es también predecible que la tradicional alianza militar con los Estados Unidos pueda debilitarse, al menos en términos defensivos que no necesariamente políticos, tanto por el nuevo énfasis que los Estados Unidos conceden al área del Asia-Pacífico en este inicio de siglo, como a causa de esa mayor autonomía europea fruto de su mayor integración y fortaleza.
 
Todos estos factores colocarán a nuestras Fuerzas Armadas en un escenario nuevo que hoy no resulta tan fácil de predecir. Esta incertidumbre exigirá antes que anda a nuestras Fuerzas Armadas tener una capacidad de adaptación más rápida a todos estos cambios, y ser, por tanto, más impredecibles en su evolución de lo que presuponíamos en un principio. Esa misma razón nos obliga, sin embargo, a ser particularmente ambiciosos e imaginativos en nuestras propuestas. Las Fuerzas Armadas deben comenzar cuanto antes un proceso de cambio radical y profundo si quieren seguir manteniendo su utilidad en ese futuro incierto.
 
Las nuevas misiones
 
España no parece que vaya a tener que hacer frente a un ataque masivo contra su territorio en las dos próximas décadas. Por un lado, el desmoronamiento del poder militar del Pacto de Varsovia hace imposible un ataque de esa naturaleza desde el este de Europa. Por otro, la ausencia de suficiente capacidad anfibia de los países africanos hacen también inviable una agresión a gran escala desde el sur. Al margen de esta falta de capacidades, España tampoco mantiene en estos momentos conflictos estratégicos con nuestros vecinos ni con países más alejados de suficiente entidad como para que hagan previsible esa hipótesis de invasión más a medio plazo.
 
La opción más probable es, por tanto, que la ausencia de una amenaza militar directa sobre nuestro territorio se mantenga constante en el período que analizamos. Esto no significa que esta hipótesis deba ser revisada en caso de que España deba hacer frente en las próximas décadas a un conflicto estratégico con otro país o que algún vecino más o menos próximo se dote de unas capacidades de agresión que resulten inquietantes para la seguridad de nuestro territorio. Pero mientras esas hipótesis no se vislumbren, la amenaza de una invasión de nuestro país puede ser descartada.
 
Esta afirmación debe sin embarga matizada en un punto. La especial circunstancia de Ceuta y Melilla, sobre los que si existe un potencial contencioso planteado por Marruecos, hace que lo que es cierto para el conjunto peninsular no lo sea tanto para estas dos ciudades. En este sentido, las Fuerzas Armadas españolas sí deben mantener una capacidad de defensa creíble de estas dos ciudades enclavadas en el norte de África.
 
La inexistencia de una amenaza de naturaleza militar sobre nuestro territorio tampoco significa que no haya otro tipo de amenazas que resultan particularmente dañinas para nuestra seguridad, entendida esta en un concepto amplio. Entre esas amenazas dos resultan especialmente inquietantes: la inmigración ilegal y el narcotráfico.
 
La intensidad de estas amenazas se verá además intensificada en los próximos años como consecuencia de la desaparición de las fronteras interiores de la Unión Europea que establece el Tratado de Amsterdam. La proximidad de nuestras costas al continente africano hace que España se hay convertido en la Frontera Sur de la Unión Europea, siendo utilizada como plataforma de tránsito de inmigrantes y drogas provenientes de los países africanos.
 
La vigilancia y control de costas, fronteras y mar territorial corresponde, según nuestro ordenamiento jurídico, a las Fuerzas de Seguridad y no a las Fuerzas Armadas. Sin embargo, las Fuerzas Armadas deberán estar en disposición en el futuro de hacer una contribución más significativa a esas tareas. El apoyo de los ejércitos a las fuerzas de seguridad resulta esencial al menos en dos aspectos. En primer lugar, para hacer frente a situaciones de crisis. Esta hipótesis ya se puso de manifiesto durante la construcción de las vallas que impermeabilizan el perímetro fronterizo de Ceuta y Melilla. La colaboración de unidades militares se hizo imprescindible ante las avalanchas de inmigrantes irregulares que sufrieron ambas ciudades en los momentos próximos al cierre definitivo de la valla. Pero esa misma situación puede repetirse en caso de que alguna crisis interna en alguno de los países del norte de Africa desborde la capacidad operativa de la Guardia Civil en el control de nuestra frontera terrestre, en Ceuta y Melilla, o marítima.
 
Un segundo aspecto es el apoyo técnico y operativo que las Fuerzas Armadas pueden brindar a la Guardia Civil en situaciones de normalidad. La cuestión es que los sistemas de vigilancia, control e inteligencia que adquiera el Ministerio de Defensa para prevenir amenazas militares contra nuestro territorio deben tener capacidad a su vez para prevenir las amenazas no militares, que serán mucho más intensas. Eso significa que puede establecerse un caudal de información desde las Fuerzas Armadas a la Guardia Civil y que los sistemas de detección, identificación y vigilancia de ambos deben ser complementarios. Por poner otro ejemplo, el Ejército del Aire puede dotar a la Guardia Civil de una capacidad de patrulla marítima de la que esta carece a fecha de hoy.
 
Un mayor apoyo y una colaboración más intensa de las Fuerzas Armadas con las Fuerzas de Seguridad exigirá las modificaciones legales y los desarrollo normativos que sean precisos, obligará también a la realización de un planeamiento y un adiestramiento conjunto en estas misiones y requerirá a su vez que determinados sistemas tengan en cuenta la gravedad de estas amenazas “civiles” y no solo los potenciales riesgos militares. La existencia de un Cuerpo de seguridad de naturaleza militar como la Guardia Civil facilitará sin duda esta coordinación y cooperación entre ambos.
 
Más allá de estas amenazas contra nuestro territorio, España deberá seguir contribuyendo con sus Fuerzas Armadas a la defensa colectiva. Esta defensa colectiva tiene a su vez una doble dimensión, por un lado, los compromisos adquiridos por nuestro país en el marco de la OTAN y, por otro, nuestra voluntad de participación en una futura defensa europea.
 
La hipótesis de un ataque contra el territorio de uno de nuestros aliados no parece tampoco, hoy por hoy, una amenaza probable. Sin embargo, es más difícil descartar que una crisis regional, tipo a las que se han sucedido en los Balcanes, no pueda terminar por afectar directamente a uno de los miembros de la Alianza. Menos descartable aún es que la OTAN, o en un futuro más lejano la Unión Europea, no deban a lo largo de las próximas décadas hacer frente a un conflicto de mayor o menor intensidad, en una zona más o menos alejada de nuestro continente, en defensa de nuestros intereses vitales o para restablecer la estabilidad internacional.
 
La existencia de estas hipótesis obligará a las Fuerzas Armadas españolas a estar en disposición de participar junto a otros ejércitos aliados en un conflicto de alta intensidad, en el que no puede descartarse el uso de armamento nuclear, químico o biológico y que puede desarrollarse a miles de kilómetros de nuestro territorio.
 
Pero las misiones que con mayor certeza van a tener que seguir desempeñando con relativa frecuencia nuestros ejércitos son misiones de paz tipo Bosnia o Kosovo. Este tipo de misiones no prevén inicialmente una confrontación directa con ninguna de las partes y, en todo caso, los ejércitos contendientes tendrán unas capacidades militares limitadas. Tampoco resulta previsible que este tipo de misiones se desempeñen en un ambiente NBQ.
 
No obstante, estas misiones no están exentas de riesgos para las fuerzas participantes, pueden tener lugar en zonas muy alejadas de nuestro territorio y tienden a alargarse durante años e incluso décadas, por lo que la rotación de las fuerzas tiene que ser muy alta.
 
Otro tipo de tareas en las que sin duda se verán involucrados nuestros ejércitos con relativa serán las misiones de ayuda humanitaria ante catástrofes producidas por cualquier causa en cualquier zona del globo. Estas misiones tienen que ver sobre todo con la asistencia a las víctimas mediante el reparto de productos de primera necesidad, la asistencia sanitaria de urgencia o la realización de tareas de reconstrucción de infraestructuras.
 
En nuestro territorio, este tipo de misiones, encuadradas dentro del concepto de Protección Civil, deberán cobrar aún un más amplio espectro, hasta convertir a las Fuerzas Armadas en uno de los instrumentos más importantes del sistema de protección de la población en caso de grandes incendios, riadas, desastres naturales o cualquier otra catástrofe de gran dimensión.
 
Finalmente, debemos señalar también la existencia de misiones denominadas de diplomacia militar, que incluyen la verificación de acuerdos de desarme, el envío de observadores militares, proyectos de apoyo para el desarrollo de fuerzas armadas más profesionales y democráticas en determinados países, actividades encaminadas a facilitar la generación de medidas de confianza y una variada panoplia de misiones similares. 
 
Un ejército a dos velocidades
 
En una lógica puramente estratégica, las capacidades de las que deben dotarse las Fuerzas Armadas están en función de las misiones que han de desempeñar. Sin embargo, la cantidad y calidad de las fuerzas están también en función de los recursos humanos, materiales y presupuestarios que la nación tenga la posibilidad y voluntad de aportar a sus ejércitos.
 
No obstante, al hablar de capacidades de las que debe dotarse nuestra defensa hay una cuestión previa a dilucidar: ¿en qué media España debe mantener en las próximas décadas una capacidad más o menos autónoma de defensa o en que medida sus Fuerzas Armadas deben estar integradas, y ser por tanto interdependientes, con el resto de las fuerzas aliadas o europeas?
 
La respuesta tradicional a esta cuestión es que España debía combinar ambas capacidades: la de actuación conjunta con sus aliados, pero también una capacidad autónoma de defensa de su territorio y sus intereses vitales. Esto significaba optar por unas capacidades de fuerza equilibradas, que no renunciaran a ningún componente esencial, de forma que permitieran una actuación autónoma de nuestros ejércitos.
 
Hoy, sin embargo, hay cuatro factores a considerar. En primer lugar que, excepto para Ceuta y Melilla, no hay previsión de amenaza directa a nuestro territorio en las próximas dos décadas. Segundo, que es difícil imaginar intereses vitales españoles que justifiquen una guerra que no sean a su vez compartidos con nuestros aliados o al menos con nuestros socios europeos. Tercero, que la fuerza europea de 60 mil hombres que en estos momentos se está generando debe entenderse más como un  primer paso hacia la creación de unas capacidades de defensa europeas que como un punto final del proceso. Por último, mantener una capacidad autónoma de combate requiere un nivel de fuerzas, un equipamiento y unos costes que no son fáciles de asumir para un país como el nuestro.
 
La conclusión de todo ello es que en la medida en que en los próximos años se vaya avanzando hacia una auténtica defensa europea en el seno de la Unión, España debería ir a su vez renunciando a una capacidad autónoma de defensa para integrarse en una fuerza europea en la que cabe esperar cierto grado de especialización nacional, de forma que no todos los países cubran de forma deficiente una amplia panoplia de capacidades mientras que otras necesidades esenciales se quedan sin cubrir. Pero para que esa renuncia fuera profunda, nuestro país debería obtener además garantías suficientes respecto a la defensa de sus ciudades en el norte de África.
 
En cualquier caso, la creación de una verdadera defensa europea es una apuesta europea que España puede y debe impulsar, pero que obviamente no puede decidir por sí sola. Por tanto, mientras esa defensa europea no sea una realidad, nuestro país deberá mantener unas Fuerzas Armadas equilibradas capaces de abordar una panoplia amplia de misiones y de hacer frente a nuestro riesgo singular.
 
Una segunda cuestión es si las Fuerzas Armadas deben mantener una capacidad para el combate de alta intensidad u optamos por transformarlas en meras subsidiarias de otras fuerzas más avanzadas, en especial las de Estados Unidos, y en menor medida las de otras potencias europeas como Gran Bretaña y Francia. Esta segunda opción implicaría concentrarlas  en misiones de apoyo logístico a estas fuerzas más avanzadas o en aportar elementos terrestres para la posterior pacificación del terreno una vez librada la batalla.
 
Optar por una u otra opción es una decisión compleja porque tiene que ver con las capacidades, pero no sólo con ellas. En caso de optar por la primera opción, la sociedad española debe estar dispuesta a que sus soldados maten y mueran en un terreno alejado de nuestro territorio, defendiendo unos intereses que pudiendo ser vitales, serán sin duda menos asumibles para la opinión pública que la defensa de nuestra propia integridad territorial. Por otro lado, mantener una capacidad de combate integrados en una fuerza multinacional para hacer frente a un enemigo con capacidades militares avanzadas, en un ambiente hostil NBQ y a miles de kilómetros de distancia, presupone la dotación de unos equipos, unas tecnologías y una formación y adiestramiento de las fuerzas sumamente costosos. Finalmente, generar estas capacidades supone una revisión profunda de la actual estructura de fuerzas, en particular de las terrestres, compuestas en esencia por unas brigadas acorazadas y mecanizadas que resultan inútiles por su incapacidad para proyectarse y unas fuerzas ligeras que resultan inútiles por su incapacidad para combatir en un conflicto de ese tipo.
 
Sin embargo, es obvio que España debe mantener una capacidad de combate si quiere jugar un papel de liderazgo en el ámbito de la defensa europea y si aspira a ser una potencia con cierto peso y capacidad de decisión en el ámbito internacional. España puede, por su entidad geográfica, por su posición geoestratégica, por su dinamismo económico y por su proyección exterior en términos políticos y culturales, aspirar a ser uno de los cinco socios más importantes de la Unión Europea. En buena medida, lo es ya en términos políticos y económicos, pero desde luego está aún lejos de serlo en términos de seguridad y defensa. La diferencia entre optar por generar esas nuevas capacidades militares o no hacerlo, es tanto como el decidir jugar un papel relevante en el escenario internacional u optar por mantener un papel muy de segundo orden.
 
Optar por generar esta capacidad de combate de alta intensidad integrados en unas fuerzas avanzadas tecnológica y doctrinalmente, significa a su vez optar por un ejército a dos velocidades. Hay un axioma que señala que las fuerzas más capacitadas siempre pueden desempeñar misiones menos complejas, pero no al contrario. Este principio debe hoy, sin embargo, cuestionarse. Las misiones de combate actuales resultan cada vez más  incompatibles con las misiones humanitarias. Es, en primer término, un problema de mentalidad. La experiencia de los Estados Unidos demuestra que cuando han empeñado unidades de combate en misiones humanitarias resulta luego difícil volver a mentalizarlas para el combate. Es también una cuestión de adiestramiento y de equipamiento, las unidades entrenadas y equipadas para combatir no siempre saben hacer correctamente funciones que tiene más que ver con la actuación policial o asistencial. Finalmente,  es un problema de economía. Es como si uno utilizara un Formula 1 para ir por la mañana a la oficina.
 
Por tanto, en la medida en que España quiera mantener una capacidad de contribuir con unidades de combate intensivo y avanzado, según los nuevos parámetros de la RMA, y quiera al mismo tiempo mantener una capacidad de participar en misiones de carácter humanitario, deberá tener unidades diferenciadas para estos dos tipos de misión, con un adiestramiento especializado en cada tipo de misión, con diferentes grados de disponibilidad y proyectabilidad y con equipos claramente diferenciados.    
 
¿Cuál debe ser la entidad de la fuerza para una y otra misión? La entidad de la fuerza que España deberá comprometer en un conflicto de alta intensidad dependerá en buena medida del papel que España quiera jugar en Europa y en el mundo, pero si mantenemos la regla no escrita que parece haber adoptado el actual gobierno de contribuir con un porcentaje en torno al 10% de la aportación total de la Unión Europea, eso significaría que estaríamos hablado de una división equivalente (compuesta de la menos tres brigadas), entre 80 ó 100 aviones de combate y entre 16 o 20 buques de guerra, capaces todos ellos de integrarse en una fuerza multinacional siguiendo los estándares operativos y tecnológicos de las unidades de combate de Estados Unidos.
 
No obstante, la calidad de esta fuerza es en este punto mucho más relevante que su entidad. Lo importante es que España mantenga una capacidad de actuar combinadamente junto con sus aliados en una guerra tipo RMA y menos importante el número exacto de componentes que aporta. Esto significa que estos números pueden entenderse como objetivos máximos que pueden reducirse en caso de que los costes resulten inabordables. Siempre es preferible mantener una capacidad de mínima entidad pero integrable en una fuera multinacional, que poner en riesgo esa capacidad de interoperatividad con los aliados por tratar de mantener un mayor número de plataformas.
 
Las capacidades que deben tener estas fuerzas requerirán un importante grado de innovación tecnológica y doctrinal. Así, antes que nada habrá que dotar de nuestras fuerzas de unos sistemas de comunicación, mando, control e inteligencia que sean plenamente compatibles con los de los ejércitos más avanzados. Habrá a su vez que desarrollar los simuladores y laboratorios de combate que permitan experimentar este nuevo tipo de guerra.
 
Por otro lado, la fuerza, para ser útil, debe tener una capacidad de proyección casi inmediata. En tan sólo una semana, las unidades de combate deben poder estar en el área asignada, plenamente equipadas y en disposición para entrar en combate. Esta proyección debe basarse en medios aéreos en una primera instancia, y en medios navales en un segundo escalón y posterior apoyo. Su proyectabilidad debe contemplar además una variedad de posibilidades de desembarco que no sé circunscriban únicamente a grandes infraestructuras portuarias o aeropuestoarias. Esto significa que la capacidad de desembarco, tanto aérea como naval, debe poder hacerse en lugares con infraestructuras inexistentes o muy deterioradas.
 
Un segundo elemento será la movilidad de estas fuerzas. La capacidad de destrucción de las armas actuales hace prohibitivo las grandes concentraciones de fuerza. La movilidad táctica se convierte así en un elemento de autoprotección indispensable, pero también en un requisito básico para una adecuada capacidad ofensiva. Hay que tener capacidad de golpear al enemigo en cualquier punto, así como de redesplegar las fuerzas propias de forma constante.
 
Un punto crítico es como combinar esta movilidad con una protección adecuada. Las opiniones públicas occidentales quieren, antes que nada, guerras limpias, cuando menos de bajas propias. Esto significa no sólo que la fricción del combate debe ser la menor posible, sino que el grado de protección de las tropas debe ser máximo. Esto se refiere tanto a las capacidades antimisiles que deben tener los despliegues expedicionarios, a los niveles de blindaje de los que deben dotarse tanto a los vehículos de combate como incluso a los propios combatientes individualmente y de forma especialmente decisiva a las tácticas de furtivismo y camuflaje electrónico que permitan hacer nuestras fuerzas invisibles a los ojos de los enemigos.
 
Otro elemento que también ha estado tradicionalmente reñido con la proyectibilidad de las fuerzas es la capacidad de fuego de las unidades de combate. Es cierto que las nuevas tecnologías de identificación de objetivos y los nuevos sistemas de armas permiten una gran precisión y efectividad con una menor capacidad de destrucción. Pero en enfrentamientos contra fuerzas que en la mayoría de los casos serán de mayor entidad y estarán dotados de elementos de combate muy protegidos, resulta esencial una capacidad de fuego capaz de destruir de forma rápida y eficaz todos los objetivos identificados. En este sentido, la capacidad de fuego de las actuales unidades de infantería ligera resulta muy insuficiente para este tipo de guerra.
 
Por su parte, la Armada debe mantener su actual capacidad de proyección oceánica desechando cualquier tentación económica de limitar nuestra fuerza naval a la mera protección de costas. Junto a esta capacidad de proyección, es esencial garantizar la propia autoportección de sus buques en zona de conflicto, tanto respecto a potenciales ataques aéreos o de misiles, como frente a potenciales ataques submarinos.
 
Por otro lado, es previsible que la misión de las flotas en el futuro no sea tanto controlar las vías de comunicación marítimas, que parcialmente pueden hacerse por otros medios y para la que la actual superioridad de la Alianza Atlántica parece hoy por hoy incontestable, como ser capaces de proyectar la fuerza terrestre y darle apoyo, tanto logístico como de fuego, desde la costa. En este sentido, las plataformas navales resultarán esenciales para dar protección aérea y antimisil a las fuerzas desplegadas en tierra. El apoyo operativo a las fuerzas terrestres debe basarse en una abrumadora capacidad de fuego sobre el escenario de combate, con sistemas de precisión que posibiliten un apoyo extraordinariamente próximo a las fuerzas propias.
 
Finalmente, nuestra fuerza aérea debe contribuir a asegurar en todo momento la superioridad aérea sobre el terreno de operaciones. Su capacidad de ataque a suelo, misión en la que los aviones tripulados se verán cada vez más desplazados por misiles de crucero, debe tener una creciente capacidad para penetrar todo tipo de blindajes y protecciones. En segundo término, resulta esencial su capacidad para cegar el sistema de defensa aéreo enemigo, especialmente mediante la destrucción de sus radares. Todo ello debe hacerse con armas que permitan una creciente distancia entre el piloto y el objetivo, así como con una precisión que evite daños colaterales que tiene un impacto sumamente negativo en las opiniones públicas occidentales. Su capacidad de actuación debe ser en todo tiempo.
 
Los despliegues en zona resultarán cada vez más costosos, difíciles y peligrosos, por lo que las plataformas aéreas deberán tender a operar en muchos casos desde sus propias bases o bases alejadas del teatro de operaciones, lo que requiere una creciente autonomía de las plataformas y capacidad de autoabastecerse en vuelo.
 
Las tecnologías de furtivismo y camuflaje electrónico de los aparatos resultan esenciales para garantizar su supervivencia. Habrá un creciente requerimiento de sistemas de observación e identificación de objetivos. En este campo los aparatos no tripulados tendrán sin duda primacía.
 
El espacio aparece como un cuarto elemento cada vez más crucial para el campo de batalla futuro. Las comunicaciones por satélite resultarán claves para la adecuada gestión del sistema de sistemas en que se han transformados las fuerzas de combate actuales. Los satélites de observación resultan a su vez imprescindibles para todas las labores de inteligencia, la localización de objetivos enemigos y el control de daños. Es impensable el despliegue de una fuerza de combate sin el apoyo de una red de satélites que garanticen sus comunicaciones y ofrezcan a sus mandos la información precisa en cada momento. Esta capacidad tendrá con toda probabilidad que ser complementada o compartida con otros aliados, pero en la medida en que Europa quiera gozar de una cierta autonomía estratégica respecto a Estados Unidos deberá dotarse de una capacidad propia en la que España deberá hacer su aportación correspondiente.
 
Pero si España necesita dotarse de nuevos sistemas de comunicación, mando, control e inteligencia, si debemos generar nuevas fuerzas que sean simultáneamente proyectables, extraordinariamente móviles, con un altísimo nivel de autoprotección y con gran capacidad de fuego, aún más importante es que diseñemos un sistema de apoyo logístico que nos permita sostener a esa fuerza en escenarios sumamente alejados de nuestro territorio. Eso implica desarrollar un sistema de transporte, de mantenimiento de equipos, de asistencia sanitaria, de distribución de víveres y munición y de gestión de reservas mucho más eficaz y eficiente del que disponemos en la actualidad.
 
Para la segunda misión esencial de nuestras Fuerzas Armadas, su participación de misiones de paz y asistencia humanitaria, un objetivo razonable sería poder atender simultáneamente tres escenarios tipo Bosnia o Kosovo. Por otro lado, el compromiso de España con la fuerza de reacción europea ronda los cinco mil hombres. Todo esto significa disponer de al menos dos brigadas proyectables simultáneamente, para lo que teniendo en cuenta las necesidades de rotación, haría falta la existencia de al menos seis unidades tipo brigada. Teniendo en cuenta además que por cada hombre en el teatro de operaciones se requieren cinco para rotaciones y apoyo logístico, eso nos lleva a un compromiso de fuerzas de unos veinticinco mil soldados.
 
Es obvio que los requerimientos de estas unidades para misiones de paz en cuanto a adiestramiento y equipo serán mucho menores que las de las unidades preparadas para el combate de alta intensidad. Su capacidad de proyección, resultando esencial, no es ya tan urgente, de forma que puede hacerse por medios más convencionales (aviones militares o incluso comerciales para los hombres con su equipo básico y transporte marítimo para los equipos más pesados). Finalmente, el apoyo a estas tropas se facilita también en buena medida porque las fuerzas pueden autoabastecerse de alimentos y algunos otros bienes sobre el propio terreno en la mayoría de los casos.
 
Una estructura unificada
 
Generar las capacidades necesarias para hacer frente a las misiones del 2025 en los términos que hemos descrito, exige necesariamente una nueva estructura y organización del Ministerio de Defensa y de las Fuerzas Armadas. Esta estructura debe ser mucho más reducida, ágil y eficiente que la actual. La nueva organización deberá unificar y simplificar en gran medida la cadena de mando y permitir un trasvase masivo de recursos humanos y materiales de tareas burocráticas, administrativas y de apoyo hacia las unidades operativas. Por otro lado, es imprescindible una espectacular concentración de las unidades operativas y logísticas de forma que puedan generarse importantes ahorros en mantenimiento, infraestructura y seguridad. Por último, hay que avanzar hacia un sistema unificado de enseñanza de los tres ejércitos que permita reducir al menos a la mitad el número de centros de formación militar hoy dispersos por toda la geografía española.  
 
En los últimos años se ha puesto en España un gran énfasis en la necesidad de la acción conjunta. Sin embargo, la realidad demuestra que no puede haber acción conjunta sino existe una estructura unificada. En este sentido, la reforma más importante que se propone es la supresión de los Cuarteles Generales de los tres ejércitos y de sus respectivos Estados Mayores, que deben integrarse en un único Estado Mayor de las Fuerzas Armadas. Los actuales Jefes de Estado Mayor pasarán así a convertirse en inspectores de sus respectivos ejércitos.
 
Por su parte, el Ministerio de Defensa debe centralizar no sólo la dirección política sino también la gestión de todos los recursos humanos, materiales y presupuestarios de las Fuerzas Armadas. Esta gestión debe estar sometida a un proceso de reingeniería de procesos que evite una trasferencia automática de recursos desde los actuales Cuarteles Generales al Organo Central para asumir esta tarea. La centralización de la gestión de personal y material debe servir para liberar un número importante de militares a labores operativas, al tiempo que se gane en agilidad y calidad de gestión. Las grandes unidades dispondrán de una mucha mayor autonomía en la administración de sus recursos económicos y humanos, con un modelo de gestión descentralizada.
 
La estructura periférica de las Fuerzas Armadas debe desaparecer, tanto en lo que se refiere a las Delegaciones de Defensa como a las estructuras operativas residuales de naturaleza territorial (regiones y zonas). Las Fuerzas Armadas deben completar el proceso de transición desde un ejército territorial a un ejército de proyección. Las labores de reclutamiento deben centrarse en oficinas específicas para tal fin. Los apoyos al personal se realizarán en las propias unidades. Las funciones de asistencia al personal retirado se integrarán en la administración periférica del Estado.
 
La estructura de mando debe articularse en dos únicos Cuarteles Generales Conjuntos. El primero, aglutinará a todas las fuerzas de combate y el otro reunirá a las fuerzas especializadas en misiones de paz. Por el contrario, el Jefe de Estado Mayor de la Defensa no tendrá mando operativo, sino que actuará como principal asesor militar del Ministro de Defensa.
 
Por su parte, la gestión de las adquisiciones se concentrará en un Organismo Autónomo integrado en el Ministerio de Defensa, que será responsable de la compra, la financiación y el mantenimiento de todo el equipo destinado a las Fuerzas Armadas durante toda su vida operativa. Este organismo, que podría adoptar la forma de entidad pública empresarial, reunirá a su vez bajo una única estructura todos los centros de apoyo logístico avanzado que existen en las Fuerzas Armadas. Las unidades operativas mantendrán en su seno un primer escalón de mantenimiento, así como las unidades de apoyo logístico que resulten imprescindibles para el sostenimiento de las Fuerzas en sus misiones exteriores. Por el contrario, el mantenimiento avanzado de los equipos tenderá a externalizarse en buena medida.
 
La estructura de enseñanza de los tres ejércitos se reunirá a su vez bajo una única Dirección en el Ministerio de Defensa. El objetivo inicial será una reducción de al menos un 50% de los centros de enseñanza existentes en la actualidad, haciendo centros comunes a los tres ejércitos en todo aquello que sea posible y buscando los centros de excelencia que deberán ser potenciados. En este sentido, la creación de la Escuela Superior de las Fuerzas Armadas constituye un magnífico ejemplo del camino a seguir. La enseñanza de actualización se basará en buena medida en las técnicas actuales de enseñanza a distancia interactiva, para lo que se creará un centro específico. Esta reducción del número de centros debe permitir tanto una mejora de la calidad de la enseñanza en las Fuerzas Armadas, elemento clave en la Revolución de los Asuntos Militares, como liberar recursos para las unidades operativas.
 
Por último, es necesario un despliegue mucho más reducido y concentrado en grandes unidades operativas que el actual. El Ejército de Tierra, a pesar de los esfuerzos realizados en los últimos años, en especial con la puesta en marcha del Plan Norte, mantiene aún un despliegue en cientos de acuartelamientos esparcidos por la práctica totalidad de la geografía nacional. La fuerza del futuro deberá estar agrupada, por el contrario, en una docena de grandes bases en las que en encuadren tanto las brigadas operativas como todos los elementos de apoyo necesarios. La Armada, por su parte, puede reducir las cinco bases que mantiene operativas a sólo tres, una principal y dos de redespliegue y el Ejército del Aire puede reducir a menos de un tercio las 15 bases y 4 aeródromos que actualmente mantiene operativos.
 
Por su parte, la defensa de las zonas extrapeninsulares, los dos archipiélagos y las ciudades de Ceuta y Melilla, debe sustentarse en mucha mayor medida en la propia capacidad de proyección inmediata de nuestras fuerzas que en el mantenimiento de tropas acantonadas en sus territorios, tan costosas como inútiles. En este sentido, las guarniciones extra-peninsulares y sus correspondientes estructuras de mando se reducirán a una mínima expresión.
 
Un último principio de la organización militar del futuro debe ser la modularidad de toda la estructura de combate. La nueva estructura debe ser sumamente flexible, de forma que pueda aportar piezas de combate relativamente autónomas en cualquier fuerza multinacional que se forme para una determinada misión. En esta línea, nos hemos referido a la brigada, y no a la división, como unidad de combate básica. Pero incluso la brigada puede ser una unidad excesivamente voluminosa para determinadas operaciones. Esto significa que desde el pelotón hasta una estructura de división debe existir una cierta capacidad de actuación autónoma.
 
Esta autonomía de las unidades implica también una mayor integración de sus elementos de apoyo. Las transmisiones, los medios de guerra electrónica, los equipos de observación y vigilancia, los helicópteros y los componentes logísticos deben estar plenamente integrados con las fuerzas de combate y no constituir elementos independientes en reserva a disposición de cualquiera. Cuando una unidad sea desplegada en el exterior para una misión debe llevar consigo todos los elementos necesarios para desarrollarla. Eso exigirá un grado de integración entre todos los elementos de combate y apoyo mucho mayor que la que existe actualmente. 
 
En definitiva, las Fuerzas Armadas del 2025 necesitan una estructura simplificada y mucho menos burocrática que la actual. Los costes y los recursos que actualmente absorbe la estructura de mando y administración resultan incompatibles con las capacidades de proyección y combate con las que debemos dotar a los ejércitos del futuro. La acción conjunta resulta imposible sino se dan pasos significativos hacia una verdadera estructura unificada de fuerzas. La estructura de los ejércitos debe abandonar además de forma definitiva su concepción territorial y ser rediseñada como una fuerza estricta de proyección. 
     
La revolución tecnológica
 
La generación de las nuevas capacidades de las que deben estar dotadas las Fuerzas Armadas exige una profunda revisión de los sistemas de combate que existen en nuestros ejércitos. La utilidad de todos y cada uno de los sistemas actuales debe ser cuestionada en función de su capacidad de adaptación a los nuevos requerimientos de una guerra según los estándares de la Revolución en los Asuntos Militares (RAM). La política de adquisiciones futura debe centrarse además en obtener aquellos sistemas que resultan más críticos en este nuevo tipo de guerra.
 
Uno de los principios esenciales de la RAM es precisamente el desplazamiento de la destrucción por la información. Es decir, en la medida en que los objetivos enemigos son más detectables e identificables, es precisa una mucho menor capacidad de fuego para neutralizarlos que cuando no se sabe con exactitud donde se encuentran. Esto significa que la entidad de las fuerzas en combate puede ser también menor y que el número de plataformas puede disminuir en la medida en que se hacen también más sofisticadas y eficaces.
 
El elemento más importante para que España pueda incorporarse a una fuerza multinacional de combate en una misión exterior es lograr la compatibilidad de nuestros sistemas de comunicación, mando, control e inteligencia con el de nuestros aliados. En estos momentos, Alemania, Francia, Italia y el Reino Unido son los únicos países europeos que participan en programas conjuntos con el ejército norteamericano para el desarrollo de un sistema de mensajes estándares que permite el intercambio de datos entre las bases de datos nacionales. España, por el contrario, está al margen de este programa. Sin esa capacidad de intercambio de información de nuestros sistemas de defensa con los de nuestros aliados, cualquier otro esfuerzo o capacidad resultará inútil.
 
Un segundo elemento que resulta vital en una guerra RMA son los sistemas de detección e identificación de objetivos. La plataforma fundamental para situar los diferentes sensores que permiten estas nuevas capacidades de observación, detección e identificación de objetivos, los constituyen los aviones no tripulados. Estos aparatos ya fueron utilizados de forma intensiva en las operaciones en Kosovo con excelentes resultados. Nuestro escuadrón de reconocimiento aéreo, hoy montado sobre viejos F-4, deberá ser sustituido por aviones no tripulados de nueva generación.
 
En este mismo sentido es importante también desarrollar una capacidad combinada con los aliados para sincronizar los ataques en profundidad, así como desarrollar una capacidad conjunta de explotación de la inteligencia del espectro. Estas capacidades deben permitirnos detectar camuflajes y vehículos de todo tipo a gran distancia. Estos sistemas pueden también utilizarse para operaciones de búsqueda y salvamento, análisis de las características del terreno y detección de armas químicas y biológicas. Todo ello requiere ordenadores capaces de procesar la información recibida de los diversos sensores espectrales.
 
Otro sistema esencial es el desarrollo de sensores de infrarrojos que permitan detectar objetivos a gran distancia, así como radares láseres que permitan identificarlos. Este tipo de sensores han sido utilizados también para la detección de buques cargados con drogas, en un claro ejemplo de cómo las nuevas capacidades tecnológicas de las Fueras Armadas pueden hacer frente a un más amplio espectro de amenazas.
 
Una vez localizados e identificados estos objetivos, es necesario tener la capacidad de destruirlos y hacerlo en el menor tiempo posible y causando al mismo tiempo los mínimos efectos colaterales. Para ello, no es sólo esencial disponer de un abundante número de proyectiles guiados de precisión, sino desarrollar también sistemas de planificación automática de misiones que selecciones los objetivos, determinen los daños deseados y selecciones el sistema de armas a utilizar.
 
Para el ataque a blancos móviles la velocidad de respuesta se hace aún más perentoria. Para ello, es preciso dotar a nuestras fuerzas de sistemas interoperativos de vigilancia que permitan conectar nuestras unidades con la del resto de los aliados en tiempo real.
 
Otra tecnología crítica de la que debemos dotar a nuestros ejércitos son misiles antiradares capaces de detectarlos y destruirlos incluso cuando esos sistemas se encuentran desactivados.
 
Todo este conjunto de nuevos sensores requiere a su vez de nuevos sistemas de transmisión en banda ancha que permita trasmitir imágenes de alta definición de los objetivos, reduciendo al máximo el tiempo que transcurre entre que un objetivo es descubierto y es destruido.
 
Respecto al espacio, dos son los sistemas más necesarios. Por un lado, España deberá incrementar de forma sustancial su capacidad de comunicación vía satélite, si quiere ser capaz de contribuir con un nivel de fuerzas adecuado en operaciones fuera de área. Segundo, habrá que potenciar a su vez nuestra capacidad de observación por satélite. En ambos casos, existen programas actualmente en marcha, aunque una evolución lógica apuntaría a dotar a la Unión Europea con unas capacidades comunes en estos terrenos.
 

Hemos señalado como requisito básico para las fuerzas armadas del futuro su proyectabilidad. Esa proyección significa fundamentalmente dotarlas de nuevas capacidades de transporte aéreo y de proyección naval. En este sentido, el programa M-400 dotará a nuestras fuerzas de una nueva capacidad de despliegue rápido muy estimable. Sería interesante que la participación de España en el proyecto pudiera incrementarse de forma que una brigada equipada para el combate pudiera ser proyectada en el plazo de una semana a un escenario de operaciones alejado. La flota de M-400 disponible en un futuro debe satisfacer esta necesidad de volumen de carga, permitir un radio de acción verdaderamente estratégico y estar dotado de la máxima capacidad para operar en pistas cortas y en mal estado.
 
Un segundo elemento de proyección lo constituye las fuerzas navales. En este sentido, la Armada acaba de adquirir dos buques de asalto anfibio de nueva generación y gran porte, con amplia cubierta de vuelo y dique que les permite operar tanto con helicópteros, como embarcaciones y vehículos anfibios. Asimismo, se han adquirido recientemente un buque de apoyo logístico y un petrolero. Esas capacidades renovadas deberán aumentarse en el futuro hasta permitir proyectar una brigada anfibia de alta capacidad de combate en cualquier zona de operaciones, así como para sostener logísticamente no sólo a las fuerzas terrestres sobre un terreno de operaciones alejado, sino también al propio despliegue de la flota. Nuestra Armada ha sabido en este caso adelantarse tecnológica y operativamente al nuevo escenario de proyección, pero es necesario ahora aumentar el número y las capacidades de estas unidades.
 
Una segunda característica en la que poníamos especial insistencia era la movilidad. Tres elementos son los esenciales para dotarnos de esa movilidad. En primer lugar los helicópteros. El helicóptero se ha demostrado como un arma muy eficaz para hacer frente a fuerzas enemigas pesadas y con gran capacidad de fuego. Requiere para su utilización una incuestionable superioridad aérea de las fuerzas propias y bases, embarcadas o terrestres próximas a las operaciones. Los sistemas logísticos de apoyo que requieren para su despliegue son también costosos y complejos. España carece de este sistema, los antiguos BO-105 de ataque está completamente desfasados, y es urgente su adquisición para poder apoyar a nuestras unidades terrestres. En  este punto hay que insistir además en que tan importante como la plataforma son los sistemas electrónicos y los elementos de combate con los que le dotemos. Así, este tipo de aparatos, que resultan muy vulnerables a los nuevos misiles disponibles en el mercado, tienen que operar desde la máxima distancia y con la mayor precisión. Esos significa la necesidad de dotarles de armamento inteligente de nueva generación.
 
Junto a estos helicópteros de ataque son precisos también helicópteros de trasporte de tropa que permitan no sólo dotar de la máxima movilidad táctica a las unidades de combate terrestres, sino asegurar además un correcto apoyo logístico. También en este apartado será preciso potenciar las capacidades actuales.
 
El otro sistema esencial para garantizar la movilidad es disponer de un vehículo de siendo sustancialmente más ligero que los carros de combate pesados, y que sustituya las tradicionales cadenas del carro por ruedas, tenga sin embargo unos niveles de protección y una potencia de fuego que sea similar a la de los carros actuales. La necesidad de este sistema no reside sólo en la demanda de movilidad, que la facilita al ser mucho más rápido y ágil que los actuales carros, sino también en la proyectabilidad, dado que un elemento más ligero y reducido sí podría ser transportado por avión con mucha mayor facilidad.
 
En relación con el equipamiento de las fuerzas navales queda abierto el debate de mantener o no en el futuro un portaaviones sobre el que articular un Grupo Naval de Combate. Es evidente que en términos de prestigio nacional mantener un portaaviones coloca a nuestra Armada en un estatus europeo sólo equiparable al Reino Unido, Francia o Italia. Pero en términos de capacidades reales, con una perspectiva a veinticinco años, consideramos que sería más eficaz desarrollar un nuevo tipo de buque con una gran capacidad de proyección de fuego a tierra desde la costa, en especial mediante la dotación de misiles de crucero. Entendemos que esa opción puede resultar más económica, más flexible y más eficaz en términos de capacidades reales. Estos buques que podrían ser semisumergibles y deberían actuar en combinación con fragatas capaces de dar al conjunto de la fuerza un adecuado nivel de protección antiaérea y submarina.
 
Queda, sin embargo, la duda de hasta que punto una veintena de aviones de despegue vertical, como los que actualmente tiene en dotación el portaaviones Príncipe de Asturias o los que sea posible adquirir en un futuro próximo, tienen también utilidad para contribuir a garantizar la superioridad aérea en una zona de operaciones. Sin esa respuesta será difícil tomar una decisión final sobre la necesidad de mantener una capacidad aérea para nuestra Armada.
 
En cuanto a los equipos aéreos, entendemos que habrá un doble desplazamiento de los actuales aviones de combate por plataformas no tripuladas en lo que se refiere a las misiones de reconocimiento y por misiles de crucero en las misiones cuando se trate misiones de ataque a suelo. Los aviones de combate, sin embargo, seguirán siendo necesarios para garantizar la superioridad aérea sobre el terreno de operaciones, al menos hasta el momento en que los sistemas de defensa aérea con base en tierra o en plataformas navales no permitan cubrir un radio de acción mucho más amplio que el que posibilitan en la actualidad.
 
Por otro lado, el alto coste y escasez de pilotos y el incremento del precio tanto de los aviones como de los nuevos sistemas de armas que llevan incorporados, incidirán en una reducción del número de plataformas operativas, mientras que habrá que poner el énfasis en  dotar a las plataformas ya existentes, incluyendo la próxima incorporación del EF-2000, de los sistemas electrónicos y los sistemas de armas que les permitan librar el combate a una mayor distancia y destruir sus posibles objetivos con cada vez mayor precisión.
 
Una última cuestión respecto al equipamiento lo constituye el equipo del combatiente terrestre individual, que debe estar dotado de nuevos sistemas individuales de comunicación, equipos de visión y detección todo-tiempo y unos medios de autoprotección mayores, en especial para hacer frente a ambientes NBQ. Por otro lado, deberá estar dotado de nuevas armas, más precisas e inteligentes, en especial cuando deba afrontar combate urbano.
 
Un ejercito verdaderamente profesional
 
Muchos analistas, al hablar de Revolución en los Asuntos Militares o de la necesidad de una revisión estratégica se centran exclusivamente en aquellas cuestiones relacionadas con las tecnologías emergentes y los nuevos sistemas de armas. Sin embargo, el factor humanos seguirá jugando un papel protagonista en todos estos cambios. Hablar de las Fuerzas Armadas del año 2025 sin hacer alguna reflexión sobre el futuro de sus recursos humanos es dejar muy incompleta la visión.
 
La primera cuestión a dilucidar es la entidad de las Fuerzas Armadas del futuro. No es fácil determinarla, pero la tendencia es en todos los países desarrollados a una disminución del número de efectivos. Hay varias causas que obligan a esa reducción. En primer lugar, las bajas tasas de natalidad que en general se producen en las sociedades desarrolladas. En segundo término, la fuerte competencia que las Fuerzas Armadas deben realizar con el resto de los sectores productivos para la captación de esos recursos humanos cada vez más escasos. En tercer lugar, el elevado coste de los nuevos sistemas de armas, obliga a una reducción del volumen de los ejércitos para poder abordar la imprescindible modernización.
 
La reducción de efectivos ya ha sido muy importante en España. Las Fuerzas Armadas han pasado de los más de 400 mil efectivos de hace unas décadas a un objetivo declarado entre los 150 mil y los 170 mil. Sin embargo, las dificultades en el proceso de profesionalización, que se ha realizado por contra a una gran velocidad, hacen que algunos se planteen una nueva reducción de efectivos que podría llevar a nuestros ejércitos a una plantilla de unos 130 mil hombres y mujeres. El número de tropa y marinería se situaría así en torno a los 90 mil efectivos y los cuadros de mando entre 40 y 45 mil.
 
En realidad, en el 2025 ese número se podría reducir aún en mayor medida hasta situarlo en una horquilla entre 100 y 120 mil efectivos. Esa cifra debería permitir mantener una fuerza operativa de nueve brigadas, incluyendo el Tercio de la Armada, un Ejército del Aire con unos 100 aviones de combate y una fuerza naval con unos veinte buques oceánicos. Eso significaría unos 60 mil hombres en el Ejército, unos 20 mil en la Armada y unos 15 mil en el Ejército del Aire. En el Ejército de Tierra un 60% de esos efectivos, cerca de 40 mil, deberían estar en unidades operativas y el resto desarrollarían los elementos de apoyo necesarios.
 
Un menor número de efectivos debe obligar a su vez a una mayor cualificación de los mismos. En este sentido, dos deben ser los objetivos. Por un lado hay que pasar de un ejército de voluntarios a un ejército de profesionales. La idea sería establecer una carrera profesional para la tropa en la que tras treinta años de servicio un soldado tenga derecho a cobrar una pensión. Hasta ahora, los ejércitos se planteaban como conseguir la mayor rotación posible de sus efectivos. El problema en el futuro será como lograr que solados bien formados y adiestrados permanezcan por más tiempo en servicio. Las nuevas tecnologías y los sistemas de armas del futuro exigirán una cualificación cada vez mayor de los soldados. El combate urbano o el ambiente NBQ, requerirán a su vez niveles de adiestramiento e instrucción mucho mayores. Todo esto exigirá una creciente profesionalización de nuestros ejércitos.
 
Hacer atractivo el duro oficio de soldado será otro gran desafío para las Fuerzas Armadas del futuro. El problema no está sólo en las retribuciones, sino que será mucho más complejo. La asistencia social, la atención a las familias, el ambiente en las unidades, las posibilidades de promoción, las oportunidades para obtener formación cualificada, serán todos ellos factores decisivos para poder reclutar el número suficiente de soldados con unos niveles culturales e intelectuales adecuados. El sistema deberá ser además muy flexible.
 
Una segunda cuestión es el aumento del número de suboficiales. Por un lado, la creciente autonomía de unidades cada vez más pequeñas obligará contar con un buen número de mandos intermedios especialmente bien cualificados. Por otro, el número de especialistas para operar y mantener los nuevos sistemas tecnológicamente avanzados crecerá también exponencialmente. Todo esto significará que el número de oficiales superiores deberá reducirse, pero el número de suboficiales deberá incrementarse hasta llegar prácticamente al mismo número de efectivos que el de tropa y marinería.
 
Pero no sólo debe aumentar el número de mandos intermedios, sino que debe elevarse la consideración y el prestigio del suboficial dentro de las Fuerzas Armadas. Una clase de suboficiales bien formados, adiestrados y considerados constituye sin duda la pieza más importante del engranaje de las fuerzas armadas del futuro.
 
Un último punto con relación a los recursos humanos lo constituye la necesidad de rentabilizar en mucha mayor medida en personal civil. Por un lado, habrá que liberar al personal militar de un máximo de tareas administrativos que puedan ser desempeñadas por personal civil funcionario. En segundo lugar, convendría plantearse una sustitución de una buena proporción del personal laboral existente en tareas de mantenimiento de infraestructura y equipos por un sistema de contratación de servicios a empresas privadas. El soldado pasará en el modelo de ejército profesional al que tendemos un bien escaso que habrá que dedicar fundamentalmente al combate y a las tareas relacionadas con el mismo.
 
Conclusión
 
España debe abordar una revisión profunda tanto de sus ambiciones estratégicas como de las misiones, capacidades, estructura y equipos de sus Fuerzas Armadas. Los efectos de la globalización, la revolución cibernética y la integración europea exigen un cambio de mentalidad y de perspectiva para abordar los problemas de la defensa y la seguridad en las próximas décadas.
 
Las Fuerzas Armadas españolas cuentan con algunas ventajas para poder abordar con éxito ese proceso de revisión. En primer lugar, sus oficiales tienen en general un alto grado de cualificación profesional y en las dos últimas décadas han acumulado una importante experiencia multinacional adquirida en el seno de la OTAN, de las estructuras de defensa europeas y de las operaciones de paz en las que hemos estado intensamente involucrados.
 
Por otro lado, a pesar de la crónica escasez de recursos presupuestarios que han venido padeciendo nuestros ejércitos a lo largo de su historia, las Fuerzas Armadas españolas, en especial la Armada y el Ejército del Aire, disponen de sistemas avanzados y, junto al Ejército de Tierra, han demostrado una capacidad operativa por encima de otros países europeos supuestamente más avanzados y que realizan un esfuerzo superior en su defensa.
 
Pero este proceso de revisión no está exento tampoco de dificultades. Para empezar, España se encuentra inmersa en un proceso de adquisición de nuevas plataformas de combate (aviones EF-2000, fragatas F-100 y carros de combate Leopardo) que siendo necesarias no resultan esenciales para la revolución tecnológica que deben afrontar los ejércitos. Esta costosa lista de adquisiciones en curso, junto con el menor esfuerzo que realiza nuestro país en materia de defensa respecto al resto de nuestros socios y aliados, hace que el margen presupuestario para adquirir los nuevos sistemas de comunicación, mando, control, inteligencia, observación y destrucción que requerirán las fuerzas Armadas del 2025 sea muy escaso.
 
Por otro lado, la reforma que precisan nuestras estructuras de defensa  es particularmente drástica. Esto generará resistencias internas, en especial en lo que se refiere a la integración de los tres ejércitos en estructuras comunes y a la reducción y simplificación de la estructura de mando, así como resistencias externas, en la medida en que produzcan supresiones y concentraciones de las unidades en un número de bases mucho más reducido.
 
Sin embargo, no existe otra opción si España quiere realmente convertirse en un actor relevante de la comunidad internacional. Por el contrario, mantener la situación actual, sólo conduce a simular unas capacidades aparentes que a medio plazo nos invalidarán como un socio fiable y capaz para hacer frente a una crisis junto al resto de nuestros aliados.
 
Las capacidades militares que requerirá España en el próximo siglo pasan por unas Fuerzas Armadas capaces de entrar en combate en combinación con las de otros aliados participando en guerras de alta intensidad en escenarios alejados de nuestro territorio.
 
La otra opción es mantener unos ejércitos que sólo puedan participar en operaciones de paz o humanitarias y que se limiten a ofrecer algún apoyo logístico puntual a las fuerzas aliadas más aptas para el combate.
 
La diferencia entre unas fuerzas armadas de uno y otro tipo es la misma que habrá entre un país con capacidad de liderazgo y decisión en el contexto europeo e internacional o el de un país que mantiene un papel muy de segundo orden en el escenario mundial. Ese es el dilema que España y sus Fuerzas Armadas deben saber resolver de aquí al 2025.