Las esperanzas y los temores del Líbano

por Amir Taheri, 18 de agosto de 2006

Desde que surgiera como estado independiente hace 60 años, el Líbano ha vivido con tres esperanzas y tres temores.
 
·La primera esperanza era que la diversidad religiosa y cultural del Líbano le ayudara a escapar del despotismo en nombre de cualquier etnia o credo.
 
·La segunda era que dada su ubicación en el corazón de Oriente Medio, con vínculos con Europa que se remontan 5000 años, el Líbano se convirtiera en un puente entre el mundo islámico y Occidente.
 
·Finalmente estaba la esperanza de que, gracias a los milenios de experiencia comercial, el Líbano pudiera ocupar un papel en la economía regional más allá de sus dimensiones físicas.
 
Los tres temores eran igualmente claros.
 
·El primero era que potencias extranjeras utilizasen el Líbano como campo de batalla de guerras a distancia.
 
·El segundo era que la demografía hiciese trampas con el complejo equilibrio sectario del país, tentando a algunas comunidades a ostentar más poder del que le correspondiera a expensas de otros.
 
·Finalmente, estaba el temor a que los empresarios en busca de dinero fácil utilizasen el Líbano como gallina de los huevos de oro, despreciando los intereses económicos a largo plazo.
 
La historia de los últimos 50 años ha sido la historia de esas esperanzas y temores, presentándose uno por uno y después desapareciendo en distintas ocasiones.
 
El mes pasado, en vísperas del último ataque israelí, el equilibrio de probabilidades se decantaba hacia las esperanzas. Por primera vez en años, la economía libanesa parecía haber vuelto al crecimiento, mientras la idea de un sistema pluralista echaba raíces incluso en las comunidades más influenciadas por el sectarismo.
 
La guerra de julio, provocada por el secuestro de los soldados israelíes por parte Hezbolá, y la respuesta masiva del estado judío, inclinaron el equilibrio en favor del temor. Lo que es peor, parece que, por primera vez, los tres temores del Líbano pueden estar en un punto de cumplimiento al unísono. La economía se tambalea mientras muchos inversores extranjeros e incluso nacionales han decidido coger su dinero y salir corriendo. El miedo al sectarismo también crece entre informaciones de que algunas comunidades que habían disuelto sus milicias están almacenando armas y reanimando unidades militares por si acaso.
 
Lo que es más importante, no hay casi duda de que la presente guerra es un estertor de una mayor que puede estar sacudiendo ya la región.
 
Lo que estamos viendo es el choque entre dos visiones para Oriente Medio: una fijada por el Presidente norteamericano George W. Bush, y la otra representada por los estados antiamericanos radicales y los movimientos procedentes del norte de África y el subcontinente hindú.
 
También está claro que ni Israel ni Hezbolá tienen capacidad para prolongar esta guerra a cualquier nivel significativo sin continuo apoyo económico y militar de sus respectivos respaldos. La derrota del bando proamericano reforzará al bando radical no solamente como para reclamar el dominio del Líbano, sino como para presionar a Irak con el fin de que cambie de bando una vez que la coalición de liderazgo norteamericano se vaya.
 
A continuación el camino estaría despejado para dar forma a un sistema regional que podría enviar chispas a los puntos sensibles de las capitales occidentales. Una derrota clara de Hezbolá, por otra parte, reforzará a aquellos que afirman que la fuerza puede y debe ser utilizada para dar forma a la realidad sobre el terreno. Todo eso, por supuesto, son malas noticias para el Líbano, que no está en posición de expulsar a los israelíes ni de poner bajo control gubernamental a Hezbolá. En proporción a su población, el Líbano ha sufrido más con diferencia en guerras de Oriente Medio que cualquier nación. Los libaneses necesitan y se merecen un cambio del patrón de intervención que ha arruinado sus vidas durante décadas. Para un pequeño país que se convierte en campo de batalla de guerras a distancia, la mejor esperanza es ser transformado en un estado de contención.
 
¿Es posible tal solución en el Líbano?
 
La respuesta es si.
 
Eso, sin embargo, no se puede lograr a través de las actuales maniobras diplomáticas, deshonestas en gran medida. Lo que se necesita es una planificación radical de las estructuras políticas nacionales del Líbano combinadas con apoyo exterior masivo político, militar y económico para implementarlas.
 
El movimiento del 14 de marzo, que ostenta la mayoría de los escaños de parlamento libanés, había comenzado a debatir los cambios estructurales necesarios antes de que empezara la presente guerra. La cuestión clave del debate era simple: ¿qué hacer para dar garantías a las comunidades libanesas de que sus intereses legítimos, su seguridad física en la práctica, pueden estar garantizados sin apoyo de patrones extranjeros?
 
Una respuesta, que entonces ganaba popularidad, era que el Líbano crease una segunda cámara parlamentaria para servir como una mezcla de Senado y Tribunal Supremo en la que todas las comunidades disfrutarían de derecho de veto paritario en lo que afectara a sus intereses fundamentales. Con una segunda cámara buscando el consenso nacional en los pocos temas vitales, la cámara baja, el actual parlamento ya no tendría que salir elegido según cuotas sectarias.
 
Todo el Líbano se convertiría en un electorado en función de la representación proporcional. Esto permitiría que emergiesen corrientes políticas genuinas distanciadas de visiones sectarias, permitiendo la implementación de políticas basadas en la gente. Eso también dificultaría que potencias extranjeras interviniesen fomentando rivalidades sectarias.
 
Tales reformas obviamente son imposibles mientras haya presentes ejércitos ajenos. Este fue el caso cuando Siria tenía al ejército en el Líbano, y es el caso con las unidades israelíes que abandonan el Río Litani.
 
La retirada de las fuerzas israelíes del Líbano es una condición sine qua non para reformar y dar forma al sistema libanés con el fin de convertir el país en un estado de seguridad al margen de rivalidades regionales.
 
La pregunta crucial es, ¿qué hacer mientras tanto?
 
Una nueva versión de la misión pacificadora de Naciones Unidas en el Líbano (FINUL) no servirá para nada. Lo que se necesita es una fuerza multinacional mucho mayor con normas de implicación robustas, con el fin de implementar la paz por la fuerza en lugar de contemplar su (no) existencia. Tal fuerza sería aceptable para Hezbolá si se localizase únicamente en el sur, donde el movimiento chi'í ha hecho lo que ha querido desde los años 80. La nueva fuerza multinacional debería estar presente por todo el Líbano como instrumento de autoridad en manos del gobierno electo del Líbano.
 
Puesto que el gobierno incluye ya ministros de Hezbolá, no habría motivos para ver [a la fuerza] como un arma en manos de los rivales nacionales del partido chi'í. La estimación más optimista es que la fuerza multinacional no sería necesaria durante más de tres años, es decir, hasta después de las próximas elecciones generales libanesas.
 
El único camino para dar garantías al Líbano frente a futuras tragedias es ayudarle a asumir su vocación natural como lugar de reunión de credos y culturas, no como campo de batalla de potencias rivales.
 

 
 
Amir Taheri es periodista iraní formado en Teherán. Era el editor jefe del principal diario de Iran, el Kayhán, hasta la llegada de Jomeini en 1979. Después ha trabajado en Jeune Afrique, el London Sunday Times, el Times, el Daily Telegraph, The Guardian, Daily Mail, el International Herald Tribune, The Wall Street Journal, The New York Times, The Los Angeles Times, Newsday y el The Washington Post, entre otros. Actualmente trabaja en el semanario alemán Focus, ha publicado más de una veintena de libros traducidos a 20 idiomas, es miembro de Benador Associates y dirige la revista francesa Politique Internationale.