En sus sesenta años de historia la OTAN ha actuado en un mundo turbulento, pero nunca como ahora en un momento en que se pueden repetir los versos de Horacio que Ortega recordaba en La rebelión de las masas
Nuestros padres, peores que nuestros abuelos, nos engendraron a nosotros, aún más depravados, y nosotros daremos una progenie todavía más incapaz.
El advenimiento de la posmodernidad en toda su plenitud, obliga a la venerable institución a adaptarse a los tiempos, y, quien sabe si – en la medida en que despierte la opinión pública del mundo occidental – a combatirlos. Nunca jamás estuvo tanto el enemigo en nosotros mismos.
Los acontecimientos que han sacudido el planeta desde el atroz atentado contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 han cambiado hasta tal punto las circunstancias en las que vivimos que continuar fingiendo que habitamos históricamente en el siglo XX es algo más que un error cronológico.
Un observador descuidado aventuraría que el problema radica en la existencia de nuevas amenazas, como el terrorismo, o la impugnación del fundamentalismo islámico al mundo occidental, o, también, del resurgimiento de las autocracias y las dictaduras antiliberales. Siendo esto cierto, lo más alarmante es que quien ha cambiado es el propio mundo occidental – el de los estados miembros de la OTAN – y su percepción de sí mismo. En concreto, lo que más ha variado es la propia conciencia de identidad. Mientras el resto del planeta, mal que bien, parece seguir adelante, quizá inercialmente, en el cauce de su historia, tradición y costumbres, Occidente presenta una enmienda a la totalidad de sí mismo. Aquejado de un adanismo impropio de su edad pretende reinventar su futuro y, para ello, ha comenzado por renegar y condenar su pasado. ¿A qué otra cosa responde si no la fiebre por aprobar por vía parlamentaria o judicial dictámenes denigratorios de momentos más o menos discutibles de su historia?
Es indiscutible que donde este proceso de vaciamiento de contenido del mundo occidental se encuentra más avanzado es Europa. Es, no obstante, utópico pensar que el Canadá y, en su medida, los Estados Unidos, no están afectados muy gravemente de la misma enfermedad, ya sea por contagio, ya sea por las corrientes del Atlántico que nos unen para bien y para mal. Son ilustrativos de este fenómeno libros de autores no concertados como Los últimos días de Europa de Walter Laqueur, America alone de Mark Steyn, o, recientemente Defending identity, de Natan Sharansky, cuyo The case for democracy, se encuentra más en esta línea de lo que parece. Otros historiadores, en diversos escritos, también han insistido en el mismo asunto, como Walter McDougall, mientras que algunos medios de comunicación o periodistas han publicado docenas de artículos al respecto. De entre los males, pues tales son a nuestro juicio, que se destacan del mundo occidental en este nuestro presente, deben citarse los siguientes. Tanto por su relevancia en el entorno en el que actúa la OTAN, como por las limitaciones internas que afectan a su funcionamiento determinadas por la debilidad de las opiniones públicas dominantes en los estados miembros.
El síntoma que probablemente más presencia tiene en estos escritos es el descenso de la población. Esta circunstancia procede del hecho de que parecen haber calado en nuestros contemporáneos los argumentos propugnados hace unos cuarenta años por una serie de personas calificadas con demasiada animadversión hacia el pobre T.
Malthus, de neomaltusianos. El más significativo fue sin duda Paul Ehrlich, quien en su libro, La bomba de la población consideraba que del análisis del aumento poblacional que entonces parecía tener lugar se deducía la derrota de la humanidad por alimentarse a sí misma. El desmentido por la vía de la realidad de tan absurda pretensión poco ha hecho para que la humanidad presente haya confundido su comodidad con la inanición y haya dejado de procrear. Instituciones como el Club de Roma se sumaron a esta tendencia. Las propuestas para detener esa progresión de los hombres vivos, que se juzgaba nociva, siguen resultando espeluznantes hoy, cuando los estándares de la decencia y el respeto a la libertad y los derechos han ido decayendo. La obligatoriedad, por vía del estado, del control de los nacimientos que se propugnaba es ahora solamente un hecho fuera de Occidente, en esa China de los dos sistemas que los posmodernos ponen como ejemplo para un sinfín de actitudes.
Hay actualmente en el territorio de la Unión europea unos 460 millones de habitantes. El crecimiento parece poder llegar hasta el 2025 y se prevé que para entonces comenzará a descender. La tasa de fertilidad es hoy de un 1,47 por mujer, muy por debajo del 2,1 considerado necesario como tasa de reposición. En España e Italia es de 1,28, lo que haría que el número de españoles – inmigración excluida – se redujera a la mitad en 42 años. Para el demógrafo Nicholas Eberstadt:
Los niveles de Europa son los más bajos para cualquier grupo amplio de población en todo el planeta, ahora o en cualquier otro momento de la historia.
En cuanto a McDougall:
La crítica moral culpa al egoísmo de la muerte de los nacimientos (…) Pero, moralidades aparte, es claro que muchos europeos ya no consideran a los hijos parte de su búsqueda de la felicidad y que podrían incluso considerarlos un impedimento.
El hecho de que esto suceda en un espacio geográfico que en el siglo XIX era identificado con la Cristiandad – creced y multiplicaos – por el poeta alemán Novalis (Die Christenheit oder Europa) lleva al segundo de los elementos destacados en esta transición a la posmodernidad: la pérdida de vigencia de la religión.
A este respecto es sin duda el Papa Benedicto XVI quien más ha insistido. Su percepción de que la decadencia de la identidad histórica y cultural viene precedida de la pérdida de la fe, por una parte, e incluso, de la pérdida de asentimiento a una herencia recibida parece de rigor. No se trata sólo de que las cifras de devotos o de asistentes a servicios religiosos – católicos o protestantes – hayan resultado diezmadas, sino que la propia aceptación ya fuera de manera rutinaria y sin fe del Decálogo ha sido sustituida por otras vagas convicciones como la solidaridad con la humanidad o la protección del medio ambiente por encima de las personas que deambulan en él. Las estadísticas crecientes en materia de abortos – cuya aceptación social era para Julián Marías junto con el uso de las drogas y la aparición del terrorismo uno de los males más graves de finales del siglo XX – y divorcios, así como la aparición de nuevas formas de repudio de la vida humana como los suicidios asistidos o la eutanasia son de tal calibre que sólo pueden responder a súbitos cambios en la moralidad y las costumbres.
Otro de los aspectos, cuyo surgimiento en Europa no debe hacer olvidar la escasa comprensión que recibe en América, es la conjunción de nacionalismos regionalistas, con la desaparición de sentimientos nacionales, sin que la integración europea se beneficie lo más mínimo de la tendencia. Una de las excepciones a la falta de entendimiento de este fenómeno en los Estados Unidos – manifestada recientemente con el reconocimiento de Kosovo – es un interesante artículo de 2006 de James Q. Wilson. Tratando de contrastar esta tendencia con su país, cita los datos siguientes.
Mientras el 71 por cien de los americanos dicen estar muy orgullosos de estar en Estados Unidos, sólo el 38 por cien de los franceses y el 21 por cien de los alemanes y japoneses dicen estar orgullosos de vivir en sus respectivos países. Los americanos están mucho más dispuestos a defender el individualismo que los demás. Sólo un tercio de americanos, pero dos tercios de alemanes e italianos, consideran que el éxito en la vida está determinado por fuerzas fuera de su control. Este mensaje es uno que los americanos desean transmitir a sus hijos: 60 por cien dicen que debe enseñarse a los niños el valor del esfuerzo, mientras que sólo un tercio de británicos e italianos, y un quinto de entre los alemanes están de acuerdo. Más de la mitad de los americanos creen que la competencia económica es deseable porque estimula a la gente a trabajar y desarrollar nuevas ideas; sólo un tercio de los franceses y españoles están de acuerdo. Los americanos desearían expandir sus ideas por el mundo: tres cuartas partes de entre ellos; mientras que sólo una cuarta parte de franceses, alemanes o italianos, y sólo un tercio de los británicos piensan lo mismo.
La situación de estados miembros como España o Bélgica, que acoge la sede de la OTAN, requiere que se preste atención a esta cuestión. Es famosa la expresión de Kissinger en la que pedía a los europeos un número de teléfono para demostrar su unidad y capacidad en las relaciones internacionales. Resultaría paradójico, quizá trágico, que sin poder proporcionar uno, los ya existentes se multiplicaran por alguno más.
La falta de integración de la inmigración musulmana en Europa es otra de las cuestiones cuya relevancia como dato y como síntoma son esenciales para la OTAN. Steyn afirma:
Muchos países contarán con mayorías musulmanas en el futuro cercano.
En este aspecto la autoridad en la materia debe ser sin duda Bernard Lewis quien, exasperado ante la ignorancia y falta de rigor de mucho de lo que se escribe actualmente sobre la materia acaba de añadir, a una edad más que respetable, un nuevo libro a su dilatada carrera: Islam, the religion and the people.
No se trata de que el Islam sea incompatible con la democracia, lo que es irreconciliable es una rama del islamismo fundamentalista cuyas doctrinas han sido inexplicablemente toleradas y aun fomentadas por nuestros poderes públicos. La comprensión hacia los más radicales de entre los musulmanes, dadas sus atroces prácticas coactivas, ha hecho que la libertad de los islámicos más tradicionales haya quedado en entredicho, con la propia complicidad de autoridades y demás posmodernos del establishment occidental.
Daniel Pipes ha escrito también con conocimiento al respecto, instando a una actitud más severa con los radicales que permita una auténtica integración en las costumbres de Occidente que requiere, sin duda, un convencimiento del que quizá ya carecemos en la democracia y la libertad.
Este tema está intrínsecamente unido a lo que se ha llamado capitulación cultural por parte de Occidente. Producido el vacío entre la nueva cultura de integración y la de procedencia, el inmigrante se ve obligado a llenarlo con las tendencias más intransigentes que encuentra a su disposición por el amplio poder de propaganda de los grupos más radicales.
A todo lo anterior debe añadirse el Gulag ideológico en que se ha recluido a todos aquellos que piensan distinto y disputan estas tendencias. Se usan con naturalidad, en las democracias liberales que surgieron como respuesta al nazismo, y que se enfrentaron al comunismo, cuya misma esencia es considerar repugnante la coacción a la libertad de expresión y a los demás derechos fundamentales, expresiones tales como “cordón sanitario” para excluir del debate público a quien discrepa. Esta elevación de la “corrección política” a dogma del Occidente posmoderno no sólo es equivalente a la Inquisición en cuanto a la limitación del ingenio humano y del progreso intelectual, sino que, con los poderes de nuestro tiempo, especialmente los mediáticos, hace no ya posible sino probable el advenimiento de la sociedad que en la novela 1984 describió Orwell. Callar al disidente es el paso previo a encarcelarlo y es extraño que en un periodo en que nada parece importar y todo estar envuelto en un aire de levedad e intrascendencia, se usen todos los medios para impedir la defensa de las tradiciones históricas y culturales de las naciones que se unen para su defensa en la OTAN.
Una de las manifestaciones de esta actitud se encuentra en el respeto cada vez menor que se tiene por los textos constitucionales y otras normas jurídicas, así como de la esfera de las ciencias, constantemente reinterpretadas desde perspectivas políticas, al estilo de Lissenko. La reacción cuasi universal de acudir al estado ante la presente crisis económica, es un buen ejemplo de negación de lo que el mundo civilizado ha pensado durante siglos al respecto. Mayorías coyunturales, o la apariencia de estas, sirven en muchas ocasiones para impedir la aplicación ortodoxa del Derecho, mientras se hace pasar por tal la urgencia de un gobernante o las mareas ideológicas generadas en los medios dominantes. De ahí surgen tanto la negociación con terroristas como toda suerte de intervencionismos que nuestras constituciones nacieron para impedir, tratando de reservar un ámbito de libertad a las personas ante los conocidos excesos de los estados nazi y comunista en el siglo XX.
En la guerra del Peloponeso, que Atenas acabó perdiendo tras largos años de combate con los lacedemonios de Esparta, se produce desde la perspectiva de las ideas un momento superior que ha quedado grabado en la historia por Tucídides. Se trata de la Oración fúnebre de Pericles. El gran orador y gobernante consuela a los familiares de unos soldados muertos en la batalla con el conjunto de valores, de incipiente libertad y democracia, por los que se sacrificaron. ¿Qué palabras de Pericles podemos repetir hoy a nuestras opiniones públicas cuando nos vemos obligados a defendernos?
En este mundo occidental desempeña su acción la OTAN. Puede decirse que esta es la herencia que nos han legado los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. En relación con ellos el filósofo Jean Baudrillard dijo:
En último término, ellos (alQaeda) lo hicieron, pero nosotros lo deseábamos.
A pesar de la victoria obtenida en el campo de batalla en Irak que hace presagiar un futuro de libertad y democracia para esta nación, la OTAN sigue hoy enzarzada en Afganistán, a dónde primero fue a impedir que se reprodujeran este tipo de acciones terroristas. La OTAN ha logrado hacer prácticamente imposible la repetición de un caldo de cultivo talibán para los terroristas más crueles del planeta. Sin embargo, en agrio contraste con los éxitos – ya sean relativos - de la guerra, incluyendo el haberse evitado el cobijo de estados a terroristas, ese afán autodestructor de Occidente parece haberse recrudecido. Como si hubiéramos logrado hacer el último esfuerzo para protegernos. Ahora, transformados y cansados por este empeño, parecen prevalecer las fuerzas ideológicas, por llamarlas de alguna manera, que han vaciado a Occidente de sí mismo y no lo consideran digno de defensa sino de aniquilación. Por eso es esencial que la OTAN esté lista, porque esa es precisamente la debilidad que llama la atención de los potenciales enemigos.