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Gees.org Opinión La lección del Tea Party
La lección del Tea Party

La lección del Tea Party

por Óscar Elía Mañú, 05 de Noviembre de 2010

 

(Publicado en La Gaceta, 4 de noviembre de 2010)
 
Sólo la enorme ruptura que separa las elites culturales y políticas norteamericanas de la América real, y el abismo institucional que separa a los europeos de esa misma América que vive, trabaja y de vez en cuando vota, explican la sorpresa por el declive de Obama y el batacazo Demócrata del martes. Las dos medidas estrella de la Casa Blanca, la reforma sanitaria y la intervención masiva en la economía, han sido celebradas por todo lo alto por el progresismo americano y europeo, olvidando que se han llevado a cabo explícita y conscientemente contra la voluntad mayoritaria de los norteamericanos, contra su tradición política y contra sus costumbres habituales. Durante todo el último año, Obama, Reid y Pelosi han hecho caso omiso a los mensajes que en encuestas y elecciones les llegaban, y la Casa Blanca, la Cámara de Representantes y el Senado han sido apisonadoras Demócratas que, como es lógico, han acabando con la paciencia de gran parte de los americanos.
 
Más que los del Senado, los resultados en la Cámara de Representantes muestran el alcance de este rechazo, estrepitoso o silencioso, a lo largo y ancho del país. No dejan lugar al engaño: los americanos han castigado al Partido Demócrata no por lo que Obama haya podido dejar de hacer, sino por lo que ha hecho, lo que ha intentado y lo que tiene ganas de hacer. De esto último tendrá que olvidarse ahora, y o navega hacia aguas más tranquilas y moderadas, o acabará con Carter en el desván de los presidentes no-reelegidos. El problema es que hasta el momento, tras cada aviso electoral Obama siempre ha huido hacia delante, mostrándose bronco y retador, cargando lo mismo contra la FOX que alertando del doberman Republicano. Ha ido tan lejos en casi todo, que le será difícil, con su orgulloso carácter y su empecinamiento ideológico, dar marcha atrás para presentarse con garantías en 2012 sin empeorar aún más su imagen sumando, a las acusaciones que ya tiene, la de frivolidad.
 
Enfrente, la victoria del Partido Republicano es en escaños y puestos, pero sobre todo en moral. Ahora comienza más en serio en el GOP la carrera por la nominación presidencial para 2012, pero lo que está claro es que la resurrección republicana está servida. El Tea Party ha perdido por el camino a algunos de sus más llamativos miembros, pero su muestra de fortaleza ha sido insultante, tanto colectivamente como individualmente, aportando dos nuevas estrellas nacionales, Marco Rubio y Rand Paul, cuyos nombres se suman a candidatos presidenciables más ortodoxamente republicanos, alguno aún por descubrir. En cualquier caso, los que temían una huída de votantes por la irrupción de los partiers se equivocaban: El Partido Republicano se muestra más fuerte, más activo y socialmente más abierto que el Demócrata, sobre el que ha caído la peor acusación posible, la de ser un castillo de elites que viven de espaldas al pueblo.
 
Pero la trascendencia de las elecciones no está ni en Obama ni en la pugna de los dos partidos, sino en las repercusiones institucionales de estas elecciones. Desde este punto de vista, la entrada del Tea Party en el Congreso y el Senado tiene dos características y una consecuencia. En cuanto a las características, en primer lugar ha hecho su aparición una nueva generación de políticos, algunos muy jóvenes  -caso del propio Rubio, con 39 años-, alejada de los círculos de poder, procedente de ámbitos distintos a la política, enraizados profundamente en la América real, y de origen social popular. En segundo lugar, con ellos renace en las instituciones el genuino discurso americano en defensa de gobiernos moderados, alejados de la pesadilla del despotismo democrático del que alertaba Tocqueville y que podía encarnar Obama. El Tea Party representa el ideal constitucionalista de poner límites al poder, de dejar al Gran Gobierno fuera de las decisiones fundamentales de las personas y de salvaguardarlas de los abusos tramados en los despachos del Capitolio.
 
Ambas cosas -apertura de personas y de ideas- dibujan un paisaje de revitalización institucional de largo alcance. La consecuencia fundamental de las elecciones del martes no es ni la resurrección evidente del Partido Republicano, ni la derrota clara del proyecto de Obama; es la derrota del establishment político capitalino y politiquero de ambos partidos, y la reapertura de Washington a la América real, esa que vive, trabaja y a veces vota, y que es distinta y aún opuesta a la que representan y fagocitan el New York Times, Hollywood o la CNN. La revuelta conservadora ha demostrado que nadie, ni siquiera el inquilino de la Casa Blanca, puede forzar impunemente los principios y valores consagrados en la Constitución, por mucho que Obama, el primer presidente postmoderno de los Estados Unidos, desprecie la gran tradición americana de derechos y libertades. Esa es la lección del Tea Party.



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