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La democracia resistente

La democracia resistente

por GEES, 12 de Agosto de 2010

 

Castro, Fidel, ha dicho que Obama no debe atacar Irán y que a los filtradores de documentos secretos sobre Afganistán hay que hacerles una estatua. Lo bueno es que ya sabemos lo que hay que pensar sobre los asuntos del mundo. Lo contrario.
 
Occidente tiene hoy dos problemas esenciales. El islamismo y la crisis financiera, que se sobrepone a la económica que la precede, y que cuestiona la viabilidad del estado del bienestar.
 
Respecto a ambos, la primera potencia –el pueblo americano– ya ha dictado sentencia, aunque no la haya ejecutado: el índice de desaprobación de Obama supera el cincuenta por ciento.
 
¿Qué significa esto? Que con los lamentables datos de empleo del mes de julio se da por hecho que las reformas obamitas –financiación sanitaria pública, plan de estímulo-gasto de tipo keynesiano, con inmensa deuda subsiguiente, y reforma de Wall Street– son intervencionismo de la peor especie que impide desplegar las alas del sector privado americano, fundado en la libertad de los intercambios. Su fracaso rotundo hará algo más que llevar a unos cuantos políticos republicanos a Washington cuando se renueve el Congreso en noviembre. Obama y los demócratas al uso han perdido la batalla de las ideas contra el Tea Party, que está haciendo resurgir el genuino espíritu americano, el que hizo de Estados Unidos esa gran nación. Si a esto se añade lo mucho que los actuales dirigentes han presumido de elitismo, la tendencia que va desde la "Cabaña del Tío Tom" a los dichos de William Buckley Jr., se confirma: los norteamericanos prefieren ser gobernados por los doscientos primeros nombres del listín telefónico que por los claustros de Harvard y Yale juntos. La democracia se basa en la soberanía popular, o sea, del pueblo, y no en las cogitaciones de unos iluminados que no han vivido en el mundo real del paro, los empleos aburridos y mal pagados y los crecientes gastos sanitarios e impositivos.
 
En cuanto al islamismo, la marcha insuficientemente exitosa de sus dos batallas clave, Irak y Afganistán, ha vuelto a hacer sonar las cornetas de la retirada desde el progresismo rancio que ha vendido los Wikileaks hasta en la sopa hasta el paleoconservadurismo disfrazado de realismo que hoy resucita a Zbigniew Brzezinski, que vio impotente, estando en el mando como asesor de Carter, cómo se consagraba la revolución islámica de Irán. Que, por cierto, aunque sufre las sanciones aprobadas por europeos y americanos sigue empeñado en su carrera nuclear. Pues bien, corríjannos si nos equivocamos, pero la última vez que miramos, Obama no hizo sino cumplir el acuerdo al que llegó Bush con las autoridades democráticas de Irak en 2008 de comienzo de retirada, y nombrar al general Petraeus –héroe del cambio en Irak– para repetir la hazaña en los valles del Hindu Kush. Es más, al nombrarlo a finales de junio, como quien dice ayer (¿alguien le va a dar algo de tiempo antes de abalanzarse a las salidas entre comentarios histéricos?), le encomendó el estudio de la situación que se ha solicitado para diciembre. Además, Obama declaró: "...los americanos no flaquean ante (...) las dificultades. Persistimos y perseveramos. No toleraremos un refugio a los terroristas que quieren destruir la seguridad de Afganistán desde dentro y lanzar ataques contra inocentes (...) en nuestro país y alrededor del mundo".
 
Así que no tan deprisa con los ánimos de desbandada, a menos que el que los grite lo que busque sea un cumplido de Fidel Castro.
 
En definitiva: se está generando una marea anti-estatista y anti-deuda entre los americanos de a pie, y no está nada claro que esta guerra que sucedió a la Fría la vayan a dar los americanos por perdida. Occidente, que a pesar de tanto anti-americanismo de boquilla sigue tan a pies juntillas la tendencia americana que Europa está casi tan endeudada como el presupuesto de Obama, seguirá el liderazgo del otro lado del Atlántico. El error está en pensar que viene de su presidente. No. El liderazgo lo ejercen las familias, las comunidades, las iglesias, y los hombres libres. Se llama democracia liberal y está aquí para quedarse. Y, a pesar de Fidel, para extenderse a Cuba algún día.
 
 


 

 



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