La Unión Europea contra Europa

por Óscar Elía Mañú, 21 de septiembre de 2018

Que la base de la condena eurocomunitaria a Hungría sea un informe elaborado por una parlamentaria holandesa izquierdista del partido verde, ejemplifica bien el extremo hilarante al que la Unión Europea, con la Comisión a la cabeza, trata de arrastrar a los países miembros. Una mayoría importante de los europarlamentarios ha decidido proponer al Consejo las sanciones a Hungría contempladas en el artículo 7 del Tratado de Lisboa. Previsiblemente, los aliados de Hungría en Visegrado, con Polonia a la cabeza, vetarán la iniciativa que impulsa Juncker con singular denuedo.

A un nivel institucional y superficial, la pretensión de los responsables comunitarios de sancionar a un país miembro pone sobre la mesa una noción esencial: la soberanía. Pese a la convicción con que los eurófilos lo defienden, lo cierto es que la Unión Europea ni conlleva ni debe conllevar necesariamente la amputación de la soberanía nacional de los Estados miembros. Habitualmente se afirma que los problemas de la UE proceden del hecho de que los socios retienen soberanía: lo cierto es que los problemas entre los socios han aparecido cuando, enloquecida la carrera tras Maastricht, se ha buscado instaurar un poder difuso, a medio camino entre el funcionariado gris comunitario y las necesidades del eje franco-alemán. En la crisis con Hungría se plasman ambas cuestiones: el ansia de Bruselas por aprovechar la crisis de la Unión para acaparar competencias; y la necesidad de los gobiernos alemán y francés de frenar la creciente influencia en Europa del modelo de Visegrado.

Por otro lado, a un nivel más profundo, la construcción de la Unión Europea como gran unidad política transcontinental exige necesariamente la construcción de una identidad común. Pero manifiestamente esta identidad no existe: lo que caracteriza precisamente a Europa es la existencia, mejor coexistencia, de identidades distintas, complementarias por un lado y diferentes por otro. La UE ha tratado de solucionar este aspecto creando un ethos común a base de legislar sobre cada vez más cosas y en más profundidad: imponiendo un orden nuevo a las viejas naciones europeas. Pero ese orden es, necesariamente, tecnocrático y burocrático, que son las únicas realidades capaces de pasar por encima de las identidades nacionales.

A su vez, construir ese orden nuevo sólo es posible en el marco de una ética de mínimos y una identidad sin contenido. La ética de mínimos implica una degradación de la propia ética: sin una concepción real del bien y de lo justo, ambos se diluyen en preferencias personales más o menos emotivas. Se rehúye cualquier tradición religiosa o ética, por considerarse demasiado fuerte. Necesariamente debe ser un relativismo, que excluya cualquier ética fuerte, la que guíe el avance comunitario.

Ciertamente podría afirmarse que la identidad y los valores europeos proceden de la tradición judeocristiana y grecolatina: pero manifiestamente la deriva de las democracias europeas y de sus élites políticas tiene poco que ver con la idea de orden, de verdad y de bien que durante siglos caracterizó a la civilización europea. Los discursos alineados con la historia y la cultura europea son hoy los de Orban. Y desde este punto de vista, es la Unión Europea la que se está mostrando radicalmente antieuropea.