La tortura China

por Rafael L. Bardají, 13 de enero de 2011

 

(Publicado en Expansión, 13 de enero de 2011)
 
Las promesas chinas, tras la reciente visita de su viceprimer ministro, Li Keqiang, de comprar deuda española han despertado el aplauso casi unánime de izquierdas y derechas. Merkel sería la mala que quiere intervenirnos a toda costa frente a Pekín, quien nos da un nuevo respiro ante la debacle.
 
Pero mal debemos andar para hipotecar nuestro futuro a China apenas unas semanas después de que su Gobierno impidiese al premio Nobel de la Paz, Liu Siaubo, recoger su galardón. Es la imagen de aquella dolorosa silla vacía y la represión lo que significa China, no sus reservas de capital.
 
En segundo lugar, para todos aquellos que se rinden de admiración ante las altas tasas de crecimiento económico chino, a pesar de la crisis en la que estamos inmersos, cabe recordar algunas cosas. Como, por ejemplo, que, a pesar de todo su poderío, la renta per cápita sigue siendo seis veces más baja que la española; que su crecimiento se ha conseguido a un altísimo precio que se tendrá que pagar, y que ya se está pagando, en temas como el medio ambiente.
 
No sólo se ha destruido el 40% del bosque, sino que el 90% de los acuíferos chinos está contaminados. La rápida urbanización ha llevado a que más de 110 grandes ciudades chinas sufran graves restricciones de agua; las políticas restrictivas de natalidad van a llevar a China a un punto en que será antes más vieja que rica, y donde la sostenibilidad económica se volverá imposible.
 
Se calcula que en el año 2050 habrá 7 personas dependientes por cada 10 trabajadores. Las disparidades internas son otro factor de riesgo agudo: según el Banco Mundial, la renta per cápita urbana es más de tres veces superior que la rural, lo mismo que la de la población costera frente a la del interior, lo que agrava las diferencias sociales hasta límites insospechados; la corrupción política es rampante y la distinción entre el sector público y las empresas privadas más ficción que realidad.
 
Para quienes creen que China está en la senda de comportarse como una nación más, benigna y creativa, en la esfera internacional, ahí está su rechazo a contribuir a la salida de la crisis dejando flotar su moneda, el renminbi, algo que le piden insistentemente desde Washington y Bruselas; o su negativa a adoptar decisiones de preservación del clima global; por no hablar de su resistencia a resolver de una vez por todas la crisis de Corea del Norte y su programa nuclear. Si algo hay que tener claro, es que los dirigentes chinos no son hermanitas de la caridad.
 
La ayuda o la mayor presencia china responde a una clara estrategia de hacer avanzar los intereses de Pekín, ya sean económicos, energéticos o estratégicos. Y, normalmente, esto se hace siempre en contra de los intereses occidentales a largo plazo. Véanse si no sus inversiones en América Latina, o sus relaciones y acuerdos comerciales con Irán. China no nos compra, nos esclaviza, aunque sea en dosis homeopáticas.