La situación política en Serbia después de las elecciones generales

por Mira Milosevich, 1 de febrero de 2007

El  pasado 21 de enero se celebraron en Serbia elecciones parlamentarias. Los 6.653.853 electores eligieron 250 diputados entre 3.799 candidatos. La participación de un 61% del electorado supera ampliamente la de las anteriores elecciones, en 2003,  en las que votó poco más del 51%. Tanto los propios serbios como observadores atentos de la política internacional  definieron estas elecciones como las más importantes desde la caída del régimen de Slobodan Milosevic. Tal diagnóstico se basaba en el temor de que el Partido Radical Serbio (PRS) ganase con la suficiente mayoría para formar gobierno, lo que habrá significado la brusca interrupción del acercamiento de Serbia a la UE y una complicación añadida a las ya de por sí difíciles negociaciones del futuro estatuto de Kosovo. Los resultados de las elecciones, publicados oficialmente el pasado 25 de enero, confirman que los radicales son el partido más votado, pero que el bloque de los partidos demócratas ha ganado con amplia mayoría.
 
Partido Político
2003
2007              escaños
Partido Radical Serbio
1.056.000
1.156.000          81
Partido Demócrata 
480.000
920.000             64
Partido Demócrata Serbio
680.000
680.000             47
Partido Liberal
0
 238.000            15
G17
423.000
275.000             19
Partido Socialista Serbio
300.000
245.000             16
 
Número de votos de los principales partidos políticos de Serbia en 2003 y 2006
 
Como se puede apreciar en los datos expuestos en la tabla, la situación política en Serbia no ha cambiado desde las elecciones de 2003. Incluso se puede afirmar que no ha cambiado desde las elecciones de 2000, cuando una coalición de quince partidos -DOS (Oposición Democrática Serbia)- sumó más o menos el mismo número de votos que los demócratas en 2007. Este hecho, decepciones a parte, refleja  que la pugna entre los nacionalistas -PRS y Partido Socialista Serbio (PSS)- y los demócratas siguen caracterizando la política en Serbia. Los PRS y PSS son la herencia del régimen de Milosevic. Aunque algunos analistas serbios preveían que el número de sus votos descendería en 2007, esto no ha ocurrido. De hecho, los radicales han logrado unos 100.000 votos más que en 2003.
 
No se trata de un fenómeno generacional exclusivo de nostálgicos del antiguo régimen. El PRS tiene entre sus votantes muchos jóvenes, y es el partido que más fácilmente incorpora tanto el voto nacionalista como el de castigo, antiamericano y antisistema. Es el partido que votan a la vez los descontentos y los resignados. El discurso de su actual líder, Tomislav Nikolic, así como el del anterior, Vojislav Seselj - actualmente preso del Tribunal Penal Internacional (TPI) acusado de crímenes de guerra- es populista al estilo de un Hugo Chaves o un Evo Morales. Apelan a los valores nacionales imputando a occidente todos problemas que padece Serbia y justificando su rechazo de la democracia como un  imperativo de la unidad nacional.
 
También es muy significativo que el Partido Demócrata (PD),  que dirigía el asesinado primer ministro Zoran Djindjic, no sólo ha evitado su desaparición, sino que se ha convertido en el partido del bloque democrático más consolidado y más votado. En relación con 2003 ha ganado 440.000 votos. El aumento de sus votos refleja que son cada día más los serbios que rechazan  la política nacionalista y que crece el número de quienes desean formar parte de la UE y la OTAN. Su líder actual, Borislav Tadic, ha comenzado el 29 de enero las consultas para lograr un gobierno de coalición en torno a su partido. 
 
Hay que mencionar otro hecho positivo en estos comicios: el Partido Liberal Demócrata (PLD), una nueva formación, ha conseguido un 5,33% de votos, suficiente para obtener 15 escaños y entrar en el parlamento. Todos los analistas dudaban de que alcanzara el 5% necesario para tener representación parlamentaria. Su éxito, aunque modesto, demuestra que un programa inspirado en el de los grandes partidos liberal-conservadores de occidente puede obtener una respuesta positiva de un sector significativo de la población.
 
Ahora bien, la gran novedad de estas elecciones es el hecho de que formaciones de las minorías étnicas han logrado escaños: 3 para los húngaros de Vojvodina; 2 para los bosnjaci (musulmanes de Sandzak, una provincia que, durante la guerra de Bosnia, quiso unirse a los territorios de los musulmanes bosnios); 2 para los romi (gitanos) y uno para los albaneses de Medvedjevo, Presevo y Podujevo, pueblos de sur de Serbia que aspiran unirse a Kosovo.
 
En términos generales, el panorama político serbio no ha cambiado desde que comenzó la transición a la democracia. Los herederos del antiguo régimen suman 97 escaños, mientras los demócratas tendrán 145 diputados en el parlamento. La dispersión del voto demócrata, típico de las democracias jóvenes, no es en sí misma un problema para ningún sistema político si sus líderes tienen un proyecto común.  En el caso de los líderes demócratas serbios, lo preocupante es que, a pesar de que todos afirman compartir uno - la entrega de los criminales de guerra al TPI, las reformas políticas y económicas que llevarían a Serbia hacia la integración a la UE, y la solución del estatuto de Kosovo- existen enfrentamientos personales entre ellos que hacen desconfiar a los analistas de su capacidad para formar y sostener  un gobierno de coalición. Seguramente no se va a llegar al extremo de impedirlo, porque esto significaría un fracaso de la democracia: su victoria en las urnas y la confianza del electorado se convertiría en un éxito de los radicales a causa de estas  rencillas. Borisav Tadic lo va a tener difícil, como hasta ahora, con Vojislav Kostunica, líder del Partido Democrático Serbio (DSS), cuyo coqueteo con el nacionalismo y la conciencia de que es la pieza clave - sin el DSS y sus 47 escaños sería imposible formar un gobierno demócrata- le llevará a regatear hasta el último momento. Sus malas relaciones con Marhti Ahtisari, el enviado especial de la ONU para Kosovo, le han alejado de los políticos occidentales y le han convertido en un personaje simpático para los nacionalistas. Por otra parte, el PLD, y su líder,  Cedomir Jovanovic, mano derecha del difunto Zoran Djindjic, han declarado que no pondrán problemas a la formación de gobierno, pero que estarán en la oposición, dado su desacuerdo con la política de los demás partidos respecto a  Kosovo - el PDL considera que Kosovo ya es independiente de hecho y que hay que liberarse lo antes posible de dicho territorio porque solo crea problemas - así como con la lentitud de las reformas democráticas y las demoras en la entrega al TPI de los dos criminales de guerra más buscados (Radovan Karadzic y Ratko Mladic). Los 15 diputados de los liberales, aunque no pueden influir decisivamente en el curso de la política serbia, pueden introducir en el debate político nuevos temas y demostrar que hay vida más allá de la desintegración yugoslava y la cuestión de Kosovo, ayudando a sacar a la nación de su particular círculo vicioso. Los resultados electorales demuestran que la transición democrática no ha llegado al punto de terminar con los restos del antiguo régimen, lo que, teniendo en cuenta que se trata de un país que ha estado en guerra diez años, que ha formado parte de un Estado común con un Montenegro que estaba destinado a separarse y de que una parte de su territorio -Kosovo- funciona como un Estado independiente controlado por la presencia militar de la comunidad internacional, no es sorprendente. 
 
Aunque las elecciones han centrado la atención, el asunto que domina la vida política es este último. La cuestión de Kosovo ha sido la clave de la cuestión nacional serbia durante la segunda mitad del siglo XX y, desde 1999, es un problema cuya solución se les escapa no sólo a los serbios, sino a la comunidad internacional en su conjunto. El bombardeo de Yugoslavia por la OTAN en 1999 (del 24 de marzo al 6 de junio) reforzó la legitimidad de la Alianza Atlántica después de la Guerra Fría. El bombardeo fue una combinación de “guerra preventiva” - se creía que Milosevic iba a desestabilizar toda la región de los Balcanes y no sólo las antiguas repúblicas de Yugoslavia - con objetivos humanitarios más propios de una ONG: salvar a los refugiados albaneses expulsados por las tropas serbias. La guerra dio resultados no tanto en el campo militar, porque no se destruyó el ejército serbio, como en el político,  al propiciar decisivamente la revuelta popular contra el régimen de Milosevic. El objetivo humanitario se logró y todos los refugiados volvieron a sus casas. Los albanokosovares, aún formando parte de Serbia y de Yugoslavia como una comunidad autónoma (sin derecho a república propia),  nunca dejaron de reclamar la independencia. Su nacionalismo, tan radical como el  serbio o croata en los años noventa, no se fue percibido por la comunidad internacional como un nacionalismo étnico -que reclama derechos nacionales y territoriales para una comunidad determinada, excluyendo de los mismos a las demás comunidades del territorio - sino como una cuestión de derechos humanos. El conflicto étnico entre serbios y albaneses por un territorio que ambos pueblos consideran el meollo de su identidad nacional, fue definido como violación de los derechos humanos de los albaneses por parte de los serbios, a pesar de que en todas las guerras en los Balcanes a lo largo del siglo XX (las guerras balcánicas de 1912 y la de 1913 y las dos contiendas mundiales) unos y otros no perdieron ocasión de entrar en conflicto y reafirmar su enemistad. Como observa Tim Judah, las relaciones entre serbios y albaneses funcionan como un péndulo de venganza: los que tienen el poder local intentan ejercer una dominación brutal sobre los otros.
 
Desde 1999 Kosovo es un protectorado internacional  gobernado por la ONU y un pozo sin fondo: se invierten millones de euros en ayudas que, por falta de transparencia jurídica y de un aparato estatal,  desaparecen rápidamente en los bolsillos de las mafias organizadas. Se mantiene allí a unos 16.000 soldados de la OTAN  y se gasta sin tasa en la financiación de las numerosas ONG allí presentes, lo que no ha evitado que la región se convierta en un emporio del narcotráfico y la prostitución, además de exportar crimen organizado a todo el continente (incluida España). El coste de Kosovo como protectorado no compensa a la comunidad internacional, ni tampoco a los albaneses y los serbios, aunque por diferentes razones: los albaneses quieren su Estado cuanto antes y entienden que el bombardeo de Serbia por la OTAN era la promesa cierta de su independencia. Los serbios no pueden ni intentar integrarse en la UE si no saben con exactitud cuáles son sus fronteras. Marti Ahtisari, el enviado especial de la ONU, tiene el difícil deber de proponer una solución definitiva para Kosovo, toda vez que las negociaciones entre albaneses y serbios no han dado ningún resultado porque sus posturas son irreconciliables: los primeros solo aceptan la independencia; los segundos, solo una autonomía extensa. El plan Ahtisari fue presentado a puerta cerrada  al Grupo de Contacto (EEUU, Rusia,  Francia, Alemania, Gran Bretaña, Italia) el día 24 de enero, y unos días antes al Consejo Europeo. Aunque no se conocen los detalles - Ahtisari lo presentará el 2 de febrero a las partes interesadas-, se sabe que contiene una fórmula de independencia para Kosovo. Se supone que los serbios disfrutarán de autonomía sustancial, con derecho a doble nacionalidad y relaciones estrechas con Belgrado, y los albanokosovares podrán entrar en Organizaciones internacionales como la ONU. Los nacionalistas serbios aún esperan de Rusia que use su poder de veto en el Consejo de la ONU para impedir una resolución que legitime la independencia kosovar. Sin embargo, los rusos aprovecharán su posición para negociar alguno de los muchos contenciosos que tienen con la UE o la OTAN y no se avendrán a un veto final del plan de Ahtisari. Lord Russell Johnston explicaba así en el Consejo Europeo por qué hay que aceptar la independencia de Kosovo: “Si no damos la independencia a Kosovo, cualquier otra solución va a irritar a los albaneses y provocará su descontento”. Se percibe temor entre los políticos occidentales ante la posible reacción de los albaneses. De hecho, estos días se ha aumentado el control policial en Kosovo por  miedo a eventuales disturbios de los grupos extremistas. A  diferencia de los serbios, que, después de diez años de guerra están agotados, los albaneses no están dispuestos a aceptar que no se cumpla algo que consideraron ya prometido en 1999. En este sentido, puede, efectivamente, sospecharse que los extremistas albaneses estén preparando una respuesta violenta.
 
Las palabras de Lord Russell ilustran la posición mayoritaria de los políticos occidentales, que aprovecharán la independencia como ejemplo del comportamiento justo que debe seguirse con los musulmanes “buenos” o “razonables”. Si Kosovo obtiene cualquier forma de independencia facilitaría a los serbios despedirse de un pasado falsamente dorado y concentrarse en su propio desarrollo democrático como una nación moderna y fuerte, clave de la estabilidad de los Balcanes, y se cumplirá el sueño estatal de los albaneses de la región, pero tendría unas consecuencias dramáticas a corto plazo en la escena política internacional. En primer lugar, los serbios de la llamada República Serbia de Bosnia podrían recurrir al mismo expediente y exigir su independencia o su anexión a Serbia, y otro tanto harían los musulmanes de Sandzak, que ya intentaron en 1993 unirse a los musulmanes de Bosnia. Cualquiera que sea la solución, esclarecerá retrospectivamente el sentido del bombardeo de la OTAN. Si el estatuto final de Kosovo fuera la independencia, se interpretaría que la OTAN hizo una guerra por los objetivos de los independentistas albaneses: no contra el régimen tiránico de Milosevic, sino contra Serbia. En cualquier caso, los serbios, como en 1999 frente a la OTAN, no tendrían muchas salidas. No cabe pensar que se enfrenten de nuevo con la comunidad internacional.  Por otra parte, la independencia de Kosovo confirmará lo que se ha ido demostrando durante las últimas guerras de la ex Yugoslavia: que la UE y EEUU no están contra el nacionalismo, sino sólo contra la guerra.
 
Durante la guerra de Kosovo, el antiguo Secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger  declaró estar a favor de la reunificación de los pueblos de la antigua Yugoslavia según el principio étnico, considerando que sólo esto podía garantizar una paz duradera. Su propuesta no era del todo descabellada, porque los procesos de unificación nacional europeos del siglo XIX empezaron en los Balcanes, y porque todos los conflictos en los Balcanes han surgido de cuestiones étnicas. Sin embargo, lo que Kissinger no tuvo en cuenta es el hecho de que los nacionalistas balcánicos, como los nacionalistas en general, tienden a la emulación mimética y que satisfacer las exigencias de unos no garantiza que más tarde no aparezcan otros que pidan más. Saciar los apetitos de los nacionalistas étnicos no convierte a éstos en demócratas.
 
Sobra decir que la independencia de Kosovo intensificará las reclamaciones de los nacionalismos irredentistas en otras partes del mundo, sobre todo en Rusia (pero también en España). La independencia de Kosovo cerrará definitivamente el capitulo de la Guerra Fría, en la que no fue la URSS la única derrotada. También Yugoslavia, aunque no integrada en el Pacto de Varsovia, como país no alineado en una tierra de nadie entre ambos bloques sufrió muy directamente la desaparición del equilibrio del terror. De su desintegración y su destrucción fueron responsables los mismos yugoslavos, pero los nacionalistas fueron los más apoyados por la UE y los EEUU: primero los croatas y eslovenos; luego Milosevic (con él se firmaron los Acuerdos de Dayton sobre un país que no era el suyo, Bosnia); hoy, los albanokosovares. De todos ellos, los perdedores han sido los serbios, que no tenían aspiraciones muy distintas de las de los demás, pero no supieron venderlas a los occidentales.

 
 
Mira Milosevich es profesora e investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset.