La Revolución azafrán: días sangrientos en Birmania

por Stephen Schwartz, 3 de octubre de 2007

A fecha de este escrito, viernes 28 de septiembre, el régimen militar birmano ha utilizado toda su contundencia contra los miles de personas que se manifiestan contra la dictadura del país, de 45 años. Policía y efectivos militares han disparado a los manifestantes, dejando al menos 13 muertos. Los monasterios budistas han sido registrados y precintados, incluyendo la Pagoda Shiedagon, el edificio más hermoso y célebre de Rangún, y alrededor de 200 monjes se encuentran detenidos. El suministro de internet, que los disidentes utilizaban para informar de los sucesos al mundo, ha sido suspendido.
 
Puede ser excusable comenzar hablando de un territorio aislado casi por completo del resto del mundo con el único rastro de humor en esta situación -- las dificultades que la prensa de habla inglesa está teniendo a la hora de decidir si adoptar o no el nombre nacionalista del país y su principal ciudad, de Birmania y Rangún a Myanmar y Yangón. El Washington Post se decanta por lo segundo; el New York Times y los demás diarios de referencia prefieren el sistema nuevo, aunque los elocuentes “myanmareses” no han logrado ganar prominencia, dejando a casi todo el mundo diciendo aún 'birmanos”.
 
Llame como llame uno al país, su historia desde la Segunda Guerra Mundial ha sido de tragedia casi sin respiro. Gobernado como parte de la India británica de 1886 a 1948, fue en tiempos lo bastante rico como para ser simbolizado convenientemente por el oro de sus pagodas -- especialmente las miles que hay en la ciudad de Pagan. Un terremoto en 1975 dañó muchos de los tesoros de Pagan, pero esta destrucción fue simplemente física -- nada en comparación con las crueldades políticas y psicológicas que ha soportado Birmania.
 
Birmania ha sido objeto de cada una de las formas de brutalidad gubernamental y política que pudo ofrecer el siglo XX -- y ahora el siglo XXI. Tiene mucho en común con las demás víctimas del socialismo estatal, incluyendo a Cuba y la antigua Yugoslavia.
 
Al igual que el feudo de Castro, pasó de la prosperidad significativa a la extrema pobreza, convirtiéndose en un lugar retrógrado y desvencijado. Al igual que Yugoslavia, nunca fue una nación-estado genuina. Aunque el World Fact Book de la CIA (que lo llama Birmania) afirma que la población de 47 millones de habitantes es un 68% étnicamente birmana, algunos cuestionan esa cifra. Los muchos grupos minoritarios en las montañas septentrionales y al este del país, normalmente llamados 'tribus de las colinas', probablemente comprendan al menos un tercio de la población. Incluyen varias identidades relevantes y docenas de identidades menores, con los Karen y los Shans siendo los más famosos a causa de su larga lucha armada por la libertad.
 
Mientras que los étnicamente birmanos son típicamente budistas, los karen son cristianos y los shan tienen su propia religión, que mezcla el budismo con elementos animistas. La minoría musulmana dispersa por el país es indistinguible de la mayoría birmana en cuanto al idioma, pero también ha sido violentamente reprimida, y cientos de miles de musulmanes birmanos han huido hacía el oeste con destino al vecino Bangladesh.
 
Birmania no ha disfrutado de una paz real en más de 50 años. Ya en los años 30 era testigo de creciente agitación nacionalista contra el gobierno británico. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, los '30 Camaradas', un grupo de patriotas birmanos contrarios a Gran Bretaña, fueron reclutados por los japoneses y entrenados en Tokio para encabezar el ' Ejército de la Independencia de Birmania' (BIA). En 1942, los japoneses invadieron Birmania. Fueron bien recibidos como liberadores por la población antibritánica, y el BIA colaboró con ellos gobernando el país. Rápidamente sin embargo, el salvaje comportamiento de los nuevos invasores alienó al pueblo, y el movimiento de resistencia resultante tenía un fuerte sabor radical izquierdista.
 
El líder de las fuerzas colaboracionistas, entonces anti-japonesas, era el General Aung San, el más carismático y popular de los nacionalistas. Su asesinato en 1947 fue un trauma nacional. Con la caída de los japoneses, los guerrilleros comunistas e independientes como los karen pretendieron establecer el control en sus propios enclaves. Incluso después de la independencia en 1948 y el establecimiento de un gobierno nacionalista-populista -- un estado monopartidista 'light' -- la agitación continuó, alimentada en parte por China, que considera a Birmania como su satélite.
 
En el paraíso 'no alineado' de los años 50, cuando figuras como Tito de Yugoslavia, Nasser en Egipto o Sukarno en Indonesia (habiendo cooperado este último anteriormente con los japoneses) afirmaban encabezar las antiguas colonias hacia el progreso, Birmania fue jugador crucial. Su representante ante Naciones Unidas, U Thant, sirvió como Secretario General de la ONU de 1961 a 1971, incluso después de que Ne Win (uno de los 30 Camaradas originales) y el ejército se hicieran con el control del país militarmente en 1962.
 
Ne Win hundió a Birmania en la ruina económica y política adoptando un plan llamado 'el camino birmano al socialismo', basado en el total aislamiento, el saqueo de la economía a beneficio de la casta militar, y la continua supresión de los pueblos minoritarios. Fue un creyente convencido en la astrología y la numerología, que reconfiguró la divisa nacional, el kyat, en billetes de 45 y 90 unidades con la esperanza de incrementar su propia longevidad.
 
Ne Win abandonó el poder en 1988, el año de un movimiento democrático que el ejército suprimió de un golpe matando a miles de personas, y que trajo al poder a Aung San Suu Kyi y su Liga Nacional para la Democracia (NLD). Estimada como hija de Aung San, se ganó el respeto por su dignidad y sencillez. Desde finales de los 80, e incluso después de ser galardonada con un Premio Nobel de la Paz en 1991, Aung San Suu Kyi ha salido y entrado del arresto domiciliario, donde permanece hoy.
 
El líder actual de Birmania es el General Than Shwe, otro megalomaníaco, que está ocupado mudando la capital de Rangún a 'la nueva ciudad' a 200 millas al norte, llamada Naypidaw. Than Shwe parece dedicado a dar otra lección a sus súbditos y al mundo en materia del desafío a los dictadores militares de Rangún. Pero antes de cortar la conexión a internet, el mundo entero vio la perjudicial imagen de monjes budistas y monjas, con sus ropas marrón y azafrán, pacíficamente protegidos y ayudados por ciudadanos ordinarios que ocupan las calles de Rangún y Mandalay en protesta ordenada.
 
Algunos críticos políticos occidentales han argumentado que una China orientada hacia el crecimiento capitalista tiene un incentivo para disuadir al ejército birmano de administrar un baño de sangre. Tal optimismo con motivo de Pekín, sin embargo, es vano. La única esperanza de rescate para los atormentados pueblos de Birmania reside en la solidaridad expresada por el Presidente George W. Bush en la Asamblea General de la ONU, cuando dijo 'Los americanos están enfurecidos por la situación en Birmania. La junta gobernante sigue siendo inflexible, pero el deseo de libertad del pueblo es inequívoco'.
 
Los cínicos pueden condenar la postura del Presidente como un esfuerzo simple por renovar la visión de democratización que acompañó a la intervención norteamericana en Irak. Pero Birmania -- al igual que Georgia, Ucrania o el Kyrgyzstán antes -- demuestra que los eslabones débiles de la cadena mundial de tiranías se están rompiendo, uno a uno, y que el movimiento mundial en favor de la iniciativa, la transparencia y la soberanía popular puede afianzarse, con o sin la ayuda de los de fuera. Para los americanos y todos los que odian la opresión, el mensaje está claro: Estados Unidos deben mostrar apoyo práctico a las aspiraciones de la diversa ciudadanía de Birmania; sanciones más duras contra el régimen es solamente el principio.

 
 
Stephen Schwartz es Director Ejecutivo del Centro del Pluralismo Islámico de Washington y periodista autor (entre otros libros acerca del islam y sus subdivisiones y diferencias) del bestseller “Las dos caras del islam: fundamentalismo saudí y su papel en el terrorismo (Doubleday). Tras ser editor de opinión y columnista del San Francisco Chronicle durante 2 años y secretario del sindicato de periodistas de San Francisco, sus artículos han aparecido en The New York Times, The Wall Street Journal, el New York Post, el Los Angeles Times, el Toronto Globe and Mail y muchos otros. Como periodista destacó especialmente en la cobertura de la guerra de Kosovo, y desde entonces se ha convertido en uno de los principales especialistas en la región de los Balcanes y su relación con el islam.