La retirada de Kosovo, otra muestra de la ligereza de Zapatero

por Joseph Stove, 23 de marzo de 2009

La Guerra de Kosovo de 1999 fue uno de esos episodios que en la situación actual de 2009 no podría darse. La violación de la soberanía de Serbia sin mandato del Consejo de Seguridad de la ONU por la actuación de las fuerzas de la OTAN, y el reconocimiento del UCK (Ejército de Liberación de Kosovo, una mezcla de delincuencia internacional, terrorismo y mafia) como parte del conflicto, es algo a lo que la Rusia de hoy se habría opuesto de forma efectiva. Después de una campaña aérea de gran duración, provocada por la reluctancia aliada de emplear fuerzas terrestres, y de un gran flujo de refugiados a Albania y Macedonia, Milosevic se avino a un acuerdo que posibilitaba la ocupación de la provincia serbia por fuerzas de la OTAN a cambio del reconocimiento de la integridad territorial de Serbia.
 
El tiempo dio paso a la intervención de la ONU. Al cabo de unos años los acuerdos se olvidaron, y el UCK proclamó unilateralmente en 2008 la independencia de la provincia, que fue reconocida por la mayoría de los estados europeos, contándose España entre las excepciones. No parece lógico que habiendo mutado el objetivo estratégico de la intervención de la OTAN -la protección de la población albano kosovar-, España no expresase su opinión en el Consejo Atlántico y defendiese sus intereses. Así se llega al 19 de marzo de 2009, en que la Ministra de Defensa, Carmen Chacón da por  terminada la misión de las tropas españolas en Kosovo y anuncia su retirada unilateral, desencadenando la reacción de desagrado de los aliados, especialmente Estados Unidos.
 
Lo anterior sería un relato más de política internacional del periodo de la postGuerra Fría, pero  en el caso de España estamos ante algo muy peculiar. El PSOE siempre ha hecho de la política exterior -y en especial de lo relacionado con la Defensa- política de partido. El referéndum sobre la permanencia en la OTAN de 1986 fue una arriesgada acción, con los intereses nacionales en juego,  a sólo cuatro años de la desaparición del Imperio Soviético. Podría haberse dado la paradoja que España hubiese salido de la Alianza y que los miembros del Pacto de Varsovia, unos años más tarde, entrasen en ella.
La sociedad española ha vivido y vive en un limbo sostenido por unos medios de comunicación de orientación progresista, que manipulan a un pueblo dócil, sin élites intelectuales, universitarias, diplomáticas, funcionariales o militares. Estamos en las organizaciones internacionales como nuevos ricos en un club de hípica. La política exterior es  la gran desconocida, el pueblo ignora su importancia y valga como muestra el nulo prestigio, o puro desconocimiento público, de que han gozado los Ministros de Asuntos Exteriores en la democracia. En un momento en el que todo apunta a un cambio de era, donde los problemas mundiales ocupan las primeras páginas de los periódicos de los más importantes países del mundo, en España están ocupadas por idioteces de espías, jaguares, chorizos y un sinfín de chulerías separatistas.
 
La llegada a la política y al Gobierno de personas con una frágil formación académica, con un estrecho concepto de la política, sin sentido de estado, y concibiendo la política como un medio de vida para aquellos que han sido incapaces de ser otra cosa, es  un fenómeno social  que condiciona el futuro de España, tanto como el envejecimiento de la población. No es cívicamente aceptable que después de treinta años de democracia, el ejercicio del poder, incluidas las decisiones que afectan a nuestra seguridad y defensa, recaiga en una persona como el actual presidente del Gobierno, producto de esta sociedad con un nulo sentido del Estado, con un ejercicio de la política de un cortoplacismo suicida. Es de una falta de responsabilidad atroz, que pone en continuo peligro la seguridad y  el bienestar de los ciudadanos, así como la supervivencia del estado.
 
La forma de retirar las tropas españolas de Kosovo -como la de Irak- es una muestra más de irresponsabilidad. No es serio que se actúe con esa ligereza en algo ligado con la vida de nuestros soldados. Es más que probable que los líderes políticos no conozcan las verdaderas motivaciones de la presencia militar española en las misiones en el extranjero y ese es el mayor peligro que corren nuestros soldados. El pueblo español debe concienciarse de los problemas que le afectan, entre ellos su Presidente del Gobierno.