La OTAN y el Turxit

por Óscar Elía Mañú, 23 de julio de 2016

Durante dos décadas largas, el nacionalismo de las Fuerzas Armadas y el islamismo representado por Erdogan han tenido una relación contradictoria y paradójica. Por un lado, los militares representaban la fuerza de la moderación, de la conservación del status-quo que situaba a Turquía a las puertas de Occidente al tiempo que como uno de los referentes histórico y políticos del mundo musulmán, precisamente por su histórica relación, primero con Europa y después con los Estados Unidos. mientras, el AKP representaba el partido revolucionario, más o menos radical, nostálgico del Imperio Otomano no por Imperio, sino por Otomano, retador islámico de las viejas naciones Europeas y más interesado en el velo en las mujeres que en los F-15 norteamericanos. Bien que por motivos distintos, ambas fuerzas alcanzaban cierto consenso en el neconacionalismo turco y la búsqueda de la hegemonía turca en la región. Por otro lado, los choques políticos e institucionales entre ambas fuerzas han ido creciendo en los últimos años. El resultado ha sido que, mal que bien, Turquía ha seguido jugando el papel de aliado tradicional en el flanco sureste de la OTAN.

El fallido golpe de Estado del pasado viernes 15 y la reacción radical de Erdogan en forma de involución institucional, muestra que esta relación ha saltado por los aires. o había saltado ya. El Ejército ya no lidera a la sociedad turca, que ha basculado hacia el islamismo-nacionalismo del AKP. El equilibrio se ha roto en favor de este último. Y éste ha iniciado su propio camino de reforma, más bien de revolución, del Estado turco. Es tal la profundidad y extensión del proceso iniciado por Erdogan, que los países occidentales, cogidos por sorpresa el día del golpe, se encuentran aún paralizados ante unos acontecimientos que ni esperaban ni mucho menos aprueban. Sólo la corrección política y el "democratismo light" impiden que las potencias occidentales denuncien y combatan el proceso de involución iniciado por Erdogan. Socio, por ahora, de la OTAN.
 
No se trata de la instauración de la pena de muerte, o de la derogación de la Convención Europa de Derechos Humanos, que no deja de ser un instrumento arbitrario contemporáneo, y por tanto relativista. Las dudas, más bien las certezas, tienen que ver en primer lugar con el nuevo régimen que Erdogan está poniendo en marcha, y sus consecuencias no hacia dentro, sino hacia afuera. La peculiar personalidad del equilibrio institucional turco ha sido soportada sin demasiados problemas por las democracias occidentales durante el último medio siglo: no ha impedido una confianza de fondo. Pero un régimen como el que se vislumbra ahora, a medio camino entre el populismo, el islamismo y el despotismo, difiere de cualquiera del último siglo. No se trata ya de principios, siempre abstractos, sino de la actividad diplomático-estratégica de un gobierno así. El despotismo que Erdogan impulsa resulta incompatible con el funcionamiento de la Alianza Atlántica. Todas las naciones de la OTAN se rigen por regímenes parlamentarios, con dirigentes sometidos a las urnas y a la opinión pública, todos ellos con límites severos a sus iniciativas: esta era de hecho la debilidad de la OTAN ante el Pacto de Varsovia. Ahora bien una dictadura turca, blanda o dura constituirá un factor de inestabilidad dentro de la Alianza Atlántica, derivado de la presencia de un régimen despótico entre regímenes de libertades. De una manera u otra, los cambios puestos en marcha por Erdogan rompen las reglas de juego de una alianza como la OTAN. 
 
En segundo lugar, las amenazas a la seguridad han cambiado por completo. La amenaza soviética, convencional y espacial, podía exigir la extensión de la OTAN más allá del Bósforo. Pero las nuevas amenazas a la seguridad no necesitan un ejército de un millón de hombres en su flanco sureste, sino instrumentos de seguridad que combinen eficacia, movilidad, tecnología e inteligencia. Soportados por un aparato institucional y de toma de decisiones fiable, que en buena manera lo generaba la propia pertenencia al bloque atlántico. La crisis de los refugiados ha puesto sobre la mesa la disparidad de principios, métodos y políticas entre Turquía y sus socios de la OTAN. La mezcla de ineficacia y de corrupción convierten a Turquía en un coladero, en un agujero negro para la seguridad europea. Y no sólo se trata de incapacidad: también de voluntad. Dentro de la OTAN cada socio defiende sus propios intereses de seguridad, pero la alianza tiene sentido únicamente si existe cierta solidaridad entre ellos. La utilización de los refugiados sirios como instrumento de presión y de negociación por parte de Turquía rompe con cualquier mínima continuidad entre aliados. Ni está claro qué ofrece hoy Turquía a la OTAN ni está claro que puede ofrecer ante las nuevas amenazas. Nada que otros países, como Israel, no puedan ofrecer con más garantías y fidelidad.
 
 
En tercer lugar, la estable inestabilidad que tradicionalmente caracterizaba al régimen turco ha desaparecido, para abrir la puerta a una estabilidad inestable. Los militares ya no son la fuerza permanente que frena al Islam, el radicalismo y la revolución manteniéndolos dentro de lo más o menos tolerable. Sabemos que Erdogan ha iniciado un camino largo, pero no sabemos hacia donde, si hacia una república islámica, una dictadura populista, una revolución islamista de incierto final o una guerra civil. En todo caso se trata de un aliado inestable, imprevisible, sujeto a bruscos cambios sociales y políticos: lo que constituye un pésimo socio para una alianza como la OTAN, que busca garantizar la seguridad de sus miembros en un entorno estable. Básicamente, la Turquía que se abre ante nuestros ojos ni puede garantizar sus compromisos, ni aportar estabilidad y seguridad en su área de influencia. La OTAN, que sigue deambulando en busca de un “concepto estratégico” que le permita sobrevivir, no puede permitir que Turquía se convierta en una incógnita permanente y explosiva.
 
En cuarto lugar, el proceso de islamización de la sociedad turca no es ni político ni institucional: es social, se extiende profundamente y a largo plazo. Lo ocurrido desde el viernes 15 de julio parece la consecuencia y no la causa de un cambio social profundo. La Turquía del último siglo, combinación de una sociedad islámica pasiva y unas élites minoritarias occidentales activas, ha sido una rareza histórica que tarde o temprano tenía que desaparecer. Las tendencias demográficas e ideológicas jugaban en contra de las Fuerzas Armadas: el fracaso del golpe primero, y la parálisis de los militares y la oposición a la purga de Erdogan después, muestran que el país camina ya en dirección a La Meca. Puede haber una explicación estratégica y táctica al fracaso del golpe –pocos efectivos movilizados, objetivos no asegurados, renuncia a ejercer la fuerza necesaria- pero lo que se ha puesto de manifiesto es que es el AKP, y no las Fuerzas Armadas, quien goza del apoyo o la pasividad de la mayoría de la población turca. Turquía se ha islamizado tanto como para que el liderazgo no lo ejerzan ya los antes reverenciados miliares, sino los nostálgicos y los profetas del Califato. Así las cosas, un país islámico puede ser aliado o socio de la OTAN en la lucha contra el yihadismo: huelga decir que no puede pertenecer a ella.
 
En fin: un país con un régimen despótico, con una percepción de la seguridad y la política exterior distinta, con un futuro político inestable, y de carácter islámico, no tendrá sentido dentro de la OTAN por mucho tiempo. No se trata de preferencias, sino de predicciones. Cierto, una Turquía alineada con las potencias occidentales, o al menos no hostil a éstas, es preferible a una Turquía nacional-islamista que aspire a liderar al mundo musulmán en el siglo XXI como lo hacía en el XIX. Tras la caída de la Unión Soviética, éste ha sido el papel que las potencias occidentales han otorgado a Ankara: un mal menor con algunas ventajas. Pero este papel exigía un régimen y unas instituciones afines y fiables: no sólo nadie está en disposición de garantizarlo en el futuro, sino que más bien se puede pensar en lo contrario. Una Turquía convertida en fuente de inestabilidad para el bloque atlántico. Fuera de la OTAN, Turquía será un problema externo grave; dentro de ella, un problema interno aún peor. 
 
Así las cosas, sólo hay un motivo para no plantearse el Plan B de la futura salida de Turquía de la OTAN: la inercia. Uno de los grandes problemas de la OTAN, como de cualquier gran organización internacional, es su resistencia al cambio. Las sucesivas cumbres, la última la de Varsovia el 8 de julio, ponen de manifiesto esta dificultad para enfrentarse a la realidad que rodea a los Estados miembros, y las dificultades para anticiparse y responder a los cambios en su entorno.
 
El peor aspecto de esta realidad, el más difícil de asumir, es que uno de los países fundamentales durante décadas para la defensa de Occidente, ha tomado un camino que lo aleja de sus aliados, cambiando con ello las reglas estratégicas. Pero más vale asumir que, salvo sorpresa mayúscula en los equilibrios internos del país, Turquía ha iniciado un camino que la sitúa tarde o temprano fuera de la OTAN. Más vale, por vértigo que produzca, pensar realmente en el Turxit.