La mutawiyin y la crisis del régimen wahabí

por Irfán al-Alawi y Stephen Schwartz, 25 de julio de 2007

(Publicado en The Weekly Standard, 16 de julio de 2007)

Acostumbrada desde hacía tiempo a abusar de su poder con total impunidad, la mutawiyin (fem.) saudí o “policía religiosa” (más acerca de esta engañosa traducción en un momento) de pronto se encuentra a la defensiva. Crecientemente cuestionada por los críticos, a comienzos de este año se sentía obligada a atravesar el trance de anunciar 'una modernización': se necesitaban órdenes judiciales para los registros, y el uso de la fuerza en caso de violaciones morales quedaba prohibido. En la práctica, sin embargo, nada cambió. Y cuando esta primavera dos varones saudíes murieron bajo custodia, los sucesos dieron un giro sin precedentes: en los medios saudíes estallaba la controversia; diversos miembros de la mutawiyin eran llevados ante los tribunales; y los reformistas más claros pedían el desmantelamiento de una tacada de esta odiada institución.
Pero para hacer inteligible la historia, es necesario comenzar por el principio - con el carácter único de Arabia Saudí. Además de ser el único estado bautizado con el nombre de sus dictadores, y careciendo de constitución aparte del Corán, Arabia Saudí es la patria de la variante wahabí radical del islam sunita. El wahabismo, la secta de los funcionarios del reino, es una expresión relativamente reciente y cogida con alfileres de la fe de Mahoma, y las instituciones wahabíes que apoyan el orden saudí con frecuencia parecen amorfas y opacas. Teniendo en cuenta la ausencia generalizada de transparencia en el reino, esto no debería ser ninguna sorpresa.
 
Pero no existe ninguna institución wahabí más difícil de definir que la Comisión para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio. Fundada en los años 20 con el estado saudí como guardiana de la moral colectiva, esta entidad de al menos 10.000 integrantes es conocida entre los saudíes y los demás musulmanes como la mutawiyin, o “los devotos'. Aunque en los medios occidentales es descrita con frecuencia como 'policía religiosa', la mutawiyin tiene poco en común con una fuerza policial - no viste de uniforme, y no percibe ningún salario - la mejor manera de describirla es describirla como milicia islamofascista, algo comparable a los miembros del partido Nazi o Comunista con un fuerte activismo en los territorios gobernados por esos movimientos. Su misión incluye el adoctrinamiento ideológico en los peligros de 'imitar a Occidente' (peligros tales como ver televisión) pero principalmente implementa por ley los estándares wahabíes de comportamiento en público. Su constante y degradante interferencia entre la gente corriente viene provocando un creciente descontento. Si el escrutinio judicial se impone a la mutawiyin, Arabia Saudí va a sufrir un profundo cambio en su vida social.
 
Una especie de apéndice de las decenas de miles de clérigos mantenidos por el estado, la mutawiyin es el pilar central del wahabismo en el reino. Patrulla las calles de las principales ciudades saudíes día y noche. Jeddah, la capital comercial del Mar Rojo, es la excepción que confirma la regla: los residentes locales afirman haber expulsado a la mutawiyin de la ciudad. En el resto, sin embargo, persigue a las personas sospechosas de violar el código wahabí de conducta. Si una mujer abandona su casa tapada de cuerpo entero con la indumentaria conocida como abaya pero permite un ligero descubrimiento de la tela, mostrando su tobillo, la mutawiyin puede amonestarla o darle una paliza. Si sospecha que un hombre y una mujer sin relación legal se están viendo en lugares públicos, los guardianes pueden detenerlos y humillarlos, insultando a la mujer por su presunta obscenidad, y apaleando al varón. Si la gente sigue caminando cuando suena el llamamiento a la oración y no sale corriendo a la mezquita más cercana, la mutawiyin puede detenerlos y asaltarlos por impiedad.
 
Teniendo en cuenta la prohibición islámica sobre las bebidas alcohólicas, si la milicia es informada de que se están consumiendo drogas o bebidas alcohólicas en una residencia privada, puede irrumpir en la casa, propinar palizas, y hasta matar a gente. Si los peregrinos musulmanes violan la versión wahabí del monoteísmo rezando en el enclave religioso de Mahoma en Medina, es probable que sean apartados y severamente amonestados y, si son extranjeros, deportados.
 
Hasta la fecha, a la mutawiyin nunca se le han pedido cuentas por sus actuaciones, en ocasiones drásticas. Carece de cualquier estándar profesional o formación. Tiene las manos libres para asaltar a la gente y después hacerla desaparecer, sin ningún registro del encuentro, sin haber realizado ninguna detención oficial, y sin hacer ninguna provisión de ningún interrogatorio o castigo adicional, aunque las ofensas juzgadas particularmente graves -- presunto adulterio, digamos -- pueden dar con la sospechosa de bruces en un tribunal de sharia.
 
Los miembros entran a la mutawiyin procedentes de las escuelas y mezquitas más estrictas del reino. No se les paga, sino que se les asignan patrullas regulares. No llevan ningún uniforme identificativo a excepción de un pañuelo marcado de rojo. Viajan en vehículos sin identificar. En lugar de un arma de fuego, llevan la asaa, un palo largo que recuerda a una fusta. Pero tienen comisaría y centros de detención, y tanto el principal clérigo islámico del reino, el gran muftí Abdulaziz bin Abdaláh al-Sheik, como el príncipe ministro del interior Nayef bin Abdul-Aziz (célebre por afirmar que el 11 de Septiembre era obra de Israel), afirman que la mutawiyin cuenta con el apoyo del estado. La Comisión para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio tiene un director, el jeque Ibrahim Al-Ghaith, y últimamente se le han asignado relaciones públicas, todavía sin pagar.
 
La mutawiyin se viene beneficiando del secreto que rodea su funcionamiento interno, y sus tácticas 'de sorpresa' le ayudan a mantener una atmósfera de intimidación. Sus defensores afirman que la mutawiyin sigue un precepto anclado en las escuelas más estrictas de la sharia sunita, identificado con el jurista del siglo IX Ahmed ibn Hanbal, cuyos seguidores organizaban patrullas para 'la prevención del pecado'. Pero tales guardianes siguieron siendo un fenómeno marginal de la historia islámica, condenado con frecuencia, hasta la aparición del estado saudí en el siglo XX .
 
El 1 de julio, tres jueces saudíes iniciaban una investigación judicial por la muerte el mes pasado de un ciudadano saudí, Ahmed Al-Bulawi, de 50 años de edad, que había sido detenido por la mutawiyin en la ciudad de Tabuk, al noroeste. El 2 de julio sin embargo, 4 miembros de la milicia religiosa acusados de la autoría de la muerte y cuyo juicio había sido pospuesto una vez, eran liberados bajo fianza; el viernes anterior, las mezquitas de Tabuk habían difundido sermones llamando a los musulmanes locales a defender a los acusados.
 
El caso Al-Bulawi representa un microcosmos en la historia de la mutawiyin. Su presunto crimen consistió en invitar a una mujer marroquí, que no era pariente suyo y que no iba acompañada de otro varón, a subir a su coche. Sus parientes exigen que los encausados en su muerte sean ejecutados. Las autoridades locales afirman que Al -Bulawi falleció de causas naturales, aunque el abogado de su familia declaraba a los medios que los restos mortales de la víctima mostraban signos de haber recibido fuertes golpes en la cara y la cabeza. El informe médico oficial no se ha dado a conocer. A pesar del poco valor que tiene [su declaración como mujer], la mujer marroquí sin identificar ha revelado que Al -Bulawi trabajaba antes para ella como su chófer.
 
Poco antes de la muerte de Al-Bulawi, en mayo, Salman al-Huraisi, de 28 años de edad, fallecía a manos de la mutawiyin en Riyadh. Su residencia había sido registrada por miembros de la milicia buscando alcohol y drogas. El rotativo saudí al -Watán (La Nación) informaba el 28 de junio que al abogado de la familia Al-Huraisi se le había negado el acceso al informe médico de la tragedia, pero que Al-Huraisi había fallecido tras diversas contusiones en los ojos y la cabeza.
 
Alrededor de 18 efectivos de la mutawiyin participaron en el registro de la residencia Al-Huraisi, y uno de ellos tiene previsto ahora el juicio. Las autoridades locales pretendieron inicialmente absolver a la mutawiyin del caso disponiendo una tapadera de ambigüedades en su favor. Representantes del gobierno de Riyadh afirmaban que el individuo aún sin identificar acusado de la muerte no estaba de patrulla cuando falleció la víctima. El consorcio de medios pro- al-Qaeda Al-Sahat (Campos de Batalla) elogiaba esta tentativa de desviar la culpa de la mutawiyin como protección adecuada a la posición de la milicia. Pero algunos medios árabes insisten en que el asaltante de Al -Huraisi es un líder de la mutawiyin. Al igual que en el pasado, la imprecisión acerca de cómo funciona la mutawiyin permite su presunto mal comportamiento.
 
Finalmente, una mujer saudí de 50 años conocida como Umm Faisal (“madre de Faisal”--su nombre completo está sin revelar) ha presentado una demanda contra la mutawiyin por un incidente del 2003, cuando su hija, una niñera extranjera y ella fueron humilladas verbal y físicamente mientras esperaban a sus dos hijos en un coche.
 
Las tres mujeres fueron acusadas de inmoralidad pública, en línea con la enseñanza wahabí de que la presencia de mujeres en coches supone práctica de prostitución. El 3 de julio, la denuncia de Umm Faisal se convertía en la primera acción civil nunca vista en la que un representante de la mutawiyin era llamado a declarar, aunque, de nuevo, el juicio fue pospuesto, esta vez hasta septiembre.
 
Con todo esto, al reino le empieza a pesar la mutawiyin. Es prueba del totalitarismo atrincherado en la sociedad saudí que pasos tan pequeños como la acusación de cuatro miembros de la milicia por la muerte de Al-Bulawi y la comparecencia ante el tribunal de un miembro de la milicia en el caso Umm Faisal sean percibidos por los saudíes corrientes como avances significativos, vaticinando potencialmente una nueva época en la vida en el reino.
 
Naturalmente, los defensores del orden wahabí siguen de cerca la supervivencia de la mutawiyin. El Príncipe Nayef ha reafirmado públicamente su apoyo, aunque no lo bastante para Al-Sahat, que se queja de que el Consejo de la Shura compuesto exclusivamente de varones designados por el rey no ha logrado abrir más centros de la mutawiyin y autorizar una nómina para los miembros. El Consejo de la Shura parece recorrer la fina línea entre el desagrado popular hacia la mutawiyin y la presión fundamentalista; también rechazaba las propuestas de reforma de que la mutawiyin tenga uniforme e incluya personal femenino.
 
Previsiblemente protector de la institución es el estamento wahabí. El 21 de junio, el periódico Al-Madina informaba de que el gran muftí había denunciado la crítica mediática 'injusta' a la milicia religiosa y pedido la represión de los críticos. El gran muftí es descendiente de Mohamed Ibn Abd Al-Wahhab (1703-1792), creador de la secta wahabí. Su posición viene siendo consuetudinaria desde que la familia Al-Wahhab suscribiera una alianza permanente con el clan Saud, que deja los asuntos religiosos a la descendencia wahabí al tiempo que se quedan para sí las riendas del poder.
 
Entre estas investigaciones y manifestaciones se han propuesto otras medidas esporádicas y confusas para aliviar el descontento público con la mutawiyin. Cuando el caso Al-Bulawi vio la luz por primera vez, se anunció que 380 miembros de la milicia recibirían formación en 'habilidades interpersonales”, seguramente una de las declaraciones más barrocas hasta la fecha viniendo de las autoridades saudíes. La mutawiyin prometía además crear un proceso de revisión de las prácticas de sus miembros. Al mismo tiempo sin embargo, rechazaba las preguntas acerca de sus actividades planteadas por activistas saudíes de derechos humanos.
 
Por otra parte, los ejemplos recientes de comportamiento indignante de la mutawiyin aparecen por doquier. A principios de junio, un tal Fahd al-Bishi de Riyadh se quejaba a los medios de que la milicia había empotrado su vehículo contra su coche familiar y le había humillado el día de la boda de su hija porque sospechaban de consumo de bebidas alcohólicas o viajar en compañía de mujeres sin vinculación familiar con él y su hijo. En marzo, la mutawiyin irrumpía en el Hospital Príncipe Salman de Riyadh y se enfrentaba al personal de seguridad al tiempo que aparentemente perseguía a un traficante de drogas. Unos cuantos días antes de eso, a la mutawiyin se le enseñaba una lección en la inestable provincia del este, cuya enorme población musulmana chiíta es objeto de continua discriminación. Una patrulla detenía a un hombre que estaba escuchando música, una ofensa capital a los ojos wahabíes. Tras liberar al individuo, éste volvió con varios amigos y propinó una paliza a los efectivos de la mutawiyin.
 
De hecho, a principios de este año, la crítica a la institución había pasado a ser tan corriente que la milicia se abstenía de su costumbre anual de irrumpir con violencia en la Feria Internacional del Libro de Riyadh que abría en febrero, en busca de literatura prohibida. Muchos saudíes percibieron esto como otro pequeño paso positivo más por parte del círculo del rey Abdalá, que está enfrentado con el Príncipe Nayef, y del que se afirma que busca romper con el pasado.
 
A través de esta crónica se evidencia uno de los síntomas contradictorios de una crisis cada vez más profunda pero aún oculta del régimen saudí. El estado defiende a la mutawiyin al tiempo que promete cambios, pero no cambia nada. La gente se pronuncia con mayor candidez, pero una institución retrógrada como la mutawiyin continúa saliendo impune de actos grotescos. Se prometen juicios, y comienzan, pero después son pospuestos bajo la mirada siniestra de Nayef. Es imposible predecir con precisión cómo se desarrollarán los acontecimientos, pero no es demasiado decir que si la mutawiyin tiene por fin que rendir cuentas por su larga carrera de opresión, todo el estamento wahabí podría empezar a tambalearse.


 

 
 
Stephen Schwartz es Director Ejecutivo del Centro del Pluralismo Islámico de Washington y periodista autor (entre otros libros acerca del islam y sus subdivisiones y diferencias) del bestseller “Las dos caras del islam: fundamentalismo saudí y su papel en el terrorismo (Doubleday). Tras ser editor de opinión y columnista del San Francisco Chronicle durante 2 años y secretario del sindicato de periodistas de San Francisco, sus artículos han aparecido en The New York Times, The Wall Street Journal, el New York Post, el Los Angeles Times, el Toronto Globe and Mail y muchos otros. Como periodista destacó especialmente en la cobertura de la guerra de Kosovo, y desde entonces se ha convertido en uno de los principales especialistas en la región de los Balcanes y su relación con el islam.
Irfán al-Alawi es presidente de la Fundación Herencia Islámica y director de la sede en Europa del Centro para el Pluralismo Islámico.