La masacre de Mumbai en perspectiva: hacia la destrucción del entendimiento entre India y Pakistán

por Carlos Echeverría Jesús, 16 de diciembre de 2008

La muerte de 163 personas en los ataques sincronizados producidos en Mumbai el 26 de noviembre y que alargaron la crisis hasta el día 29 con la toma de rehenes en diversos puntos, ha supuesto un agrio revulsivo tanto para el Gobierno indio como para la comunidad internacional en su conjunto, pero conforme el tiempo pasa y se conocen más detalles pone en riesgo el esfuerzo bilateral iniciado por India y Pakistán en 2004 para acabar con una inercia que había llevado a ambos países a hacerse la guerra en tres ocasiones desde que alcanzaran sus independencias en 1947.[1]
 
Las consecuencias inmediatas del ataque terrorista
 
Aparte de aceptar el 30 de noviembre la dimisión del Ministro del Interior, Shivraj Patil, y de anunciar la creación del Organismo Federal de Seguridad, un instrumento de coordinación de todas las agencias antiterroristas indias, el Gobierno de Nueva Delhi viene estudiando detenidamente los entresijos de los atentados mientras va tomando diversas medidas con respecto a su vecino paquistaní. El Primer Ministro indio, Manmohan Singh, ha adoptado en estos días una actitud prudente aunque exigente hacia Islamabad, pidiendo un mayor compromiso antiterrorista a Pakistán en la misma línea en que suele hacerlo también con el mismo interlocutor, y también con buenos motivos, el Presidente afgano Hamid Karzai. El grupo de terroristas llegaron a Mumbai por mar desde Pakistán para realizar atentados y asaltos sincronizados a primeras horas de la noche del 26 de noviembre, y el único de ellos capturado vivo es un ciudadano paquistaní que ha confesado que el grupo fue entrenado por el grupo Lashkar e-Taiba en Pakistán y con la participación de militares paquistaníes.[2] Aunque en un primer momento el grupo yihadista salafista indio Deccan Muyahidin reivindicó los ataques, aparentemente para darle una impronta india a estos y apartar las miradas del vecino paquistaní, la influencia de Pakistán en todo lo que tiene que ver con el auge del proselitismo yihadista dentro de India no se le escapa a nadie, y además los primeros indicios apuntaron enseguida hacia ese país. Por otro lado, los atentados fueron claramente dirigidos, siguiendo los hábitos clásicos de los grupos yihadistas salafistas, contra el sector turístico (Hoteles “Taj Mahal” y “Trident-Oberoi” y Café “Leopold”), contra lugares emblemáticos del distrito financiero y contra el Centro Cultural Judío “Nariman” de Mumbai, en una eficaz labor de acoso y derribo contra India y contra sus mandatarios, y ello en unos momento en los que, ante las elecciones generales de mayo de 2009, el Primer Ministro Singh tenía ya poco que ofrecer de positivo en términos de estabilidad política y de desarrollo económico al electorado. Los objetivos buscados recuerdan a atentados como los suicidas de Casablanca de 16 de mayo de 2003, con el agravante de que en el caso de Mumbai constituyen un ataque coordinado más de entre los varios zarpazos terroristas que se vienen sufriendo en diversos rincones del país y que hasta este de Mumbai ya habían provocado, a lo largo de 2008, más de 250 muertos. Con algo más de perspectiva, el terrorismo ha provocado más de 4.000 muertos en India desde que se iniciara el deshielo indo-paquistaní en 2004. Por otro lado, la casi coincidencia de los atentados de Mumbai con las elecciones locales - celebradas el 29 de noviembre - recuerda también a los atentados de Madrid de 11 de marzo de 2004.[3]
 
En efecto, el inventario de atentados sufridos por India en los últimos tiempos es estremecedor. En lo que a Mumbai respecta, en julio de 2006 morían 209 personas en el marco de la realización de varios atentados con bomba. Por otro lado, y como atentados más recientes producidos en otros rincones de India, destacamos los 24 muertos y el centenar de heridos provocados en Nueva Delhi el 13 de septiembre por un terrorista que era abatido por la policía seis días después en el barrio musulmán de Jamia Nagar, también en la capital; la muerte de 7 policías en Lahore, provocada por un suicida el 13 de agosto; o la explosión de 22 bombas en Ahmedabad y Bangalore el 26 de julio, que provocaron 51 muertos y que fueron reivindicadas por el grupo Guerreros Indios del Islam, el mismo que asumió los atentados de Jaipur del pasado mayo que provocaron 60 muertos. Por otro lado, el 18 de julio la explosión de una bomba en Banihal, en la Cachemira india, sólo había provocado 30 heridos pero había logrado, sobre todo, desencadenar graves enfrentamientos entre musulmanes y policías indios que se saldaban el 12 de agosto con 15 muertos y que habían obligado al Gobierno de Nueva Delhi a reforzar su presencia militar en el territorio desde principios de ese mes.
 
En lo que a Pakistán respecta, tampoco para el Presidente Asif Ali Zardari es este un buen momento pues se encuentra políticamente debilitado y se arriesga a que el alto el fuego vigente desde 2003 en la frontera de Cachemira, las comunicaciones ferroviarias y aéreas y diversos marcos de diálogo y medidas de confianza indo-paquistaníes que son herencia de su predecesor Pervez Musharraf se vean ahora en peligro si se produjera una escalada entre los dos países. La agónica carta redactada por el Presidente Zardari y publicada en diversos medios el 8 de diciembre es buena muestra de los temores a que lo sucedido en Mumbai pueda arruinar tantos esfuerzos diplomáticos desarrollados en el último lustro.[4] Aunque muchos inciden en las diferentes reacciones entre este ataque y el producido en diciembre de 2001 contra el Parlamento de Nueva Delhi, que llevó a un despliegue de los ejércitos en la frontera común que a punto estuvo de degenerar en lo que hubiera sido el cuarto conflicto convencional, no hay que ser demasiado optimista ni confiarse pues el clima creado entre India y Pakistán a partir de 2004 es estimulante pero aún muy vulnerable, sobre todo frente a la voluntad letal de los terroristas yihadistas salafistas y a los de sectores tanto en India como en Pakistán que no están convencidos de las bondades del entendimiento bilateral. Además, Nueva Delhi exigirá a Pakistán que acabe con su combate parcial contra el terrorismo yihadista salafista, atacando a los elementos Talibán en la frontera occidental pero respetando e incluso protegiendo a los yihadistas concentrados en Cachemira, entre los que se sitúa el grupo Lashkar e-Taiba que habría entrenado a quienes actuaron letalmente en Mombai y que también fue el responsable del ataque contra el Parlamento indio, en Nueva Delhi en 2001, de los ataques producidos contra trenes, en Mumbai en julio de 2006, y que provocaron 209 muertos, o del atentado contra un parque de atracciones en agosto de 2007 en Hyderabad.[5] Lashkar e-Taiba fue creado para combatir en Cachemira contando para ello con el apoyo militar y de inteligencia paquistaní y sólo tras el 11-S y por presión estadounidense las autoridades de entonces encabezadas por el General Musharraf aceptaron declararlo ilegal. Ahora, su más que probable participación en el ataque de Mumbai podría confirmarla también la habilidad de sus miembros - autodenominados “fedayin” o combatientes que se sacrifican voluntariamente en la batalla - para realizar operaciones de guerra en población idénticas a la desarrollada en Mumbai. Los terroristas de Lashkar e-Taiba han probado además sobradamente en Cachemira, entre 1999 y 2003, que son capaces de mantener un enfrentamiento durante días, como ahora habrían hecho en Mumbai.[6] El buen planeamiento de la operación desde una perspectiva militar - asumiendo como asumen sus actores la muerte como final - y su retransmisión en directo al mundo puede ser un balón de oxígeno para los terroristas yihadistas salafistas, que ganarían puntos ante sus seguidores o posibles seguidores, por lo que se hace aún más necesario transmitir de forma rápida a las distintas opiniones públicas resultados de unas investigaciones que se dirigen, y no hay que olvidarlo nunca, contra terroristas y no contra combatientes legítimos.
 
Finalmente pocos se han detenido a analizar que el sangriento ataque a Mumbai coincidía en el tiempo con la progresiva implantación de una fatua (decreto religioso) emitida en mayo desde la Darul Uloom Deoban Madrasah, situada al norte de Nueva Delhi, en la que se calificaba de terrorismo la matanza de inocentes y que a principios de noviembre era secundada por 4.000 ulemas y muftis indios reunidos en un encuentro masivo celebrado en la ciudad de Hyderabad.[7] Como vienen haciendo los yihadistas salafistas en distintos escenarios como Irak o el propio Pakistán, responden con contundencia ante cualquier asomo de entendimiento entre sectores suníes desencantados de la violencia ciega y las autoridades de dichos países, intentando frenar procesos de diálogo y marcos de cooperación antiterrorista como los que iniciara Musharraf en Pakistán, los que tanto éxito han dado al Gobierno de Bagdad o a las fuerzas de la Coalición en el último año en Irak o los que Karzai está intentando poner en marcha en el atribulado Afganistán.
 
La evolución de la crisis y sus posibles consecuencias
 
La más que previsible negativa de Pakistán a extraditar a India a Zakiur Rehman Lakhvi, presunto cerebro de los ataques de Mumbai, o de cualquiera de los otros 19 detenidos, confirmada el 9 de diciembre por el Ministro de Asuntos Exteriores paquistaní, Shah Mehmud Qureshi, podría incrementar aún más la tensión existente en las relaciones bilaterales. Una reacción epidérmica propia de comunidades que han vivido enfrentadas durante décadas sería la de no conceder demasiada credibilidad, por parte de las autoridades indias, al compromiso expresado por el Ministro Qureshi de juzgar a los detenidos en Pakistán. Sin embargo y tal como evocara el día anterior el Presidente Zardari en su carta el esfuerzo antiterrorista existe en Pakistán pero subsiste en un contexto muy hostil y por ello se hace necesaria la coordinación con India, pero también con el exterior de la región y en particular con los EEUU, para lograr obtener resultados y blindarlos.
 
En cualquier caso, si se confirma la conexión de Lashkar e-Taiba con los ataques ello implicaría una vinculación potencial de elementos del aparato de seguridad e inteligencia paquistaní, y ello a menos que este quiera reconocer públicamente que ha perdido el control de una herramienta creada por él para combatir la presencia india en Cachemira. Aunque algunos autores hablan de una progresiva pérdida de influencia por parte de Islamabad respecto a Lashkar e-Taiba, conociendo la práctica tradicional de los servicios de inteligencia paquistaníes, el ISI (Inter-Services Intelligence) dirigido por el Teniente General Ahmed Shuja Pasha, tal conexión no puede haberse roto del todo y al menos se mantendrá con algunos elementos del servicio que pueden actuar perfectamente fuera de control. En cualquier caso, si la salida del poder del General/Presidente Musharraf permitía prever una pérdida del control gubernamental sobre el potente aparato de seguridad paquistaní, el desafío ahora planteado hace temer a muchos por la evolución de unas relaciones bilaterales que se habían conseguido enderezar a partir de 2004 después de tres cruentas guerras. El sucesor de Musharraf es un civil, lo cual ya supone debilidad en el muy marcial e islamizado escenario paquistaní, y como Presidente Zardari es una figura política débil, marcado por la difícil herencia de ser el sucesor de su esposa asesinada hace ahora un año y por casos de corrupción que le afectaron y mucho en el pasado. Con escasos apoyos políticos internos, con los Talibán paquistaníes desafiando cada vez más al Gobierno de Islamabad, con el Presidente afgano Karzai exigiendo continuamente un mayor compromiso paquistaní para acabar con el santuario desde el que actúan impunemente quienes quieren derrocarle - exigencias que previsiblemente se intensificarán conforme se acerque la fecha de las elecciones afganas - y, ahora, con un vecino indio que exige también un mayor esfuerzo antiterrorista ante el gravísimo ataque de Mumbai, retransmitido para mayor humillación india al mundo entero en tiempo real y que es utilizado por los opositores extremistas hindúes Bharatiya Janata para presionar políticamente a Singh, Zardari está políticamente contra las cuerdas. Además, y como continuación de las situaciones que ponen en dificultades al Jefe de Estado paquistaní, la aproximación entre India y Afganistán y, también, la mucho más visible entre India y el mejor aliado hasta ahora del régimen paquistaní, los EEUU, venía situando a Pakistán en una situación de debilidad regional. El ataque terrorista suicida de julio pasado contra la Embajada india en Kabul mató a 58 personas y se dirigieron acusaciones contra los servicios secretos paquistaníes[8]
 
Si todo ello denota que son malos tiempos para las relaciones indo-paquistaníes más lo serán ante el relevo en la Casa Blanca. El Presidente George W. Bush se había definido, en lo que a esta región respecta, por un compromiso exigente respecto a Pakistán y por una aproximación innovadora y comprometida a India, incluyendo el inicio de una muy criticada por ciertos sectores cooperación nuclear en el ámbito civil con esta última tras décadas de mutua ignorancia entre Washington y Nueva Delhi. A partir de enero, Barack H. Obama tendrá que gestionar dicha herencia - de difíciles equilibrios - en el peor escenario posible. Es como si los ataques de Mumbai hubieran sido planificados no sólo para dañar a los infieles hindúes y a sus supuestos valedores occidentales, meta última de los yihadistas salafistas, sino sobre todo para romper una dinámica componedora entre India y Pakistán que el ya ex-Presidente Musharraf y el Primer Ministro Singh trataban de mantener viva a duras penas.
 
La memoria histórica en las relaciones bilaterales no ayuda nada pues los musulmanes indios (alredor de 150 millones) y el vecino Pakistán pueden recordar fácilmente - como lo hicieran algunos de los terroristas en Mumbai antes de asesinar a sus víctimas - la matanza de musulmanes en Gujarat en 2002, o antes que esta la producida en diciembre de 1992 durante la demolición de la mezquita Babri Masjid de Ayodhya, o el lenguaje hostil de los ultranacionalistas hindúes del opositor Bharatiya Janata. Ello indica que también en India debe de hacerse un profundo trabajo político, y para ello conviene no olvidar ni los más recientes ataques de Mumbai ni los 4.000 muertos que pueden contabilizarse en cuatro años de terrorismo yihadista feroz. Es momento pues de grandes decisiones que los líderes de ambos países podrían tomar con enormes dificultades. En Pakistán lo ideal sería marginar a los grupos yihadistas pero estos se mantendrán vivos y no sólo por su fortaleza interna y por su capacidad disuasoria: la cuestión de Cachemira perdura para Islamabad en clave reivindicatoria y ello mantiene activos a diversos grupos, incluido Lashkar e-Taiba que, aparte de su rama militar, ahora identificada con el detenido Lakhvi, tiene una rama político-religiosa y caritativa dirigida por su líder espiritual, Hafiz Saeed, cuyo discurso es también extremadamente radical y que interactúa con su sector armado independientemente de que Saeed quiera presentarse - y quiera ser presentado irresponsablemente por algunos también aquí en Occidente[9] - como un hombre de paz enemigo de la violencia. En este punto no debe de olvidarse que el viejo conflicto separatista de los musulmanes de Cachemira fue transformado de forma progresiva en un conflicto interreligioso primero, y alimentado en términos de componentes yihadistas salafistas después, a raíz de la ingerencia paquistaní que siguió al golpe de estado protagonizado por el General Zia ul-Haq en 1977. Por otro lado, aunque el horror de Mumbai ha provocado protestas y muestras de solidaridad entre los musulmanes indios, no ha servido para movilizar a un mundo islámico muy sensible ante cuestiones como las caricaturas del Profeta Mahoma pero apático cuando muestras de barbarie como las allí vividas son justificadas sobre la base de una perversión de la religión musulmana que los ulemas y muftis indios reunidos en Hyderabad a principios de noviembre sí habían sido lo bastante valientes como para denunciar llamándola por su nombre. En momentos así es cuando debería de cundir el ejemplo en el resto del orbe islámico, asumiendo que hoy el verdadero enemigo del Islam está más en el interior de este - en esa perversión de la religión que es el islamismo radical, con su variación más perfeccionada que es el yihadismo salafista como parte más visible y peligrosa - que entre cristianos, judíos, hindúes y otros círculos de infieles donde lo sitúan los inventores de peligrosas teorías conspiratorias.
 
Finalmente, los ataques de Mombai, con su componente paquistaní presente en cualquier caso, e independientemente del nivel de vinculación que las investigaciones aún en marcha sean capaces de demostrar, no hace sino encender de nuevo las alarmas globales sobre lo que el largo proceso de radicalización que se ha vivido en este país asiático desde hace tres décadas está teniendo para incrementar una amenaza cada vez más global como es la del terrorismo yihadista salafista. Como los atentados suicidas de Londres del 7 de julio de 2005, pasando por los abortados el 21 de julio del mismo año, y hasta llegar a los ataques suicidas del verano de 2007 en Londres y Glasgow, en lo que al Reino Unido respecta, y el atentado frustrado contra el metro de Barcelona evitado por la diligente actuación de la Guardia Civil en enero de 2008, nos demuestran, y son sólo algunos ejemplos, Pakistán debe de acometer una firme revisión de algunas de sus políticas y proceder, animado y arropado para ello por el resto de la comunidad internacional, una firme limpieza de importantes sectores del país en los que ha anidado y para quedarse la nefasta ideología yihadista salafista.

 
 
Carlos Echeverría Jesús (Madrid, 26 de marzo de 1963) es Profesor de Relaciones Internacionales de la UNED y responsable de la Sección Observatorio del Islam de la revista mensual War Heat Internacional. Ha trabajado en diversas organizaciones internacionales (UEO, UE y OTAN) y entre 2003 y 2004 fue Coordinador en España del Proyecto 'Undestanding Terrorism' financiado por el Departamento de Defensa de los EEUU a través del Institute for Defense Analysis (IDA). Como Analista del Grupo asume la dirección del área de Terrorismo Yihadista Salafista.
 
 
Notas

[1]Como ya indicáramos en análisis anteriores el objetivo de destruir el difícil proceso de diálogo y de aplicación de medidas de confianza entre dos enemigos históricos ha sido buscado con ahínco por los terroristas yihadistas salafistas en los últimos años, aplicándose tal estrategia tanto a la red Al Qaida como a grupos como Lashkar e-Taiba (El Ejército de los Piadosos), miembro del Frente Islámico Mundial contra los Cruzados y los Judíos alumbrado por Osama Bin Laden en 1998 y al que se adjudica la comisión de los ataques aquí analizados. Véanse nuestros análisis “Ayman Al Zawahiri: de las promesas a los hechos” Análisis del GEES nº 299, 25 septiembre 2008;  y “Apogeo estival del terrorismo yihadista” Análisis del GEES nº 295, 21 agosto 2008, ambos en <www.gees.org/autor/251>.
[2]A las casi dos semanas del lanzamiento de los ataques aún se especula sobre el número real de atacantes, pues unos hablan de entre una y dos decenas mientras que otras fuentes insisten en que dicha cifra en corta para explicar el caos producido en la fatídica noche del 26 de noviembre. En cualquier caso el Gobierno indio publicaba el 9 de diciembre la lista de los 9 terroristas que lanzaron los ataques, todos ellos paquistaníes al igual que el único capturado vivo, y cabe recordar que los puntos de ataque iniciales más importantes - aparte de bombas en taxis y otros lugares que estallaron en los primeros momentos - fueron efectivamente diez Véase “India. Nueva Delhi publica los nombres de los terroristas de Bombay” El País 10 diciembre 2008, p. 8.
[3]Véase KARMON, Ely: “Los ataques de Mumbai: ¿hay una conexión paquistaní?” ABC 29 noviembre 2008, en <www.abc.es/20081129/opinion-firmas/existe-conexion-paquistani-20081129.html>.
[4]Véae ZARDARI, Asif Alí: “The Terrorists Want to Destroy Pakistan, Too”, publicada en diversos medios internacionales de prensa. En ella el viudo de Benazir Bhutto recuerda cómo 150 paquistaníes fueron asesinados y más de 450 heridos el 18 de octubre de 2007 en un atentado suicida contra su esposa nada más aterrizar esta en ¥Karachi. Dos meses después los terroristas lograron su objetivo y Bhutto ya no pudo escapar a la muerte el 27 de diciembre de 2007 en otro atentado suicida. En su solicitud de paciencia a India y su compromiso para perseguir a los culpables el Presidente paquistaní no deja tampoco de recordar en la misiva el sangriento atentado del pasado septiembre contra el Hotel Marriot de Islamabad, evoca a los 150.000 soldados paquistaníes empeñados en la labor de impermeabilización y limpieza de la frontera afgano-paquistaní y, como un telón de fondo que conviene recordar en estas ocasiones, la campaña internacional para derrotar a la Unión Soviética en Afganistán en los ochenta que dejó, entre otros legados, un pernicioso germen de radicalización islamista en Pakistán que ahora es muy difícil erradicar.
[5]El ataque contra el Parlamento indio en diciembre de 2001 fue adjudicado también al Jaish e-Muhammad (El Ejército de Muhammad) e incluso el actual ataque de Mumbai podría ser responsabilidad de este grupo pues se adecúa más a su perfil yihadista salafista más perfeccionado, con sus ataques a turistas y a hombres de negocios occidentales. Véase CALVO, José Luis: “Atentados en Bombay: novedades preocupantes” Athena Assessment nº 13/08, 3 diciembre 2008, en <www.athenaintelligence.org>.
[6]DE LA CORTE IBÁÑEZ, Luis: “¿A quién debemos los atentados de Bombay?” El Imparcial 4 diciembre 2008, en <www.elimparcial.es/contenido/28460.html>.
[7]Véase DONOVAN, Jeffrey y SIDDIQUE, Abubakar: “Taliban’s Spiritual Fathers Denounce Terror. Could Taliban Be Next?” A EurasiaNet Partner Post from RFE/RL 19 noviembre 2008, en <http://eurasianet.org/departments/insightb/articles/pp111908_pr.shtml>.
[8]WHITLOCK, Craig y DE YOUNG, Karen: “Pakistani Militants At Center of Probe” Washington Post Foreign Service 29 de noviembre de 2008.
[9]Seed dirige la Jamaat ud-Daawa, una coordinadora de actividades caritativas que tuvo mucha visibilidad en el socorro a las víctimas del terremoto de Pakistán de octubre de 2006, haciéndose muy conocida entre las fuerzas occidentales desplegadas por la OTAN en la zona Á siniestrada, en la región de Cachemira. Tanto esta coordinadora como el brazo militar de Lashkar e-Taiba reciben financiación de hombres de negocios paquistaníes expatriados en países del Golfo pero es indudable que cuentan también con apoyos desde instrumentos del régimen paquistaní.