La evolución de la estrategia aliada

por Rafael L. Bardají y Manuel Coma, 1 de abril de 1999

(La OTAN en su medio siglo. Una visión española.
Asociación Atlántica Española)
 
Por doctrina estratégica se entiende generalmente la concepción de una determinada disposición de los medios militares que de satisfacción a los objetivos político-estratégicos especificados por las autoridades nacionales. La Alianza ha contado desde sus orígenes con una concepción estratégica que garantizara el cumplimiento de su objetivo último, la defensa colectiva de sus miembros frente a una agresión armada.
 
Ahora bien, la OTAN es una organización compleja, inmersa además en un ambiente en continua mutación. En ese sentido, la doctrina de la Alianza no sólo ha evolucionado con el paso del tiempo y el cambio de las circunstancias, sino que ha sido el producto de diversas variables, más que de la racionalidad pura. Así, durante sus primeros 40 años, la doctrina aliada estará determinada, al menos, por cuatro factores: el balance de fuerzas Este-Oeste; la evolución tecnológica de los sistemas de armas; el clima de las relaciones transatlánticas; y el momento por el que pasen las relaciones entre los EE.UU. y la URSS. No será lo mismo la estrategia aliada desde el monopolio o la superioridad nuclear americana que desde la paridad, como tampoco lo será con sistemas de armas de gran precisión que hagan teóricamente viable una opción de contrafuerza.
 
En cualquier caso, se pueden identificar con cierta claridad y precisión los hitos claves para entender la doctrina estratégica aliada y sus modificaciones:
 
Los objetivos de fuerza del 52 y la adicción nuclear aliada
 
En Febrero de 1952, el Consejo Atlántico reunido en Lisboa aprobó el objetivo de fuerzas convencionales de la Alianza, defendiendo un aumento espectacular de las mismas. A la URSS se le calculaba la capacidad de poner sobre el terreno la nada desdeñable cifra de 175 divisiones, frente a las 29 que sostenían a duras penas los aliados occidentales. La Alianza se comprometía a triplicar sus propias fuerzas.
 
Los objetivos de Lisboa, sin embargo, nunca fueron alcanzados. Ni siquiera se intentó. Por dos razones básicas: la primera, el coste presupuestario que supondría la generación de las fuerzas demandadas; en segundo lugar, porque la Administración Eisenhower estaba ya lanzada en su política de New look, cuyas consecuencias estratégicas eran claramente una preferencia por el arma nuclear, más barata, frente a las tropas convencionales. Se trataba de obtener “more bang for the buck”.
 
El New Look fue condensado conceptualmente en el documento NSC 162/2, donde, motivados por los constreñimientos fiscales, los autores proclamaban las virtudes de la disuasión frente a las defensas locales en Europa. La idea era, como dijo John Foster Dulles, conseguir “la máxima protección a un coste razonable”. Las armas estratégicas y las recién ensayadas y desplegadas armas nucleares tácticas eran la solución.
 
Con la constancia de que los objetivos de fuerza de Lisboa eran del todo inalcanzables -o, incluso par algunos, poco deseables ya que volvían más creíble una guerra convencional en Europa- la Alianza acabó adoptando la doctrina del New Look americana como propia. Así, la comisión de defensa  a largo plazo produjo el documento SH-356/54, que tras su aprobación por los Estados Mayores acabó siendo el MC-48, adoptado definitivamente en 1956, donde se asumía que una guerra en Europa sería nuclear desde las primeras fases del conflicto.
 
Es más, tal y como la administración norteamericana concebía en ese momento, una vez iniciada la respuesta nuclear, ésta sería masiva, con la intencionalidad de acabar con los principales núcleos urbanos e industriales del enemigo.
 
Precisamente el espectro de una devastación de la URSS, elevaba los riesgos de que ésta se decidiera a atacar a la OTAN, por lo que la doctrina de la Respuesta Masiva reforzaba enormemente la disuasión y complacía a todos los occidentales. Para los americanos, porque les daba seguridad a un coste razonable; a los europeos, porque disuadía a los rusos gracias al recurso temprano e inmediato del paraguas nuclear americano.
 
El requerimiento esencial estribaba, por tanto, en que los americanos retuvieran el práctico monopolio o una indiscutible superioridad nuclear y que, en cualquier caso, su territorio fuese un santuario frente a los sistemas soviéticos. Ambas condiciones se romperán desde finales de los 50.
 
Atenas, Mayo del 62: El discurso de McNamara
 
En 1960 el arsenal de misiles balísticos intercontinentales (ICBM) se inclinaba del lado soviético, con 32 unidades frente a las 18 de los americanos. Sin embargo, espoleados por el “missile gap” de Kennedy, los EE.UU. tendrán en 1965 854 misiles, mientras que la URSS dispondrá de tan solo 224. No será, de hecho, hasta 1968 que la URSS alcance la paridad en ICBMs con los Estados Unidos.
 
Sin embargo, el dato fundamental para entender esta etapa no es tanto el factor numérico, como la capacidad de la URSS de alcanzar, por vez primera, el suelo americano con sus cohetes. Efectivamente, tras el lanzamiento del satélite Sputnik, los americanos tomaron conciencia de la reducción geográfica del Globo. En Agosto del mismo año, Khrouchev anunció su nuevo misil T-3, de 400 toneladas de peso y 10 mil kilómetros de alcance. Viajando exoatmosféricamente, este arma brinda la destrucción al suelo americano en menos de 20 minutos de vuelo desde su lanzamiento, independientemente de las condiciones meteorológicas.
 
El dilema está, por tanto, servido: si los soviéticos son capaces de golpear y destruir nuclearmente a los Estados Unidos, teniendo en cuenta que la defensa de Europa conduce inevitablemente a una escalada nuclear, ¿aceptará el presidente norteamericano arriesgar Washington y otras ciudades por defender París o Bonn?
 
El discurso que ofreció en la reunión aliada de Atenas, en mayo de 1962, el Secretario de Defensa americano, Robert S. McNamara, quería encontrar una respuesta aceptable a esa cuestión.  El discurso, como un analista lo ha calificado, fue “sin precedentes en su candor, inusualmente brutal en su argumentación y de una fría lógica en su estructura”.
 
Esencialmente lo que McNamara les vino a decir a sus aliados puede resumirse en pocas frases: En primer lugar, reconoció que los cambios tecnológicos (los ICBM) volvían poco creíble la estrategia de la Respuesta Masiva; en segundo lugar, manifestó su incredulidad ante el uso disuasivo de las armas nucleares tácticas; en tercer lugar, expresó su convencimiento de que la disuasión sólo podría reforzarse con una cadena de mando única en el terreno nuclear; por último, abogó por el robustecimiento de las opciones convencionales, en línea con el documento aliado MC 26/4.
 
Para el Secretario de Defensa, la Alianza debía dotarse de todos los elementos necesarios para estar en disposición de responder a una agresión en el nivel de violencia apropiado, según el ataque. En el terreno estratégico, los Estados Unidos contaban con medios más que suficientes; en el nuclear táctico, la Alianza desplegaba varios miles de sistemas en Europa; era en el escalón convencional donde se encontraban las mayores deficiencias.
 
Simultáneamente a su llamamiento para que se remediaran urgentemente las deficiencias de las fuerzas convencionales aliadas, McNamara proponía reforzar el vínculo transatlántico mediante dos iniciativas: el reforzamiento de la fuerza de misiles nucleares de alcance medio (IRBM) desplegados en suelo europeo, y la creación de una fuerza multilateral de misiles estratégicos embarcados en submarinos (MLF).
 
Para su pesar, el acuerdo con Moscú tras la crisis de Cuba, por el que los EE.UU. retiraban sus IRBM de Europa dejó sin contenido la primera de sus propuestas; y el rechazo francés a entrar en la MLF, donde los americanos retendrían la decisión última de empleo, imposibilitó la segunda.
 
Con la patente excepción de Francia, desde donde se criticó la concepción estratégica de McNamara, los aliados de los Estados Unidos comprendieron la necesidad de que la OTAN se dotara de todos los medios apropiados que introdujeran flexibilidad a su respuesta ante un ataque. En esa cuestión de principio no había grandes desacuerdos. Donde sí los hubo fue en el papel que se les concedía a las fuerzas convencionales en el contexto de la escalada nuclear. Mientras que los americanos hablaban de la posibilidad de detener un ataque convencional con fuerzas convencionales, siempre y cuando éstas fuesen lo suficientemente robustas, los aliados europeos confiaban más en una defensa convencional suficiente, pero no tanto como para permitir librar una guerra en suelo europeo sin necesidad de recurrir al arma nuclear y, en última instancia, al intercambio estratégico. El fantasma del holocausto era la mejor moneda de disuasión frente a la URSS, no las divisiones acorazadas y los aviones en el Frente Central.
 
El debate se cerró sin dar satisfacción a todas las partes. De hecho supuso la salida de la estructura militar integrada de Francia. Aún así, en mayo de 1967, cinco años después del discurso de McNamara, el Consejo Atlántico tomó la iniciativa, sin precedentes, de adoptar una directiva del Comité Militar, el documento MC 14/3, otorgándole el rango político estratégico correspondiente.  La OTAN, así, formalizaba el abandono de la Respuesta Masiva, adoptando la Respuesta Flexible como su nueva estrategia. Frente a un ataque convencional la OTAN reaccionaría con fuerzas convencionales, pero si las circunstancias lo demandaban, se reservaba el derecho a iniciar la escalada nuclear.
 
Eso sí, las defensas convencionales nunca se llevaron más allá de los mínimos requeridos y con la modernización del arsenal soviético en los años 70, las dudas sobre la fiabilidad del paraguas nuclear americano y su disuasión extendida tampoco se disiparon.
 
El discurso de Helmut Schmidt en el IISS, la doble decisión y la contrafuerza
 
La doctrina de la Respuesta Flexible es, conceptualmente, tan flexible, que difícilmente puede ser reemplazada por una nueva construcción teórica. No obstante, su naturaleza ambigua conllevó que se intentara refinar constantemente. Uno de esos episodios vino expuesto por el canciller alemán Helmut Schmidt con motivo de su conferencia ante el IISS de Londres, en 1977.
 
Para Schmidt, los acuerdos de control de armas, SALT, habían sellado oficialmente la paridad estratégica  y, por tanto, la anulación práctica de dichos sistemas; para él, esto sólo podía significar que los equilibrios regionales, particularmente en Europa, cobraban mayor importancia para garantizar la estabilidad. El problema era, entonces, la disparidad y el desequilibrio a favor de la URSS en el teatro europeo, en fuerzas convencionales y en armas nucleares tácticas y de teatro.
 
Como telón de fondo del discurso de Helmut Schmidt, dos datos: la paridad, en realidad, era inferioridad estratégica americana, pues frente a los casi 2.500 vectores estratégicos rusos, los Estados Unidos oponían apenas 1.900; más importante aún, Moscú se había lanzado a una ofensiva de modernización de sus tropas y fuerzas a lo largo de los 70, que junto a una diplomacia agresiva en zonas del tercer mundo, ofrecía una imagen muy preocupante y atemorizadora.
 
Más en particular, Moscú comenzó ese mismo año 1977 a desplegar sus nuevos misiles SS-20, un sistema de alcance medio, pero que cubría toda Europa, dotado de tres cabezas nucleares independientes y al que se le atribuía la precisión suficiente como para convertirse en un arma de contrafuerza. En teoría, una salva de estos sistemas podría acabar con las instalaciones fijas y las principales unidades de la OTAN.
 
Para Schmidt, Europa corría el riesgo de quedar sometida al chantaje soviético, toda vez que las garantías estratégicas estaban anuladas.
 
La solución que encontró el Grupo de Alto Nivel de la Alianza, creado ad hoc para lidiar con este problema, fue inteligente y problemática a la vez: desplegar unos nuevos sistemas nucleares de alcance medio (108 Pershing II y 464 misiles de crucero), en el suelo de cinco aliados, y abrir simultáneamente conversaciones con Moscú para limitar el despliegue mutuo de dichos sistemas de alcance medio. Esa fue la opción que se adoptó por el Consejo Atántico en diciembre del 79, conocida como la “dual track decision”.
Se trató de una decisión inteligente porque respondía a un despliegue unilateral soviético y porque con el despliegue occidental se perseguía sentar a Moscú en un foro de desarme. Sin embargo, la naturaleza de estos nuevos sistemas, esencialmente de contrafuerza habida cuenta de su precisión y escaso tiempo de vuelo e impacto, levantó un fuerte rechazo público y una fuerte polémica entre expertos sobre si su despliegue, finalmente, era más contraproducente que ventajoso, pues, según algunos, estos sistemas incitaban a un ataque preventivo de la URSS, además de hacer viable una guerra nuclear en suelo europeo.
 
Hay que reconocer que la Alianza nunca abandonó su visión de ser una organización de defensa colectiva cuyo principal éxito era el mantenimiento de los niveles adecuados de disuasión. El recurso a la fuerza sería obligado, tras encajar un primer ataque, y se entendía como un auténtico desastre. No obstante, en Washington no siempre se veían las cosas de la misma manera y la evolución tecnológica de los ICBM, SLBM y sistemas intermedios fue orientando su doctrina nuclear hacia opciones de contrafuerza.
 
El Secretario de Defensa con Nixon, James Schlesinger ya había avanzado la credibilidad disuasiva de dicha opción, pero sería su sucesor, Harold Brown, quien oficializara el abandono de la respuesta anticiudades en favor de la destrucción de los valores militares del enemigo. En julio de 1980 Carter firmó la Directiva Presidencial PD 59, donde se contemplaba la posibilidad de conducir una guerra a través del intercambio prolongado de sistemas estratégicos, utilizados como presión negociadora para terminar el conflicto ventajosamente y no como castigo o espasmo atómico.
 
En Europa, la escuela de “la victoria nuclear es posible” nunca caló del todo. Es más, en los propios EE.UU. desató una controversia que puso de relieve sus puntos débiles. Y, en cualquier caso, para la OTAN fue un debate colateral.
 
Escapar de la disuasión: de la “guerra de las galaxias” al FOFA
 
De aplicarse en su literalidad, tal y como deseaban los aliados europeos, la Respuesta Flexible suponía una irremediable escalada a los extremos. Habida cuenta de la inferioridad atlántica en fuerzas convencionales, la defensa de Europa frente a las divisiones soviéticas debería recurrir al nuclear táctico en una fase bien temprana y de ahí, sin discontinuidad al intercambio de ICBM y SLBM americanos y soviéticos. Una posibilidad que reforzaba la disuasión, ya que nadie querría llegar al suicidio mutuo, pero que, si la disuasión fallaba por algún motivo, resultaba demoledora.
 
Al menos al recién electo Presidente Reagan no le gustó demasíado ese escenario cuando se lo explicaron en su visita al Norad americano, enterrado en las montañas Cheyenne. De hecho, el 23 de marzo de 1983 en un dramático discurso televisado aprovechó para lanzar al mundo su peculiar idea para escapar del holocausto nuclear: construir un escudo sobre los EE.UU, utilizando sistemas antimisiles que incorporasen los más recientes avances tecnológicos y que garantizaran, así, la eficacia de ese sistema. Su propuesta, la Iniciativa de Defensa Estratégica, se conoció popularmente como “guerra de las galaxias”.
 
Se trataba de un candoroso, ambicioso y controvertido intento de volver los misiles nucleares obsoletos, que, en su concepción original de protección global, no llegó a ningún sitio: demasiadas complejidades técnicas, excesivo coste y escaso entusiasmo político entre los aliados.
 
Sin embargo, lo conceptualmente importante y provocador era el intento de salvaguardar a los EE.UU. de la lógica de la disuasión, pues bajo un escudo protector, el suelo americano dejaba de ser vulnerable, siendo la vulnerabilidad el pilar esencial de la destrucción mutua asegurada y, por ende, de la disuasión misma.
 
De haberse llevado a la práctica, se hubiese producido objetivamente la desvinculación del suelo americano del europeo, que quedaría sometido al riesgo de destrucción por parte soviética. Se hubiesen creado, en el seno de la OTAN, dos zonas de vulnerabilidades desiguales. De ahí toda la fricción que la iniciativa de Ronald Reagan causó en el ámbito aliado.
 
Paralelamente a los intentos de escapar de la disuasión por arriba, se estaría gestando otro intento de escapar  a la lógica de la escalada nuclear por abajo, por las fuerzas convencionales. Aprovechándose de las innovaciones de los sistemas de armas convencionales, particularmente en las comunicaciones, sistemas de mando y control, inteligencia y, muy particularmente, con la introducción masiva de las municiones guiadas de precisión (PGM), los planificadores militares del ejército americano comienzan a plantear la posibilidad de librar un nuevo tipo de batalla terrestres que, aún en inferioridad de fuerzas numéricamente hablando, se pueda salir victorioso de la batalla sin recurrir al arma nuclear.
 
El 20 de agosto de 1982 aparece el nuevo manual táctico del US Army, el FM 100-5, donde se expone con detalle la nueva visión de un campo de batalla integrado (espacio, tierra, mar y aire), extendido (ataque en profundidad) y dinámico (gran movilidad de las unidades). El concepto operativo denominado Airland Battle llama claramente a la acción ofensiva contra las unidades militares enemigas. Se trata de mantener en todo momento la iniciativa.
 
En cierta medida, la nueva doctrina americana chocaba con la concepción estática y pasiva de las fuerzas aliadas desplegadas en Europa. El General Bernard Rogers, a la sazón SACEUR, será el encargado de introducirla y adaptarla al teatro aliado en Europa. El 2 de diciembre de 1982. Rogers defenderá ante el Consejo Atlántico una triple necesidad: aumentar los medios convencionales; modernizarlos; e incorporar las nuevas tecnologías que permitiesen atacar y destruir las fuerzas de segundo escalón del Pacto de Varsovia.
 
La doctrina Rogers o FOFA, de Follow On Forces on Attack, pretendía dar respuesta al dilema tradicional de la defensa convencional aliada, cuya inferioridad numérica y su disposición lineal y estática, la hacía poco creíble frente a los carros de combate soviéticos. Robusteciendo la primera línea y, sobre todo, dando agilidad e integración suficiente para atacar el avance del segundo escalón, la relación de fuerzas resultaba bastante más ventajosa para la Alianza.
 
A pesar de la eleganbcia teórica y la coherencia del planteamiento, los europeos no aceptaron alegremente la nueva concepción. En primer lugar, como siempre, por cuestiones prácticas: ¿quién iba a pagar los nuevos sistemas inteligentes?; en segundo lugar, por apego a la tradición, ya que el FOFA establecía un corte en la cadena de la Respuesta Flexible, pues, con el convencimiento de una victoria convencional, se dejaba en manos del enemigo el peso de escalar a lo nuclear táctico; por último, por una cuestión teórica: despejado el automatismo al arma nuclear, la disuasión se depositaba en el equilibrio de las fuerzas convencionales, algo mucho más difícil de medir y evaluar. Un error en los cálculos soviéticos acerca de las capacidades convencionales aliadas y la guerra estaba servida.
 
Desde 1986, con la cumbre de Reikiavik entre Reagan y Gorbachov, donde se plantearon iniciativas de desarme muy atrevidas, la ansiedad sobre el balance de fuerzas convencionales no hizo sino crecer en los aliados europeos. Su punto máximo fue el acuerdo de destrucción de todos los misiles de alcance medio, firmado por los dos grandes a finales del 87.
 
El dilema aliado se solventaría, no sin sorpresa, por la aceptación soviética de negociar un acuerdo sobre las fuerzas convencionales estacionadas en Europa (el Tratado FACE)  que eliminaba las disparidades entre el Este y el Oeste y, por tanto, aliviaba la presión por robustecer y modernizar los sistemas convencionales europeos. Y, sobre todo, por los cambios radicales que tuvieron lugar desde 1989 hasta diciembre del 91, dos años en los que la OTAN se encontró de la noche a la mañana sin su enemigo histórico.
 
Roma, noviembre del 91: El Concepto Estratégico de la Alianza
 
La desaparición del bloque del Este y las transformaciones políticas emprendidas en los países de centro europa, así como el cambio en las relaciones de la Alianza con la URSS, llevó a que los líderes atlánticos reconociesen durante su cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno, en Londres, en julio de 1990, que “una nueva era, llena de promesas, se abría para Europa”. El panorama militar se había alterado sustancialmente en el Viejo  Continente, y el mapa político estaba camino de hacerlo.
 
La Alianza no podía sino iniciar una reflexión profunda sobre un mundo sin aparentes enemigos. El resultado de este ejercicio fue el documento que el Consejo Atlántico aprobó en Roma, en noviembre de 1991, conocido como el Nuevo Concepto Estratégico de la OTAN.
 
Este documento, guía a la vez que expresión del sentir aliado, va a suponer, de hecho, un cambio sustancial de la doctrina aliada. En primer lugar se reconoce que ya no hay enemigos que estén planeando un ataque contra la Alianza, sino que los aliados se enfrentan a riesgos, retos e incertidumbres, cambio terminológico muy importante; en segundo lugar, se establece que las funciones básicas de la Alianza van más allá de la defensa colectiva de sus miembros, y que deben orientarse a asegurar la estabilidad y la paz, particularmente en las nuevas democracias del Centro y este de Europa; en tercer lugar, se reconoce que el sistema militar defensivo ha quedado desfasado y que necesita de modificaciones: la defensa avanzada de Alemania Occidental no tiene sentido cuando ya no hay dos alemanias. Igualmente, en un mundo sin enemigos directos aunque con riesgos multidireccionales, las fuerzas armadas de los países miembros  podían ser más reducidas, pero al mismo tiempo debían ser más móviles y flexibles; por último, redimensionaba el papel de las armas nucleares, que dejaban de ser centrales para pasar a ser armas de último recurso. Todos estos cambios quedaron registrados en un documento secreto, el MC 400/1, donde se detallaban con mayor precisión.
 
En suma, el Concepto Estratégico del 91 reconocía los profundos cambios políticos acaecidos desde el 89 y orientaba la postura militar de los aliados, prudentemente, hacia escenarios no centrados exclusivamente en la amenaza del Este. De hecho, los aliados salían de una guerra en el Golfo donde esto había quedado claro, sin embargo aún no sospechaban que la OTAN se vería forzada a actuar en una guerra en pleno suelo europeo pocos meses más tarde.
 
Bosnia, la Cumbre de Washington y el Nuevo Concepto Estratégico del 99
 
En el 91, los aliados miraban el mundo con otros ojos, pero no necesitaban revisar en profundidad su doctrina estratégica de la Respuesta Flexible. Primero, porque aún era pronto para convencerse de que Moscú no retornaría a su comportamiento amenazante tradicional; en segundo lugar porque la misión esencial de la defensa colectiva seguía siendo la columna vertebral de la Alianza y para ello nada mejor que la Respuesta Flexible. Ya no se podía flexibilizar más la respuesta aliada.
 
La OTAN podía aligerar y rediseñar su cadena de mandos, como puso manos a la obra desde bien pronto para adaptar su estructura militar (desaparición de Cinchan, por ejemplo), sin embargo la concepción estratégica de la OTAN va a cambiar sustancialmente con sus actuaciones en misiones de ayuda humanitaria y en apoyo de la paz en Bosnia-herzegovina.
 
La actuación en Bosnia va a suponer para la OTAN una transformación esencial: de ser una organización de defensa colectiva de sus miembros, pasa a actuar como un organismo armado para la  imposición de la seguridad colectiva, entendida ésta como la seguridad europea, no sólo la de sus miembros. De hecho, en Bosnia la OTAN no bombardeará posiciones de un agresor que hubiese atacado a alguno de sus miembros, sino que actuará a fin de obligar a las partes a llegar a un acuerdo de paz. Exportar la paz es una tarea bien distinta de defenderse de un ataque.
 
En segundo lugar, las intervenciones aliadas en los 90, desde Bosnia a Kosovo, tienen lugar fuera del territorio contemplado por el artículo 6 del Tratado fundacional de Washington y tienen lugar más allá del suelo de los países miembros.
 
Es más, otro cambio sustancial de la concepción aliada estriba en el papel activo y de prevención que tiene que jugar la OTAN. Tradicionalmente, la Alianza había afirmado que sólo respondería ante una agresión contra su territorio, ahora, para exportar la paz se prima la demostración del poderío militar en fases bien tempranas, idealmente incluso antes de que tenga lugar una catástrofe. De la defensa a la prevención de conflictos hay un paso muy importante que exige no sólo una revisión de las actitudes, sino cambios concretos en las estructuras y mecanismos de toma de decisiones.
 
Por último, como se ha visto en Kosovo, exportar la paz requiere una clara legitimidad. La Alianza, en tanto que mecanismo de defensa colectiva, se veía amparada por el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas que permitió su creación, así como por el principio e legítima defensa. Cuando se interviene para aliviar el sufrimiento de terceros o para evitar una catástrofe humanitaria la base legitimadora debe ser otra.
 
En cualquier caso, los aliados son plenamente conscientes de que la Alianza de finales de los 90 poco tiene que ver con la de hace apenas 10 años, cuando aún existía el muro de Berlín. El Concepto Estratégico del 91 intentó sincronizar con acierto y equilibradamente la visión aliada con los cambios de finales de los 80. Hoy está ampliamente superado.
 
De ahí que un elemento central de la próxima cumbre de Washington donde se celebre el 50 aniversario de la creación de la Alianza Atlántica sea la presentación de un nuevo concepto estratégico que acerque la doctrina de la OTAN a lo que ha sido su práctica y experiencia en los años 90.
 
La OTAN conservará su esencia de ser, la defensa colectiva, y, en esa medida, la Respuesta Flexible seguirá en vigor. Pero la realidad será que tras ese nombre habrá un gran vacío si no se orienta hacia los nuevos riesgos como la contraproliferación o el terrorismo internacional. Las fuerzas convencionales aliadas no parecen que vayan a tener que repeler ninguna invasión del territorio aliado en un futuro cercano.
 
Por otro lado, las misiones de paz exigen una doctrina de empleo de la fuerza que no tiene cabida en la Respuesta Flexible tal y como ha estado concebida. La respuesta que se de deberá seguir siendo flexible, ese es un  principio inevitable, pero en tanto que doctrina estratégica, deberá contar con un contenido militar bien distinto.