La doctrina anticipatoria: una estrategia de realismo

por David Horowitz, 27 de enero de 2005

Incluso mientras las fuerzas americanas completaban su liberación de Irak y el mundo celebraba su victoria, la oposición en casa a la administración Bush había intensificado sus ataques contra la política de seguridad nacional que condujo a ese resultado. En concreto, desafían la doctrina militar 'anticipatoria', que es la política de disponibilidad a iniciar acciones para atajar una amenaza inminente. En pocas palabras, llevar la batalla al campo del enemigo. 
 
Los opositores argumentan que la anticipatoria es una salida radical de políticas exteriores norteamericanas anteriores; que es una doctrina inmoral; y que sienta un precedente peligroso para otras naciones. Sostienen que estas objeciones son tan graves como para justificar la fractura del consenso bipartidista tradicional en defensa nacional y dividir el frente nacional - incluso ante enemigos que apoyan el terror, armados con armas de destrucción masiva, y motivados por fanatismos religiosos que parecen impermeables a la disuasión nacional o a la disuasión militar tradicional.
 
En el mismo principio existe un problema a la hora de tomar estos argumentos tan en serio como pretenden los que los proponen. Las mismas voces no presentaron quejas hace ocho años de la política exterior de la administración Clinton. Y de cada uno de los usos de la fuerza militar por parte de la administración Clinton se puede decir razonablemente que se trataba de un acto anticipatorio, según los estándares invocados por el presente ataque 'liberal'. Estas acciones incluyen los ataques con misiles contra Sudán, Afganistán e Irak, y los ataques aéreos de la Guerra de Kosovo, cuyo objetivo era un cambio de régimen en Belgrado.
 
El ataque con misiles contra Sudán de 1998 fue un ataque sin anuncio, sin provocación, que destruyó la única fábrica de medicinas de la nación del Tercer Mundo. Pero no provocó ningún berrido de oposición por parte de la izquierda. El ataque aéreo de Clinton violó cada uno de los principios de la actual crítica 'liberal' a la política exterior de Bush.
 
El blanco del ataque era una presunta fábrica de armamento químico (de la que la administración se vio posteriormente forzada a asumir que no era una instalación de armamento químico). Aún así, no hubo inspecciones de la ONU o sucedáneos que precedieran el ataque, para determinar si la fábrica producía en realidad armamento químico como la Casa Blanca de Clinton afirmaba. Ni siquiera hubo una llamada telefónica presidencial al jefe de estado con el que Estados Unidos tenía relaciones diplomáticas, para solicitar tal inspección.
 
El ataque de Sudán fue ordenado sin resolución de la ONU, sin autorización del congreso y sin aprobación del Joint Chiefs of Staff (que en la práctica se oponía). Y aún con todo, ningún crítico de la actual política exterior de Bush en Irak expresó preocupación alguna por la agresión. Esto es un contraste dramático con la presente crítica a una política de guerra que se basa en doce años de incumplimiento de resoluciones de la ONU e inspecciones frustradas de la ONU, y dos resoluciones del congreso (bajo dos presidentes) que apoyan un cambio de régimen por la fuerza.
 
Las decisiones de la administración Clinton en 1998 de disparar 450 misiles de crucero sobre Irak (y 72 sobre Afganistán) tampoco fueron justificadas por ningún ataque contra Estados Unidos por parte de Afganistán o Irak, y no fueron autorizadas ni por el Congreso, ni por Naciones Unidas. La guerra aérea de Clinton contra Irak fue iniciada como respuesta a la expulsión de los inspectores de la ONU por Saddam Hussein. Pero ningún acta del Congreso ni ninguna resolución del Consejo de Seguridad de la ONU legitimaron este asalto militar.
 
El ataque de Clinton contra Afganistán fue justificado por los funcionarios de la administración como respuesta a la voladura de dos embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania por terroristas desconocidos. Pero la administración Clinton no proporcionó más evidencia de una conexión entre Afganistán y esos ataques de la que fue proporcionada por la administración Bush de la conexión entre el atentado contra el Wolrd Trade Center e Irak. En ambos casos, la decisión de lanzar una respuesta militar fue tomada por los que estaban a cargo de la seguridad nacional de América. Pero solamente en uno de los casos la ausencia de una conexión demostrada se convierte en la base de una crítica a dicha acción.
 
El ataque aéreo liderado por Clinton contra Yugoslavia fue una guerra preventiva que ni siquiera era justificada como 'defensa nacional'. Slobodan Milosevic y el gobierno de Yugoslavia no amenazaron, por no decir que ni atacaron a Estados Unidos. No hubo organizaciones terroristas serbias ligadas a ataques contra Estados Unidos o contra ciudadanos norteamericanos, ni Yugoslavia fue acusada de albergar tales organizaciones.
 
Slobodan Milosevic y el gobierno de Yugoslavia nunca fueron designados por nadie como constituyentes de una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos o a la alianza de la OTAN. Pero, sin provocación, la administración Clinton organizó una coalición de ataque contra Yugoslavia y desde el aire procedió a bombardear objetivos en ese país hasta que se logró un cambio de régimen.
 
Los objetivos incluían la ciudad capital de Belgrado, con una población civil tan grande como la de Bagdad. Y no hubo ninguna resolución de la ONU que autorizara este ataque, ni los críticos 'liberales' de la presente política de Bush denunciaron su ausencia. Ni hubo una declaración de guerra del Congreso o autorización alguna del uso de la fuerza (como sí hubo en el caso de Irak). El ataque contra Yugoslavia fue una guerra preventiva para salvar las vidas de los musulmanes serbios. No hubo otro motivo para realizarla, ni nadie de Estados Unidos o de Europa pidió uno.
 
Ni tampoco hay nada nuevo en la doctrina anticipatoria propiamente. La Primera Guerra Mundial, en la práctica, fue una guerra preventiva desde el punto de vista americano. América no entró en la guerra porque fuera atacada (no lo fue), ni Alemania declaró la guerra a Estados Unidos. Durante tres años, los americanos habían visto la guerra desde los márgenes. Era un conflicto europeo en el que América no tenía ningún interés nacional. Entonces, en 1917, Estados Unidos decidió entrar en guerra para evitar una victoria alemana, afirmando que su objetivo era 'hacer el mundo más seguro para la democracia'.
 
La segunda guerra con Alemania fue diferente, pero sólo ligeramente. Las mismas personas que hoy afirman oponerse a la anticipatoria han acusado desde hace tiempo a Estados Unidos de permanecer neutral durante la Guerra Civil española de los años treinta. Si el fascismo hubiera sido derrotado en España, argumentan, no habría habido una Segunda Guerra Mundial en absoluto. Es un punto de vista interesante. Pero es también un argumento en favor de la política anticipatoria. Podrían haberse salvado vidas (en realidad decenas de millones de vidas) si Estados Unidos y las potencias occidentales hubieran tomado la iniciativa y hubieran utilizado la fuerza para detener a Hitler pronto -- en Renania, en Austria o en Checoslovaquia, antes de que pudiera amasar la suficiente fuerza militar que hizo inevitable la Segunda Guerra Mundial.
 
La guerra contra Hitler fue en sí misma anticipatoria. Es verdad que Hitler declaró la guerra a Estados Unidos tras el ataque de Pearl Harbor. Pero Hitler no atacó Estados Unidos. Estados Unidos entró en guerra con Hitler para prevenir la posibilidad de un ataque alemán contra Estados Unidos.
 
Así, la guerra preventiva ha tenido sentido en el pasado. ¿Por qué no debería tener sentido la misma política de defensa prudente?. En realidad lo tiene. La guerra preventiva contra Irak comenzó en realidad hace una docena de años, al final de la Guerra del Golfo, cuando Estados Unidos y Gran Bretaña instituyeron las 'no-fly zones' para proteger a los kurdos contra ataques potenciales de gas venenoso. Esta era una invasión del espacio aéreo iraquí. Pero nadie, aparte de Irak y sus aliados, puso objeciones, y los kurdos prosperaron bajo protección. La presente victoria sobre Saddam Hussein eliminó la amenaza de su armamento así como el terrorismo que desde hace tanto patrocinaba.
 
La amenaza de la guerra preventiva es una forma de protección. Dice a Irán y a Siria -los patrocinadores de Hezboláh y de Hamas, y de los terroristas de al-Qaeda que han matado a ciudadanos americanos- que las consecuencias de sus agresiones encubiertas pueden ser mortales, para ellos. Siria e Irán no han hecho ya menos que el régimen talibán de Afganistán cuando lo atacamos. ¿Debería Estados Unidos cruzarse de brazos y forzar a sus ciudadanos a esperar otro ataque del nivel del ataque del World Trade antes de permitir una respuesta? Los críticos de la guerra de Irak afirmaron que la administración debería haber permitido a Saddam Hussein continuar durante más tiempo su evasión de resoluciones de la ONU, y en su lugar debería haberse centrado en la amenaza nuclear de Corea del Norte. ¿Qué credibilidad habrían tenido las exigencias norteamericanas a Corea del Norte, sin embargo, si hubiéramos continuado apaciguando a Saddam y haciendo caso omiso a su desafío de resoluciones de la ONU?. Lejos de ser una distracción, la guerra preventiva contra Saddam Hussein mejoró la habilidad de Estados Unidos de disuadir a Corea del Norte de sus siniestros planes.
 

En suma, los argumentos contra la doctrina anticipatoria carecen de base histórica y son lógicamente incoherentes. Por otra parte, presentan obstáculos a un consenso nacional que pueden demostrar ser peligrosos. La división en casa en temas de seguridad nacional es el camino más seguro a minar la credibilidad de una disuasión norteamericana, y a crear la posibilidad de un asalto enemigo. Los críticos deberían pensárselo dos veces antes de animar tales resultados.