La caza del lobo

por Mira Milosevich, 11 de enero de 2007

(Del libro Murder in Amsterdam. The Death of Theo van Gogh and the Limits of Tolerance, Ian Buruma. The Penguin Press, New York 2006. Publicado en Cuadernos de Pensamiento Político nº 13 de FAES)

No puedo sentir el dolor de la madre de Theo van Gogh porque no sé cómo es perder un hijo que has parido con dolor, porque no soy mujer y porque ella es una infiel. Pero quiero que su madre sepa que no he matado a Theo porque fuera holandés, o porque yo me sintiera ofendido como marroquí. Theo no era un hipócrita, decía lo que pensaba. […] Estoy obligado a cortar la cabeza a todos los que insultan a Alá y su Profeta. […] Podéis mandarme a todos vuestros psicólogos y psiquiatras, a todos vuestros expertos, pero os lo digo desde ahora, jamás lo vais a entender. Jamás. Si tuviera la  oportunidad de volver al 2 de noviembre de  2004, haría exactamente lo mismo que hice entonces, os lo aseguro.
 
Mohammed Bouyeri, holandés de origen marroquí, de 26 años, pronunció estas palabras en el contexto de uno de los discursos más sorprendentes jamás oídos en una sala de justicia de Holanda.  Las pronunció ante el tribunal que le juzgaba por el asesinato del cineasta Theo van Gogh, en una calle céntrica de Ámsterdam. Como afirmaron varios testigos, Bouyeri le disparó desde su bicicleta, fijó con un machete en el cuerpo sin vida un cartel que llamaba a la Yihad, y luego intentó suicidarse en un parque cercano para convertirse en mártir. El asesinato de van Gogh conmovió e inquietó a la opinión pública europea porque echaba por tierra la imagen de Holanda como un ámbito de convivencia pacífica y porque era obvio que van Gogh, como el político de la extrema derecha holandesa Pim Fortuyn, habían sido asesinados por atreverse a expresar públicamente lo que pensaban del islam. 
 
Este acontecimiento impulsó a Ian Buruma a volver a Amsterdam para averiguar qué había pasado con el país y la ciudad en que nació hace  cincuenta y cinco años. Pocos ensayistas actuales podían abordar  como él dicha tarea. Holandés por parte de madre (judía) e inglés por el lado paterno, Buruma  es conocido como autor de varios ensayos espléndidos, como Anglomanía (Anagrama) y Occidentalismo (Península) -este último escrito en colaboración con el filósofo israelí Avishai Margalit- y otros, aún no traducidos al español, sobre la India, China y el Japón contemporáneos.
 
Murder in Ámsterdam, que quizá sea el más riguroso de sus ensayos, combina sus conocimientos históricos, sus experiencias personales, materiales de hemeroteca y opiniones de inmigrantes musulmanes: imanes, profesores, activistas en plataformas para la integración,  disidentes (entre ellos destaca Ayaan Hirsi Ali, la diputada holandesa de origen somalí, con quien van Gogh había realizado la polémica película Submission que trata de la posición de la mujer en el islam). De este modo, Buruma nos ofrece un calidoscopio que se mueve lentamente mientras avanza nuestra lectura, ofreciendo al lector  diferentes perspectivas del objeto de su análisis: el fracaso del multiculturalismo como modelo de integración de los emigrantes en Holanda.
 
En primer lugar, Buruma desmitifica la tolerancia holandesa, analizando hechos históricos como la hostilidad persistente entre calvinistas y católicos o la persecución de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial (después de Polonia, Holanda  entregó a los nazis el mayor número de ciudadanos de tal origen). Se trata de antiguas rivalidades que nunca concluyeron y que se han renovado desplazándose hacia los emigrantes. La historia de Holanda es más bien de indiferencia que de tolerancia, con su ingrediente de cobardía manifiesta en complicidad activa con los  enemigos de las libertades individuales.  
 
Otra desmitificación se centra en la izquierda política que Buruma llama, genéricamente, Provos - recuperando el nombre de la izquierda ácrata holandesa del 68. Durante el auge del multiculturalismo, en los años 70 y 80, los Provos eran partidarios acérrimos de la convivencia entre diferentes culturas, defendiendo su tradicional postura cosmopolita. Sin embargo, actualmente antisemitismo y racismo se nutren de sus filas, mientras la derecha, desde su raíz liberal, defiende los valores de Ilustración.  Esta confusión política ha contribuido al fracaso de la sociedad holandesa frente a la emigración.  El autor echa mano de ambos argumentos -la inconsistencia del mito de la Holanda tolerante y  la fragilidad del proyecto cosmopolita  de los Provos de crear una sociedad multicultural- para explicar el desengaño actual, argumentando que las naciones europeas no están preparadas para absorber un gran número de emigrantes.
 
El autor responsabiliza a los europeos del fracaso de la integración de los emigrantes musulmanes alegando que problemas sociales como la discriminación, el paro, la alienación, la pobreza, la desigualdad y enfermedades como la depresión y la esquizofrenia, que padecen  muchos musulmanes nacidos en Holanda,  son los principales obstáculos para que éstos  se sientan pertenecientes a las sociedades europeas.  Sin embargo, esta convicción principal no le impide ofrecernos todo un abanico de opiniones de emigrantes sobre su (im)posible integración. Curiosamente la mayoría de ellos parece ser consciente de que el obstáculo principal está en sus familias y en la tradición religiosa y cultural en la que han sido educados. El papel de la familia es fundamental porque, habitualmente, les obligan a pasar largas temporadas en el país natal de sus abuelos donde deben recibir una educación islámica adecuada. En el caso de las mujeres, se les prohíbe tener novios extranjeros (ya que habitualmente están comprometidas con algún lejano pariente musulmán). Los padres son los que intentan educar a los hijos del modo en que fueron educados ellos, a pesar de que sus hijos hayan nacido en Holanda. Según Buruma -aunque Bouyeri afirme lo contrario- el asesino de van Gogh padece una crisis de identidad por falta de una clara autoridad paterna que le inculcara valores reconocibles y, por tanto, acudió a las verdades eternas e inequívocas de la religión. Se impuso a sí mismo una misión: servir a Alá y a su Profeta, puesto que no encontraba sentido a su vida cotidiana.
 
Buruma no duda que sea posible una convivencia real y pacífica entre europeos y emigrantes musulmanes, porque cree que éstos podrían mantener sus creencias religiosas en el ámbito privado y aceptar los valores democráticos en la vida pública. La ley debería ser el marco de la convivencia. Tal optimismo, que el autor mantiene  hasta el final, resulta inexplicable para el lector, tras conocer las opiniones que mantienen los emigrantes musulmanes respecto a su país de adopción. La más estremecedora visión de Occidente es la que ofrece el propio Mohammed Bouyeri, “Mo” para sus amigos, en un texto que se encuentra en Internet. Recuerda una antigua técnica esquimal para la caza del lobo.  El cazador deja un cuchillo muy afilado y manchado de sangre en la nieve. Atraído por el olor de la sangre, el lobo se acerca y empieza a lamer el cuchillo. El filo de éste le corta poco a poco la lengua, y la fiera muere desangrada sin advertir que lame su propia sangre. Para Bouyeri, Occidente es como un gran chupa-chups que, con su hedonismo y ocio consagrado a la diversión, se ha olvidado de los valores auténticos y de la verdad de la religión. Todos los que lo chupan morirán desangrados sin darse cuenta. Menos truculentas y más concretas son las declaraciones de un imán que trabaja en la prisión, al hablar del choque de culturas: “En mi país un pedófilo es condenado a muerte; en el vuestro, puede fundar un partido político que le represente.” El mismo imán resume en una frase su opinión sobre la libertad de expresión: “Es menos importante la ley [de no matar] que un insulto al Profeta”.
 
Aunque el lector no comparta las convicciones optimistas de Buruma, encontrará en su ensayo  una radiografía impecable de la situación actual de las sociedades europeas confrontadas a la necesidad de la integración de los emigrantes musulmanes. Nos recuerda cuáles son los valores que nunca deberíamos negociar con éstos: nuestras libertades y las leyes que las garantizan.


 

 
 
Mira Milosevich  es profesora e investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset.