La batalla por Iraq

por Reuel Marc Gerecht, 19 de octubre de 2004

(Publicado en The Weekly Standard, volumen 10, número 5,
del 11 de octubre del 2004: Olvidarse del gradualismo
y la iraquización - enviar a los Marines)
 
¿Qué debemos hacer en Iraq?. Las elecciones presidenciales norte-americanas probablemente se ganarán o perderán con la guerra y sus consecuencias. Si Estados Unidos fracasa en Iraq -- si es expulsado por la violencia, y el país degenera en distensión fratricida -- entonces el ex embajador (y actual consejero de Kerry) Richard Holbrooke puede muy bien estar en lo cierto: Iraq será 'un lío peor que Vietnam'. Que un puñado de personas de la administración, como en el país en conjunto, piensa que la contrainsurgencia va bien es una apuesta segura. Es bastante impactante escuchar los discursos del Presidente Bush acerca de Iraq -- acerca de su centralismo en la guerra contra el terror y el futuro de la seguridad de Norteamérica -- y después hablar con los funcionarios del Departamento de Estado, el Pentágono, o la Casa Blanca que prefieren cambiar de tema. Si algo supondrá la Segunda Guerra del Golfo de Norteamérica, será la prueba de si el presidente de los Estados Unidos puede comprometer con éxito el país a una empresa enorme -- la democratización de un importante estado musulmán -- acerca del que muchos, por no decir todos, sus diplomáticos, funcionarios de inteligencia o soldados veteranos son, como mínimo, ambivalentes.
 
Puede ser el Presidente Bush haya visto la necesidad de deponer a un Saddam Hussein congénitamente agresivo y amante de las armas de destrucción masiva de un mundo post 11 de Septiembre. Ciertamente continuó para ver la necesidad esencial de transformar la cultura política disfuncional de Oriente Medio -- el nexo entre autocracia y fundamentalismo islámico -- y la ineludible tarea de intentar ayudar a los iraquíes a construir una democracia en el mundo árabe, la cuna del bin Ladenismo. Pero probablemente pocos de los 'profesionales de política exterior' y de los 'expertos de inteligencia' por debajo del presidente vean el mundo de modo similar. Los burócratas de asuntos exteriores y de inteligencia de Washington están más o menos deacuerdo con el Senador John Kerry: el Presidente Bush ha sido un ímpetu revolucionario que, entre otras cosas, les ha comprometido a una tarea indeseada que probablemente les incomodará, por no decir atormentará, en los próximos años. 
 
Visión estratégica del Presidente Bush al margen, ¿las tácticas de su administración en Iraq tienen sentido?. ¿Es válida alguna de las críticas de Kerry al plan del presidente?. ¿Es la estrategia de juego del senador más inteligente en algún sentido?. Las respuestas probables a estas preguntas no son alentadoras.
 
Hay una posibilidad decente de que la táctica hoy en uso en Iraq produzca el resultado opuesto al que se pretende: La insurrección en el triángulo Sunní profundizará, y el clérigo rebelde Moktada al-Sadr y sus seguidores Sadriyyin pueden revelarse de nuevo, incluso con más fuerza, desde su fortaleza chi'í de Bagdad. Muchos funcionarios norteamericanos esperan ciertamente, y parecen creer, que el curso 'gradualista' elegido hoy eventualmente logrará su objetivo: Si las fuerzas norteamericanas se abstienen del sitia-y-conquista de ciudades insurgentes verdaderamente difíciles en el triángulo sunní en favor del entre bastidores, las negociaciones conducidas por los iraquíes respaldadas por la asistencia de la CIA, el bombardeo aéreo, las unidades de asalto terrestre y el despliegue gradual de más unidades paramilitares y policiales iraquíes derivará en una victoria menos gloriosa pero duradera. Con todo, la administración puede estar preparándose para una tormenta de intransigencia árabe sunní, fundamentalismo, y traición. La Casa Blanca no debería dormirse en los laureles sabiendo que las ideas de Kerry son incluso peores. El plan de Kerry, cuando no surrealista -- los franceses y los alemanes, que intentaron flexibilizar las sanciones contra Saddam Hussein, y que se opusieron a la guerra sobre principios nacionalistas, internacionalistas, europeos, pacifistas y capitalistas, tienen pocas ganas de ayudar a América hoy -- es falso, precisamente porque repite y amplifica las malas ideas de contrainsurgencia de la administración Bush. 
 
El senador y la administración Bush ven la 'Iraquización' del conflicto como el componente crítico a la hora de pacificar el país y crear un escenario de retirada norteamericana gradual. Cuando los iraquíes se hagan responsables de su propio destino, cuando luchen directamente contra los que colocan bombas en las calles de la ciudad, en las autopistas y oleoductos - reza la teoría - el carácter anti-americano/anti-extranjeros de esta insurrección se desvanecerá. Iraq es para los iraquíes, y ellos en lugar de los americanos son los que realmente tienen que luchar por él. Ya sea hablando acerca del grueso militar bajo el jefe del Comando Central de Oriente Medio, el General John Abizaid, o de la dirección civil del Pentágono, los comandantes sobre el terreno y Washington han desarrollado un punto de vista de que desplegar soldados norteamericanos sobre el terreno puede ser demasiado provocador. Sus movimientos, acciones militares aparte, pueden causar un golpe nacionalista entre los iraquíes de todas las franjas. Por lo tanto se necesita que las tropas norteamericanas mantengan una presencia menor, al menos menor de la que tenían cuando el Embajador L. Paul Bremer y la Autoridad Provisional de la Coalición gobernaban Iraq. Los norteamericanos necesitan tener a los iraquíes de su parte, preferiblemente frente a ellos, para desactivar la cólera que se deriva de un pueblo orgulloso con forasteros más fuertes en medio de ellos. Según los funcionarios de la administración, el primer ministro iraquí, Ayad Alawi, está de acuerdo con esta afirmación. Una vez hace ya tiempo, el Ahmad Chalabi del Congreso Nacional Iraquí también enfatizó estos sentimientos a los funcionarios norteamericanos.
 
Esta visión, por supuesto, concuerda bien con la ética dominante del Pentágono de protección mediante la fuerza y preocupaciones políticas domésticas por la cifra de bajas norteamericanas. Pero el principal factor en juego aquí es la comprensión de lo que dispara a los iraquíes, en particular a aquellos que nos odian pero que no se han unido aún a la insurrección armada. Aunque Kerry no haya hablado aún por escrito con suficiente detalle acerca de Iraq como para determinar su opinión sobre esta cuestión analítica más básica, hay bastantes probabilidades de que el senador esté deacuerdo con los que en la administración Bush temen que más norteamericanos en combate en Iraq sólo servirían para empeorar las cosas. (Puesto que el senador ha hecho un llamamiento tanto o más tropas, como a no más tropas en Iraq, es difícil discernir su posición precisa). El senador Demócrata Joseph Biden, que es un consejero veterano de Kerry y rivaliza con el Embajador Holbrooke en la franja televisiva avanzando la campaña de Kerry, ha descrito quizá la crítica Demócrata del modo más directo. 'Tenemos que ayudar a entrenar a las fuerzas [iraquíes]. Esa es la clave. Esa es la estrategia de salida en última instancia, y el secretario de defensa declaró en febrero [del 2004] que hemos entrenado a 220.000 militares iraquíes. . . Eso era una minucia '. Biden, como Kerry, desea ver un despliegue más rápido y masivo de unidades militares y paramilitares policiales iraquíes, y la administración Bush no ha podido hasta ahora cumplir esta condición supuestamente sine qua non para el éxito norteamericano. 
 
Pero es probable que esta posición bipartidista se deba a nuestra labor. Punto básico: los Estados Unidos están envueltos en una revolución en Iraq. Hemos derrocado a Saddam Hussein, al partido Baath, y al dominio árabe sunní sobre el país. Hemos prometido ayudar al pueblo iraquí a establecer una democracia, lo que significa que somos la matrona de un sistema político quedará el poder a los chiíes, que constituyen al menos el 60% de la población de Iraq. Esto es un impacto tremendo sobre los árabes sunníes de Iraq, que pueden representar hasta el 25%, pero probablemente no más del 15%, de todos los iraquíes. Muchos en el Oriente Medio musulmán odian y temen la invasión anglo-norteamericana de Iraq. Uno de los motivos principales es la antipatía sunní hacia el nuevo orden chií dispuesto por los norteamericanos.
 
Incluso los árabes iraquíes sunníes que detestaban a Saddam Hussein (probablemente mayoría) y estaban contentos con su caída (quizá una mayoría) continúan sintiendo enorme ansiedad hacia el ascenso de los chiíes. A muchos de ellos les gustaría con certeza creer que se podría establecer un nuevo orden sunní. Hace un año en Iraq, antes de que la violencia en el triángulo sunní llegara a ser feroz, se podía sentir la esperanza entre los sunníes ordinarios de que su poder y prestigio sería recobrado de alguna manera. Se podía sentir entre los sunníes, a los que Saddam Hussein o el Baath no les encantaba, y sólo les gustaban a medias los norteamericanos por liberarlos. Y un fracaso a la hora de apreciar completamente las implicaciones revolucionarias de las acciones de Norteamérica hacia los sunníes condujo al segundo mayor error. (El primero fue el fracaso del Pentágono a la hora de prevenir el saqueo de Bagdad). Tras la rápida caída de la capital, los norteamericanos no seleccionaron agresivamente a los antiguos oficiales del ejército Baathista y a los funcionarios de inteligencia en campamentos de detención. Comunidades y ciudades construidas por y para los Baathistas fueron abandonadas sin grandes jaleos. Estos hombres esperaban realmente que el viejo orden en alguna faceta pudiera renacer. Su deseo de un nuevo orden es incluso aún mayor que el viejo y agresivamente no chií, dado que los chiíes demostraron en abril del 2003 que no tenían problemas con la liberación de su país por el Presidente Bush. 
 
Los norteamericanos cometieron entonces otro error mayúsculo. El Pentágono, el Departamento de Estado, y la CIA -- los tres poderes gestionando la Autoridad Provisional de la Coalición -- no se dieron cuenta de cómo había crecido la identidad religiosa entre los árabes sunníes. Las señales de un fundamentalismo vibrante estaban allí: los sermones, los predicadores, el cambio de vestimenta, los modales personales, y el lenguaje, y las pintadas escritas en las paredes, y los libros y folletos acérrimos en los mercados. Los norteamericanos y sus traductores iraquíes altamente seculares confundieron a menudo a los salafíes iraquíes con fundamentalistas extranjeros. (Lo mismo puede decirse hoy del Primer Ministro Alawi y de otros exiliados iraquíes ancianos altamente seculares, que tienen una ceguera sensible en lo que se refiere a notar una vibración de la militancia islámica en el Iraq post-Saddam. Seríamos inteligentes siendo escépticos ante la sentencia de Alawi de que los jihadistas extranjeros 'entran en tromba' en el país). En la primavera del 2003, Washington maniobró ante Riyadh para protestar por la actividad misionera wahabí.
 
El crecimiento del fundamentalismo sunní en Iraq comenzó quizá en los años setenta. Es muy difícil saberlo con certeza dado que la tiranía Orwelliana de Saddam impedía la observación o el comentario árabe u occidental fiable. En todo el resto del mundo árabe sunní, Siria Baathista incluída, los 70 vieron el despegue del fundamentalismo. Lo que parece seguro es que hacia finales de los 80 y 90 [éste] crecía en Iraq. El país estaba alcanzando al resto del mundo  árabe sunní, donde el activismo islámico ganaba argumentos intelectuales y morales. Desde finales de los ochenta en adelante, Saddam Hussein se convirtió en un entusiasta constructor de mezquitas - quizá el más enérgico constructor de mezquitas que el Islam haya visto. Sin importar lo que estuviera al acecho en el alma de Saddam, el Carnicero de Bagdad conocía los sentimientos cambiantes de su pedestal sunní. Con la caída de Saddam y de su marchita cohorte Baathista, la identidad religiosa sunní floreció. Los chiíes, asimismo, han experimentado una religiosidad incrementada desde abril del 2003, aunque parece estar templada por su clero tradicional y los tan debatidos excesos y fracasos del régimen clerical del Irán chií. 
 
Los funcionarios del Departamento de Estado, de la CIA, del Pentágono, y del Consejo de Seguridad Nacional hablan normalmente de un núcleo Baathista en la insurrección del triángulo sunní. Quizá. Es más probable, sin embargo, que el fundamentalismo sunní lleve consumiendo al Baath durante años. Desde el colapso de Saddam, esta invasión a cámara lenta de captadores Baathistas probablemente haya alcanzado una velocidad significativa. En Faluya, este es obviamente el caso. El abanico creciente y lo descarado de las acciones guerrilla cum terrorista sugieren algo más vigoroso y joven que los restos del Baath.
 
Los militantes sunníes son indiscutiblemente hombres con esperanzas, que creen fervientemente poder expulsar a los norteamericanos y crear otro estado de dominación sunní. Y ciertamente los norteamericanos les han dado una causa que vitorear. El enfoque 'gradualista' de la administración Bush ha sido un regalo. La retirada norteamericana de Faluya fue un estímulo enorme de su orgullo y autoconfianza. Conforme los militantes han ganado fuerza, los soldados norteamericanos se han ido retirando de las calles iraquíes. Mientras los norteamericanos querían parecer menos provocativos ante el pueblo iraquí, ciertamente han enviado una imagen distinta a los guerreros santos y a los ex Baathistas. Washington olvidó la regla histórica número uno para conseguir que los enemigos se rindan y se entreguen: primero debes abrumarles. Tienen que ver claramente que no tienen esperanza. En un contexto de Oriente Medio, tu hayba, el temor que aparece ante el poder indomable, debe abrumarlos. Esto no ha sucedido en Iraq desde la caída de Saddam.
 
De hecho, desde el primer día de la Autoridad Provisional de la Coalición ha sucedido casi lo contrario. América quería ser bastante agradable con la base sunní del poder de Saddam, con la esperanza de aplacarla, de conseguir que se tranquilizara. (El avance pro sunní buscado en la CIA, la simpatía Baathista, el chií Ayad Alawi y el visto bueno de la Casa Blanca como primer ministro fue la culminación de esta actitud). La retirada norteamericana comenzó en serio en Bagdad el año pasado, cuando Washington y la Autoridad Provisional decidieron reducir el número de efectivos militares en toda la ciudad. Para crédito del Embajador Bremer, él advirtió que era probable que la violencia en Bagdad creciera conforme el número de efectivos disminuyera. Pero la ética 'gradualista' había echado raíces: Las tropas norteamericanas ya no eran vistas principalmente como agentes del orden, sino como catalizadores de problemas. Los policías iraquíes, respaldados más selectiva y discretamente por soldados norteamericanos, lo harían mejor. El resultado: La violencia y el crimen se elevaron súbitamente en la capital mientras el perímetro norteamericano de seguridad se contrajo. Y lo que sucedió en Bagdad ha sucedido hoy en gran parte del triángulo sunní. 
 
La situación ha empeorado en el 2004 porque los funcionarios y soldados norteamericanos se han aferrado más a la idea de las fuerzas iraquíes como la clave de nuestra salvación. Considérese el simbolismo de lo que hacemos. ¿Los militantes sunníes, ex Baathistas, y los iraquíes ordinarios creen que los soldados americanos, que ahora salen solamente en convoyes fuertemente armados y en raras ocasiones pasan la noche fuera, parecen tropas que tienen voluntad para golpear a los duros fundamentalistas sunníes?. ¿Cómo se ve que los norteamericanos vayan de aquí a allá en vehículos fuertemente armados mientras las fuerzas de seguridad iraquíes recorren la zona en camiones de transporte fácilmente destruíbles?. Los iraquíes están siendo golpeados mucho más duramente que nosotros. ¿A quién inspira confianza esto?. ¿A quien inspira miedo?. Y lo peor está aún por llegar.
 
Obviamente hay muchos árabes iraquíes sunníes que han dado sus vidas o lo están deseando para ver un nuevo orden más humano en Iraq. ¿Pero cuántos? ¿Las decenas de miles que probablemente serán necesarias para atajar a los insurrectos del triángulo sunní?. ¿Las legiones que el Secretario de Defensa Donald Runsfeld promete y que el Senador Biden quiere inmediatamente?. Cuando se habla con funcionarios del ejército, de la inteligencia militar y de la CIA acerca de a quién se recluta en el nuevo ejército iraquí, las unidades paramilitares, y la policía, no se me ha persuadido de que se esté realizando con la debida diligencia. ¿Alguien ha unido los puntos entre las familias, comunidades y ciudades que han proporcionado voluntarios sunníes para estas nuevas fuerzas y las familias, comunidades y ciudades que producen militantes sunníes?. Se necesitan centenares de norteamericanos e iraquíes leales hasta la muerte para esta tarea de revisión. ¿Los ha desplegado el Pentágono y la CIA?. (Un ex colega de la Agencia ducho en guerras se rió cuando le hice esta pregunta). Ya tenemos obviamente problemas significativos con los policías, soldados comunes y funcionarios veteranos que trabajan para el 'otro' lado. Dado que la insurrección se ha extendido, también las probabilidades de que los individuos que estamos entrenando estén vinculados con los individuos que se espera que maten. Muchos de estos reclutas tienen probablemente también una marcada identidad religiosa sunní. ¿Se supone que estos jóvenes van a iniciar un feudo de sangre familia-cum-sunní?. ¿Para beneficio de una democracia conducida por chiíes en la que los kurdos -- ¡los kurdos! -- pueden terminar teniendo bastante más influencia y riqueza que los árabes sunníes?. 
 
En el pasado, los iraquíes de distintas etnias y credos trabajaron y lucharon juntos contra enemigos comunes. El matrimonio y las amistades profundas entre los diversos pueblos de Iraq son bastante comunes. Las venganzas son raras. La nacionalidad iraquí, al menos entre árabes sunníes y árabes chiíes, es fuerte. Así que ¿por qué queremos hacer tanto hincapié tan pronto en las posibles líneas de fractura de la sociedad iraquí?. Particularmente teniendo en cuenta las señales que Estados Unidos lleva enviando desde Faluya: ¿un interés decreciente en poner a soldados norteamericanos agresivamente en peligro y un interés creciente en hacer lo contrario con los iraquíes sunníes?. Es muy probable que cuanto más intentemos iraquizar las operaciones del ejército y la policía en el triángulo sunní, más empeorará la insurrección.
 
Lo que vemos como una estrategia astuta, sensible y a largo plazo de alistar a los locales, será visto por nuestros enemigos y amigos iraquíes como prueba de que somos reticentes a comenzar una verdadera campaña de contrainsurgencia. Podríamos afrontar rápidamente una situación potencialmente paralizadora. Si salta a la vista de todos que la opción de la iraquízación no va a funcionar en el corazón de la región sunní, sería no obstante enormemente difícil para el Primer Ministro Alawi abandonar la idea. Él se ha jugado su carrera y su capacidad de acorralar a la insurrección sunní. Si no puede hacerlo sino a través de asaltos frontales norteamericanos repetidos contra los vecindarios, pueblos y ciudades sunníes, puede encontrarse de narices con los ex Baathistas sunníes que siempre han formado su círculo próximo. Puede que Alawi esté preparado para hacer esto. El ataque reciente aparentemente exitoso contra Samara da esperanzas. Después, de nuevo, podría acotar y oponerse a las acciones militares norteamericanas necesarias. 
 
El tiempo es crítico ahora. El Secretario Rumsfeld puede tener razón en que elecciones 'en tres cuartos o cuatro quintos del país' es mejor que ningunas elecciones en enero. Cualquier retraso significativo en las elecciones forzaría rápidamente al Gran Ayatoláh Alí Sistaní, prominente clérigo chi'í, a volverse contra Estados Unidos. De hacerlo, ganaría, el Primer Ministro Alawi y nosotros perderíamos, y las posibilidades de una insurrección a nivel nacional se dispararían. Pero será mucho mejor para todos nosotros si las elecciones tienen lugar en todas partes, más o menos al mismo tiempo.
 
La embajada norteamericana en Bagdad no tiene idea alguna en realidad de cuantos árabes sunníes están deseando apoyar un nuevo Iraq democrático, que inevitablemente estará dominado por los chi'íes. (Este mismo problema está vinculado directamente con el de la incapacidad del ejército norteamericano y de la CIA de hacerse una idea clara de los insurrectos, su número, coordinación y estructura de comando). Con toda probabilidad, las objeciones de Sistaní a un acuerdo preguerra entre grupos de la oposición, que adjudicó a los chiíes aproximadamente el 55% de la población de Iraq, no desaparecerán. De hecho, probablemente crecerán conforme nos acerquemos a asuntos políticos serios que determinarán el futuro del país. Sistaní puede ser un hueso duro de roer porque es un líder espiritual para sus multitudes permanentemente engañadas. También cree por completo en el ideal de democracia de un hombre, un voto. Y tiene a Moktada al-Sadr y a los jóvenes agitadores seguidores del clérigo aún en el aire. Las probabilidades de que Sadr tome rápidamente las calles y las riendas en el momento en que los chiíes piensen que están siendo engañados son altas (Sadr puede contraatacar bien en cualquier caso antes de las elecciones). Sistaní no puede permitir que Sadr le reste más autoridad entre los jóvenes chi'íes. Ciertamente, la administración Bush parece comprender la necesidad de mantener la fecha de las elecciones. Sería muy difícil que la administración admitiera que su curso presente en el Iraq sunní es pésimo, pero sí que comprende que las elecciones van necesariamente a mejorar la dinámica del país. Washington sabe ciertamente que no quiere colisionar con Sistaní otra vez.
 
La administración y el país estarían mejor con certeza si la campaña de Kerry y el partido Demócrata desbordara a la Casa Blanca acerca de lo cierto sobre Iraq -- atacar al NSC, al Pentágono, y al Departamento del Estado por su falta de agresividad y por su continuo 'síndrome de Faluya' que aún mina las operaciones en el triángulo sunní. Pero al enfrentar esencialmente una crítica a lo Howard Dean / Edward Kennedy -- la Segunda Guerra del Golfo fue un error (como lo fue la Primera), concebida a través de inteligencia incompetente o manipulación, y destinada a ser una triste Indochina -- seguramente la administración será menos propensa a juzgarse a sí misma con dureza. Parece improbable que esta estratagema de la extrema izquierda funcione en noviembre, por la sencilla razón de que algo más de 1000 muertos en combate son muy pocos, incluso con los medios de comunicación machacando a diario a George Bush con malas noticias de Oriente Medio, para que los norteamericanos planten el presidente y a su llamamiento patriótico a permanecer sobre el terreno. Pero el lastre Kerry - Holbrooke definirá probablemente la respuesta del partido Demócrata a Iraq incluso tras una derrota del senador en noviembre, borrando aún más la presión necesaria sobre la administración Bush para acometer la desagradable campaña de contrainsurgencia que ha estado evitando.
 
Puede que la administración disfrute de más capacidad de maniobra en Iraq de la que la mayoría de sus enemigos creen: los kurdos y la gran mayoría de los árabes chi'íes iraquíes no se ha revelado contra el gobierno de Alawi, y probablemente no lo hará, debido a los acontecimientos en el triángulo sunní. (Mejor muchos fallos norteamericanos que una declaración chi'í de responsabilidad para calmar al núcleo sunní). Y la administración Bush y Alawi están haciendo progresos en algunos lugares. No sin justificación, ellos se quejan de que la prensa, (comprensiblemente) intimidada por la violencia en Bagdad y en las autopistas, ya no es capaz de informar de las buenas noticias de la contrainsurgencia, en lugares como Samarra o Ramadi, en donde los esfuerzos norteamericanos e iraquíes han evitado, hasta la fecha, que las ciudades se conviertan en nuevas Faluyas. Puede que esto no sean grandes noticias -- dado el odio a Saddam Hussein, a su clan de Tikrit, y al partido Baath entre los ancianos tribales bastante acomodados de Samarra, uno esperaría lograr algo más que una victoria relámpago en lo que era una de las ciudades sunníes más pro-americanas en abril del 2003. Pero tal 'progreso' significa que la insurrección carecería del apoyo popular decisivo. El triángulo sunní, por no decir Iraq, no es aún Vietnam. 
 
El plan de acción de la administración Bush está obviamente en marcha, que es como debería estar. Tal y como el presidente afirmó en el debate de política exterior del jueves, su administración y él se han adaptado y se adaptarán de nuevo a las circunstancias de Iraq. Los sucesos dictan la estrategia (no demasiado popular en el tan traído y llevado escenario del Iraq post Saddam del Departamento de Estado), y es completamente posible que el enfoque 'gradualista' de la administración sea desechado si los insurgentes continúan incrementando el ritmo de la violencia, o si la Casa Blanca decide que debe hacer un intento serio de pacificar el triángulo sunní antes de la primera ronda de elecciones nacionales de enero del 2005. 
 
Con todo, las probabilidades de una ofensiva sorpresa masiva en noviembre, tras las elecciones norteamericanas, no son elevadas, dado lo mínimamente desplegadas que están las fuerzas de combate norteamericanas por todo el país. Asimismo, la cita del Secretario Rumsfeld acerca de elecciones parciales puede indicar que el secretario, que ha buscado continuamente solicitar el despliegue de más tropas, tiene pocas intenciones de adoptar tácticas de contrainsurgencia que requieran muchos más efectivos (por ejemplo, ofensivas casa a casa simultáneas o incluso secuenciales en Faluya, Ramadi, Baquba, Mosul, o los peores barrios de Bagdad). El presidente podría desplazar miles de Marines del este de Asia y de Estados Unidos hasta Iraq con bastante rapidez. Pero tal ofensiva en noviembre y diciembre sería esencialmente iniciativa exclusivamente norteamericana: Incluso el despliegue más apresurado del nuevo ejército de Iraq, de fabricación norteamericana, no estaría lo bastante preparado para un asalto total en el 2004.
 
En cualquier caso, debemos hacer planes para lo peor: el triángulo sunní probablemente será más indómito, y Moktada al-Sadr puede recurrir a nosotros de nuevo y al Gran Ayatoláh Sistaní, su principal enemigo, cuando nos veamos presionados por los combates con los sunníes. Deberíamos asumir, como predijo el Senador Biden con temor, que heredaremos la estela de Iraq, y deberíamos hacerle frente con la cabeza sobre los hombros. El presidente debería desplazar a todos los Marines que pueda a Iraq, y después debería tomar y mantener los centros de la insurrección sunní, empezando por Faluya. La administración no debe temer la emisión en las redes árabes de televisión satélite de los horrores de la ofensiva norteamericana. El bin Ladenismo creció predicando el advenimiento de la debilidad norteamericana, no la fuerza. El Imperio Otomano, el mayor de los estados de guerreros santos del Islam, atrajo muchísimos más jihadistas de sus dominios y más allá cuando estaba a punto de tomar los reinos cristianos de Europa. Si los norteamericanos ganan -- y ganaremos -- estas redes de televisión no serán capaces de camuflar la derrota. 
 
Pero primero debemos recobrar el terreno perdido. Faluya fue una derrota seria para Estados Unidos. El Primer Ministro Alawi y sus soldados iraquíes no pueden hoy llegar al rescate. Un ejército Baathista sunní reformado y resucitado nunca podría [hacerlo]. La comunidad árabe sunní de Iraq tiene la oportunidad de participar electoralmente en el futuro del país. Es posible que elijan saltar el acantilado. Un hábito de poder de siglos de antigüedad es algo difícil de quitarse. Pero si eligen no librarse de lo antiguo, entonces sólo podría culpárseles a ellos. Los Estados Unidos pueden entonces empezar a hacer lo que debió hacerse desde el principio: construir lentamente un nuevo ejército iraquí, principalmente de árabes chiíes y kurdos -- los cimientos de la futura democracia de Iraq.
 
Reuel Marc Gerecht es residente asociado en el American Enterprise Institute y colaborador en el The Weekly Standard.