La barbarie que viene

por Rafael L. Bardají, 8 de diciembre de 2012

(Publicado en La Gaceta, 8 de diciembre de 2012)

 

 Según todos los indicios, Basher el Assad estaría preparando tácticamente su arsenal de armas químicas en su último intento de doblegar por la fuerza a la guerrilla que le acosa ya desde hace dos años y a la que no ha podido parar hasta el momento. El mundo entero aguarda con horror. Pero porque sufrimos de una profunda amnesia estratégica: las armas químicas se consideran de poco valor militar pero de gran eficacia para someter a la población civil en núcleos urbanos, independientemente de la amoralidad de su empleo. Saddam Hussein lo hizo en 1988 contra la población kurda de Halabja, asesinando a unos cinco mil habitantes y antes había disparado obuses con gas nervioso contra los soldados iraníes. Los Tamiles de Sri Lanka emplearon cloro contra una guarnición militar, la secta Aum Sirinkyo mató a una docena e hirió a cientos dispersando gas sarin en el metro de Tokio en 1995 y hace cien años los alemanes gasearon a las tropas francesas y más tarde las británicas a las germanas durante la Gran Guerra. Por lo que sabemos del material incautado a Al Qaeda, los jihadistas tampoco tienen ningún escrúpulo a la hora de imaginar uno de sus atentados con armas de destrucción masiva. La aparición de su actúa líder, el egipcio Aman Al Zawahiri en las cercanías de Bengasi, no puede ser más que inquietante habida cuenta de descontrol del arsenal del fallecido Gadafi.

 
El problema de fondo es que mientras que el Norte de África y el Oriente Medio desciende por una espiral de creciente violencia, nosotros, los occidentales continuamos viviendo en unas vacaciones estratégicas e imaginamos que las armas sol sirven para lleva flores y las bases miltares como campos de golf. Desgraciadamente los bárbaros están a las puertas y éstas no son blindadas.