La agenda internacional ya no es exclusiva de Occidente

por José Enrique Fojón, 16 de febrero de 2012

Hace unas fechas, en el diario “Hindu”, de Nueva Delhi, se publicaba un artículo sobre el papel que India debía de jugar en el mundo. El autor hacia un canto al nuevo poder hindú, incluso alardeaba de que le sobraban alimentos que podían distribuirse en África. Lo más llamativo era que el fundamento del artículo era el declive de Occidente. No parece probable que cuando el analista redactara su escrito tuviese como referencia “El declive de Occidente” de Oswald Spengler, todos los indicios indican que se refería a la situación actual.

 

No es objeto de este análisis corroborar o no la tesis de Spengler, ni de apoyar el determinismo histórico, sino de comprobar que los acontecimientos apoyan una tendencia. En este sentido, tanto la actual crisis de Estados Unidos como la de Europa, conforman una situación en la que estos actores, los más conspicuos representantes de Occidente, ya no son los únicos que dictan la agenda internacional.  

 Uno de los rasgos que definen la situación es que, en términos históricos, la aparente pérdida de fuelle de Occidente ha sido muy rápida. De “El fin de la Historia, el último hombre” del profesor Francis Fukuyama, al documento del Departamento de Defensa “Sustaining US Global Leadership: Priorities for 21st Century Defense” en que se adopta una postura estratégica americana más defensiva, sólo han transcurrido veinte años. Otro dato curioso es que, en 2014, habrán transcurrido veinte y cinco años entre la salida de las tropas soviéticas y las americanas de Afganistán. En el caso soviético, la retirada, resultó ser el heraldo del fin del imperio, mientras en el caso americano, la postura tendencial de Defensa para los próximos años se ha anunciado en el inicio del 2012. 

Los historiadores tienen una ardua tarea en explicar a las generaciones venideras, las causas de estos fenómenos, para lo que dispondrán del conocimiento suficiente para ello. En el tiempo presente sólo pueden efectuarse reflexiones e intentar contextualizar los acontecimientos. La transición del centro de gravedad mundial desde la zona Atlántico-Urales a Asia-Pacífico, tiene que tener una explicación plausible que debe deducirse desde diferentes ámbitos. 

Si buscamos la característica del tiempo presente encontramos, como la más llamativa y, quizás, más influyente, la capacidad de difusión de la información a nivel global. El fin de la monotonía estratégica de la Guerra Fría, dio paso a una situación de un aluvión de información, en forma de noticias, que conformó una potente narrativa capaz de que arrollar cualquier atisbo inquisitivo. Se conformó un ambiente determinado por un enorme aumento en las posibilidades de relación entre grupos y personas. Lo curioso de esta situación globalizante es que se identificó y divulgó en sus aspectos financiero y económico, cuando el efecto afectaba tanto a individuos como a sociedades. De esta forma, la cualidad de factor geopolítico de la “globalización” quedo preterida y sus efectos se disimularon mediante el multilateralismo ideológico.  

La Historia es pródiga en ejemplos de globalización, la última entre dos siglos como la presente, fue entre el XIX y XX y su consecuencia fue el fin de los imperios, la descolonización y un nuevo orden mundial. ¿Sería frívolo comparar los felices veinte con los constructivistas noventa? ¿Sería casual relacionar el crack del 29 con la crisis de 2008?. Por ese camino podrían construirse modelos de predicciones, pero caeríamos en el historicismo. 

Todas las vías de investigación para encontrar explicaciones a la situación geopolítica actual pasa por la autopsia de la última década del siglo XX. La caída de los imperios produce inestabilidad y la situación actual está conformada por los restos de la desaparición del imperio otomano, del resultado de la descolonización y de los fragmentos del imperio socialista, que forman el crisol de la inestabilidad a la que, probablemente, habrá que añadir la configuración del continente europeo resultante de la crisis de la Unión Europea.  

La caída del Imperio Soviético dio una segunda oportunidad al wilsonismo, pero macerado en posmodernismo. El predicamento del multilateralismo utópico como base del orden mundial formaba parte de una especie de vuelta a la mitología para explicar la Historia, la divulgación de fábulas como “comunidad internacional” o “gobernanza mundial” formaron un filtro que distorsionaron la percepción de la realidad. La superposición de la euforia de la rápida desaparición de una amenaza esencial percibida, de la enorme capacidad de comunicar, todo ello en un magma de ausencia de realismo, conformó una narrativa que lejos de actuar como instrumento se convirtió en dogma. 

Los fundamentos de la presente narrativa absolutista no son nuevos. La evolución del hombre, desde estados salvajes al proclamado nivel de perfección actual, no habría sido globalmente uniforme, ese estado de sofisticación lo representa la “Civilización Occidental”. La apariencia, deducida de su actuación, es que las “élites” occidentales han metabolizado el hecho de su privilegio evolutivo y que han asumido que los hechos que ocurren forman parte de esa progresión lineal de los humanos, sin lugar para los retrocesos, y que la pauta interpretativa de ese proceso evolutivo está compuesta por los “valores occidentales”, de los que esas “élites” son sus misioneros.  

Existen pocas dudas que esos “valores” han sido algunas de las referencias de actuación de “élites“ no occidentales, pero no las esenciales. Para los actores de las revoluciones con nombre de colores o de las estaciones anuales, “Occidente” es poder desnudo, influencia cultural, apostasía, progreso, mercado, decadencia… Pero Occidente también narcotiza a Occidente, porque asume que sus valores son absolutos, de validez universal, y ese es el problema: la universalización de una cosmovisión particular. No es que los “valores” occidentales sean equivocados, pero lo que tiene sentido en determinadas sociedades, no lo tiene tanto en otras. 

El efecto de esta narrativa tan potente es un amplio desfase entre la percepción de lo que ocurre y la realidad. Ante cualquier conflicto que surge se desencadena un reflejo condicionado, tanto en los políticos como en los medios de comunicación, por el que cualquier situación siempre se interpreta en el sentido de confrontación entre los que luchan por abrazar los “valores” occidentales y aquellos que se oponen. Esta es la manera en que se han tratado todas las situaciones de conflicto desde el fin de la Guerra Fría. 

Esta ceguera ha impedido a Occidente percibir los cambios reales que se han venido produciendo en el mundo en las dos últimas décadas, muchos de ellos impulsados por sus propios actos. Existen otras cosmovisiones en condiciones de competir con la Occidental, dada la vitalidad y estoicismo de las sociedades que las sustentan. Los estados occidentales han seguido aferrados a su narrativa dogmática, se diría, parafraseando a Max Weber, han motivado sus decisiones en lo que sería una “ética de la convicción”, en contraposición a la “ética de la responsabilidad” que se guía por sus consecuencias. 

La identificación de la distribución real del poder en el mundo, el nuevo “orden mundial” y la adaptación a sus consecuencias, constituyen el gran reto de Occidente que es, ante todo una cuestión de índole “cultural”, por lo tanto, de las más difíciles. La multipolaridad, con la disminución del protagonismo de las instituciones internacionales, la regionalización y fragmentación, así como las coaliciones ocasionales, serán parte del paisaje.  Lo que tenemos ante nuestros ojos es un mundo de suma cero, con vencedores y perdedores, muy diferente del de todos ganadores, preconizado en los años 90 del siglo XX. El resultado es que Occidente ya no dicta la agenda global y, muy posiblemente, no vuelva a hacer lo en mucho tiempo.