Juicio a Kissinger

por Florentino Portero, 13 de marzo de 2002

(Del libro Juicio a Kissinger de Christopher Hitchens,
Editorial Anagrama. Barcelona, 2002. 200 págs.
Publicado en El Cultural, 13 de marzo de 2002)
 
Ejecución sumarísima es la que sufre Kissinger a manos de Hitchens, quien, sin contemplación alguna, sentencia en las primeras páginas la culpabilidad del antiguo Secretario de Estado norteamericano por su protagonismo en un elevado número de crisis políticas que conllevaron importantes violaciones de derechos humanos. En un tono exagerado y nada distante, sin presunción de imparcialidad, el autor nos presenta un conjunto de episodios de la historia de la política exterior norteamericana - las negociaciones de paz en Vietnam, Bangladesh, el golpe de estado contra Allende, el golpe de estado chipriota, la anexión de Timor Oriental- en los que Kissinger aparece como un ser inmoral, que no duda en aprobar asesinatos para sacar adelante lo que él definía como “intereses de estado”.
 
Hitchens apoya su argumentación en documentos obtenidos en archivos oficiales y en entrevistas con protagonistas de algunos de estos episodios. Sin embargo, no siempre es capaz de contextualizarlos. Se echa en falta un mejor y más profundo análisis de las crisis a las que hace referencia, detallando las distintas posiciones y sus implicaciones. También el lector sentirá la ausencia de una explicación suficiente sobre las consecuencias del pensamiento político de Kissinger, con su constante reivindicación de la legitimidad del interés de estado, en el diseño de determinadas estrategias norteamericanas objeto de discusión.
 
Es posible que Kissinger sea responsable de alguno o de todos los sucesos que aparecen a lo largo del libro. El propio acusado ha dado a entender en más de una ocasión su protagonismo. Sin embargo, lo realmente importante, lo que la pasión parece no dejar ver al autor, es la vigencia como telón de fondo de una filosofía política, el denominado “realismo”, que viene siendo fundamento de las estrategias de las grandes potencias desde hace siglos y que choca con las aspiraciones de muchos ciudadanos occidentales de hacer descansar la convivencia entre los estados en el Derecho y en un conjunto de organismos internacionales. Por muy poderoso e influyente que Henry A. Kissinger fuera en los años en que estuvo al frente de la diplomacia norteamericana, sus políticas no hubieran podido desarrollarse si no hubiera contado con el apoyo de las sucesivas administraciones republicanas y de la mayoría de senadores y representantes. Ni entonces ni ahora la acción exterior de Estados Unidos es la obra de un hombre.
 
Kissinger no es un paranoico ni un sádico. Indudablemente es un personaje singular debido a su extraordinaria capacidad intelectual, patente en su extensa e influyente obra escrita a lo largo de más de medio siglo, y a su brillante paso por el Consejo de Seguridad Nacional y el Departamento de Estado. Pero como ejecutor de una forma de entender la diplomacia, Kissinger es más un exponente, un ejemplo, que un caso aparte que merezca un tratamiento especial.
 
En su Tesis Doctoral, Kissinger dedicó gran atención al canciller austríaco Metternich, brillante diplomático que trató infructuosa, pero brillantemente, de preservar un orden político en vías de desaparición. En sus últimas obras Kissinger parece volver a aquellas páginas transmutándose en el político vienés. Ahora es él quien reivindica un orden intelectual acaso agonizante, el del viejo realismo con su defensa canónica del interés de estado y del unilateralismo y su crítica al liberalismo humanitario y a los organismos internacionales. Pero ¿está en crisis el realismo? Desde luego no en Estados Unidos, donde la administración del joven Bush hace gala de ortodoxia en su interpretación de los postulados doctrinales de la citada escuela. Tampoco parece estarlo en China, Rusia... Es indudablemente en Europa, en pleno proceso de unificación continental y cuestionamiento del estado clásico, donde es mayor y más sólida la crítica al principio histórico del “interés del estado”, algo tan nuestro como el estado-nación, dos conceptos que queremos dejar atrás con la llegada del nuevo Milenio.
 
En cualquier caso, el libro tiene indudable interés al rememorar hechos importantes de la reciente historia de las relaciones internacionales y replantear la moralidad de determinadas políticas. Más aún ahora, cuando iniciamos un nuevo período en el que viejas cuestiones, como el unilateralismo o el uso de la fuerza, vuelven a situarse en primer plano.