Israel y Palestina tienen salidas

por Carmen López Alonso, 18 de enero de 2002

Época

En el caso del conflicto palestino-israelí no es la falta de preguntas, o de respuestas, sino tal vez su sobreacumulación, la que produce esa sensación de laberinto. La frustración de ambas partes es creciente, al igual que su radicalización y parece que el conflicto se estanca y se hunde. Sin embargo algo se mueve. Tras los atentados de principios de diciembre en Jerusalén y Haifa y la calificación como terroristas de la AP y de Arafat, confinado en Ramallah desde hace más de un mes; después de la controvertida afirmación israelí sobre su irrelevancia política, que le descalifica como interlocutor válido, lo cierto es que las tres semanas previas al reciente atentado del 6 de enero fueron las de mayor calma relativa desde el inicio de la actual Intifada. Es probable que Arafat no tenga el poder suficiente como para declarar una guerra total al terrorismo, aunque sí para que su voz sea escuchada y se reduzca notablemente la violencia. Es lo que sostienen los expertos del CSN israelí cuando recomiendan al gobierno tomar una decisión entre dos alternativas: minar por completo a Arafat, o presionarle para que garantice una situación de calma relativa que permita lograr un acuerdo interino y continuar el proceso de paz.
 
Está claro que no se puede mantener la paradójica situación actual en la que se considera irrelevante a Arafat, a la par que se le pide que actúe con poder. Si el objetivo es enterrar definitivamente el proceso de Oslo puede que ése sea el camino. Pero todavía hay muchos, palestinos e israelíes, que piensan que Oslo, a pesar de sus carencias e imperfecciones, no está definitivamente muerto. Una cuestión clave es en qué medida los actuales líderes están dispuestos realmente a llegar a una solución definitiva, incluso ahora que, tras el atentado del 6 de enero, Hamas ha venido a 'rescatar' de nuevo a Sharon de la necesidad de reanudar las negociaciones. Parece que tanto el apresamiento del barco cargado de armas de procedencia iraní, la presunta implicación de la AP y las conexiones con Hezbolá, al igual que el atentado del 6 de enero, con la muerte de los cuatro militares israelíes de la unidad de voluntarios beduinos, no vendrían sino a dar la razón a quienes sostenían que la tregua de Hamas y Hezbolá, así como su punto de partida, el discurso de Arafat condenando la violencia, sólo habían sido tácticas dilatorias. En todo caso, táctica o no, la relativa calma había sido real y más de un comentarista israelí se pregunta si no era el momento de seguir adelante con el plan Tenet y las recomendaciones de la comisión Mitchell.
 
Pero en éste, como en todo conflicto político, en la toma de decisiones se entremezclan hechos, razones y motivaciones, no siempre racionales, pero cuya capacidad de construir realidades es indiscutible. Entre los hechos está la violencia, en ningún caso simétrica, como no lo es la situación, pero que se da por ambas partes: los informes publicados por Amnistía Internacional o por la organización israelí B'tselem (1) son buena prueba de ello. Y un hecho es también que, a pesar de la caótica situación de la AP, de la corrupción y de la falta de una estrategia clara por parte de Arafat y de la desinstitucionalización de la política palestina a que ha conducido su peculiar forma de actuación, como inteligentemente analiza Y. Sayigh, Arafat ha mostrado, con esos días de tregua, que sigue siendo relevante y, sobre todo, que a corto plazo parece no haber un sustituto a su autoridad.. También son hechos el distanciamiento y la desconfianza hacia el otro, con el miedo como un factor tan importante como la humillación, y tan difícilmente medible, aunque parte de sus resultados puedan verse en el apoyo creciente hacia las organizaciones radicales entre los palestinos y la radicalización de la sociedad israelí, evidente en el apoyo a Sharon, a pesar de la no aprobación del presupuesto y de una situación económica que roza la recesión, ningún jefe de gobierno ha gozado de su popularidad , que ha llegado a rozar el 75%, tras un año de gobierno. También se radicalizan los partidos árabes israelíes, como ha mostrado el caso del diputado A.Bishara.
 
Sin embargo la confianza no ha desaparecido por completo: todavía en diciembre había un 46% que creía que se puede llegar a una paz permanente. La sociedad civil comienza a moverse, a pesar de cierto enmudecimiento de la izquierda: se celebran encuentros entre grupos que representan el amplio abanico social de Israel: judíos y árabes, religiosos y laicos, derecha e izquierda. La Coalición de la Paz , en la que se integran grupos pacifistas y la oposición parlamentaria, incluyendo al Meretz y a parte de los laboristas liderados por J. Beilin, ha reanudado las reuniones con los palestinos, liberales y moderados, aunque críticos, como Sari Nusseibeh, Y.A.Rabbo o H. Ashrawi. Es cierto que la efectividad de la presión de la sociedad civil tiene un límite en su falta de capacidad ejecutiva y que la retórica política está básicamente dominada, en ambos lados, por el conflicto. Pero ¿qué hay de malo en los movimientos tácticos?, se pregunta J. Solana refiriéndose a los propuestos por Peres y Abu Ala, aunque también podría haberse referido al intento un tanto utópico del presidente israelí, Katsav, de lograr una hudna, una especie de tregua tradicional que no supone más que un cese el fuego sin otras concesiones y cuyo intento abortó Sharon al prohibir su intervención en el parlamento palestino. Una situación de paz relativa permitiría poner en marcha las recomendaciones de la comisión Mitchell, es decir, el cese de la violencia como método político, así como la congelación de los asentamientos por parte de Israel. Una de las preguntas que está en el aire, y en parte de la prensa, no solo israelí, es si los dos líderes, Sharon y Arafat, están realmente interesados en continuar el proceso de paz, o en seguir huyendo hacia delante, dinamitando Oslo, lo poco que de Oslo queda aún en pie, manteniendo las riendas del poder mientras dura el conflicto. ¿Podía Sharon haber aprovechado las semanas de relativa calma para poner en marcha el plan Tenet , incluso aunque tuviera toda la razón al afirmar que la tregua no era sino una medida táctica?. ¿Es un error aprovechar los movimientos tácticos si éstos van en la dirección estratégica adecuada?. Tal vez las preguntas son obvias, no las respuestas.
 
Notas
(1) The Israeli Information Center for Human Rights in the Occupied Territories (http://www.btselem.org)
(*) Carmen López Alonso, Profesora de Historia del Pensamiento Político , Universidad Complutense