Israel tras las elecciones

por Rafael L. Bardají, 18 de marzo de 2015

(Publicado en la Fundación FAES, 18 de marzo de 2015)

 

Que Israel es una democracia como otra cualquiera no hay más que verlo en las elecciones de ayer: los encuestados mienten y los encuestadores se equivocan, y mucho. En una de las campañas más sucias de la historia de Israel no ha habido encuesta que diera vencedor al partido de Benjamin Netanyahu. Es más, los exit polls ofrecían anoche un panorama de empate técnico entre el Likud, la derecha, y el llamado Campo Sionista, la izquierda laborista. Pero no ha sido así y Netanyahu ha logrado la mayor de sus victorias, superando los 21 escaños que se pronosticaban y alcanzando los 30. La izquierda de Herzog y Livni se queda como se esperaba en los 24 escaños. El centro no se hunde y la lista árabe unida logra colocarse como tercer partido con más escaños, 14.

Ahora comienza el sudoku de formar gobierno tan típico del sistema político israelí, siempre polarizado y fragmentado. Sólo que en esta ocasión el primer ministro Netanyahu no lo tiene tan complicado. Puede optar por una coalición con un componente secular (65 escaños, cuatro más de los 61 necesarios) o religioso (67 escaños).

Con toda probabilidad, y tras su fulgurante entrada en el panorama político, Kahlon, líder de Kulanu, pase a ocupar una cartera económica –finanzas–. Si Lapid también está en la coalición, la política social del nuevo gobierno cobrará más importancia y podrá dar satisfacción a muchos de los israelíes que consideran que la carestía de la vida es su principal problema. Es de esperar una nueva ola de privatizaciones y un mayor impulso a la economía, si cabe.

En materia de seguridad no hay que esperar muchos cambios: atentos a lo que pase con el programa nuclear iraní, pero en la medida en que es previsible que las negociaciones tengan que ser prolongadas, cabe pensar en un compás de espera sin decisiones dramáticas por parte de Jerusalén más allá de la denuncia verbal de los riesgos de un Irán en expansión y al borde de ser aceptado como potencia atómica.

En el terreno palestino, tampoco nada nuevo: el mundo criticará la intransigencia del nuevo gobierno y los palestinos caminarán en su sendero unilateral de reconocimiento virtual, poco efectivo sobre el terreno. Es posible que tanto Hamas como Fatah se sientan tentados por escalar la violencia en la creencia de que un nuevo gobierno de la derecha no contará con los apoyos internacionales como para llevar a cabo una ofensiva contra ellos.

En fin, en el flanco de las relaciones con los Estados Unidos, si el presidente Obama fuera alguien pragmático, debería darse cuenta de que tiene que lidiar con un país que ha renovado su confianza en la derecha y en Benjamin Netanyahu. Y que aunque a él no le guste personalmente, Israel es el mejor aliado que tiene en la zona. Pero si Obama sigue como hasta ahora, renovará la presión para doblegar al gobierno israelí en cuestiones difícilmente asumibles, como la división de Jerusalén o la vuelta a las fronteras de 1967. La situación novedosa ahora es que mientras Obama se va en año y medio, el ejecutivo israelí tiene cuatro por delante.