Islamistas contra todos

por Manuel Coma, 16 de septiembre de 2012

 Publicado en La Razón, 16 de septiembre de 2012

Los musulmanes no acaban de proporcionarnos una denominación aceptable para la versión sumamente política y agresiva de su fe. No les gusta ninguna de las nuestras. Sigamos mientras tanto con la de “islamistas” -a diferencia del genérico y neutro “islámicos”-, para los radicales no asesinos y “jihadistas”, que podríamos traducir por “guerrasanteros”, para los que sí lo son.

Ciertamente la mayoría de los fieles no ha matado nunca una mosca ni pretende hacerlo. El problema es que tampoco condenan a los que masacran regularmente a seres humanos, cebándose, sin duda, en sus propios correligionarios, a los que con gran desparpajo acusan de apóstatas a la primera desavenencia doctrinal o práctica. Eso sí, el trato que se merecen los apóstatas viene especificado en el sagrado Corán. Así como que no hay en absoluto distinción entre lo que le corresponde al césar y a Dios. Y que los no musulmanes son dhimm, ciudadanos, a lo sumo, de segunda categoría, si es que de ciudadanía puede hablarse. Y que las mujeres son inferiores por designio divino. Y mucho más. Habrá musulmanes moderados, pero ellos rechazan el término como foráneo, expresión de tibieza y fe tambaleante.
 
El resultado es que, hoy por hoy, la tesis de Huntington, en su famoso artículo de 1993 sobre el “choque de civilizaciones” en la revista Foreign Affairs, mal que le pese al gran teórico de la “alianza” de las mismas, ZP, sigue siendo aplicable a buena parte del mundo islámico, que comprende mil quinientos millones de terrícolas. Para el politólogo americano el principal motivo de enfrentamientos en la escena internacional tras la guerra fía iba a proceder de las identidades civilizacionales. No ha sido así respecto a muchas de esas identidades, pero acertó respecto a las “fronteras sangrientas del islam”. Chocan con todos los que son distintos en casi todas partes. En el mundo árabe están triturando las comunidades cristianas de origen apostólico, que, bajo inmensa presión, van desapareciendo por un incesante goteo migratorio.
 
Mientras tanto, volvamos a la realidad: primavera árabe no existe. Los pocos demócratas, liberales o socialista, más o menos laicos, jugaron a aprendices de brujo propiciando una primavera islamista que florece con sus copiosas espinas allí donde han sido derribadas las viejas dictaduras que alagaban a sus radicales en la resignación y los contenían brutalmente en el desafío.
Enhorabuena a los salafistas, epítomes de radicalismo teológico y alimento espiritual de la yihad, por las movilizaciones que han conseguido. Es todo su obra. Occidente los salvó de Gadafi, pero su interpretación de agradecimiento es sui generis.