Irán: sin ayuda del G-8 a Estados Unidos

por Amir Taheri, 5 de julio de 2006

Dentro de un mes está programado que los líderes de las ocho naciones 'más industrializadas' se reúnan en Strelna, un balneario cerca de San Petersburgo, para la cumbre anual de lo que muchos califican como 'el politburó global'.
 
En la presidencia estará el Presidente Vladimir Putin, celebrando la primera cumbre de este tipo sobre suelo ruso. El Presidente americano George Bush junto con los presidentes y primeros ministros de Gran Bretaña, Canadá, Francia, Alemania, Italia y Japón se unirán a Putin.
 
Tras sus sesiones iniciales, el 'politburó' se abrirá a los líderes de China, Brasil, la India y Sudáfrica en una sesión plenaria diseñada para ganar apoyo internacional a las decisiones que tomen los ocho. Según fuentes, algunos líderes árabes, entre ellos el Primer Ministro de Irak Nuri Al-Maliki, podrían ser también invitados.
 
El Presidente Bush acudirá a Strelna con un objetivo simple: lograr el apoyo del G-8 al nuevo Irak y forjar una coalición sólida para mantener bajo control las ambiciones nucleares de Irán. Gran parte de lo que ha hecho la administración Bush en los últimos meses con respecto a Oriente Medio ha sido diseñado para garantizar esa codiciada pero más esquiva que nunca unidad del G-8.
 
La última tentativa de Washington llegaba a finales del mes pasado, cuando la Secretario de Estado Condoleezza Rice anunciaba que Estados Unidos adoptaba la política de la Unión Europea sobre Irán - una política que las sucesivas administraciones norteamericanas habían rechazado durante tres décadas. En la práctica, Rice fue lo bastante honesta como para afirmar que el principal motivo de su giro en redondo era el temor de la administración a que la coalición que creía haber construido para tratar con Irán fuera 'inestable'.
 
En otras palabras, Washington estaba más interesado en mantener unida esa coalición, aunque basada en el mínimo común denominador, que en dar el alto a las ambiciones nucleares de Teherán. De pronto la preservación de un instrumento modelado para un propósito particular pasaba a ser más importante que el propósito en sí.
 
Sin jugar a ser Casandra[1], mi estimación es que el Presidente Bush no sacará nada del G-8, ya sea sobre Irán o sobre Irak.
 
Los motivos son simples.
 
En primer lugar, con la posible excepción del Primer Ministro británico Tony Blair, ninguno de los líderes del G-8 está convencido de que el problema de la República Islámica sea la naturaleza de su régimen en lugar de su comportamiento. Esto significa que el G-8 no puede ponerse de acuerdo en un diagnóstico, por no decir encontrar una solución.
 
En cuanto a Irak, 4 del G-8, a saber, Canadá, Alemania Francia y Rusia, se opusieron vehementemente a la guerra y continúan tratando con frialdad al nuevo Irak con la esperanza de que su fracaso, en palabras del Primer Ministro francés Dominique de Villepin, enseñe a los americanos 'una lección saludable'.
 
En Strelna, las cuatro potencias 'pacifistas' se verán reforzadas cuando el nuevo Primer Ministro italiano Romano Prodi anuncie el cambio de bando de su país con respecto a Irak. El equilibrio se decantará más en favor del bando 'pacifista' cuando se tome en cuenta a China, Brasil y Sudáfrica, que también hicieron campaña contra la guerra y continúan siendo hostiles al nuevo Irak (la India tiene una postura más equilibrada).
 
Mientras que hay pocos motivos para dudar del compromiso de Putin con la democracia en Rusia, sería difícil encajarle en el papel de un defensor entusiasta de la democratización del mundo. Tampoco se podría acusar a los líderes de China de soñar con un Oriente Medio remodelado en un conjunto de democracias agrupadas de corte occidental. La nueva directiva alemana bajo la Canciller Angela Merkel puede no estar tan confundida con respecto a Oriente Medio como su predecesora bajo Gerhard Schroeder. Sin embargo, no es ningún misterio que la élite en el poder en Berlín califica la doctrina de democratización de Bush como inocente, por no decir realmente peligrosa. En lo que respecta a Francia bajo Jacques Chirac, cualquiera que espere algo más que la forma más cruda de realpolitik es probable que salga decepcionado.
 
Sin embargo, el motivo por excelencia por el que es improbable que Bush saque algo en limpio de Strelna es que la mayoría de los asistentes del G-8 no quiere que Estados Unidos fije la agenda en Oriente Medio. Tampoco quieren ver a Estados Unidos expandiendo su esfera de influencia más allá de sus aliados tradicionales en la región.
 
Ver el motivo por el que a Rusia, China, Francia y Alemania no les entusiasma la perspectiva de regímenes pro-americanos por todo Oriente Medio no requiere mucha imaginación.
 
Rusia y Francia se recuperan aún de sus pérdidas en Irak, estimadas por Tareq Aziz, el camarada de Saddam Hussein durante más tiempo, en miles de millones de dólares 'en contratos petroleros, de irrigación, de agricultura, de electricidad, de maquinaria, coches y camiones'.
 
Rusia, Francia y Alemania son los tres mayores socios comerciales de la República Islámica, disfrutando de acceso a un mercado valorado en más de 300 mil millones de dólares al año. China, por su parte, ha firmado contratos con Teherán por valor de 70 mil millones de dólares en producción de gas y petróleo. Rusia y China también han iniciado acuerdos para construir 22 plantas nucleares para la República Islámica a lo largo de los próximos diez años.
 
El petróleo es la principal consideración tanto para Rusia como para China. Rusia busca relaciones próximas con la República Islámica tanto como vínculo con la OPEC, necesario para mantener elevados los precios del petróleo, como en calidad de socio de oposición al creciente dominio angloamericano del mercado de producción energética en la zona del Caspio.
 
China, que afronta un crecimiento dramático en sus importaciones petroleras, está desesperada por encontrar fuentes de suministro que no estén controladas por sus rivales, sobre todo Estados Unidos. Una de tales fuentes es la República Islámica, que se asienta sobre casi el 11% de las reservas mundiales conocidas.
 
Tanto Rusia como China son también los principales exportadores de armamento a la República Islámica. En la práctica, algunas fábricas de armamento en Rusia deben su supervivencia a los pedidos de Teherán. Francia, por su parte, espera asegurar un porcentaje del mercado iraní para sus propias industrias armamentísticas, por no mencionar otros productos tales como la aviación civil. La principal planta nuclear de Irán fue diseñada y construida por Alemania antes de ser destruida en ataques aéreos iraquíes en los años 80. Alemania espera lograr al menos parte de su posición previa en Irán.
 
¿Por qué deberían Rusia, China, Francia y, en cierta medida Alemania, ayudar a Bush a lograr otro cambio de régimen, esta vez en Irán, cuando significa el ascenso de otra potencia pro-americana en Oriente Medio? Incluso si no hay cambio de régimen en Irán, cualquier cambio sustancial en el comportamiento de la República Islámica a favor de Estados Unidos minaría las ambiciones de Rusia, China, Francia e incluso Alemania en Oriente Medio.
 
Con el final de la Guerra Fría, el clásico juego de las grandes potencias perdió su aspecto ideológico. Sin embargo, sus restantes aspectos perduran. Aliadas y socias en un contexto general, las grandes potencias del G-8 continúan siendo rivales y competidoras en lo que se refiere a las causas clásicas de conflictos tales como el acceso a los recursos naturales, porcentaje de los mercados, seguridad geopolítica o influencia política y cultural general.
 
Al contrario que Estados Unidos, Rusia, China, Francia y, en cierta medida Alemania, no ven a la República Islámica como una amenaza existencial. El motivo es que la República Islámica no quiere expulsarles de Irán o de Oriente Medio en conjunto, algo que ha declarado que es su objetivo central frente a Estados Unidos. En la práctica, cualquier éxito por parte de la República Islámica a la hora de expulsar a Estados Unidos de cualquier parte de Oriente Medio beneficiaría a la mayor parte de los restantes miembros del G-8, que instantáneamente maniobrarían para ocupar el vacío dejado por los americanos.
 
Esperar que el G-8 ayude a Estados Unidos a solucionar su problema con Irán es una ilusión.

 
 
Amir Taheri es periodista iraní formado en Teherán. Era el editor jefe del principal diario de Iran, el Kayhán, hasta la llegada de Jomeini en 1979. Después ha trabajado en Jeune Afrique, el London Sunday Times, el Times, el Daily Telegraph, The Guardian, Daily Mail, el International Herald Tribune, The Wall Street Journal, The New York Times, The Los Angeles Times, Newsday y el The Washington Post, entre otros. Actualmente trabaja en el semanario alemán Focus, ha publicado más de una veintena de libros traducidos a 20 idiomas, es miembro de Benador Associates y dirige la revista francesa Politique Internationale.
 
 
Notas

[1] Mitología griega: una hija de Priamo, rey de Troya, dotada del don de la clarividencia pero destinada por Apolo a no ser creída nunca.