Irak resuelto

por Manuel Coma, 16 de diciembre de 2006

(Publicado en La Razón, 15 de diciembre de 2006)
 

Ya está, ya no hay de qué preocuparse. “Los desafíos son abrumadores” “Ningún camino puede garantizar el éxito”, “todos los enfoques… tomados en consideración tienen fallos”, “nuestras recomendaciones tienen deficiencias”, “no cabe esperar milagros”. ¡No faltaría más! Si de milagros se tratara se habrían encargado rogativas, no un informe, el del bipartidista Grupo de Estudio sobre Irak que ha estado gestando nueve meses el parto de los montes.
 
En ausencia de “fórmulas mágicas” se muestran “firmemente convencidos” de que “pueden mejorarse las perspectivas”, “influir positivamente el resultado” y todo el mundo, Irak, la región, los Estados Unidos, “salir reforzados”. Cuanto más modesto el objetivo, más factible. Pero lo que sitúa al informe, a pesar de todas sus precauciones retóricas, en el área de las actividades taumatúrgicas no es el sensato fin al que apuntan sino que cada una de las medidas propuestas es más utópica o difícil de llevar a cabo que la consecución del objetivo final al que todas en conjunto deben contribuir. Irán debería…, Siria debería…, el gobierno iraquí debería…, los vecinos deberían…, los Estados Unidos deberían…Piadosas beaterías rebosantes de candor e ingenuidad. Si quisieran o pudieran ya lo habrían hecho. ¿Por qué van a querer o poder ahora? Por que a nadie le conviene el caos “a largo plazo”, arguye la comisión. Quizás, pero ¿por qué les ha convenido hasta el momento? ¿Por qué cada uno de los actores dejará de apostar por seguir llevando el caos a su molino? Es muy arriesgado, pero la historia está plagada de cálculos fallidos. Véase, sin ir más lejos, la intervención en Irak. ¿Por qué sus enemigos jurados van a querer sacarle las castañas del fuego a Estados Unidos? ¿Por qué, ahora que los tienen al alcance de la mano, no van a recoger los frutos que con tanto esmero han estado sembrando? ¿No es también malo el caos para los aliados de América? Y sin embargo el informe ni sueña con que le echen una mano. ¿Y Naciones Unidas? ¿Qué se hizo de este dechado de multilateralismo? Sólo se le pide un enviado especial. Y es que una cosa es la utopía en la que se instala la comisión y otra el delirio.
 
Para colmo, “las recomendaciones han de ponerse en práctica de manera coordinada, no deben separarse o aplicarse aisladamente”. Si el remedio depende de un engranaje compacto de piezas inverosímiles el resultado ha de ser un imposible total. Y las recomendaciones son nada menos que 79, algunas desglosadas hasta en diez puntos, consistentes en arreglar cada uno de los entuertos del Oriente Medio, tanto los de fecha reciente como los de  hace milenios, conflicto israelo-palestino incluido con la habitual preferencia. Para lograr las partes y el conjunto final el método, nunca expreso pero supuesto básico de todas las propuestas, es la buena voluntad. ¡A ser buenos y veréis como todo se arregla! Si el ensamblaje global de las medidas ha de resultar en la práctica inalcanzable, la lujuriante riqueza del menú hace que haya algo para todos. Cada uno puede coger lo que allí puso. Es una macedonia a la que todos han contribuido con su trocito de fruta preferida. Su principal virtud reside en la mera existencia. Ha visto la luz como resultado de un arduo compromiso entre una multitud de opiniones. Esperar encima coherencia sería demasiado. Los cinco de cada partido que compusieron la comisión, con copresidencia binaria, para que no decaiga el equilibrio, se dejaron arrebatar por el bipartidismo y sólo se preocuparon de que el pastel tuviera la aceptación de todos. Al presentar la criatura, los diez, de uno en uno, entonaron sus particulares himnos a la unidad, concordia y armonía.
 
Como estrategia para ganar, el documento no existe. Como receta para hacer mutis  sin dejar detrás una catástrofe sin parecido a todo lo que hasta ahora hemos visto las conclusiones que presenta son un verdadero desastre. Lo que sí pretendía era ser una fórmula para mantener a los americanos unidos durante algún tiempo. Pero ya ha fracasado. Los demócratas, que fingen creer en la sabiduría del texto comisionado, han empezado a tirarlo a la cabeza de los republicanos, preparándose para lanzarse a la yugular de la nueva minoría en cuanto se constituya el próximo Congreso recientemente elegido, dando una apreciada oportunidad a nuestros zapateristas de hacer lo propio con el PP, sin importar ni allá ni acá que la sangre que mane sea iraquí, a lo que ya están muy hechos.
 
No siendo lo que se le encargó ni aquello que hubiera querido, el informe del Grupo de Estudio sobre Irak es una colección de fantasías con las que los sedicentes realistas combaten el supuesto idealismo de los demonizados neocons.
 
Olvidémonos, pues, del informe y los informadores y acordémonos de Irak. Es, desde antes de que empezase la guerra, el acontecimiento internacional más importante del mundo. El regodeo con las dificultades americanas, el hipócrita escándalo y práctica indiferencia respecto a los sufrimientos de los iraquíes, que a pesar de los aspavientos ajenos y reales tragedias propias no son los peores del planeta, y la complacencia con quienes las causan, son una auténtica marcha de la locura que no puede traernos nada bueno. Pagaremos un alto precio por tanto frivolidad.