Irak: los inspectores no son suficiente

por GEES, 11 de septiembre de 2002

Sumario ejecutivo
 
Tras meses de obstaculizar el trabajo de los miembros de UNSCOM, la comisión especial de Naciones Unidas creada tras la Guerra del Golfo en 1991 para verificar el cumplimiento por parte de Irak de los acuerdos de desarme firmados tras el alto el fuego, Saddam Hussein decidió en noviembre de 1998 poner fin a cualquier signo de colaboración con los inspectores de Naciones Unidas. Tras la operación Desert Fox, de diciembre de ese mismo año, el régimen de Bagdad consideró, de manera unilateral y en total violación de las resoluciones de Naciones Unidas, inaceptable el régimen de inspecciones e impidió el retorno de UNSCOM al país. Desde entonces ha sido imposible la realización de la misión de Naciones Unidas en cumplimiento de las resoluciones de 1991. Y los esfuerzos del Secretario General, Koffi Annan, por encontrar un punto de acuerdo con Bagdad y sustituir UNSCOM por una nueva misión, UNMOVIC, han sido infructuosos.
 
En la actualidad se vuelve a plantear la puesta en marcha de un régimen de inspecciones, algo que para muchos es el fin de la política de la comunidad internacional hacia Irak. Sin embargo, se tiende a olvidar que aunque Saddam Hussein llegara a aceptar otra vez inspectores en su suelo, la experiencia de UNSCOM durante la última década muestra que, frente a un régimen  decidido a ocultar sus armas, los inspectores disponen de pocos medios y capacidades para descubrir todo aquello que se quiere ocultar. UNSCOM ni descubrió los planes secretos de Saddam, ni pudo ponerles fin.
 
En ese sentido, y dada la experiencia de los últimos años con Irak, cualquier régimen de inspecciones que no fuera realmente intrusivo y que no estuviera respaldado política y militarmente por la comunidad internacional, sería una pieza más al servicio de Saddam Hussein, quien utilizaría la presencia de la ONU para ganar tiempo y seguir persiguiendo sus ambiciones en el terreno de las armas de destrucción masiva.
 
1.- Saddan no se merece el beneficio de la duda
 
Saddam Hussein ha impuesto en Irak no sólo un régimen dictatorial, sino una auténtica dictadura del terror, brutal y sin escrúpulos. De hecho, puede afirmarse de Saddam que es el único gobernante que ha empleado armas químicas contra quienes consideraba sus enemigos externos (Irán) así como contra su propia población (5.000 kurdos gaseados y fallecidos en 1988).
 
Es más, Saddam ha intentado por todos los medios a su alcance desde finales de los años 70 producir o adquirir armamento nuclear, con total desprecio a sus compromisos adquiriros en tanto que signatario del Tratado de No Proliferación. Es más, desde comienzos de los 80, tras la destrucción por Israel de su reactor de Ossirak, Irak se va a embarcar en un complejo y ambicioso programa nuclear totalmente clandestino, acelerado, por lo demás, desde finales de 1990 y sólo interrumpido en su producción de un ingenio nuclear por la guerra de 1991. De hecho, mientras que las estimaciones de la CIA daban por sentado que en 1990 le quedaba aún unos 5 años a Bagdad para hacerse con un arma nuclear, las inspecciones de la AIEA tras la guerra redujeron esa posibilidad a unos pocos meses.
 
Lo mismo vale para los programas de armas biológicas. Saddam siempre ha seguido la misma fórmula: primero, negar toda existencia de investigaciones y programas de armas de destrucción masiva en aquellos campos que no eran claramente conocidos, como el armamento químico y los misiles; frente a evidencias irrefutables encontradas por UNSCOM, admitir lo mínimo necesario, sin declarar nada más que lo ya conocido por los inspectores de Naciones Unidas; por último, frente a más evidencias, acabar admitiendo la realización de ensayos y pruebas de laboratorio pero negar rotundamente su desarrollo y en ningún caso la utilización militar, la weaponización, de los sistemas y agentes investigados.
 
Saddam mantuvo oculto hasta 1995 que hubiera encargado investigar y desarrollar diversos tipos de agentes y armas biológicas y, de hecho, en 1998 el último informe de UNSCOM al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, de quien dependían, afirma rotundamente que a la luz de lo aportado por las autoridades de Bagdad, son incapaces de evaluar el desarrollo de las armas biológicas de Saddam y, sobre todo, el grado de destrucción de las mismas y de desmantelamiento de sus programas.
 
En suma, la práctica de Bagdad ha sido en las dos últimas décadas la ocultación y la mentira y nada permite pensar que en los tres últimos años, desde que UNSCOM salió definitivamente de Irak, Saddam Hussein haya modificado su forma de pensar y su comportamiento. Al contrario.
 
Por eso no se trata ahora, tras cuatro años sin inspectores en el terreno, de probar  la inocencia de Saddam por parte de las Naciones Unidas. Debería ser el régimen  de Bagdad el que, tal y como demandaban las resoluciones 687 y 707 de abril y agosto de 1991 respectivamente, ofreciera al mundo una declaración “total, completa y final” de sus actividades relacionadas con las armas de destrucción masiva y permitiera un sistema de inspecciones amplio e intrusivo, suficiente como para tener garantías de su desarme. Dicha declaración “total, completa y final” tenía que haberse entregado en 15 días, tras la aprobación en abril del 91 de la resolución 687. Sin embargo Saddam sólo ofreció retazos y falsedades y más de tres mil días después la ONU sigue sin poder cerrar este dossier por falta de certeza en los datos.
 
Saddam no puede ser considerado una víctima inocente a la hora de diseñar un nuevo régimen de inspecciones. Mantuvo engañado al mundo en los 80 y ha hecho todo lo posible para evitar ser descubierto por los inspectores de UNSCOM en los 90. El régimen de Bagdad no es un régimen colaborador, sino hostil a las inspecciones. Y si acaba aceptándolas será por que le es conveniente en este momento y porque sabe que podrá obstaculizar su labor una vez comiencen sus trabajos, no por buena voluntad.
 
2.- La limitada efectividad de los inspectores
 
De acuerdo con el mandato del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, los inspectores de UNSCOM debían cumplir con tres objetivos básicos: contrastar las declaraciones presentadas por Iraq y establecer, así, los niveles y desarrollos armamentísticos en el terreno nuclear, químico y bacteriológico; en segundo lugar, inspeccionar y controlar el proceso de destrucción de dichos sistemas; y, por último, instalar y mantener un sistema de monitorización continua sobre las instalaciones e infraestructuras relacionadas con los desarrollos de dichos sistemas de destrucción masiva. Naciones Unidas creía en el momento del nacimiento de UNSCOM que Irak, tras la derrota militar y su expulsión de Kuwait, se comportaría de buena fe y que cooperaría tal y como en otras ocasiones habían hecho otros perdedores. Sin embargo, bien pronto se frustraron esas esperanzas. Para comenzar, el plazo fijado por la resolución 687 para que Bagdad entregara la información pertinente sobre sus armas, no se cumplió, lo que obligó a redactar la resolución 707 en la que se recordaba a Irak sus obligaciones para con la comunidad internacional y la necesaria aceptación de las condiciones fijadas por la ONU.
 
Cuando los inspectores comenzaron a recibir la información, ésta se limitó a los programas bien conocidos, misiles y armas químicas, negando las autoridades iraquíes cualquier involucración con sistemas nucleares y negando cualquier desarrollo de armas biológicas. En cualquier caso la información, por muy limitada e incompleta que fuera, no llegó tampoco gratis, sino acompañada de las indicaciones de que Irak había destruido unilateralmente, en contra de lo establecido por la ONU, todo lo referente a sus misiles y sistemas químicos, dejando a los inspectores frente a enterramientos de múltiples piezas sin referencias ni sistema de contabilidad alguno.
 
Por eso, la misión de UNSCOM tuvo que modificarse sobre la marcha y convertirse casi en una agrupación de detectives. Por lo que sabemos, UNSCOM llegó a realizar un gran trabajo para descubrir el grado del esfuerzo y el tamaño de los programas misilístico, nuclear y químico, desarrollado durante los años anteriores a la guerra del Golfo. Es decir, una labor histórica, imprescindible para poder evaluar la información aportada por los representantes de Saddam. A través de cientos de entrevistas y del análisis meticuloso de papeles e informes capturados a Irak, UNSCOM  y la AIEA pusieron al descubierto que Saddam había estado a meses de dotarse de una cabeza nuclear y que había producido toneladas de agentes nerviosos y otras armas químicas. También se pudo poner de relieve que había una discrepancia entre lo que Irak decía haber destruido de sus misiles y las correspondientes partes y fragmentos encontrados, que sugerían que Irak retenía clandestinamente alguno de sus misiles de medio alcance.
 
Ahora bien, desarrollando esa labor cuasi arqueológica, UNSCOM aprendió dramáticamente cuales eran sus limitaciones técnicas: se podía intentar reconstruir lo que Saddam había hecho hasta el 91; se podía intentar demostrar que las cifras acerca de la eliminación iraquí de sus arsenales no cuadraban; pero poco más.
 
De hecho, justo cuando la AIEA, bajo el liderazgo de Hans Blix, estaba dispuesta a considerar cerrado el dossier nuclear, a pesar de las objeciones de los miembros de UNSCOM, la defección del teniente general Hussein Kamel, yerno de Saddam y responsable directo de los programas armamentísticos iraquíes, puso de relieve gran parte del esfuerzo de Saddam por ocultar información relevante a los inspectores de Naciones Unidas. De hecho, la reapertura de dossier nuclear y la sorpresa ante los desarrollos de armas biológicas se deben a los datos aportados por Hussein Kamel antes de ser asesinado en Jordania, lo que sirvió para forzar a Irak a reconocer su experimentación en sistemas bacteriológicos, algo que hasta ese momento, cuatro años después de la resolución 687, siempre había negado.
 
En 1998, otra defecciones, como la de un ayudante del hijo mayor de Saddam Hussein o la de científicos, como el físico nuclear Khidhi Hamza, sirvieron, a través de sus continuas revelaciones, para tomar conciencia del engaño y la ocultación permanente por parte del régimen de Bagdad, empeñado a toda costa en retener su base y el máximo de capacidades productivas en armas de destrucción masiva.
 
De esa forma, y gracias a las indicaciones de desertores del régimen de Bagdad, desde 1995 hasta 1998, el final de UNSCOM, los inspectores de Naciones Unidas pudieron hacerse nuevas preguntas, pero encontraron, desgraciadamente, escasas respuestas, particularmente en lo referente al armamento biológico, concluyendo sus trabajos con una grave advertencia: no podían certificar ni que Irak hubiera acabado con sus sistemas de destrucción masiva ni que no pudiera estar en capacidad de volver a producirlas, ni que no lo estuviera haciendo ya.
 
La lección, la gran lección, en cualquier caso, es que un sistema de inspectores que no cuentan con la cooperación y la buena voluntad del régimen inspeccionado, se ve paulatinamente obligado a volverse una agencia detectivesca en un medio patentemente hostil, y que, por tanto, todo aquello sobre lo que los inspectores no conocen o sospechan, es prácticamente imposible de descubrir salvo que surja por medio una deserción de alguien de dentro del régimen sometido a las inspecciones.
 
Y esta es una lección que no puede olvidar si es que se llega a un acuerdo con Irak para reanudar las inspecciones de Naciones Unidas.
 
3.- La trampa de UNMOVIC
 
A finales de 1999, un año después de la salida de los inspectores de Irak, Naciones Unidas creó un nuevo sistema de inspecciones, monitorización y verificación del desarme iraquí denominada UNMOVIC. UNMOVIC era el producto de una situación contradictoria: por un lado, prolongaba la política conciliatoria del Secretario General de la ONU para con Irak, puesto que se ponía el énfasis en la verificación más que en las inspecciones; por otro, era la expresión de las preocupaciones de muchas naciones por no contar con una presencia de inspectores en Irak que pudieran alertar de los programas de Saddam. Sea como fuere, UNMOVIC no ha logrado todavía la aceptación de Saddam Hussein y aunque el equipo técnico está listo para comenzar sus trabajos, no ha salido de las fronteras de Nueva York.
 
UNMOVIC ha sido criticada por muchas razones, desde la filosofía conciliadora de Koffi Annan, estableciendo que sus inspecciones nunca serán intrusivas y que contarán con la aprobación previa de Bagdad, hasta por la designación como su director de Hans Blix, el antiguo director de la AIEA que ya quiso cerrar el dossier nuclear iraquí en 1995 por no haber sabido o podido descubrir la realidad del mismo.
 
En cualquier caso, la trampa de UNMOVIC reside en su naturaleza y ambiciones y en el carácter del régimen de Saddam. Si el Secretario General de Naciones Unidas, de quien depende UNMOVIC, rebaja la capacidad investigativa de los inspectores a fin de obtener el beneplácito de Irak, UNMOVIC no encontrará nada relevante y tendrá que concluir, tarde o temprano, que no observa nada ilegal por parte iraquí; si UNMOVIC derivara hacia inspecciones más intrusivas o encontrara en sus trabajos algo que no fuera del agrado de Bagdad, volvería a colocarse en una situación de enfrentamiento directo con Saddam y se produciría una nueva crisis, al estilo de lo sucedido desde mediados del 1997 y hasta finales del 98. Y ese sería un escenario muy peligroso para los propios inspectores pues, de escalar la crisis y amenazar con el uso de la fuerza por parte de la comunidad internacional, Bagdad podría utilizarlos como rehenes, política y militarmente, complicando aún más una posible acción contra Saddam.
 
4.- Inspecciones desde cero
 
Es un axioma político que deben agotarse todas las vías diplomáticas antes de recurrir al uso de la fuerza. De ahí que se le quiera dar una nueva oportunidad a Saddam Hussein, aceptando de nuevo a los inspectores. Pero la comunidad internacional no debe llevarse a engaño: cualquier régimen de inspecciones con carácter limitado y que esté bajo algún tipo de supervisión o control iraquí, sólo servirá de tapadera de sus intenciones y actividades. Saddam, incluso tras la derrota del 91, nunca aceptó la supervisión de Naciones Unidas y ve en UNMOVIC un régimen mucho más benigno que el de UNSCOM, máxime si no cuenta con el respaldo político y la amenaza de una acción militar en caso de que fracase en sus objetivos.
 
Por otro lado, tampoco puede olvidarse que Irak está ya en su cuarto año sin presencia de inspectores en su suelo y que la nueva misión no puede retomar linealmente los trabajos de Naciones Unidas en el punto donde se quedó UNSCOM. En estos cuatro años Saddam se ha vuelto más firme y agresivo y ha tenido tiempo y capacidad para volver todavía más opacos aquellos programas que le interesen de verdad.
 
Es más, habida cuenta de los progresos en miniaturización de los ingenios nucleares, así como la posibilidad de que cuente con laboratorios móviles destinados a armas bacteriológicas, cualquier nuevo régimen de inspectores tiene, por fuerza, que ser numéricamente muy superior a las tres docenas de miembros de UNSCOM. La geografía de Irak así lo exige. De lo contrario se estaría cayendo en un sistema poco eficaz.
 
Plantearse inspeccionar Irak en el 2003 como si nada hubiera ocurrido con los inspectores de UNSCOM y sin recordar la experiencia de los año 90 no sólo está condenando al fracaso a los nuevos inspectores sino algo mucho más grave, está dejando manos libres, de manera irresponsable, a Saddam para que acabe desarrollando y poseyendo armas nucleares, además de las químicas y biológicas que ya dispone. Se necesitó luchar y ganar una guerra para que Saddam firmara la aceptación de las resoluciones de Naciones Unidas, aceptación que nunca pensó cumplir y que, de hecho no ha cumplido. ¿Por qué aceptar ahora unas inspecciones y un régimen de verificación y monitorización que disminuiría su poder? Las inspecciones que quiere Saddam son otras y las que de verdad interesan a la comunidad internacional no las aceptará nunca.