Inmigración: hacia una tercera globalización ordenada

por Ana Ortiz, 16 de marzo de 2010

 

1. Introducción
 
Por mucho que se empeñen activistas, subvencionados y pancarteros de diversa índole, cuya ocupación radica en hacerse notar en cualquier reunión de jefes de Estado y de gobierno, nuestro mundo camina por la senda de la globalización sin retorno. Ya se ha producido dos de las tres, que a juicio de quien escribe, se están desarrollando.
 
Primero fue la globalización económica. Idear en un sitio, construir en el otro lado del mundo, comprar en cualquier lugar y negociar simultáneamente es parte de nuestra cotidianeidad desde hace años.
 
Parte de esta globalización económica se ha producido gracias a la verdadera revolución de finales del siglo XX: la sociedad de la información inmediata, donde la virtualidad ha superado las barreras físicas. Esto sí que ha sido todo un “acontecimiento planetario” sin precedentes y cuyas consecuencias están cambiando nuestra manera de vivir, de movernos y de relacionarnos. Hoy más que nunca, constatamos que la información es poder, y ese poder es producido por cualquiera, y está al alcance de todos.
 
La tercera globalización es consecuencia de las dos mencionadas y de la facilidad de movimiento que tenemos gracias a la extraordinaria evolución de los medios de transporte. Que el mundo es un pañuelo es un hecho real y palpable. Por eso, estamos ante lo que podríamos denominar, la “globalización de las personas”: el flujo de gente que se mueve a lo largo y ancho del mundo es cada vez mayor, más fácil y más “consciente”.
 
Es decir, que la mayoría de la gente que decide cambiar de país, tiene más o menos idea de lo que va a encontrar en ese primer mundo con el que tanto sueño porque lo ha visto en Internet o en televisión. Otra cosa es cómo acceda a ese primer mundo. Muchas de las veces, a través de mafias que se aprovechan de sus circunstancias.
 
Estas tres globalizaciones constituyen todo un reto para los gobernantes de cualquier país, puesto que las fronteras tienden a difuminarse cada vez más. Las virtuales ya no existen. Las físicas serán muy distintas dentro de algunos años. Y para ello, tenemos que estar preparados.
 
Estas globalizaciones producto de la tecnología y el desarrollo, se encuentran con dos obstáculos importantes. Uno, determinados comportamientos involucionistas, como el fundamentalismo islámico, que por desgracia para los musulmanes de bien que profesan su fe sin problemas, hoy tienen más poder dentro de su ámbito de acción que el islamismo moderado. Y es deber de los europeos y de los Estados ayudar a que este islamismo moderado sea el que impere en la sociedad en detrimento del fundamentalista.
 
Dos, los “progresismos”. Digo bien, “progresismos”: esto es, complejo de inferioridad hacia todo lo que suponga la reafirmación de los valores occidentales basados en la igualdad de hombres y mujeres, en el Estado de Derecho y en la raíz cristiana de nuestra civilización.
 
Estos “progresismos” traducidos en “buenismos” confunden normas con rigidez, valores con represión, esfuerzo con horror, derechos con avasallamiento, deberes con “todo vale”, cultura con complejos de inferioridad, diversidad con colectivos, colectivos con debilidad y debilidad con subvención.
 
Nuestro mundo global corre el riesgo de ser guiado por un “progresismo” destructivo de la esencia del ser humano. Porque sin derechos y deberes, sin igualdad entre hombres y mujeres, sin compromiso, esfuerzo y valores no hay civilización que resista.
 
Ante nosotros tenemos el gran reto de entender esta múltiple globalización como una oportunidad para la integración, la cooperación entre gente diferente, con la exigencia de llevarlo a cabo dentro de un orden, y la asunción de valores, derechos y deberes.
 
En este marco entendemos la inmigración del siglo XXI: un flujo de gente en un mundo global dispuesto a crecer en los parámetros antes descritos y a ayudar a que los que no los tienen los asuman como propios, renuncien a fundamentalismos y aporten lo más rico e interesante de su cultura y creencias.
 
Una política de inmigración sustentada también en una ayuda al desarrollo y a la cooperación eficaz, que permita que los países de origen sean lugares cada vez más parecidos al primer mundo de los derechos y deberes, de manera que el éxodo no sea la única salida de sus ciudadanos.
 
Lo demás son cuentos chinos.
 
2. El roce del retroceso
 
Hemos sabido de disturbios ocurridos en un barrio de inmigrantes de Milán tras la muerte de un egipcio, a manos de una banda de suramericanos. Hechos ocurrido en un gueto de inmigrantes. Hace unos días supimos de los problemas de Fátima Ghailán, una marroquí que viven en un municipio de Tarragona y que ha cometido el “delito” de querer ser occidental, librándose de las ataduras simbólicas del velo. Lo más sorprendente es que la alcaldesa de El Vendrell (PSE) no se ha puesto de su lado y su partido ha respaldado esta postura. Podemos sumar los sucesos de Vic, y su negativa a empadronar a los inmigrantes.
 
Dos ejemplos que reflejan muy bien la realidad mencionada en la introducción de este análisis. Los occidentales estamos cerrando los ojos a situaciones que hoy son noticia por moderadamente puntuales, pero que mañana, puede suponer un auténtico polvorín.
 
Ya ocurrió en Francia hace no mucho tiempo, recordemos los disturbios en París. Suecia también ha reconocido que no ha hecho las cosas bien en cuanto a integración de inmigrantes y ahora se afana por desarrollar políticas de integración que poco a poco, van dando resultados.
 
Tanto un país como otro han tratado de tomar cartas en el asunto, organizando mejor su política de inmigración, con el objetivo de minimizar riesgos. Francia estableció un contrato de acogida e integración, que tiene su origen en la reforma de la Ley de Extranjería, para quienes soliciten un permiso de residencia.
 
En Suecia se han encontrado en encrucijadas parecidas y ya están trabajando en ello, en la integración en empleo y valores desde la diversidad.
 
En España estamos dando pasos de gigante hacia atrás desde hace años. Primero, con la consabida ocurrencia del papeles para todos, hasta ahora, lo único que recuerda el común de los mortales de la política inmigratoria del presidente Zapatero.
 
En paralelo, salvo honrosas excepciones, seguimos litigando contra nuestros valores y costumbres, en vez de ayudar a avanzar a los musulmanes que viven en nuestro país en un proceso de modernización del Islam, que muchos sí que lo quieren, aunque sus voces se ahoguen frente al fundamentalismo que padecen. Antes al contrario, hay quien sigue fomentando aquellas actitudes que están  todavía en el siglo XV.
 
Seguimos sin escuchar voces del feminismo de izquierdas sobre este asuntos, entretenido en saber si somos miembros o miembras, en elaborar mapas para encontrar el punto G, o en poner teléfonos a disposición de los maltratadores, con la esperanza de que hablen antes de atacar. Nada sabemos de su postura frente a situaciones como las vividas por Fátima Ghailán, salvo que consideran una ofensa que esta mujer quiera avanzar, descubrir y formar parte de la sociedad que sí reconoce sus derechos, cuyos deberes está dispuesta asumir también. El Ministerio de Igualdad se ha gastado en 2009 845.803 euros en subvenciones para “investigaciones relacionadas con estudios feministas, de las mujeres y del género”(1).
 
La lista que se adjunta en notas al final de este análisis es digna de leerla. Destacamos algunos “estudios”: “Topografías domésticas en el imaginario femenino. Una visión comparativa, transnacional y hemisférica”, dotado con 15.107 euros; 2perspectivas de género en la negociación colectiva, análisis interdisciplinar” (34.091 euros); “Elaboración del mapa de inervación y excitación sexual en clítoris y labios menores. Aplicación en genitoplastia” (26.597 euros).
 
Es en este tipo de “estudios” donde centra la atención la izquierda buenísta y superficial, en nuestro país, albergados en un Ministerio perfectamente prescindible, que podría haber hecho del defecto virtud y haberlo dedicado a políticas de cooperación e integración, con el fin de minimizar riesgos futuro y favorecer el bienestar, tanto de los que estamos, como de los que llegan.
 
Esta actitud “buenrollista” es compartida por la izquierda europea, que tampoco considera la enorme oportunidad que supone para todos contribuir a la modernización de otras sociedades, otras religiones, como lo hizo el cristianismo en su día, con sus luces y sus sombras, con él, la sociedad civil entera. Mientras no tengamos claro que Europa tiene un papel importantísimo en esta tarea, seguiremos padeciendo, a uno y otro lado de la “raya”, altercados y situaciones como las que encontramos en la prensa europea una y otra vez. Y aquí incluimos a España también.
 
Y ese camino solo se puede recorrer a través de políticas de cooperación e integración.  Pero con políticas de verdad.
 
3. Dinero tirado a la basura
 
Al margen de lo que podamos hacer desde dentro y de cómo se puede despilfarrar o no el dinero público en eras de conseguir estas metas, que son reales y necesarias, también desde estas líneas hemos apostado muchas por la vía de orquestar políticas orientadas al desarrollo de los países de origen, por dos razones: porque contribuiría a que muchas de esas personas no tuvieran que dejar atrás a sus familias y porque avanzaríamos todos en la senda de la democratización y desarrollo de dichos países a todos los niveles: económico, social, cultural, etc. Algo a lo que se comprometió el presidente del Gobierno, pero que no ha surtido efecto.
 
España ha destinado nada menos que 20.000 millones de euros a cincuenta países desde 2005 hasta ahora. Treinta de estos países no han avanzado nada en sus niveles de democratización, antes al contrario, continúa en la senda de la corrupción, viento en popa, según el Informe de “Transparencia Internacional”(2).
 
El Grupo Popular en el Congreso ha presentado un cuadro comparativo que ilustra estos niveles, dejando en evidencia la falta de eficacia de estas inversiones, al comprobar cómo están los niveles de corrupción en los países que están recibiendo subvenciones para precisamente lo contrario.


  
Cuadro elaborado por la Comisión de Cooperación del Grupo Popular en el Congreso
 
 
Las cuentas hay que pedírselas a Leire Pajín, que ha sido responsable de dichos fondos hasta su nombramiento como secretaria de organización del PSOE. Incompetencia planetaria en toda regla.
 
No es extraño. Recordemos que El Gobierno Socialista destinó 500.000 euros de los Fondos de Ayuda al Desarrollo (FAD) para financiar la cúpula de Barceló en la sede de la ONU en Ginebra.
 
4. ¿Hay voluntad?
 
La respuesta está camino entre la falta de intención o la incompetencia. La laxitud por parte de los gobernantes de la que somos víctima está favoreciendo el desarrollo de sociedades dentro de sociedades, que acabarán derivando en situaciones como las que encontramos en la prensa día sí y día también, hoy noticia por su “rareza”, pero que pueden llegar a ser cotidianas si no se ataja a tiempo.
 
Atajar significa tener una hoja de ruta, un mapa más allá del punto G, basado en la comprensión del mundo global en el que estamos inmersos, donde la gente se mueve con mayor facilidad. Y esto hay que hacerlo de forma ordenada.
 
Y ordenar significa dos cosas: primero, integración de verdad con políticas reales y serias que muy bien se podrían orquestar desde el Ministerio de Igualdad- ya que está, por lo menos que sea aprovechable para algo- en el campo de las ideas, de las costumbres, de la espiritualidad que afecta al mundo civil y a la verdadera igualdad entre hombres y mujeres, con derechos y obligaciones para todos.
 
Y segundo, políticas de cooperación al desarrollo, entendidas como mecanismos para la democratización de este mundo de origen de los inmigrantes, supervisando bien a qué se destina ese dinero y el cumplimiento riguroso de su objetivo más allá del BOE.
 
Mientras sigamos mirando hacia otro lado, derrochando el dinero que no tenemos en estudios como los que podemos ver y palpar y jaleando actitudes que hoy son noticia y mañana costumbre, será muy difícil capitanear un barco diverso- que no multicultural- que crece cada día más.


 

Ana Ortiz es Licenciada en Ciencias de la Información, Periodismo, Universidad Complutense de Madrid. Master en Radiodifusión por RNE y períto grafólogo por la Facultad de Medicina Legal de la Universidad Complutense de Madrid. Asesora política, experta en relaciones institucionales para Iberoamérica, en protocolo empresarial y liderazgo. Asesora en campañas electorales sobre comunicación en Internet y redes sociales. En el Grupo, es Analista en Inmigración y Seguridad interior y Analista de Medios de Comunicación. Ha participado en debates y entrevistas en Libertad Digital TV, Telemadrid y Radio Intereconomía en temas y cuestiones de inmigración.
 
 
Notas
(1)                Subvenciones otorgadas por el Ministerio de Igualdad para investigaciones relacionadas con estudios feministas, de las mujeres y del género, para el año 2009.