Inadecuaciones: España y el caso griego

por Joseph Stove, 10 de mayo de 2010

 

“En general, las medidas que son mejores para el futuro de la comunidad, especialmente para dentro de años o generaciones, disminuyen la satisfacción de la generación actual. ¿Entonces qué es mejor, un corto periodo de vida para la comunidad pero disfrutándolo o uno mayor con menos satisfacciones?. Esto parece ser frecuentemente, quizás siempre, la elección. La respuesta, no hace falta decirlo, nunca se obtiene de una decisión deliberada y lógica”.[1]
 
1. Globalización: prepararse para el futuro
 
Interpretar la historia es una ardua tarea, tener conciencia del presente es empresa difícil y el futuro no puede conocerse, aunque podemos prepararnos para hacerle frente lo mejor que podamos.
 
La sociedad no es estática, su estado de desarrollo, espiritual, intelectual y tecnológico, es el caldo de cultivo para nuevos desafíos, consecuencia directa de que está constituida por seres humanos y que estos interaccionan con otras sociedades y con el entorno natural sirviéndoles de referencia su propia idiosincrasia personal y social. La actual interacción mundial entre individuos y sociedades, producto de la globalización, hace que los problemas sean de una alta complejidad, se gesten en un tiempo variable, y normalmente se pongan de manifiesto de forma abrupta, y extendiéndose velozmente. Si aplicamos un enfoque sístemico a la realidad global nos damos cuenta de que, ese sistema, posee una alta entropía. La crisis económica, la acción violenta de actores no estatales, las epidemias o las consecuencias de catástrofes naturales se amontonan como retos a resolver.
 
En este ambiente, el éxito -siempre relativo-, de las entidades políticas está en relación con su capacidad de adaptación para dar respuesta a los problemas reales. La falta de esa respuesta llevará al fracaso. Puede decirse que esa capacidad viene definida por tres parámetros, a saber: “conciencia de la situación” como prerrequisito para su conocimiento, recursos de todo tipo para hacer frente a los problemas y poder, poder político, para aplicar los dos primeros en la definición del problema y en la gestión de su solución.
 
Eso nos lleva a predicar que la adecuación de una entidad política para sobrevivir en el mundo actual viene determinada, más que nunca, por su capacidad para mantener una relación aceptable entre la capacidad para “resolver” los problemas y el ritmo y magnitud con que estos, tanto domésticos como regionales y globales, vayan teniendo lugar. El presente, y el pasado reciente, nos muestran un número suficiente de ejemplos para deducir que la actual capacidad para resolver problemas viene limitada, fundamentalmente, no por la carencia de conocimiento ni de recursos, sino por la falta de idoneidad de las instituciones políticas, tanto a nivel nacional como global, para aplicar aquellos de la forma más idónea. Son muchos los analistas que se inclinan por identificar esta circunstancia como el mayor reto al que nos enfrentamos.
 
2. El caso griego
 
En el juego global, e incluso en el regional, sólo pueden participar entidades políticas sólidas, sociedades capaces con conciencia del presente y visión del futuro. El presente está repleto de “estados fallidos” y frágiles. La fragilidad es sinónimo de fracaso: el exponente palmario de que en la jungla global el débil muere es Grecia. Es verdad que Grecia no guarda similitudes evidentes con estados fallidos africanos: está en Europa, disfruta de un alto nivel de bienestar económico, tiene unas instituciones democráticas…incluso sus ciudadanos utilizan el móvil a todas horas, practican el turismo, e incluso han llegado a ser campeones de baloncesto. Pero ¿qué les reserva el futuro?, ¿se han preparado para él?
 
Grecia apostó por la foto fija. Se acomodó al simple “estar” en la Unión Europea, a disfrutar de sus ventajas, lo que permitiría a sus partidos políticos la oferta y la práctica de políticas populistas como permanente instrumento para la obtención y disfrute del poder. Esta conducta, que se ha revelado profundamente inadecuada, y ha demostrado consecuencias letales. El ejercicio de la picaresca como criterio de relación con sus socios europeos y el enfoque burocrático como único recurso para dar solución a los problemas, ha llevado a impulsar un tipo de sociedad con un sentido irresponsable del estado de bienestar, lo que ha causado además un elevadísimo índice de envejecimiento de su población, una bajísima productividad y la creencia de que la solución a sus problemas, vendrá no de su propio su esfuerzo, sino de su mera pertenencia a Europa.  
 
Grecia no quiso darse cuenta que esta forma de hacer política iban a conocerse, que la Unión Europea era un ser muy limitado, que los intereses de sus socios están por encima de cualquier utopía europeísta y que estar en una moneda colectiva no sólo reporta ventajas; priva gran parte de la soberanía, con la consecuencia de que la expulsión, o marginación, del sistema monetario común convierten a los países en parias. Los griegos no tuvieron, ni tienen, conciencia de la situación; y si la tuvieron, la ignoraron al comprobar que no les convenía. Ante la actual situación, si el pueblo griego se decanta por el victimismo, lo más seguro es que renuncie al futuro. Culpar a Alemania, trayendo a colación recuerdos de la ocupación durante la Segunda Guerra Mundial es mirar hacia atrás, reincidir en el error político, huir de la realidad: es una muestra palmaria de inadecuación.
 
Huelga decir que en la Unión Europea no todos los socios son iguales, unos son más poderosos que otros: Europa no constituye ningún exponente del “multilateralismo puro”. Por el contrario, en su seno es probable que aparezca el “minilateralismo” en forma de directorio. Las relaciones en la Unión son, y serán -parodiando la frase de un portavoz parlamentario español-, de “geometría variable”: un juego de intereses y del ejercicio del poder, donde el listillo o el pícaro tienen sus días contados.
 
3. El caso español a la luz de Grecia
 
El caso griego es una referencia que debería servir de guía no sólo al quehacer de la clase política española -y animarla a tomar medidas para identificar las inadecuaciones presentes y superarlas para preparar el futuro-, sino de aldabonazo al pueblo para que vigile el quehacer de sus dirigentes. La actual situación española pone en evidencia su inadecuación para hacer frente al entorno global: la crisis económica que padecemos es sólo un síntoma de una grave enfermedad que, larvada, puso de manifiesto la crisis mundial. Más que por la carencia de elementos de conocimiento y por falta de recursos de la sociedad española, la principal causa de la inadecuación tiene su origen en limitaciones políticas.
 
Los recursos necesarios para solucionar los problemas actuales no se circunscriben a los de carácter material: la demografía marca potencialidades de una sociedad, ya que ésta necesita capacidad para innovar y nivel tecnológico donde apoyarse. A ello se une la aptitud para emplearlos de forma armónica en la búsqueda del objetivo. La sociedad española dispone de recursos para hacer frente con éxito a las situaciones actuales, aunque estos decrecen a medida que la inecuación nacional aumenta. Los españoles estamos tenemos la capacidad suficiente para identificar problemas, deducir soluciones y gestionar la realidad. Contamos tanto con personas cualificadas como con medios técnicos para ello. Pero eso no es suficiente: esta capacidad por si misma carece de utilidad si no se sistematiza y orienta hacia una finalidad concreta.
 
Si la acción política se concreta en la aplicación de medios a finalidades concretas, en la España actual se da la circunstancia que la mayoría de las finalidades que determina la política guardan poca relación con los problemas que presenta un mundo globalizado, y que se están llevando por delante a Grecia. Habrá que preguntarse en primer lugar con qué criterio se fijan las prioridades políticas.
 
La patología más grave de la sociedad española para obtener una conciencia de la situación válida es la corrección política. Aunque esta circunstancia -que opone a la verdad objetiva otra “verdad” virtual adecuada a preconcepciones de contenido político- está generalizada en el mundo occidental, y en Europa en particular, en España se constituye el tipo de política habitual: lo políticamente correcto determina el proceso para la toma de decisiones, que afectan tanto al presente como al futuro del país. De esta manera, la corrección política impone un mundo virtual, un velo que impide el análisis de la realidad pero, a su vez, sirve para tomar decisiones sobre problemas que previamente no se han identificado, o lo que es lo mismo, sobre realidades prefabricadas, algunas incluso perteneciente al ámbito de la mitología ideológica.
 
Esa ficción se traslada a la opinión pública. Baste citar como ejemplos tanto la negación de la crisis económica o de la existencia de una guerra en Afganistán, o la existencia de problemas sin resolver sobre la Guerra Civil de hace más de 70 años, o que la solución de los problemas de la humanidad reside en el dictamen de las Naciones Unidas, o que la justicia universal sólo es aplicable desde cierto punto de vista ideológico. De esta forma el valor del conocimiento queda anulado y su lugar es ocupado por el voluntarismo, la ensoñación o la mitología ideológica.
 
Cuando una nación de más de cuarenta millones de habitantes -que hace poco había llegado a estar entre las diez primeras del mundo-, es gobernada sin la más mínima consideración por la complejidad del mundo real, y sus dirigentes políticos practican como norma el más ramplón cortoplacismo -a la vez que se pone en evidencia la erosión que esa praxis provoca en la cohesión del Estado-, se dan las condiciones para el fracaso colectivo. 
 
Para que la conciencia de la situación, que proporciona el conocimiento sea válida, tiene que referenciarse en el propio interés nacional para poder extraer conclusiones válidas. Esa “conciencia” no puede confundirse con la “visión” del líder, tiene que ser “útil”, compartida por las élites y conocida por la opinión pública. Este requisito se ha perdido en España.  
 
Aunque estemos en la era de la Información, todavía no conocemos las grandes pautas políticas y sociales que sustentarán el futuro, no sabemos si será necesaria una nueva Ilustración. Lo que sí parece evidente es que un requisito para que una sociedad pueda tener éxito es contar con una población de un alto nivel educativo, capaz adquirir “conciencia de la situación” y de adaptarse continuamente al ambiente global cambiante, mediante la continua innovación.
 
El actor ganador en un mundo globalizado es un estado fuerte, y su fortaleza es necesaria tanto para defender sus intereses en un ambiente multipolar como para proteger a su población y proporcionarle bienestar. La complejidad y alto ritmo de cambio en el contexto internacional requieren un seguimiento de la situación y la adopción de decisiones rápidas. La existencia de instituciones políticas consolidadas y fuertes es requisito político ineludible para la fortaleza del estado.
 
Para ello el poder político, democrático, tiene que ser sólido y no estar fraccionado, de forma que la organización estatal no represente una tara objetiva para la toma de decisiones como actor internacional. En el ámbito interno, el estado tiene que ser viable tanto política como económicamente. La evolución del Estado de las Autonomías en España es un factor de inadecuación que se torna insuperable.
 
La política exterior no se aprende en un curso acelerado. La actuación en el ámbito internacional de un país hunde sus raíces en la historia y su éxito depende, como todo, de la capacidad de adecuación. Para ello son necesarias una alta dosis de pragmatismo, una conciencia clara del interés nacional y la voluntad de aplicar los instrumentos de poder. Una política exterior basada en la renuncia preventiva del empleo de instrumentos de poder y en un diseño basado en un voluntarismo utópico acarrean el desprestigio y sin este requisito no hay política exterior que merezca tal nombre. El desarrollo del actual turno de la Presidencia europea demuestra la irrelevancia de la política exterior española. ¿Quién se acuerda de aquel “nos vamos a mojar” que pronunció el Presidente en su viaje a Palestina en Octubre de 2009?. Desprestigio e irrelevancia van de la mano. La política exterior de España es otro factor de inadecuación.
 
4. Y ahora, ¿qué?
 
En poco tiempo España se ha convertido en un estado frágil, justo cuando la sociedad española tiene por delante, en los años venideros, una ingente tarea, que es ni más ni menos que adecuarse a los tiempos. Para ello debe orientar sus esfuerzos en tres direcciones:
 
1. Reformar las instituciones. Es evidente que no funcionan. Una nación no puede progresar sin instituciones sanas, y las españolas no lo están. La organización del estado debe ser algo instrumental, no finalista. No es admisible que la propia organización del Estado sea el mayor problema para su funcionamiento, y distraiga las energías nacionales.
 
2. Educar para el mundo en que se vive y se va a vivir. Del pasado debe aprenderse para no repetir errores. Emplearlo como nutriente de la nostalgia es síntoma de fracaso. La instrucción en el correcto uso de la razón permitirá manumitirse de la esclavitud que supone la corrección política. Actualmente la educación en España no persigue un fin cognitivo, sino es un factor más para crear una sociedad igualitaria. Los españoles no se preparan ni se educan para afrontar los retos futuros.
 
3. Reclamar la responsabilidad a los políticos por su gestión. Los errores en política deben de pagarlo sus autores mediante su descalificación para el ejercicio de la misma. La mala gestión, los errores, no digamos la mentira y la manipulación, no pueden quedar impunes. Y en España lo están siendo.
 
Una nación que no piensa en su futuro no lo tiene. España está en la encrucijada La motivación del interés general debe presidir la actuación colectiva, tomemos nota de lo que señala Burnham. Debemos de apartar del horizonte la posibilidad de que en el futuro una de las opciones que se adopten para explicar el declive de España como entidad política, sea que fue provocada por una desmesurada entropía social producto del efecto combinado del colapso orgánico del estado y del inadecuado funcionamiento de sus instituciones políticas, lo que provocó una especie de ennui colectivo que anuló la vitalidad de su sociedad y, por lo tanto, la posibilidad de regeneración.


 

 
 
Nota


[1] BURNHAM James.The Machiavellians: Defenders of Freedom .Pp 34. The John Day Company, Inc. 1943. New York.