¿Hiperpotencia?

por Florentino Portero, 18 de diciembre de 2005

(Publicado en La Razón, 17 de diciembre de 2005)

La popularidad del Presidente Bush remonta, tras tocar fondo por la mala gestión del desastre provocado por el huracán Katrina, el gran escándalo que se quedó en casi nada sobre la identificación de una agente de la CIA y la crítica permanente por la presencia en Iraq.
 
Los demócratas y la mayor parte de los grandes medios de comunicación han vivido como una humillación los extraordinarios resultados cosechados por los republicanos en las pasadas elecciones y no están dispuestos a dar tregua hasta recuperar el control de las cámaras. En democracia el ejercicio de la oposición no es una opción, sino un deber, pero hay siempre unas reglas no escritas cuyo cumplimiento resulta tan importante como esclarecedor.
 
Henry Kissinger señaló tiempo atrás que uno de los grandes problemas con los que se enfrentaba Estados Unidos era la ineptitud de su clase dirigente para asumir unos retos internacionales a los que tendría que hacer frente quisiera o no. Ponía un ejemplo tan sencillo como evidente: una parte importante de los miembros del Capitolio no tenía pasaporte y muchos de los poseedores de tan singular documento apenas habían hecho uso de él. Estados Unidos es una excolonia que se fundó con la idea de aislarse de un mundo caótico, tratar de levantar una sociedad basada en principios morales y preservar la libertad. Su instinto aislacionista y su clase política, volcada en los asuntos internos y sin formación suficiente para actuar en política internacional, son una garantía de fracaso cuando se plantean retos en el exterior.
 
A diferencia del Reino Unido en su etapa imperial, Estados Unidos carece de una clase funcionarial altamente cualificada y respetada, capaz de actuar con relativa autonomía y de dotar de continuidad a políticas que requieren de una ejecución en el largo plazo. Tampoco dispone de una visión estratégica como la que dio sentido a la política francesa a lo largo del siglo XVII. Es verdad que la democracia no facilita la aplicación  de estrategias durante un período prolongado, pero ese es el reto de nuestro tiempo.
 
Los mismos demócratas que votaron a favor de la Guerra de Iraq hoy critican la decisión, como si no fuera con ellos. Acusan al Presidente de haber mentido, cuando ninguna investigación lo avala. Para menoscabar su prestigio están dispuestos hasta a presentar la campaña en Iraq como un fracaso, a pesar de que los hechos muestren exactamente lo contrario ¿Cuándo se ha ocupado un país de más de veinte millones de habitantes, derrotado a un ejército compuesto por cuatrocientos mil hombres, y contenido una insurgencia - guerrillera y terrorista - con un número de bajas apenas superior a las 2000? El programa político en marcha tiene el apoyo de más del 80% de la población, mientras que Al Qaeda cuenta con un respaldo político muy inferior al 20%. Las fases se van sucediendo y de nuevo los iraquíes serán convocados a las urnas, en esta ocasión para las primeras elecciones generales ordinarias. Los iraquíes apoyan el plan norteamericano, los terroristas pierden posiciones ¿por qué entonces ese derrotismo en Estados Unidos?
 
El que fuera Ministro de Asuntos Exteriores de Francia, el socialista Hubert Vedrine, una autoridad académica en la materia, acuñó el término “Hiperpotencia” para referirse a la situación de Estados Unidos tras la desintegración de la Unión Soviética. Ya no había bipolaridad, las “grandes potencias”, -Francia, el Reino Unido, Rusia, China, Japón o India- ejercían una influencia regional. Por el contrario, Estados Unidos proyectaba su poder sobre todo el planeta, era una potencia global.
 
Desde entonces, y en parte animado por el británico Niall Ferguson, un especialista en historia imperial, la clase dirigente americana se encuentra en un curioso debate sobre si son o no son un imperio. En términos clásicos imperio implicaría la conquista de territorios, pero bien podemos sustituir en el siglo XXI territorios por influencia. En cualquier caso, lo determinante no es la forma, sino el contenido. Se es hiperpotencia, imperio o como se quiera llamar, cuando se está dispuesto a ejercer ese poder con todas sus consecuencias. Si la sociedad y la clase política norteamericana no tienen estómago para soportar una crisis como la iraquí serán sólo una gran potencia más.
 
Los demócratas pueden volver a fracasar, como apuntan los sondeos, pero su maniobra tendrá graves consecuencias. Pueden dividir a la sociedad norteamericana pero, sobre todo, están revigorizando a los grupos islamistas que ven confirmado uno de sus postulados básicos: Occidente es tan corrupto como cobarde. Lo sucedido en Vietnam, Líbano, Afganistán y Somalia conformó una imagen estereotipada que da fuerza a los terroristas. Ellos mejor que nadie saben de su fracaso en Iraq: asesinatos sin fin que no consiguen bloquear el proceso político. Han visto como los jordanos, mayoritariamente islamistas, se han echado a la calle para insultar a su compatriota al-Zarqawi por los atentados en Amman. Pero la esperanza de una retirada norteamericana humillante les anima a seguir adelante.