¿Hacia una nueva "Revuelta de la Sémola" en Argelia?: contextualización de la crisis actual

por Carlos Echeverría Jesús, 12 de enero de 2011

 

Casi un mes después de que se iniciaran en Túnez revueltas juveniles que aún perduran -y que han provocado hasta el momento al menos 4 muertos-, asistimos al estallido de revueltas urbanas en Argelia también protagonizadas por jóvenes, y que igualmente son respondidas por el Estado argelino con una contundente represión, que ha provocado al menos 3 muertos. La cosa invita a reflexionar sobre si estamos en una reproducción de las revueltas de los años ochenta del siglo XX que tuvieron en cada país norteafricano donde se produjeron consecuencias diferentes entre sí.[1] En todas ellas el statu quo general se mantuvo, pues perduró el autoritarismo, si bien se produjeron procesos convulsos como fue el cambio en la jefatura del Estado en Túnez o el inicio de una transición política en Argelia que incluyó un accidentado proceso electoral interrumpido en 1992 y retomado poco después. En ambos países – Túnez y Argelia – el islamismo radical tuvo un protagonismo en ambos procesos -aunque con respecto a lo que aquí nos interesa ahora este fue marginal-, y ello a pesar de sus manifestaciones violentas, tanto en Túnez como, y sobre todo, en Argelia.
 
A la luz de esta breve introducción cabe pues preguntarse qué está pasando actualmente en estos dos países del Magreb, así como cuáles podrían ser las consecuencias inmediatas de los actuales disturbios.
 
1. Las revueltas de los ochenta del siglo XX y el estallido de las actuales
 
Tras las llamadas “Revueltas del Pan” en Túnez y en Marruecos producidas a mediados de los ochenta -cuando los precios de este y de otros productos básicos se dispararon en el marco de la aplicación de medidas de austeridad aplicadas por las autoridades de ambos países obedeciendo a las políticas de ajuste estructural que dictaba el Fondo Monetario Internacional (FMI)-, en Argelia se produjo a principios de octubre de 1988 la denominada “Revuelta de la Sémola”. En el gigante magrebí se respiraba un ambiente de fin de “reinado” cuando tras sucesivos errores de bulto el partido único, el Frente de Liberación Nacional (FLN), mostraba agotamiento en su liderazgo. Como también lo mostraban otras organizaciones del mismo perfil izquierdista y revolucionario en otras latitudes africanas y no africanas. El islamismo radical ya había mostrado su faz terrorista a lo largo de aquella década con la activación del Movimiento Islámico Armado (MIA) argelino, embrión de las posteriores materializaciones político-terroristas (el Frente Islámico de Salvación, FIS) y puramente terroristas (el Grupo Islámico Armado, GIA). Pero, a pesar de ello, ninguna de ambas organizaciones o a sus embriones –el FIS nació como partido político en 1989 y los albores del GIA se sitúan en suelo afgano-pakistaní en 1988 si bien nació formalmente como tal grupo terrorista en 1992– pueden ser acusadas de lanzar lo que desde entonces se conoce como el “octubre de 1988”. Aquella revuelta urbana fue protagonizada sobre todo por jóvenes y la represión masiva de la misma –se habla aún hoy de un millar largo de muertos en su aplastamiento aunque nunca llegará a saberse con exactitud el número de víctimas– provocó que el Estado, para salvarse, otorgara un proceso democratizador que fue precipitado y, por ello, irreflexivo y llamado en buena medida a tener un mal final, como así fue.
 
Se habló entonces, como decíamos, de la “Revuelta de la Sémola” y ello porque se originó como reacción a un encarecimiento brutal de los alimentos básicos comenzando por el más básico de la alimentación en el país: la sémola de trigo. Centros de abastecimiento estatales, propios de un Estado de economía dirigida como era entonces el argelino, otros símbolos del Estado e incluso alguna oficina del Frente Polisario fueron objetivo de los ataques de las airadas turbas. Hoy, veintidós años después, el objetivo de los manifestantes ha evolucionado, atacando oficinas bancarias o representaciones de telefonía móvil, pero en términos simbólicos sigue siendo el mismo: lugares emblemáticos que identifican a una nueva clase dominante que es, en buena medida, heredera de la existente en 1988. No olvidemos que el viejo FLN nunca desapareció sino que quedó insertado en el nuevo mapa político, multipartidista, surgido del proceso de democratización que con sus altibajos perdura desde 1989. De hecho, viejas figuras del FLN siguen ocupando puestos visibles del Gobierno –comenzando por el propio Presidente Abdelaziz Buteflika, un cuadro histórico del antiguo partido único– y, sobre todo, de la más discreta Administración y del mundo de las múltiples compañías estatales. Así, el Gobierno actual es fruto de la coalición entre el FLN y la Agrupación Nacional Democrática (RND, en sus siglas en francés) del Primer Ministro Ahmed Uyahia, organización surgida del antiguo partido único y por tanto trufada de cuadros de aquel o de nuevos políticos amamantados por la vieja organización matriz.
 
Si este es el balance que podemos hacer algo más de dos décadas después en Argelia, algo parecido podemos decir con respecto a Túnez. Aquí hubo revueltas del pan, hubo también tanteos terroristas a mediados de los ochenta –de la mano de grupos próximos al Movimiento de Tendencia Islámica (MTI) de Rachid Ghannouchi, que goza del estatuto de refugiado en el Reino Unido desde 1992 y cuya organización, a diferencia del FIS argelino, nunca fue legalizada[2]– y la fractura interna en el poder se produjo el 7 de noviembre de 1987. Ese día se produjo el primer y hasta ahora único “golpe de Estado médico” de la historia: un grupo de facultativos firmó un documento que declaraba al venerable líder del país, Habib Burguiba, incapaz de seguir llevando las riendas del Estado, y que permitía al General Zine El Abidine Ben Alí, antiguo jefe de los servicios de inteligencia y luego enviado al extranjero como Embajador, asumir su cargo. Tras esto hubo también, como en Argelia, elecciones, si bien aquí estuvieron lo suficientemente moduladas desde el poder para que no tuvieran que tomarse medidas tan visibles y traumáticas como fue la interrupción del proceso electoral de enero de 1992. En Túnez, los islamistas de Ghannouchi pudieron presentarse a las elecciones generales de 1989 como independientes –como de hecho han podido hacer los Hermanos Musulmanes en Egipto en 2005 pero no ahora, en noviembre y diciembre de 2010[3]-, y ello junto a otros siete partidos políticos que componen la domesticada oposición en un régimen que controla y mucho todos los movimientos de la sociedad. Ello no ha impedido que sucediera lo que ahora estallaba en diciembre de 2010: es decir, una revuelta espontánea de sectores juveniles de la población que sufren la frustración económica y política que genera el sistema en un mundo cada vez más abierto y global en el que no es difícil compararse con otros países y regiones. El detonante de esta revuelta espontánea de muchos jóvenes tunecinos no podía ser, además, más sórdido: el pasado 17 de diciembre un joven informático de 26 años en paro, Mohamed Bouazizi, se quemaba “a lo bonzo” tras serle requisado por la policía el carro de frutas y verduras con las que comerciaba ilegalmente para ganarse la vida en Sidi Bouzid, una pequeña ciudad interior en la zona central del país.[4] Es preocupante, además, observar cómo después de Bouazizi otros dos jóvenes, Abdelfatah Amer días después que él, y Ayub Alhammi el 3 de enero, han muerto ya quemándose de manera similar, una forma de protesta novedosa no sólo en Túnez sino en todo el orbe islámico donde el suicidio, prohibido por el Islam, sólo se ha ejecutado hasta la fecha como instrumento de combate por parte tanto de los terroristas islamistas como de elementos varios del bando iraní en la Primera Guerra del Golfo, es decir, la que enfrentó a Irán e Irak entre 1980 y 1988.[5]
 
En Argelia las revueltas comenzaban el 4 de enero, concentrándose en Argel y Orán pero extendiéndose rápidamente a otras ciudades, incluida en los últimos días Annaba, la principal población del este del país.[6] La extensión en esos primeros momentos a la localidad de Bumerdés, en una de las Wilayas –regiones- tradicionalmente más castigadas por el terrorismo yihadista salafista, permitía temer la posibilidad de una instrumentalización futura, al menos en ella, de unas protestas desligadas en principio de la manipulación del islamismo radical pues se lanzaban para protestar contra la subida de productos básicos como el aceite y el azúcar. Como ocurre en Túnez, las protestas argelinas no serán debidas sólo a frustraciones de tipo económico sino, que también serán reflejo de otras de tipo político, las mismas, todas ellas, que desde hace años arrastran a decenas de jóvenes a intentar la arriesgada travesía marítima clandestina hasta las costas europeas, principalmente las españolas.[7]
 
2. Los escenarios generados en Túnez y en Argelia por las manifestaciones actuales
 
El estallido de violencia se producía primero en Túnez y era seguido pocas semanas después por el de Argelia, pero de dicha constatación cronológica no debe de deducirse una interrelación entre ambos. En cualquier caso lo que sí está claro es que la información fluye entre ambas sociedades como también ha fluido la relacionada con las recientes elecciones celebradas en otro país norteafricano, Egipto, la frustración que han generado, y las consiguientes protestas, dentro y fuera de sus fronteras, por la evidente manipulación de las mismas por otro régimen celoso de perder el control del poder como es el que el Presidente Hosni Mubarak lidera con mano de hierro desde 1981. Incluso podríamos decir que otra revuelta también norteafricana y contemporánea de las aquí analizadas, la generada con el campamento espontáneo de carácter reivindicativo de Agdaym Izik, en las afueras de El Aaiún, y su desmantelamiento por las fuerzas marroquíes que ocupan el territorio no autónomo del Sáhara Occidental el pasado 8 de noviembre, debe de ser al menos citada en un análisis como es este que profundiza en el incremento reciente de las protestas sociales, y políticas, en el Norte de África.[8] Sin relación entre ellas, pero tratándose todas las situaciones citadas de protestas sociales y políticas –en Egipto son sobre todo políticas pero están alimentadas y mucho por el desaliento de una población que en términos económicos vive una crisis que se ha hecho endémica–, cualquier observador puede preguntarse si no estamos ante los momentos iniciales de un cambio estructural en la región. La pregunta es legítima y el análisis de las respuestas en su dimensión de seguridad es obligada, sobre todo para países próximos y muy interrelacionados con todos estos escenarios como es España.
 
Sería ingenuo pensar que las revueltas vividas en Túnez y en Argelia son reacción a tantas y tantas informaciones sobre corrupción y autoritarismo transmitidas a raíz de las filtraciones de Wikileaks.[9] Cualquier observador avezado de las cuestiones políticas y de seguridad no necesita de tales “ayudas” para tener una composición de lugar bastante completa de lo que ocurre en su país y en los circundantes, pero sí es importante destacar que, en lo que al Magreb respecta y en particular a estos dos países, tales filtraciones lo que sí han hecho ha sido dinamizar las redes sociales y los intentos no sólo de acceder a la información sino también de agilizar las comunicaciones y, con ellas, la coordinación entre individuos generando redes y grupos. Como consecuencia lógica de esto, el siguiente paso no era otro sino comenzar a movilizarse, y más aprovechando coyunturas concretas como son, para el caso tunecino, la eclosión de las frustraciones de capas de la población, sobre todo juveniles, que no encuentran respuesta a sus inquietudes mientras el Estado tunecino presume de sus resultados económicos ante sus valedores exteriores.[10] Además, la frustración acumulada durante más de dos décadas de régimen fuertemente autoritario ha llevado a que a los jóvenes se les vayan uniendo en las protestas otras capas y gremios de la sociedad: tal es el caso de los abogados, que el 6 de enero convocaban una huelga que ha tenido un notable seguimiento en todo el país, y más recientemente se han incorporado los profesores de los centros de enseñanza ante los tintes cada vez más dramáticos que están tomando las manifestaciones. El caso argelino es distinto porque aquí el Estado no puede presumir ni ante su población ni ante sus socios extranjeros de resultados boyantes. Además, el año que ahora se ha cerrado ha sido prolijo en resultados negativos en lo económico y en lo político pues comenzó con el descabezamiento de la compañía energética estatal “Sonatrach”, el 13 de enero, continuó con la perdida de sus carteras de dos ministros emblemáticos como han sido durante años Yazid Zerhouni, en Interior, y Chakib Khelil, en Energía y Minas, con el asesinato del Jefe de la Dirección General de la Seguridad Nacional (DGSN), el Coronel Alí Tounsi, realizado por uno de sus hombres, y terminó con crecientes rumores sobre la sucesión del Presidente Buteflika ante el aparente deterioro de su salud.[11] Además, la presentación en noviembre de los Presupuestos para el 2011 no hacían sino abundar en supuestas realizaciones y, con ello, mostrar de nuevo que los grandilocuentes proyectos de desarrollo anunciados a bombo y platillo durante esta década recién terminada, que por otro lado ha sido positiva en términos de macro magnitudes económicas, seguirán sin llevarse a término.[12] Recordemos que el mismo Presidente había anunciado a principios de 2010 programas de desarrollo para el quinquenio 2010-2014 por valor de 150.000 millones de dólares, con una fuerte fijación en las infraestructuras y en la vivienda: una promesa no creída, como tampoco se cree ahora el compromiso lanzado por el Gobierno en estos días, con el claro objetivo de calmar los ánimos, de que las subidas de los productos básicos serán revisadas en breve.[13] Lo que sí tienen en común ambos países, y que marcan una diferencia con respecto a las revueltas de hace algo más de veinte años, es que ahora ni las excusas de los gobiernos son creíbles, ni sus promesas serán escuchadas, ni la posibilidad de buscar una válvula de escape en la emigración masiva a Europa podría funcionar. Las excusas de los ochenta eran los planes de ajuste estructural para los casos de Egipto, Marruecos y Túnez, y la caída de los precios de los hidrocarburos y del valor del dólar a mediados de aquella década para el de Argelia; las promesas eran las de atraer la atención de los socios extranjeros a unas reformas que se ofrecían como novedosas; y la válvula de escape en la emigración aparecía como posible ante lo relativamente factible de la misma por la ausencia entonces de competidores como son hoy subsaharianos y asiáticos, y porque la Europa de entonces no era la UE exhausta económicamente y progresivamente cerrada que es hoy, sino la esperanzada Europa del fin de la Guerra Fría. Un cuarto factor que es importante, y al que antes ya hemos hecho alusión, es el demográfico: al manifestarse en estos últimos años los efectos más perversos de las políticas natalistas de las décadas posteriores a las independencias –recordemos que Argelia y Marruecos apostaron por ellas en términos estratégicos, para evitar que en el marco de su rivalidad permanente uno de ellos pudiera quedar en desventaja en términos de población frente al otro –, los aparatos del Estado no pueden ofrecer ya la válvula del empleo público como otrora, limitación esta que también se da en otras latitudes incluyendo a los países occidentales.
 
La interconexión en red se da ahora para producir movilizaciones y ello quita precisamente en la zona, más en Argelia que en Túnez, el casi monopolio que hasta ahora habían tenido los terroristas yihadistas salafistas, bien conocidos por explotar con éxito Internet haciendo de Al Qaida en las Tierras del Magreb Islámico (AQMI) una de las sucursales de ‘Al Qaida central’ que mayor aprovechamiento hace del ciberespacio para transmitir su mensaje y para tratar de atraer adeptos, desde Europa hasta el propio Magreb y el resto del continente africano.
 
3. Perspectivas de futuro
 
Si atendemos a las inercias que han funcionado hasta ahora, lo previsible es que tanto en Túnez como en Argelia las autoridades sean capaces de controlar la deriva social a través de una combinación de represión y de medidas económicas de contención. Lo más probable es que en términos políticos poco o nada cambie, siguiendo por otro lado la estela dejada por vecinos norteafricanos como Egipto –donde en septiembre de este año recién comenzado habrá elecciones presidenciales a las que, si su salud se lo permite, se presentará Hosni Mubarak para su ya sexto mandato– o Marruecos, donde la Monarquía está ralentizando el proceso de reformas que otrora crearon expectativas dentro y fuera del país. En Túnez el Presidente Ben Alí podría presentarse en 2014 a la reelección –en 2008 logró la última renovación electoral con un 98% de los votos emitidos- pero tendría que ser modificada para ello la Constitución ya que esta pone límite de edad (75 años) a los candidatos y el actual Jefe del Estado tendrá para entonces 78. En cuanto a Argelia, si el Presidente Buteflika aguanta física y políticamente podría aspirar a otra presidencia en las mismas fechas que su homólogo tunecino, en 2014, y ello tras haber renovado su mandato en las elecciones presidenciales de abril de 2009.[14] Un futuro parece pues venir definido por gerontocracias norteafricanas –Muammar El Gadaffi tiene oficialmente sucesor en su hijo Saif El Islam pero se aferra con gusto al poder, y en Marruecos el Rey Mohamed VI es joven pero lo que es anticuado es el sistema– gobernando a sociedades muy jóvenes e insatisfechas y teniendo como vecindades a una Europa demográficamente envejecida y políticamente débil y a un África Subsahariana demográficamente joven y políticamente convulsa: ¿qué peor escenario podíamos imaginarnos en España en términos de seguridad regional?
 
El problema es que el mundo circundante, y en particular la orilla norte del Mediterráneo, no se da por aludido ante esta situación, y ello no sólo porque como algunos firmemente creen debamos de temer a la posibilidad de que la alternativa a los líderes consolidados sean los islamistas radicales, sino también porque hay una gran falta tanto de imaginación como de sentido de responsabilidad entre los líderes europeos. Tras conceder la Unión Europea (UE) a Marruecos el Estatuto Avanzado, en 2008, tanto Túnez como Argelia vienen queriendo acceder también a un cambio de calificación por parte de Bruselas para no ser menos, y la políticamente débil Unión difícilmente pondrá a estas países condiciones inasumibles para otorgárselo. Ello, unido a la permisividad extrema de los socios comunitarios más próximos geográficamente a los Estados magrebíes (España, Francia, Italia, Portugal y Malta), permite que el statu quo no sólo perdure sino que sus elementos definidores más abyectos -corrupción, autoritarismo ciego, parálisis política y social y, como consecuencia en buena medida de todo ello, avance de los islamistas por doquier[15]- se consoliden. Algo que es muy lamentable para los verdaderos demócratas pues si el islamismo avanza las libertades tal y como las entendemos los liberales sufrirán más pronto que tarde de recortes, dentro y fuera del Magreb, y si la oposición no islamista se ve reducida a su mínima expresión, y esa es la tendencia, sólo nos quedará en poco tiempo la posibilidad de optar por dos grandes males. Lúgubre escenario pues este, el cual quienes aspiren a un liderazgo político con mayúsculas deberían resistirse a aceptar.


 

Carlos Echeverría Jesús (Madrid, 26 de marzo de 1963) es Profesor de Relaciones Internacionales de la UNED y responsable de la Sección Observatorio del Islam de la revista mensual War Heat Internacional. Ha trabajado en diversas organizaciones internacionales (UEO, UE y OTAN) y entre 2003 y 2004 fue Coordinador en España del Proyecto "Undestanding Terrorism" financiado por el Departamento de Defensa de los EEUU a través del Institute for Defense Analysis (IDA). Como Analista del Grupo asume la dirección del área de Terrorismo Yihadista Salafista.
 
 
Notas

[1] Tanto en Túnez como en Argelia los jóvenes representan una porción muy importante de sus poblaciones respectivas, cifrándose hoy en más de un 30% en ambos casos. Aunque hace años que la tendencia demográfica creciente comenzó a ralentizarse en todo el Norte de África, lo cierto es que hoy y en los próximos lustros se pagará el precio de haber tenido políticas fuertemente natalistas entre los años sesenta y ochenta del siglo XX, particularmente en los dos países más importantes en términos políticos y económicos del Magreb: Argelia y Marruecos.
[2] El antiguo MTI cambió su denominación a fines de aquella década pasándose a denominar, hasta hoy, En Nahda.
[3] Sobre las recientes elecciones generales egipcias y la contestación que han provocado véase nuestro análisis ECHEVERRÍA JESÚS, C.: “Lecciones de las elecciones egipcias” Atenea Diario Digital 15 diciembre 2010, en www.revistatenea.es.
[4] VILLAREJO, Esteban: “Magreb. La juventud contra las momias del poder” ABC 9 enero 2011, p. 36.
[5] “Tercer muerto a lo bonzo en Túnez” El País 8 enero 2011, p. 6.
[6] CEMBRERO, Ignacio: “La protesta por la crisis estalla en Argelia” El País 7 enero 2011, pp. 1-2.
[7] La experiencia, con frecuencia dramática, de los conocidos como “harragas”, novedosa con respecto al caso de los vecinos marroquí y tunecino, está muy presente tanto en las medidas de carácter interno – control de la fachada marítima e iniciativas incluso de carácter religioso (emisión de ‘fatuas’ o decretos religiosos y referencias recurrentes en los sermones de los imames) para disuadir a los posibles candidatos a la emigración irregular –, como en las exteriores que tienen que ver con vecinos como España o Italia. Véase “Rahmani: “Les mesures strictement sécuritaires ne réglent pas la question de l’immigration clandestine” El Moudjahid (Argelia) 1 noviembre 2010, p. 25.
[8] “Sáhara Occidental. Paisaje tras la batalla” Informe Semanal de Política Exterior nº 723, 29 noviembre 2010, pp. 4-5.
[9] CANALES, Pedro: “Los efectos del fenómeno en el Magreb. Wikileaks favorece las alternativas democráticas” El Imparcial 20 diciembre 2010, en www.elimparcial.es.
[10] Véanse a título de ejemplo de filtraciones comprometedoras las referidas al propio círculo familiar del Presidente Ben Alí en CANALES, P.: “El régimen de Ben Alí en el punto de mira” El Imparcial 13 diciembre 2010, en www.elimparcial.es.
[11] La caída de la cúpula de “Sonatrach” se debió a una detallada investigación realizada por los servicios de inteligencia del país, la Dirección de Investigación y de Seguridad (DRS, en sus siglas en francés, heredera de la antigua Seguridad Militar), un instrumento clave del Estado argelino desde siempre y más en los tiempos de crisis como los actuales y los que, previsiblemente, se avecinan. Sobre la operación contra “Sonatrach”, que aún debe de ser seguida de un juicio en el que se puedan demostrar las acusaciones, véanse “Argelia. Operación anticorrupción en Sonatrach” Informe Semanal de Política Exterior nº 683, 1 febrero 2010, pp. 5-6, y BOUFATAH, Mohamed: “Affaires de la Sonatrach et l’autoroute est-ouest. Les aveux du procureur general” L’Expression (Argelia) 4 noviembre 2010, p. 3.
[12] Entre otros logros a destacar está el del pago de la totalidad de la deuda externa del país, un verdadero fardo que en los años noventa alcanzaba alrededor de los 30.000 millones de dólares y que lastraba la credibilidad exterior del país uniéndose a otra lacra igualmente preocupante: el sanguinario terrorismo yihadista salafista que azotó a Argelia provocando una cantidad enorme de muertos (los datos más pesimistas la acercan a los 200.000).
[13] El Presidente Buteflika podría sobreponerse a las dificultades actuales si la salud y los siempre complejos equilibrios internos se lo permiten, y ello aún cuando cada vez más análisis dan ya por casi seguro un cambio de régimen en el país. Véase en este último sentido CANALES, P.: “El post-Buteflika comienza en Argelia: Seguidores y adversarios se posicionan frente al cambio de régimen” El Imparcial 6 noviembre 2010, en www.elimparcial.com.
[14] Para el caso argelino es difícil predecir qué impacto podrían tener las filtraciones de Wikileaks sobre asuntos de corrupción en la cúpula del poder. Este país sigue teniendo la prensa más libre de todas las norteafricanas, y esta ya ha profundizado en estos asuntos si bien aún hay mucho por destapar y, sobre todo, muchos procesos judiciales que llevar a término para convertir, o no, sospechas y acusaciones en hechos demostrados. Véase CEMBRERO, I.: “Argelia: la corrupción alcanza a los hermanos de Buteflika” El País 17 diciembre 2010, p. 5.
[15] El avance de los islamistas se produce no sólo como respuesta al vacío dejado por una oposición no islamista débil, dividida, marginada desde el exterior y reprimida ciegamente en casa, sino en ocasiones también gracias a los devaneos de instrumentos o personas que sí están apoyadas desde fuera pero que adolecen de ópticas equivocadas. El veterano opositor tunecino Moncef Marzouki, líder del Consejo Nacional por las Libertades, es conocido por sus flirteos tradicionales con los islamistas pero para algunos occidentales parece el único opositor a considerar. Ello hace el juego al empeño represor del régimen tunecino y distrae esfuerzos que podrían dirigirse hacia otros líderes y grupos más constructivos en su aproximación a un futuro democrático y de progreso en el país. Lo mismo ocurre con respecto a Hocine Aït Ahmed para el caso argelino: en el exilio desde hace décadas, líder del Frente de Fuerzas Socialistas (FFS) y miembro de la Internacional Socialista, todo ello le ha dado tradicionalmente credibilidad ante las miradas occidentales – al igual que ha ocurrido con el ex Presidente Ahmed Ben Bella, derrocado en 1965 – haciendo así pasar casi desapercibidos sus peligrosos acercamientos a los islamistas del FIS y de otros grupos ejecutados con el único fin de hacer oposición contra el régimen y de saldar viejas, y para el caso de Ben Bella viejísimas, cuentas.