Hace nueve años

por Florentino Portero, 12 de septiembre de 2010

 

(Publicado en ABC, 11 de septiembre de 2010)
 
Aquel mediodía de septiembre quedará en la memoria de muchos de nosotros. Fue uno de esos momentos en los que una sociedad comprende cuáles son las claves del tiempo que le toca vivir. Es verdad que aquellos hechos habían sido anunciados por académicos y que informes del Congreso de los Estados Unidos y de la propia comunidad de inteligencia recogían con gran precisión lo que se nos venía encima. Pero cambios tan significativos son difíciles de asumir sólo a través de la razón. Al fin y al cabo no es nuestra capacidad racional sino nuestra dimensión sentimental y moral lo que más nos caracteriza. Recuerdo que aquella noche Urdaci, entonces al frente de los informativos de TVE, me comentó con sorpresa que los telespectadores no parecían cansarse de contemplar, una y otra vez, aquellas terribles e impactantes imágenes. Había que verlo para creerlo, porque la conclusión era evidente: ya nada sería igual. El desplome de las Torres Gemelas enterraba entre sus escombros los restos que pudieran quedar en pie de la Guerra Fría, de la tensión bipolar, de la rivalidad entre las dos grandes superpotencias. De hecho una de ellas se quedó en el camino. Tras las nubes que cubrieron durante horas Manhattan se vislumbraba un nuevo escenario internacional que recordaba las discutidas premoniciones del profesor Huntington sobre el «choque de civilizaciones».
 
Poco a poco nos fuimos familiarizando con las características del nuevo entorno estratégico. Comprendimos que el fracaso de décadas de gobiernos nacionalistas en estados musulmanes había generado más expectativas que resultados; que las nuevas generaciones se veían abocadas a la emigración o a la revolución ante la falta de trabajo y el escándalo de unas clases políticas corruptas e incompetentes; y que el viejo fundamentalismo islámico, al que dimos en llamar «islamismo», reaparecía como la única alternativa viable a los ojos de muchos musulmanes. El discurso de que la decadencia del Islam se debía a su contaminación por la asunción de valores occidentales y la corrupción de sus gobernantes, meros vasallos de los intereses norteamericanos y europeos, comenzaba a calar en una sociedad que apenas tenía conocimiento de la filosofía liberal. Los radicales habían fracasado al intentar imponer sus posiciones en cada uno de sus estados, lo que les había llevado a plantearse la Yihad en un marco global: humillando a Occidente lograrían ¡por fin! ganar la confianza del hombre de a pie y derribar los gobiernos «corruptos» que impedían el renacer del Islam. Derrotar a las potencias occidentales tenía así una doble finalidad: si por una parte se movilizaba a la Umma —la comunidad de los creyentes— en su favor, por otra se castigaba a quien trataba de someterles y destruirles por contaminación ideológica.
 
La Administración Bush, que había llegado a la Casa Blanca con un programa de corte aislacionista y que quería concentrar su atención sobre América Latina y el área del Pacífico, se vio obligada a revisar a fondo sus planteamientos y a desarrollar una nueva estrategia nacional, en paralelo con lo que le ocurrió a la administración presidida por Harry Truman en los primeros días de la Guerra Fría. La «Doctrina Bush» se redactó desde una claridad moral irritante para muchos europeos, pero característica de lo que todavía es la sociedad norteamericana. Estados Unidos se encontraba en guerra, el enemigo no era un estado o un grupo, sino una corriente ideológica presente en estados y agrupaciones sitas aquí y allá. El campo de batalla fundamental era la calle, porque allí se dirimiría la batalla entre islamistas y moderados. Una calle presente en Asia, en el Mundo Árabe, pero también en Europa y Estados Unidos. Se combatiría allí donde se presentara batalla, al tiempo que se presionaría a los gobiernos musulmanes para desarrollar sus capacidades y dar respuesta a las legítimas demandas sociales de trabajo, sanidad, educación, justicia y libertad.
 
La Doctrina Bush produjo un importante debate en Estados Unidos y otro mucho más agrio en Europa. El resultado fue la división de la sociedad norteamericana, la crisis de la Alianza Atlántica y la atonía europea en materia de política exterior, de seguridad y defensa. Las esperanzas despertadas por la llegada de Barack Obama a la Presidencia se han ido desvaneciendo. No ha sido capaz de proponer una alternativa a la Doctrina Bush, limitándose a ofrecer una versión descafeinada, algo más apta para los delicados estómagos de los progresistas norteamericanos y de los europeos en su casi totalidad. Sus promesas de una diplomacia alternativa se han quedado en iniciativas tan bienintencionadas como estériles. Próximo a alcanzar el ecuador de su mandato ha fracasado en casi todos los grandes temas de la acción exterior, lo que unido a la reforma del sistema de salud y a la estrategia económica seguida le puede llevar a algo que nadie en su sano juicio se hubiera atrevido a profetizar hace sólo un año: perder el próximo 2 de noviembre el control de las dos Cámaras del Congreso ante un Partido Republicano renovado desde un compromiso con sus valores tradicionales, aquéllos que dejaron su inequívoca impronta en los documentos de estrategia publicados por la Administración Bush.
 
Los paralelismos entre Truman y Bush son evidentes: ambos personajes tuvieron que hacer frente a un reto que no esperaban y ambos establecieron las líneas maestras de una estrategia destinada a perdurar durante una larga guerra. Pero también son evidentes la diferencias: si la Guerra Fría unió a europeos y norteamericanos, la guerra contra el islamismo los ha separado. Más aún, ha producido grandes divisiones en el seno de cada país. El problema ya no es tanto de diferencias en el terreno de la estrategia, porque de hecho Obama ha confirmado el legado Bush, como de voluntad. ¿Estamos dispuestos a combatir hasta el final en Afganistán? ¿Vamos a emplearnos a fondo para promover cambios en el Mundo Árabe? ¿Vamos a impedir que Irán acceda a la bomba atómica?
 
En los próximos meses los Estados miembros de la OTAN tendrán que enfrentarse a la aprobación de un nuevo «Concepto Estratégico» y, sobre todo, a la revisión de la estrategia seguida en Afganistán. Estamos muy cerca del momento de la verdad, de la renuncia a la victoria o de la refundación de la Alianza Atlántica ante una amenaza que ya no es tan nueva. El mulá Omar, líder histórico de las fuerzas talibán, tiene razón cuando afirma que pueden estar muy cerca de derrotar a Estados Unidos, como antes lo hicieron con la Unión Soviética. Si a este hecho sumamos en breve el acceso de Irán al club nuclear nos encontraremos en un entorno muy peligroso que, en el mejor de los casos, nos acompañará durante décadas. Será el resultado de nuestra voluntad de ignorar la realidad tal cual es y de nuestra crisis de valores. La guerra no habrá acabado. Afganistán, Pakistán, Irán son frentes de un conflicto de dimensiones mucho mayores, pero la victoria final será mucho más complicada.