Guerras intangibles

por Manuel Coma, 13 de diciembre de 2010

 

(Publicado en La Razón, 12 de diciembre de 2010)
 
El que consigue ocupar el terreno más elevado goza de una ventaja sobre sus adversarios. Y en la guerra del futuro se trata del espacio exterior y del cibernético. En el primero, los americanos cuentan con una primacía indiscutible, que tratan de preservar aún a costa de oponerse a cualquier igualdad de derechos para sus competidores, una Rusia en retroceso y China en avance. En el espacio cibernético tratan de consolidar una superioridad mucho más discutida y el tema es tan importante que han creado un mando militar específico, como los territoriales y funcionales que se reparten el mundo y las modalidades de guerra. En este espacio, donde casi todo es virtual, los daños  son sumamente reales y de magnitud ilimitada. Desde robar unos datos hasta paralizar un país. Hay, naturalmente, defensas y ataques. Y a pesar de las ventajas americanas, el campo de batalla está más nivelado. Wikileaks acaba de mostrar una de las vulnerabilidades americanas, fruto, sin duda, de una de las notables negligencias de Washington en la protección de sus datos. Eso tiene remedio, es una mera cuestión de procedimientos. Pero nunca se sabe dónde puede revelarse un punto débil, al alcance de todos los que dominan la tecnología, la mayoría de los cuales, y muchos de los buenos, no llevan uniforme.

El tema preocupa desde hace años. Antes del 11-S, hace más de una década, voluminosos informes parlamentarios habían señalado el doble peligro de un ataque terrorista con armas de destrucción masiva o por medios cibernéticos. Al final, el gran ataque se hizo con «cutters» y aviones civiles, pero el peligro no ha desaparecido. Los rusos lo materializaron contra Estonia como intimidación y contra Georgia como arma de guerra. Wikileaks ha revelado el secreto de polichinela de que los chinos atacaron los incómodos servidores de Google en su país. También se pasearon por los ordenadores de las campañas de Obama y McCain, sin destruir nada. El más eficaz de los ataques fue, en los últimos meses, el del gusano «Stuxnet», que invadió los ordenadores que controlan el enriquecimiento de uranio en Irán. Un bonito método de prevenir un ataque mucho peor.