Guerra y paz

por Manuel Coma, 15 de diciembre de 2009

 

(Publicado en La Razón, 14 de diciembre de 2009)
 
Nada mejor para agradecer un premio Nobel de la Paz por el que no se ha hecho ningún mérito, que un discurso defendiendo la guerra. Los merecimientos de Obama estaban en su retórica pacifista, que si duda se corresponde con su formación intelectual y su círculo de amistades. Las palabras se las lleva el viento pero pueden dejar profundas huellas. En su caso tremendas heridas a los intereses americanos y occidentales y a la estabilidad del mundo. De momento ha cambiado y ¡menuda ocasión para anunciarlo! No sabemos con qué grado de sinceridad, por cuanto tiempo y sólo atisbamos el porqué. Internamente su caída de popularidad, que ya se ha consolidado por debajo del 50%. Externamente los nulos réditos producido por el discurso de El Cairo, la inconmovible intransigencia iraní, la impermeabilidad del Oriente Medio a las bellas palabras y las ineludibles exigencias de Afganistán, donde se ve atrapado por sus posturas electorales, sin duda en contra de sus más íntimos deseos. El incesante discurseo de Obama se estaba convirtiendo en un ritual demasiado previsible y ahora nos ha dado la sorpresa. Ya la última parte de su discurso del 2 sobre Afganistán estaba en la línea de las más rancias tradiciones americanas.
 
Tópicos, se puede decir. Pero tópicos con los que América se ha encarado históricamente con el mundo y a los que él había pretendido darles la vuelta, como un calcetín. Palabras demasiado chocantes en su boca como para ser desdeñadas. Le queda por delante su oración climática en Copenhague. Se enfrenta a un tema que también es enormemente divisivo y de magnas consecuencias económicas. Nos dará la medida de hasta dónde gira hacia el centro o pretende nadar entre dos aguas. Para él, peligroso a diestro y a siniestro.