Gaza otra lección que aprender

por Joseph Stove, 22 de enero de 2009

El episodio violento de Gaza, que se desencadena en los últimos días de 2008, es un capítulo más del actual caos o ausencia de orden internacional. La reacción de las sociedades occidentales -no podía ser de otra manera-, se corresponde con la más ortodoxa “corrección política. No en vano es uno de los rasgos postmodernos que han asimilado y que se ha convertido en una de sus mayores vulnerabilidades.
 
Desde el comienzo de su existencia, el estado de Israel -creado por las Naciones Unidas en 1947- ha superado la agresión en sucesivas guerras de sus vecinos árabes mediante la victoria militar en términos convencionales, en todas las sucesivas guerras, la última la del Yon Kippur en 1973. En esas ocasiones, el empleo del poder militar fue suficiente para garantizar su existencia. A partir de esa fecha, Israel no se ha enfrentado con los estados vecinos. La amenaza se había encarnado en la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que empleó el terrorismo y que, posteriormente, llevó a cabo ataques contra Israel desde el Líbano, país este convertido en un estado fallido después de la guerra civil. Para garantizar su defensa, en 1982 el Ejército israelí atacó el sur del Líbano y ocupó una franja de seguridad que mantuvo durante 20 años. Durante este periodo se crea la versión libanesa de la iraní Hezbollá.
 
Las “intifadas”, fueron el arma elegida por Arafat para conseguir los fines de la OLP evitando el poder militar de Israel. La primera, en 1987, dio sus frutos con los acuerdos de Oslo de 1993, cuando se crea la Autoridad Nacional Palestina. Entonces quedó demostrado que el victimismo, como arma propagandística, es poderosa. El resultado es que una entidad no-estatal, la OLP, que desde su creación empleó métodos violentos -claramente definibles como terroristas-, consigue reconocimiento como interlocutor, y firma acuerdos con un estado. Desde entonces, Israel tiene el deber de obligarse según el derecho internacional y el otro no responde ante nadie. La segunda intifada, año 2000, denominada de al A-qsa, tiene lugar en plena jihad. En vez de piedras se emplean las acciones terroristas puras y duras, incluyendo suicidas. El estado de Israel responde con asesinatos selectivos y se le acusa de no cumplir las Convenciones de Ginebra. Además, la creación de la entidad jihadista Hamás materializa el cisma en el bando palestino.  
 
La destrucción de Israel, ya no es objeto de deseo de los estados árabes, sino que es objetivo principal de la jihad como pieza esencial de su ataque a Occidente. En este contexto hay que analizar la situación. Israel sabe que el islamismo radical es un problema sin solución. Lo que los occidentales consideramos potencialidades (diplomacia, poder militar, economía, etc.) son inútiles ante el fenómeno jihadista. Israel está situado geográficamente en el futuro Califato, y su población es atacada en su territorio desde el exterior. El estado hebreo sabe que el instrumento militar no va a solucionar el problema, pero no le queda otra alternativa que emplearlo para sobrevivir, es un problema existencial.
 
La provocación de Hezbollá en el verano de 2006 desencadenó la acción militar de respuesta israelí en el sur del Líbano. Esa campaña ha sido, y es, objeto de estudio por parte de especialistas militares de todo el mundo, existiendo la opinión ampliamente compartida, de que es el modelo de las guerras por venir: El estado contra un actor no estatal. Las Fuerzas terrestres israelíes fueron atraídas hacia un terreno perfectamente preparado para la defensa contra medios acorazados, integrado en zonas pobladas y con gran cantidad de medios. Respondía perfectamente a lo necesario para hacer frente a las tácticas que iban a emplear los israelíes. El combate fue costoso, de resultado incierto, pero la victoria fue atribuida mediáticamente -y por lo tanto políticamente- a Hezbollá. Los daños causados por los ataques aéreos israelíes no consiguieron influir en la acción terrestre y, sobre todo, no consiguieron disuadir a los jihadistas.
 
“Nos sorprendieron sin preparación”, este es el diagnóstico de un experto israelí de la guerra de 2006. Las lecciones fueron abundantes. Se constató que ante un actor no estatal la disuasión no funciona, que asimila las pérdidas de su población como una inversión a nivel mediático, que su concepto de victoria cae fuera de los márgenes de nuestra cultura. “Ganan siempre que no sean derrotados, nosotros perdemos siempre que no ganemos”. Israel no fue derrotado, pero perdió. A nivel político se consiguió el reconocimiento de facto de Hezbollá como actor internacional y se recurrió al socorrido, manido, oneroso e ineficaz procedimiento de establecer en el Sur del Líbano una fuerza de la ONU, con un mandato que todos conocían que era papel mojado. Cuando Hezbollá lo decida, esas tropas tendrán que irse.
 
El caso de Gaza es parecido. Después de los enfrentamientos fraticidas entre palestinos, Hamás tomó el control de la franja. La tregua que mantiene con Israel la rompe y el 27 de diciembre de 2007 inicia el lanzamiento de cohetes y morteros contra poblaciones israelíes. La respuesta judía es contundente, su aviación ataca diversos objetivos que no logran detener los lanzamientos y obligan a emplear fuerzas terrestres. El ataque está planeado al detalle y las lecciones del Líbano, de 2006, aplicadas. La Brigada Paracaidista y la Acorazada Givati lideran el ataque. La infantería precede a los blindados y comienza una laboriosa y lenta operación. Gaza no es el Sur del Líbano, el combate se realiza en zonas edificadas y pobladas. Las trampas explosivas, morteros y los francotiradores son las amenazas a que tienen que enfrentarse los soldados hebreos, Hamás actúa entre la población civil. Se logra eliminar o detener a gran parte de los miembros de Hamás y destruir infraestructuras (túneles, talleres, almacenes, rampas de lanzamiento, etc.). Durante las operaciones, las presiones para un alto el fuego son enormes.
 
En los próximos días y meses veremos las consecuencias del conflicto, pero ya hay importantes resultados. Israel es un estado, una democracia de corte occidental, acosado por actores no-estatales que lo desgastan continuamente. Esos actores, patrocinados por otros estados, se amparan en un derecho internacional, que no está concebido para su existencia, para eliminar al estado judío. La táctica es poner a Israel en un dilema, no dejarle otra salida que defenderse y cuando lo hace, implorar el humanitarismo para su descrédito. ¿Cómo es concebible que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas apruebe una resolución pidiendo un alto el fuego entre un estado, miembro de esa organización, y una entidad considerada terrorista y acusada de crímenes contra la humanidad, que ha atacado el territorio del primero? Cuando esto ocurre, cuando la ONU no ampara a sus miembros, es que el orden mundial brilla por su ausencia
 
El enemigo Jihadista es nihilista, global, supranacional, de estrategia a muy largo plazo, organizado sobre una idea -sin elementos materiales- que constituye su única lealtad, que no necesita al estado como organización sino que lo combate, que acepta sacrificios sin límite, porque sus conceptos de vida y muerte nada tienen que ver con los nuestros, que sabe que en el concepto de bienestar reside la mayor vulnerabilidad de occidente y ese es el centro de gravedad que hay que atacar: Wall Street, el ciberespacio, el precio de la energía, sus centros de ocio, las arterias de sus ciudades, esos son los objetivos a atacar. En resumen: hay que imponer el miedo. El día que Israel sucumba a ese miedo habrá comenzado el último tramo de Occidente, porque el estado, la base de su orden político, habrá iniciado su definitivo declive.