Evo Morales: la explotación política del mito del buen salvaje

por Gregorio Cristóbal Carle, 15 de octubre de 2008

La filosofía ha sido una disciplina y una necesidad tan buena como nefasta para la humanidad. Igual que ha iluminado su pensamiento, buscando las razones de su existencia y evolución, ha logrado lanzar al ser humano a los abismos de la mentira y la falacia, forjando y recreando una serie de  teorías que han servido de excusa para protagonizar los episodios más oscuros de su historia.
 
Uno de los dogmas más voluntariosos - sin lugar a dudas- es el que hace referencia a la invención, ficción o mito del buen salvaje. Nacido como consecuencia de la llegada de los españoles a tierras americanas, y posteriormente explotado impunemente por los pensadores de la ilustración, ha instituido una serie de ideas rocambolescas, carentes de rigor y de la racionalidad necesaria y que,- aún a sabiendas- ha conformado el exótico evangelio de buena parte de los sectores políticos y sociales vinculados a las posturas más radicales de la izquierda
 
Uno de los más meritorios eruditos y constructores de dicha falacia -que aún perdura en nuestros días- fue el iluminado y reaccionario Jean-Jacques Rousseau, precursor de la doctrina comunista e inspirador intelectual -sin saberlo- de lo que tres centurias más tarde sería conocido en Latinoamérica como la corriente política del “socialismo del siglo XXI”.
Lógicamente sus actuales dirigentes no conocerán dicho extremo ni por asomo, a tenor de la pobreza intelectual que han demostrado a lo largo del ejercicio de sus respectivos mandatos.
 
Una teoría que entiende el progreso y la ciencia como los males mayores que acechan a la humanidad y que, lejos de haberla hecho avanzar en libertad, sería la principal causa de su corrupción y posterior declive. El revolucionario Rosseau reconoce la existencia de un hipotético hombre tribal pre-social y cercano al Creador como la única posibilidad de ser verdaderamente libre y feliz… el mito del buen salvaje estaba servido para ser utilizado por los ignorantes en asuntos sociales, necesitados de una utopía fundamentada en un supuesto y presunto buenismo de la condición pura del hombre.
 
Llegados a este punto es urgente y necesario arrojar alguna luz sobre la falsedad de dichas afirmaciones. En este sentido está ya más que demostrado que los indios que poblaron América antes de la conquista española no vivían en paz y armonía, por mucho que se proponga transmitir a la humanidad ese ministro boliviano que se jacta de leer en las arrugas de los aymaras porque las obras escritas le producen alergia - el canciller Choqueuanca, para más señas-. Esa teoría histórica, carente de base racional y argumento que la sostenga, es otra falacia más del indigenismo moderno latinoamericano, revitalizada y mitificada aún más, si cabe, por el iluminado Chávez y sus apéndices revolucionarios en la región.
 
Los intereses territoriales y las ansias de poder han existido desde que el hombre habitó la tierra, y son intrínsecos a su naturaleza -ellos representan un ejemplo actual y vivo de dicha realidad-. En consecuencia los indios crearon ciudades, adoraron a sus dioses, se enfrentaron entre sí, batallaron y murieron igual que el resto de sus contemporáneos- eso sin contar con los sacrificios rituales que practicaban buena parte de las etnias de la época.
 
Pero la a teoría que maquinó Rousseau consta de una segunda parte mucho más ingenua y peligrosa para la condición humana, como así lo han demostrado los hechos históricos. Plasmada en la obra “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres” (1755) éste pseudo-panfleto libertario sirvió al extravagante autor para elucubrar y hacer pública su denuncia sobre las perversas consecuencias derivadas del reconocimiento de la propiedad privada como causa de toda desigualdad, injusticia, guerra o asesinato.
 
La falacia, corregida y aumentada, ha seguido alimentando el ideario idílico- revolucionario y tribal de los actuales representantes del socialismo del siglo XXI, constituyendo uno de los sagrados principios que deben inspirar todos sus actos. Ahora resulta que los indígenas, asumiendo una fe ciega en el colectivismo, nunca han tenido nada propio -una culpa imputable al sistema que reconoce la propiedad privada como pilar de la vida en sociedad y el desarrollo de las naciones-.
 
Habrá que refrescar la memoria de Evo Morales mostrando su roussoniana y contradictoria lucha contra el capitalismo opresor cuando aplica criterios de rentabilidad para llevar a cabo los procesos de nacionalización, y no muestra ningún interés en rescatar, estatalizando, empresas en situación de crisis -el caso de la compañía aérea de bandera LAB-. O cuando, renunciando a la firma de cualquier Tratado de Libre Comercio si accede a integrar al país en otras estructuras económico-comerciales de carácter subregional e inspiración marxista, que -contradiciendo unos principios presuntamente revolucionarios- realizan intercambios comerciales respetando escrupulosamente los postulados del libre mercado… que decir del cinismo intrínseco a la figura del dictador Hugo Chávez Frias, cuyo gobierno tiene garantizados los ingresos del petróleo a través de las ventas que realiza al imperio USA.
 
La falsa demagogia de la teoría indigenista no termina ahí. Si atendemos su imaginario la wiphala es el estandarte de la patria ancestral de los Qhishwa - Aymaras, identificación nacional cultural de los andes y emblema de la nación colectivista y armónica, aunque en la actualidad dicha bandera se haya constituido en el símbolo del renacer indígena en la totalidad de los territorios latinoamericanos. Los impulsores de esta romántica y necia idea -entre los que se encuentra, como no, el Presidente Morales- fenecerían si llegaran a conocer los recientes estudios históricos que sitúan la wiphala como uno de los símbolos utilizados por los Tercios de Flandes -unidades militares más características de la España de los Austrias- que lucharon por la conquista de los Países Bajos.
 
Siguiendo la línea argumental de esa explotación victimista del mundo y la sociedad el Sr. Morales Ayma ha propuesto, en la nueva Constitución Política del Estado una nueva bandera patria que combinará la nacional actual con la indígena whipala, … ¡si el libertador Sucre levantara la cabeza…!
 
Por si no fuera suficiente tanta manipulación, el mito del buen indígena debe ir acompañado de los necesarios gestos y poses, tan bien interpretados por la nomenclatura. En este aspecto es innegable que el Presidente Morales es un alumno aventajado, y que las insumisas y mediáticas ongs desarrollan una labor impecable, encargándose de transmitir a la perfección esa imagen idílica de vuelta a la ensoñación del pasado.
 
El indigenismo también tiene su importante dosis de marketing ¿no? Basta con observar y analizar el significado de la chompa con la que Evo Morales realiza sus periplos internacionales- de diseño, pero chompa a la postre-, o como el oficialismo ha llegado a reinventar la escenificación de los ritos milenarios aymaras, a los que el caudillo masista es tan aficionado. O como, olvidando los desmanes cometidos por el gobierno indígena de Bolivia, se instrumentó un operativo internacional, avalado con los petrodólares chavistas para impulsar la  candidatura del indiecito- así le gusta autodenominarse- al Premio Nobel de la Paz. O, sin ir más lejos, como se fomenta el racismo y el odio hacia cualquier símbolo mestizo o blanco, tratando de transmitir la idea de que constituyen la oligarquía a batir por las fuerzas étnicas que representan los valores auténticos de la nación andina. 
 
Una gran mentira, pero, una falacia perfectamente construida y publicitada con resultados nefastos. Si atendemos a los datos reportados por el informe anual del Índice de Desarrollo Democrático de América Latina -elaborado por la Fundación Konrad Adenauer- la adaptación del pensamiento de Rousseau al discurso del nuevo socialismo latinoamericano ha situado a Bolivia, Venezuela y Ecuador como los países con menor desarrollo democrático del continente.
 
Los hechos lo demuestran, el mito del buen salvaje se adapta a la realidad de los tiempos modernos creando un discurso apocalíptico basado en  el racismo y la venganza y apoyado en los movimientos sociales que deben hacer valer sus endogámicos ideales sobre los principios de la democracia y el estado de derecho. Se trata de vencer a toda costa, conformando un bloque antisistema que utiliza cualquier recurso para alcanzar sus objetivos al grito de ¡Ha llegado nuestra hora!
 
Actualmente la recuperación de ese presunto poder en Latinoamérica forma parte del cartel reivindicativo de las dictaduras socialistas. Esa visión histriónica y distorsionada del pasado, fundamento de la intransigencia y el racismo militante de sus líderes constituirá la causa principal de su ocaso y ruina definitiva.

 
 
Gregorio Cristóbal Carle, es Consultor Internacionalización de Empresas. Profesor de Escuela Europea de Negocios (Bolivia). Árbitro Internacional ACAM.