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Evaluando la amenaza yihadista: repercusiones para la Alianza Atlántica

Evaluando la amenaza yihadista: repercusiones para la Alianza Atlántica

por Manuel R. Torres Soriano, 07 de Abril de 2009

Introducción
 
El terrorismo yihadista supone sin duda una de las principales amenazas a la seguridad de nuestro tiempo. Los individuos, grupos y redes que actúan movidos por esta ideología violenta y radical constituyen una compleja realidad organizativa que no siempre resulta fácil de sistematizar y entender. El movimiento yihadista global supone un fenómeno en continua transformación. El periodo histórico que va desde la creación de Al Qaeda en 1988 hasta la actualidad, ha sido la historia de una continua y sorprendente mutación que ha pretendido adaptarse eficazmente a un entorno cambiante y hostil. El afamado experto norteamericano Bruce Hoffman al hablar de Al Qaeda utilizó el símil de un tiburón en el agua que para sobrevivir no cesa de moverse y cambiar de dirección para evitar ser capturado[1]. En consecuencia resulta muy difícil establecer con carácter permanente una descripción de en qué consiste la amenaza yihadista, y cómo debe articularse nuestra respuesta. Resulta mucho más útil realizar evaluaciones periódicas, a modo de “fotos fijas” de un fenómeno que experimenta un continuo peregrinar evolutivo.
 
El propósito de este trabajo es realizar una evaluación actual de en qué consiste la amenaza yihadista y cuáles son sus repercusiones para la seguridad de los países occidentales. Sin embargo, lo haremos desde la perspectiva de una organización de carácter militar como es la OTAN. Centraremos nuestra atención, por tanto, en aquellos aspectos estratégicos de este fenómeno que tienen repercusiones directas en los cometidos y capacidades de la Alianza Atlántica. Lo que implica dejar al margen aquellos aspectos que exigen respuesta desde diferentes ámbitos como los policiales, judiciales, etc.
 
En primer lugar procederemos a describir cuales son las fortalezas y debilidades del movimiento yihadista en el horizonte temporal de inicios de 2009.  Procederemos a delimitar cual es el horizonte estratégico del movimiento yihadista en función de sus principio ideológicos y del nuevo contexto político y social mundial. Finalmente, expondremos algunas reflexiones sobre el papel de las OTAN en la lucha contra el terrorismo yihadista, y cuáles son algunos de los desafíos organizativos y operacionales a los que tendrá que hacer frente.
 
Fortalezas del movimiento yihadista
 
La continuidad de su liderazgo original
 
Tras más de siete años de activación de la más poderosa maquinaria militar conocida, y a pesar del apresamiento o muerte de importantes líderes y ideólogos yihadistas, buena parte del liderazgo original de Al Qaeda continúa intacto.  Que Osama Bin Laden, y su segundo Ayman Al Zawahiri, continúen vivos y dispuestos a conseguir que su mensaje sea odio de manera regular, constituye para el terrorismo yihadista una victoria simbólica que se acrecienta con el paso de los días. La capacidad de estos líderes terroristas para sobrevivir a la “caza del hombre”, supone un importante refuerzo de la moral del movimiento yihadista, en la medida que les permite albergar la certeza de que no sólo es posible desafiar a enemigos infinitamente más poderosos, sino que también es posible hacerlo sin que ello implique una muerte inevitable.
 
Esta circunstancia, no sólo ha sido fruto de la escasa fortuna de los equipos destinados a peinar la voluminosa área fronteriza entre Afganistán y Pakistán, donde se cree se hayan escondidos los líderes de Al Qaeda. Dicha capacidad de supervivencia hubiese resultado imposible sin el mantenimiento de una cierta fortaleza organizacional, la cual no sólo ha sido capaz de obtener suministros y mantener al grupo conectado con el resto del mundo, sino también de forjar una sólida lealtad con las tribus locales, evitando de ese modo que la suculenta recompensa ofrecida por los Estados Unidos pueda incentivar a posibles delatores.
 
Sin embargo, la pervivencia de Osama y su círculo más cercano es importante para el movimiento yihadista por otra serie de razones. Bin Laden, lejos de ser únicamente un referente carismático del terrorismo global, continúa ejerciendo una supervisión directa sobre una serie de operaciones terroristas encomendadas a individuos y redes integradas orgánicamente en la “nueva Al Qaeda”[2]. Dichas operaciones tiene como principal objetivo volver a golpear a la población de Estados Unidos y algunos de sus principales aliados alcanzando un nivel de espectacularidad y sofisticación semejante a los atentados del 11 de septiembre de 2001. La brutal repercusión de estos ataques no sólo marcó un elevado punto de exigencia para los futuros ataques contra su principal enemigo, sino que sus líderes están plenamente convencidos de la utilidad específica de este tipo de macro-atentados.
 
En este sentido, determinadas informaciones de inteligencia[3], han señalado con preocupación, como Al Qaeda ha conseguido atraer a jóvenes musulmanes con nacionalidades europeas hacia países donde el grupo tiene una especial presencia (como el caso de Pakistán). Lugares donde en el más completo de los secretismo, el grupo se habría encargado de instruir y motivar a un selecto grupo de muyahidines, para que protagonicen la próxima oleada de macroatentados en suelo europeo y norteamericano.
 
Según la perspectiva de este grupo, sólo este tipo de acciones (con cientos de víctimas e innumerables daños materiales) son capaces de debilitar la resistencia de su enemigo y ocasionar un deterioro insoportable al sistema económico capitalista. Eso explica que gran parte de los esfuerzos de las redes directamente vinculadas a Bin Laden se hayan dirigido a lograr un digno “sucesor” de los ataques del 11 de septiembre, aunque eso implique el empleo de años de preparación antes de lograr una acción exitosa[4].
 
No obstante, aunque Osama hubiese perdido la capacidad de organizar y dirigir nuevas acciones terroristas, su supervivencia continúa siendo una enorme amenaza por otro tipo de razones. La repercusión global de los atentados del 11-S permitió a Bin Laden ejercer el papel de líder carismático e incitador de la yihad global. El enorme prestigio adquirido y la repercusión de sus palabras, ha permitido al terrorista saudí convertirse en un referente estratégico para una amplia constelación de redes terroristas y simpatizantes de la yihad. Este influjo le ha permitido establecer las grandes líneas de la estrategia de los muyahidín, señalar y priorizar objetivos, sin necesidad de establecer vínculos directos con todos aquellos individuos dispuestos a cometer atentados dentro de la línea marcada por Al Qaeda. Esto supone una enorme fortaleza para el terrorismo yihadista, ya que la existencia de un liderazgo carismático permite dotar de coherencia y sentido a las acciones de un movimiento disperso, horizontal y sin una jerarquía clara. Sin ese elemento unificador, el movimiento yihadista sería más vulnerable: los diferentes liderazgos locales y regionales podrían ser el germen de la división y el enfrentamiento interno, y la ausencia de una mínima claridad de objetivos podría llevar a algunas de las redes terroristas a cometer acciones contraproducentes, que en el medio y largo plazo podrían dañar el prestigio y la influencia del movimiento yihadista. 
 
Una creciente capacidad para absorber e influenciar a grupos y redes pre-existentes
 
Al Qaeda mostró desde su fundación una nada despreciable capacidad para extender su particular perspectiva de lo que debe ser la lucha islámica a una amplia variedad de individuos y grupos que con anterioridad poseían una agenda y una visión estratégica mucho más localista y reducida. Bin Laden consiguió infundirles el sentimiento de que sus respectivas luchas debían ser interpretadas dentro de una guerra de alcance global entre el islam y sus enemigos, lo que permitió imprimir un nuevo sentido a la misión de estas organizaciones, y que estas acometiesen acciones terroristas contra el “enemigo lejano”.
 
Tras la ofensiva antiterrorista global iniciada en septiembre de 2001, Al Qaeda lejos de convertirse en un grupo acorralado e incapaz de tejer nuevas alianzas, ha mostrado una capacidad aún mayor para atraer hacia su estela a nuevas organizaciones. Algunas de ellas han decidió integrarse jerárquica y operativamente en la organización de Bin Laden, otras sin dar este paso, se han visto seducidas por el “discurso alqaediano” y algunas de sus enseñanzas, imprimiendo profundos cambios en sus objetivos, tácticas y su estrategia comunicativa.
 
Así, por ejemplo, el grupo de Bin Laden ha sido capaz de integrar en sus filas, e imprimir su particular carisma a los restos del derrocado régimen talibán. Los comandantes talibán han empezado a contemplar la cuasi-fusión con el grupo de Bin Laden como la clave que les permitirá restaurar el emirato islámico. En este sentido, Al Qaeda ha sido capaz de convencer a esta milicia islamista sobre la necesidad de abandonar sus tradicionales técnicas de enfrentamiento guerrillero, que si bien resultaron exitosas contra el ejército soviético, aplicado a un enemigo “hipertecnificado” estaba conduciendo a los talibán a la extinción, debido a la capacidad del ejército estadounidense para utilizar el bombardeo aéreo contra blancos fácilmente identificables. En sustitución, los talibán han integrado en su estrategia las técnicas terroristas proporcionadas por Al Qaeda, empleando en los últimos años artefactos explosivos caseros (IEDs), coches bomba y chalecos explosivos, para fusionarse con la población civil y atacar a su enemigo en entornos urbanos y desprotegidos, donde resulta estéril el poderío aéreo occidental.  Sin embargo, la influencia más notoria ha sido como Al Qaeda ha hecho olvidar la pasada iconoclastia de estos fundamentalistas, y ha conseguido que estos empiecen a grabar y montar con gran profesionalidad las imágenes de sus ataques, difundiendo en internet una serie de videos que les permitirán publicitar su lucha y transmitir la idea de que la colación internacional está perdiendo la iniciativa en Afganistán.
 
Al Qaeda no sólo consiguió activar una violenta facción en Arabia Saudí (Al Qaeda en la Tierra de los Dos Santos Lugares), sino que también ha cosechado las adhesiones de importantísimas organizaciones terroristas como la fundada por el Abu Musab al Zarqawi en Irak, o el argelino Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), las cuales concluyeron largos procesos de negociación para conseguir que sus organizaciones recibiesen oficialmente la denominación “alqaediana”. Estas y otras organizaciones yihadistas, a pesar de tener su origen y justificación en objetivos locales, han modulado progresivamente su discurso público y sus acciones terroristas apuntando cada vez más al “enemigo cruzado y sionista”, lo que ha multiplicado considerablemente el alcance y letalidad del movimiento yihadista global[5].  
 
Igualmente significativa ha sido durante los últimos años, la campaña emprendida por Al Qaeda para sumar a su lucha global a los numerosos y letales grupos yihadistas pakistaníes[6]. La organización de Osama ha sabido detectar una estructura de oportunidad en el desgaste sufrido por el gobierno pakistaní por su continuada colaboración con las políticas antiterroristas de Estados Unidos, creyendo encontrar una oportunidad para derrotar a uno de sus más odiados “enemigos cercanos”. La propaganda “alqaediana” ha apuntado de manera repetida hacia la población pakistaní, fuertemente radicalizada, para que se rebele contra el gobierno. Pero al mismo tiempo, Al Qaeda ha tratado de tejer una red de vínculos con las extensas y numerosas redes terroristas en la región de Cachemira, para que estas integren este objetivo doméstico en una lucha mucho mayor, y consideren que el control islámico de esta región no sólo exige la derrota de India, sino también de Estados Unidos y sus aliados. Ese esfuerzo ha sido parcialmente exitoso, y Al Qaeda ha conseguido ganarse a un buen número de líderes y militantes dentro de los grupos yihadistas pakistaníes, creando facciones “pro-Al Qaeda”[7] dentro de los mismos, lo que ha tenido influencia en la agenda y en la selección de objetivos por parte de estas organizaciones.
 
Una nueva cantera de activistas mucho más sofisticados
 
El germen de Al Qaeda se incubó en la respuesta islamista a la invasión soviética de Afganistán en la década de los ochenta. Miles de musulmanes sin contacto previo con este país asiático, viajaron y se integraron en algunas de las organizaciones insurgentes y terroristas que combatían la presencia extranjera. La experiencia vivida permitió a muchos de ellos adquirir experiencia de combate, asumir una identidad basada en el islam radical, y tejer una tupida red de contactos personales a lo largo del planeta. Tras la retirada soviética un buen número de ellos decidieron dar continuidad a esa lucha islámica desplazándose a los nuevos escenarios de la yihad (Chechenia, Cachemira, Bosnia, Filipinas, etc.), otros regresaron a sus países de origen y constituyeron y dinamizaron nuevos grupos que se encargarían de combatir la “apostasía” de sus respectivos regímenes políticos. El paso por los escenarios de la yihad, convirtió a un buen número de ellos, en líderes carismáticos fuertemente concienciados, y con conocimientos “militares” vedados al resto, lo que les convirtió en perfectos reclutadores capaces de atraer sobre sí y motivar a las futuras oleadas de terroristas yihadistas.
 
Los paralelismos con el Irak y Afganistán del momento son inevitables y necesarios. Sin embargo, mientras que en Afganistán de los ochenta, los árabes-afganos tuvieron una participación menor en la lucha contra los soviéticos, en la actualidad, los yihadistas extranjeros han entrado en combate directo y continuado contra algunas de las mejores unidades militares del mundo. Han sido capaces de la minimizar la importancia del fuerte blindaje y la superior potencia de fuego de las unidades enemigas. Han adquirido los conocimientos necesarios, y una más que acreditada experiencia en la fabricación de los más diversos y efectivos artefactos explosivos, la construcción coches- bomba, la utilización de todo tipo de armamento de guerra, la realización de secuestros, el asesinato de objetivos altamente protegidos, e incluso el derribo de aeronaves[8].  
 
A diferencia de sus predecesores en Afganistán, muchos de ellos analfabetos y sin apenas conocimiento del “mundo exterior”, son una generación que se mueve con facilidad en un entorno tecnológico. El bagaje adquirido les convierte en sujetos con una capacidad de “autoaprendizaje terrorista” real. Algo que les cualifica para sacar partido, y poner en práctica el conocimiento disponible en internet, a diferencia de lo que sucede con la mayoría de los terroristas “amateur”, incapaces de hacer operativa un tipo de información que requiere un bagaje terrorista previo y una destreza adquirida en los entornos más hostiles. Por otro lado, el uso de la red, ha facilitado enormemente su coordinación, y sobre toda la explotación propagandística de sus logros. Los yihadistas “iraquíes”, comprenden y saben sacar partido a la cultural audiovisual predominante, lo cual se ha convertido en un multiplicador de fuerza, ya que les ha permitido dominar el relato del conflicto y proyectar al exterior una imagen de fortaleza y durabilidad muy superior a sus capacidades reales. 
 
El fin de la presencia occidental en Irak y Afganistán, implicará que ambos escenarios perderán buena parte del “atractivo” que poseen para los yihadistas, lo que desembocará en una nueva emigración hacia otros enclaves donde dar continuidad a esa lucha global inspirada por Al Qaeda. Buena parte de ellos tratarán de regresar a sus países de origen pare revitalizar la ofensiva islamista violenta contra sus respectivos regímenes políticos[9].
 
Previsiblemente, serán los países europeos algunos de los principales perjudicados de esta peligrosa migración. A pesar de la concienciación de la policía y la inteligencia de estos países, la Unión Europea, a diferencia de los Estados Unidos, continua presentando una frontera permeable, repleta de puntos débiles debido a la aún imperfecta coordinación entre los países miembros, y la dificultad de ejercer un control exhaustivo sobre los crecientes flujos migratorios que penetran legal y ilegalmente en territorio comunitario. Penetrar en las comunidades musulmanes europeas ofrece un anonimato y una serie de garantías jurídicas para pasar desapercibido, que convierte a estos países en entorno mucho más seguros que los diferentes países musulmanes de origen.
 
Otros perjudicados de este marea humana, serán aquellos países que pueden catalogarse como “escenarios de la yihad”, territorios que sigue ofreciendo la oportunidad de combatir directamente a las tropas occidentales, y que por tanto, verá agravado su problema de seguridad. En esta línea, otra serie de países que padecerán este desembarco serán aquellos territorios con población musulmana que se pueden catalogar de “estados fallidos”, o que simplemente no tienen capacidad para ejercer un control pleno y efectivo sobre el territorio, como por ejemplo, Somalia o Yemen. Los yihadistas tienen allí la oportunidad de utilizar las zonas donde no llega la autoridad estatal, para reagruparse y establecer bases seguras desde las cuales emprender nuevas ofensivas dentro y fuera del territorio nacional.
 
El creciente protagonismo de las “redes de base”
 
Si bien es cierto que el panorama terrorista posterior al 11-S ha estado protagonizado de manera mayoritaria por las llamadas “redes yihadistas integradas en una organización superior”[10], uno de los éxitos más significativos de Al Qaeda ha sido sin duda su capacidad para desencadenar un movimiento espontaneo de individuos dispuestos a seguir de manera autónoma la estela trazada por Al Qaeda emprendiendo acciones de apoyo a la yihad global. Se trata de las llamadas “redes de base”: grupos de individuos que sin una vinculación, obediencia o apoyo efectivo por parte de algunas de las organizaciones yihadistas existentes, las cuales se han auto-identificado con los principios ideológicos propugnados por Al Qaeda, y han emprendido acciones de apoyo y combate de la yihad. Buena parte de este “homegrown terrorist” se ha dedicado a replicar, amplificar y potenciar la vertiente comunicativa del terrorismo yihadista, creando webs, difundiendo materiales propagandísticos elaborados por las organizaciones terroristas, o incluso elaborando sus propios contenidos de temática terrorista. Otras células han emprendido acciones mucho más comprometidas y han dirigido sus actividades hacia la financiación y el reclutamiento de individuos para apoyar la acción armada de algunas de las organizaciones yihadistas.
 
Sin embargo, la vertiente más preocupante es la de aquellas redes que han dirigido sus acciones hacia el planeamiento y ejecución de atentados terroristas. Algunos de los ataques más espectaculares de Al Qaeda fueron interpretados por el islamismo más radical como la demostración más evidente de que cualquier musulmán dotado únicamente de fe y determinación puede infringir los castigos más duros contra enemigos muchos más poderosos. Al Qaeda consiguió con los ataques del 11-S disparar la imaginación de miles de sus seguidores hasta el punto de que los atentados más ambiciosos han sido contemplados como factibles. La tendencia a “pensar en grande” ha llevado a que incluso pequeñas células, carentes de la experiencia, los conocimientos y los medios necesarios, se embarcarse en espectaculares y sofisticados atentados, que implicaban incluso el uso de elementos químicos, bacteriológicos o radiológicos.
 
El carácter “amateur” de muchos de estos complots les resta eficacia, alcance, e incluso les hace mucho más vulnerables a la acción represora de las fuerzas de seguridad e inteligencia. Emprender determinadas acciones terroristas exige un nivel de profesionalidad, movilización de recursos y coordinación, que en ocasiones, sólo está al alcance de las organizaciones más sólidas y experimentadas[11]. Sin embargo, su naturaleza espontánea, desestructurada e imprevisible las convierte en una amenaza omnipresente, que hace mucho más difícil el seguimiento y la anticipación frente a este tipo de tramas terroristas.
 
En definitiva, la acción de las redes de base, constituye un “multiplicador de fuerza” de las acciones de las organizaciones yihadistas. Les permite no sólo potenciar sus capacidades y amplificar el efecto de sus acciones terroristas, sino que también rentabilizar los efectos producidos por las acciones terroristas emprendidas por estos terroristas “domésticos”.
 
Debilidades del movimiento yihadista
 
La difícil gestión de la “marca”
 
La mutación de Al Qaeda desde una organización terrorista en el sentido más “convencional”, hasta convertirse en el núcleo simbólico de un difuso movimiento ideológico, dificultó enormemente la coherencia del mensaje terrorista. La organización de Bin Laden perdió buena parte de su control sobre el mensaje que llegaba a la opinión pública internacional. En ese sentido, las diferentes audiencias extendieron la etiqueta de “procedente de Al Qaeda” no sólo a los mensajes creados por el núcleo central del grupo, sino también a la enorme variedad de propaganda de inspiración yihadista. De hecho, un buen número de grupos y redes de individuos no dudaron en emplear en sus denominaciones “la marca Al Qaeda”[12]  a pesar de no haberse integrado formalmente en esta organización, y no seguir ningún tipo de obediencia o directriz. La pluralidad y diversidad de centros de producción del mensaje yihadista, su irregular calidad, y en ocasiones contradictorio contenido ha terminado restando eficacia al mensaje yihadista. De hecho, hasta algunas de las acciones de las “filiales oficiales” han terminado perjudicando la imagen y la estrategia de la organización matriz. Esto es por ejemplo, lo que sucedió cuando el grupo ubicado en Irak “Al Qaeda en la Tierra de los Dos Ríos” adoptó como una de sus principales acciones propagandísticas la grabación y difusión de macabros videos donde los terroristas degollaban delante de las cámaras a indefensos rehenes. La repugnancia que este tipo de videos despertó entre la opinión pública mundial, empujó al número dos de Al Qaeda, Ayman Al Zawahiri, a enviar una carta personal al líder del grupo terrorista iraquí Abu Musab Al Zarqawi, donde le solicitaba que abandonase un tipo de “prácticas” que estaban provocando el alejamiento creciente entre los musulmanes y los yihadistas[13].
 
Incomprensión popular hacia los “objetivos domésticos”
 
Las acciones antioccidentales de Al Qaeda son sólo una parte de una estrategia de enfrentamiento que incluye también como objetivos a los musulmanes que califica de “apóstatas”. Tan pronto como Al Qaeda, y especialmente sus grupos asociados, empezaron a atacar a otros musulmanes, se inició un proceso de continuo deterioro de su base social de apoyo. El terrorismo yihadista, al igual que había sucedido antes de 2001, continuó matando musulmanes, en muchas ocasiones de manera totalmente indiscriminada, en lugares tan diversos como Marruecos, Argelia, Irak, Afganistán, Jordania, Indonesia, Turquía o Arabia Saudí. Una acción difícilmente entendible hasta para los islamistas más radicales. Sin embargo, el acto que ha acrecentado la brecha entre la opinión pública musulmana y este movimiento terrorista ha sido el enraizado odio contra los chiítas, una confesión musulmana minoritaria catalogada abiertamente por el salafismo yihadista como una aberración religiosa, y por tanto merecedora del máximo castigo. Si bien, este planteamiento forma parte del esquema ideológico de Al Qaeda, sus líderes han recomendado desde una perspectiva estratégica dejar a un lado este asunto hasta que haya sido derrotado el enemigo principal: occidente y sus aliados políticos en el mundo musulmán. Sin embargo, al igual que ha sucedido en el campo de la comunicación, en el terreno de la selección de objetivos a batir, Al Qaeda ha vuelto a perder el control, y se han multiplicado el número de redes yihadistas que han perseguido la erradicación material de los chiítas como su principal objetivo. De hecho, la facción iraquí del grupo se convirtió en el máximo exponente del odio desmedido hacia el sector mayoritario de la población del país[14], hacia el cual ha dirigido una inagotable cantidad de salvajes y crueles ataques cuyo único objetivo era activar el odio-interreligioso y caminar hacia la erradicación material de los “apóstatas”.
 
Un legado desastroso
 
La animadversión de Al Qaeda hacia la práctica totalidad de los regímenes gobernantes en el mundo musulmán le permitió granjearse la simpatía de numerosos musulmanes hastiados de la opresión y ausencia de progreso material en sus respectivos países.  Sin embargo, el centro de gravedad de su alternativa para estos países es la aplicación estricta de la sharía bajo la forma de una única unidad política y religiosa denominada Califato, sin llegar a mayores niveles de concreción. Un proyecto político que difícilmente puede despertar simpatías entre aquellos musulmanes que no consideren que la única finalidad del poder político sea implementar e imponer los preceptos del Corán. Sin embargo, lo que ha provocado una progresivo alejamiento con respecto a su base de apoyo social entre el islamismo, no es la vaguedad de su planteamiento político-religioso, sino cual ha sido la herencia de los muyahidín en aquellas zonas y territorios donde han ejercido algún tipo de control. De esa forma, las actividades de Al Qaeda en Afganistán, no sólo provocaron la invasión que puso fin al único régimen legítimo ante los ojos de muchos islamistas, sino que la gestión directa de los muyahidín en otros escenarios ha sido catastrófica. Así por ejemplo, en el Irak posterior a Saddam, muchas de las zonas “liberadas” por las yihadistas se han convertido en auténticos pozos de miseria, violencia contra la propia población y prácticas dudosamente islámicas. Lejos de la idealizada imagen de unos “guerreros islámicos” que sacrifican su vida para defender al islam y sus gentes, la realidad de sus acciones son las propias de una salvaje mafia dispuesta a emprender una campaña de extorsión contra todos aquellos que no se sumen a sus filas. Sus miembros han robado indiscriminadamente, han secuestrado a civiles para cobrar rescates, y se han apropiado de las propiedades de los chiítas expulsados de sus barrios. La miseria, el hedor de la muerte, y el terror han sido los rasgos característicos de las zonas “liberadas” por los muyahidín. Un legado que ha llegado a la paradójica situación de que algunos de los grupos islamistas que combaten la presencia norteamericana hayan denunciado públicamente a los miembros de Al Qaeda en Irak como “criminales y ladrones”[15]
 
La pérdida de la oportunidad iraquí
 
Al Qaeda tuvo una ocasión irrepetible para conseguir en Irak uno de sus más ansiados objetivos: infligir una humillante derrota a los Estados Unidos, y tomar el control de un país situado en el corazón del mundo árabe. Durante un tiempo, la estrategia de hostigamiento a las tropas extranjeras y al nuevo gobierno iraquí, la extensión del caos, y el fomento del odio inter-religioso acercó al grupo a la consecución de sus objetivos. Sin embargo, no debe perderse de vista cómo han sido las propias torpezas de filial de Bin Laden las principales responsables del incierto futuro al que debe hacer frente esta organización yihadista. El brazo iraquí de Al Qaeda ha cometido en un corto espacio de tiempo todo un conjunto de errores estratégicos, capaces de convertir a esta organización en un actor marginal e irrelevante.
 
Al Qaeda en Irak no sólo fue fundada y liderada por un “no iraquí”, sino que desde sus inicios sus filas se han nutrido de manera mayoritaria por musulmanes de otros países carentes de cualquier tipo de vinculación con este país árabe. Si para muchos de los grupos insurgentes que combaten la presencia estadounidense en Irak, su lucha tiene un altísimo componente de reafirmación nacionalista, para los muyahidín de Al Qaeda su lucha está vinculada a una guerra global que no conoce de fronteras y nacionalidades. Esto creó una importante brecha entre los miembros de Al Qaeda y la población a la que supuestamente proclama defender. Los iraquíes no pueden evitar contemplar con sospecha y cierta xenofobia el endeble vínculo que une a los muyahidines con la población local. De hecho, la mayoría de ellos prefirieron dirigir sus lealtades hacia grupos insurgentes autóctonos, cuya principal objetivo es la expulsión occidental del país, y no tanto avanzar en la islamización forzosa de la sociedad iraquí, o la incorporación del país a una fantasmagórica entelequia califal. Consciente de este problema, Al Qaeda en Irak ha tratado por todos los medios de acentuar su identidad local, a través del reclutamiento (y contratación) de militantes iraquíes y a través de una persistente campaña propagandística destinada a restar importancia al componente “extranjero” de la militancia yihadista en Irak. Sin embargo, tras la muerte de su líder y fundador en un bombardeo estadounidense, la sucesión recayó de nuevo en un extranjero, el egipcio Abu Ayyub al-Masri. Un nuevo argumento para aquellos que denunciaban que el grupo estaba dominado y dirigido por extranjeros. En un intento desesperado por combatir estas críticas, la organización anunció en octubre de 2006 su integración en un confuso ente de nuevo cuño denominado Estado Islámico de Irak (ISI), frente al cual se situó a un iraquí, Abu Omar “el bagdadí”, un completo desconocido sin credenciales, imagen, ni voz conocida, pero que sin embargo, exigía en su primer comunicado escrito lealtad hacia su persona. Poco tiempo después,  una serie de interrogatorios a importantes militantes apresados, se pudo conocer como ese supuesto líder terrorista originario de Bagdad, era un personaje ficticio, creado por los muyahidines extranjeros con el único propósito de seguir controlando el grupo bajo la apariencia de un liderazgo autóctono. 
 
Al Qaeda es sólo uno de los diferentes grupos terroristas e insurgentes que combaten la ocupación aliada en Irak. Ni siquiera es el más importante, ni el más numeroso. Sin embargo, con una mezcla de creatividad y pericia propagandística ha sido capaz de ofrecer al mundo la imagen de ser la organización que lidera la “resistencia”, y que toda la oposición a la presencia de Estados Unidos en este país es de naturaleza planamente islamista. Durante sus primeros años, sus comunicados estaban repletos de llamamiento a la unidad de todos los musulmanes en Irak contra la ocupación “cristiana y judía”, legando incluso a forjar algunas alianzas con grupos menores y llevar a cabo “acciones” conjuntas con los miembros de otras organizaciones insurgentes. Sin embargo, pronto quedó clara la naturaleza de su proyecto “unificador”. Al Qaeda estaba más interesada en controlar toda la insurgencia y avanzar en la islamización forzosa de la sociedad iraquí, que en lograr la expulsión de los estadounidenses. El grupo empezó a amenazar a todos aquellos iraquíes que no se uniesen a sus filas y proclamasen lealtad a sus líderes. Dando muestras de una desconcertante ceguera estratégica el grupo pronto materializó sus amenazas, empezando a asesinar, secuestrar y torturar a los militantes de otras organizaciones suníes. Una espiral de intransigencia y torpeza que culminó con la proclamación del ya mencionado Estado Islámico de Irak (ISI). Un acto unilateral, que no contó ni con la consulta ni con el apoyo de ningún grupo sunita del país, y cuya falta de credenciales religiosas fue duramente criticada por clérigos que hasta el momento habían prestado apoyo y legitimación a esta filial “alqaediana”[16]. El grupo llego incluso a divulgar en internet la composición de unos ministerios carentes de cualquier tipo de control sobre el territorio, y sin capacidad para mejorar las trágicas condiciones de vida de la población iraquí. 
 
Desengañados sobre la posibilidad de que Al Qaeda en Irak vuelva recuperar el “juicio”, importantes grupos insurgentes autóctonos como el Ejército Islámico de Irak han empezado a publicitar como éxitos sus acciones contra este grupo yihadista, anunciando, por ejemplo, acciones armadas para conseguir la “liberación” de los iraquíes retenidos por los “criminales y ladrones extranjeros”.
 
Un apoyo social e ideológico en declive
 
Al Qaeda, más allá de su faceta como organización terrorista, es ante todo, un referente ideológico, un llamamiento a la movilización, que persigue una radical transformación del panorama político y social del mundo musulmán. El atractivo y la consistencia de estas ideas es el eje sobre el cual gira la capacidad de Al Qaeda de alcanzar sus objetivos últimos. Sin embargo, en los últimos años vienen sucediéndose una serie de episodios que nos permiten especular sobre una posible debacle ideológica del movimiento yihadista global. Una de los principales activos de Al Qaeda es la existencia de reputados líderes religiosos y personalidades islámicas dispuestas a dar un manto de legitimidad a las acciones del terrorismo yihadista. Sin embargo, en los últimos tiempos se ha producido un incesante goteo de deserciones que han erosionado la capacidad persuasiva del mensaje de Al Qaeda entre amplias masas de la población musulmana. Como los casos del el jeque saudí Salman Al Oudah[17], o los del egipcio Sayyid Iman Al Sharif (conocido como el Doctor Fadl), uno de los ideólogos que más influencia ha ejercido en la creación de Al Qaeda, y que publicó desde una prisión egipcia un libro donde se afirmaba: “la yihad ha sido manchada con graves violaciones de la ley divina durante los últimos años (…) hay quienes matan a cientos, incluyendo mujeres y niños, musulmanes y no musulmanes en nombre de la yihad”[18]
 
No obstante, la verdadera clave para afirmar que Al Qaeda está perdiendo la batalla de las ideas, se encuentra en la constatación durante los últimos años, de cómo el grupo está perdiendo apoyos en las diferentes sociedades del mundo musulmán. Esta tendencia puede detectarse a través de los estudios de opinión que durante los últimos tiempos vienen realizando empresas e instituciones como Pew Research Center[19] o World Public Opinion[20]. Si tomamos como validos estos datos, podemos apreciar como la organización terrorista ha dilapidado una más que considerable base de apoyo social, la cual alcanzó su valor más elevado inmediatamente después de los atentados del 11-S. En la gran mayoría de los países investigados se percibe un continuo (y en ocasiones espectacular) descenso del respaldo explícito a Bin Laden y su organización. Así, por ejemplo, de 2003 a 2007, el apoyo a Bin Laden cayó en Marruecos desde un 49% a un 27%, en Pakistán de un 45% a un 24,5% y en Indonesia de un 58% a un 21%. 
 
El horizonte estratégico del terrorismo yihadista
 
La estrategia del movimiento yihadista para los próximos años es una mezcla de orientaciones extraídas a partir de sus principios ideológicos, y el resultado de su particular evaluación de la actual situación geopolítica. Es un error pensar que el fanatismo religioso y la intransigencia ideológica son las únicas fuerzas que mueven la acción de estos grupos. Lejos de ese estereotipo, el movimiento yihadista actúa como cualquier otro actor racional, evaluando los cambios producidos en su entorno, aprendiendo de sus errores y éxitos, priorizando objetivos, y centrando sus esfuerzos sobre aquellas “ventanas de oportunidad” que cree detectar.
 
El análisis de su producción doctrinal, propagandística y el análisis de su acción terrorista durante los últimos años nos pueden llevar a considerar que estos son los puntales sobre los que girará la amenaza yihadista durante los próximos años:
 
Erosionar la economía occidental
 
Tanto en sus escritos, como en el historial terrorista de Al Qaeda, puede detectarse una férrea voluntad de llevar a cabo una serie de acciones capaces de infligir un daño irreversible a la economía occidental. El objetivo no es tanto agotar la base productiva del enemigo, sino degradar el nivel de vida de las sociedades occidentales. Los ideólogos yihadistas están convencidos de que las sociedades enemigas están asentados en el más degradante de los hedonismos. Según esto, en cuanto la población occidental experimente un deterioro de su confort material, retiraran inmediatamente su apoyo a las actuales políticas de sus gobiernos.
 
Al Qaeda, está firmemente convencida de la utilidad de los macro-atentados a la hora de lograr estos fines, especialmente aquellos ataques dirigidos hacia objetivos e intereses de una importancia estratégica en el normal funcionamiento de la economía de mercado. Esto explica, por ejemplo, el interés de estas organizaciones por golpear los sistemas de transporte público, y las fuentes de abastecimiento energético. Buena parte de este interés se dirige hacia el suministro del petróleo procedente del mundo árabe. Los ideólogos del terrorismo yihadista son conscientes de la enorme dependencia mundial del consumo de crudo como fuente energética, hasta el punto de considerarla el verdadero “talón de Aquiles” de su enemigo. Para Bin Laden y sus seguidores, la relación de occidente hacia esta fuente de energía ha sido de naturaleza eminentemente depredadora, hasta el punto de considerar que la prosperidad de estos países se ha construido sobre la imposición forzosa de unos precios irreales y abusivos.
 
Los yihadistas, si bien son conscientes de que la destrucción de los pozos petrolíferos causaría la hemorragia económica de occidente, también asumen, que dichos daños provocarían unos efectos casi apocalípticos en el nivel de vida de los musulmanes que viven en países cuya principal fuente de ingresos es el comercio de petróleo. Tampoco debe perderse de vista como esta reflexión ha podido estar condicionada por algunos patrocinadores económicos del terrorismo yihadista, los cuales han obtenido sus riquezas a partir del actual sistema de explotación de este recurso, y que no estarían dispuestos a perder esta privilegiada fuente de ingresos, por muy enraizado que sea el odio que sienten hacia el mundo occidental. Por tanto, el objetivo de los muyahidin sería, no tanto la destrucción de los pozos petrolíferos, sino más bien el ataque contra infraestructuras de distribución como oleoductos, petroleros y similares. La clave para provocar la bancarrota occidental sin afectar al nivel de vida y a los intereses de los musulmanes sería, por tanto, realizar atentados que provocasen un incremento del precio bien por la escasez del crudo disponible, o bien por la incertidumbre en cuanto a su suministro futuro.
 
Impedir el turismo occidental en el mundo musulmán
 
En el programa ideológico del yihadismo se encuentra el deseo de expulsar cualquier tipo de influjo no islámico del mundo musulmán. La presencia occidental ha sido calificada por sus líderes como la fuente de la corrupción y la decadencia actual de las tierras islámicas. La tradicional preferencia por atacar embajadas, consideradas por los yihadistas como las antenas a través de las cuales los países occidentales controlan y subyugan al mundo musulmán, ha sido desplazada por el ataque contra otros objetivos menos protegidos, pero igualmente importantes, y repletos de simbolismo. Golpeando el turismo en estos países no sólo se logra incidir negativamente en las percepciones occidentales hacia los países islámicos, sino que también compromete las fuentes económicas y debilita los regímenes políticos calificados de “apóstatas”. Este tipo de ataques pretenden igualmente que los musulmanes asocien la cercanía a determinadas marcas comerciales o emblemas extranjeros como una clara exposición al peligro. En esta línea, en los últimos años se han producido ataques discotecas frecuentadas por occidentales en Bali, contra el hotel JW Marriot en Jakarta, la completa destrucción de este mismo establecimiento en Islamabad en septiembre de 2008, el Sheraton en Karachi, el Hilton en Egipto, el ataque coordinado contra  16 estaciones de servicio Shell en Pakistán en 2005, y los más recientes y devastadores ataques contra intereses turísticos en Bombay. 
 
La obsesión por el “terrorismo no convencional”
 
El terrorismo yihadista global ha dado prueba desde sus primeros orígenes de una obsesiva fascinación por las armas de destrucción masiva. A través de sus textos doctrinales, y del análisis de las actividades llevadas a cabo por estos grupos en los últimos años, podemos apreciar numerosas pruebas de la decidida voluntad del yihadismo por dotarse de este tipo de armas, un empeño que el propio Osama Bin Laden llegó a calificar de “deber religioso”[21].  Este deseo ha sido en ocasiones justificado, en términos de “legítima defensa”. Según eso, sólo la tenencia de este tipo de armamento por parte de los muyahidín, puede llegar a impedir que “cruzados y judíos” puedan hacer uso de sus arsenales no convencionales contra los musulmanes. Otras elaboraciones posteriores llegan a la conclusión de que la “magnitud de la crueldad y la violencia” de occidente contra el islam, habría justificado ya justifica el empleo de este tipo de recursos como única vía para detener la “ofensiva anti-islámica”.
 
Un repaso de los atentados fallidos, y de los planes terroristas desbaratados en los últimos años nos permite comprobar cómo el terrorismo yihadista se embarcó hace tiempo en este tipo de proyectos. Las webs yihadistas están repletas de todo tipo de materiales pseudo-científicos que en tono pedagógico tratan de instruir a los yihadistas sobre como elaborar armas químicas, biológicas, o incluso como manufacturar un artefacto radiológico o nuclear. Este tipo de materiales han disparado la imaginación de cientos de seguidores de Al Qaeda, que contempla como un objetivo factible atentar empleando armas capaces de conseguir una destrucción masiva. La pregunta no es por tanto, si el terrorismo yihadista va a emplear este tipo de armamento, sino cuando se producirá el primer intento exitoso.
 
Hasta ahora, dichos esfuerzos han sido infructuosos como consecuencia de la dificultad de acceso a determinados componentes, sustancias y conocimientos esenciales, y ante todo por la enorme complejidad que implica llevar a cabo de manera exitosa no sólo el desarrollo de este tipo de sustancias altamente mortíferas, sino también su conversión de armas o mecanismos de difusión eficaces.
 
No obstante, es una irresponsabilidad creer que el acceso a este tipo de recursos está vetado a las redes y grupos yihadistas. La globalización, y la consiguiente transformación social está haciendo cada vez probable la conjunción de toda una serie de factores que pueden permitir que el terrorismo se dote de armamento no convencional. La difusión cada vez más generalizada de conocimientos y especializaciones críticas en el desarrollo de estas tecnologías, el tráfico ilícito de sustancias químicas, biológicas y radiológicas por parte de la criminalidad organizada, o el deterioro del control por parte de algunos de los estados que actualmente poseen este tipo de armamento, son factores que hacen cada vez más cercano el horizonte de un terrorismo “no convencional”.
 
Si bien es cierto, que la dificultad asociada al desarrollo y empleo de este tipo de armamento puede hacer muy difícil que un atentado terrorista no convencional sea capaz de lograr un elevado número de víctimas, no debe perderse que el peligro de este tipo de armas no reside sólo en sus capacidades destructivas, sino también en los devastadores efectos psicológicos que pueden crear entre la opinión pública. Un ataque exitoso de esta naturaleza, tiene la capacidad de alterar de manera dramática la normalidad social y cosechar elevadísimos niveles de temor y estrés entre la población atacada. Sólo debe recordarse, por ejemplo, el desigual balance entre las víctimas causadas por el envío en EE.UU. de cartas con esporas de ántrax tras el 11 de septiembre de 2001, y el pánico causado por esta acción[22].
 
La histeria generada por un miedo descontrolado tiene la capacidad de dañar de manera irreversible determinados sectores comerciales, fomentar desórdenes y revueltas, y disparar la presión social para que los gobiernos adopten respuestas inmediatas y drásticas. Un tipo de medidas que por su inmediatez y falta de planificación pueden terminar erosionando en el largo plazo la lucha contra el terrorismo. 
 
Dotarse de una base territorial
 
No pocos comentaristas han considerado que el terrorismo yihadista desprecia la necesidad de una implantación territorial. Si bien es cierto que estas teorías aciertan cuando señalan que la pérdida de la base de operaciones afgana no ha supuesto la desaparición de Al Qaeda, y que gran parte de esta carencia ha sido suplida en el ciberespacio. Sin embargo, no recogen el significado que para la ideología yihadista posee el elemento territorial. Los ideólogos del salafismo yihadista comparten con otras interpretaciones del islam la “sacralización” de la tierra. El paso de la fe islámica por determinados enclaves refleja una elección divina que despliega poderosas consecuencias para sus fieles. Todo musulmán se ve compelido no sólo a venerar los que se consideran enclaves sagrados (La Meca, Medina, la cúpula de la Roca en Jerusalén, etc.) sino que también debe convertirse en un custodio de la tierra que “pertenece” a los musulmanes, luchando por defender su arraigo y expansión.
 
La importancia que el movimiento yihadista confiere al dominio de la tierra islámica ha determinado que en sus orientaciones estratégicas encontremos numerosos llamamientos tendentes a que los yihadistas se hagan con el control real y efectivo sobre algún país musulmán. Contar con una base territorial desde la cual irradiar al resto del mundo la revolución política y religiosa que propugna el yihadismo, se convierte en un requisito esencial para que los muyahidín puedan alcanzar la victoria. La implantación de su particular visión de lo que debe ser un régimen “plenamente islámico” garantiza, según ellos, un movimiento transformador a lo largo y ancho del mundo musulmán.
 
Sin embargo, dichas apetencias territoriales, lejos de buscar el control efectivo sobre el aparato político de cualquiera de estos países, lo que pretende es erradicar temporalmente cualquier tipo de autoridad estatal. Es dentro de un escenario de desintegración política y anarquía donde el movimiento yihadista puede fortalecerse operativa y estratégicamente. Es en este tipo de contexto donde el yihadismo puede reabrir con cierta seguridad sus bases operativas y instalaciones de entrenamiento, es dentro de un territorio ingobernado donde el terrorismo puede multiplicar la adquisición de armamento, financiación y nuevos recursos humanos, y es dentro de estas sociedades en descomposición donde el yihadismo puede alinear a su favor, unas masas que recurrirán a los muyahidín buscando protección, y un mínimo de autoridad, como única forma de escapar del caos y de la violencia criminal en el que verán sumidas estas naciones. 
 
Operar desde este tipo de escenarios ofrece a los yihadistas una cierta inmunidad frente a la ofensiva contraterrorista occidental. Estos estados en descomposición dificultan hasta lo indecible la capacidad de las agencias contraterroristas a la hora de establece y mantener infraestructura de obtención de inteligencia sobre estas zonas, lo que hace tremendamente difícil e incluso contraproducente tratar de contener las actividades yihadistas en estas zonas a través de ofensivas militares puntuales “desde la distancia”.
El incremento de la actividad y de las capacidades terroristas, con su inevitable traducción en nuevos atentados y destrucción, forzaría a los países occidentales a emprender nuevas campañas militares en estas zonas que traten de imponer un cierto control territorial sobre estos estados en descomposición. Esto es si cabe, un escenario aún más deseable desde la óptica yihadista, ya que no sólo legitima y refuerza su discurso ideológico, sino que incrementa su capacidad de movilización y reclutamiento bajo la forma de una nueva “yihad defensiva” contra el invasor de la tierra islámica.
 
Obligar al enemigo a luchar una larga guerra de desgaste
 
El desprecio que el movimiento yihadista siente hacia el valor y las habilidades combativas de occidente genera importantes consecuencias sobre el planeamiento de cómo se producirá el enfrentamiento contra el “enemigo”. Al Qaeda considera que la campaña de atentados contra los “infieles” es sólo una faceta más, de un enfrentamiento armado, que en otras etapas adquirirá un carácter mucho más “convencional”. El movimiento yihadista busca frenéticamente este resultado bélico, pues considera que es en el marco de un conflicto armado “tradicional”, donde los muyahidines podrán poner en evidencia la debilidad y las contradicciones que caracterizan a “cruzados y judíos”.
 
La consecución de esta guerra convencional constituye la etapa última de un enfrentamiento donde el enemigo se mostraría incapaz de asumir las cuantiosas pérdidas provocadas por luchadores que no temen a la muerte. Para este momento, el movimiento yihadista ha elaborado toda una doctrina táctica[23]: los muyahidin están convencidos de que el factor temporal es una de las principales debilidades de su enemigo occidental. La débil motivación de sus ejércitos les hace incapaces de combatir en un conflicto que se prolongue indefinidamente. Los norteamericanos y sus aliados necesitan resultados rápidos y palpables, teniendo que soportar la presión de una opinión pública y un gobierno que exigen victorias inmediatas y contundentes. Los combatientes islámicos, cuyas metas se plantean como el resultado del esfuerzo de varias generaciones, tienen todos los requisitos para saber explotar esta debilidad llevando a cabo una “larga guerra de desgaste”, donde sus unidades permanezcan ocultas y dispersas, y sólo golpeen cuando en dicho ataques no queden expuestos a los poderosos recursos tecnológicos y armamentísticos del enemigo. 
 
En este sentido, la doctrina de Al Qaeda identifica el poderío aéreo de los Estados Unidos como el principal problema al que debe hacer frente los muyahidín en el campo de batalla.
Basándose en una supuesta débil moral de sus tropas terrestres, los estrategas yihadistas consideran que la forma de actuación del ejército americano es muy predecible: bombardeos previos, avance de la infantería, retirada de estos cuando se producen bajas, y nuevos bombardeos hasta que se garantice la ausencia de bajas. De ese modo, la adquisición de armamento antiaéreo (como lanzadores portátiles de misiles tierra-aire) se convierte en una exigencia estratégica. Otras vías para conseguir la neutralización del poder aéreo occidental es explotar la asimetría en valores de los contendientes. Ejemplos de ello ha sido las frecuentes “tomas” momentáneas de determinadas ciudades iraquíes llevadas a cabo por grandes unidades de guerrilleros yihadistas. Dichas acciones guerrilleras no pueden ser respondidas inmediatamente por la aviación, debido al riesgo de bajas civiles provocadas por la “fusión” de los muyahidin con la población local. Lo que ha sido utilizada por los yihadistas para lanzar la idea del fracaso americano a la hora de conseguir el control efectivo sobre el territorio iraquí. Poco importa que dicha conquista sólo tenga lugar durante unos días o incluso horas, debido a que los muyahidin se repliegan antes de que el enemigo tenga tiempo de organizar la respuesta. La finalidad de estas “operaciones” es simplemente obtener un nuevo rédito propagandístico, que finalmente se traduce en “resultados materiales”.
 
Repercusiones para la OTAN
 
Una amenaza global exige una respuesta global. Lo evidente de esta afirmación la ha llevado a convertirse en un auténtico lugar común a la hora de reflexionar sobre la nueva estrategia contraterrorista. Sin embargo, la concreción de una lección tan evidente dista mucho de ser una realidad. Dicha respuesta global exige la movilización coordinada de una cantidad colosal recursos y voluntades políticas.
 
El deseo de emprender una acción coordinada a nivel internacional que ponga freno a la amenaza yihadista puede verse diluido en un marasmo de complejidades logísticas, recelos organizacionales, y reticencias por parte de los estados a perder parte de su margen de decisión política.  Pocas organizaciones y marcos institucionales multilaterales han conseguido culminar con éxito un conjunto de dificultades que históricamente han obstaculizado la colaboración efectiva de las naciones en la resolución de problemas comunes. Es aquí, precisamente, donde reside el indudable papel de la OTAN en la lucha contra el terrorismo global. La actual OTAN supone un hito histórico donde un conjunto de estados, motivados por un sentimiento de identidad común y la presión de una amenaza común decidieron establecer estructuras permanentes de colaboración y asumir un principio ciertamente revolucionario: la seguridad propia está estrechamente vinculada y es consecuencia de la seguridad de mis aliados.
 
La magnitud de la amenaza yihadista exige un respuesta equivalente. La OTAN presenta un indudable bagaje organizativo, y supone el cauce de colaboración natural para hacer frente a una amenaza cuya neutralización, al igual que sucedió con la URSS, exige un esfuerzo multinacional, continuado y coherente.
 
Lejos de ser un argumento interesado para perpetuar la razón de ser de una organización militar que perdió a su tradicional enemigo, el papel de la OTAN frente al terrorismo yihadista es una consecuencia lógica de la naturaleza global y multiforme de esta amenaza. El yihadismo se mueve con total libertad y sin restricciones por todo el espectro del conflicto. El terrorismo urbano, el cual exige una respuesta que gire sobre los cuerpos policiales y agencias de inteligencia, es sólo una más de las diferentes opciones de enfrentamiento a las que recurren las redes y organizaciones yihadistas.  Sin embargo, este enemigo recurre a otras manifestaciones de la violencia organizada, cuyos efectos desbordan y escapan a las capacidades de las agencias civiles de seguridad e inteligencia. La amenaza yihadista implica igualmente el empleo de armamento no convencional, la desestabilización política y social de países y regiones, la creación de santuarios y bases operativas en zonas ingobernadas, la acción armada de movimientos insurgentes, el boicot y hostigamiento de misiones militares y de paz internacionales, las incursiones transfronterizas y el uso sin restricciones de armamento de guerra y artefactos explosivos capaces de inutilizar cualquier tipo de blindaje militar.
 
Los diferentes países occidentales, deberán hacer frente a los próximos años al intento de los grupos yihadista de propiciar una serie de escenarios, cuyo afrontamiento sólo será posible a través de una acción militar internacional, que por su complejidad, magnitud y duración exigen contar con las capacidades y el bagaje de la Alianza Atlántica. 
 
Algunas de las acciones que en el futuro exigirán una enorme capacidad de adaptación y de respuesta inmediata por parte de la Alianza Atlántica pueden ser algunas de las siguientes:
 
-    Contener la desestabilización política de países de importancia estratégica por su carácter de aliados regionales en la lucha contra el terrorismo, o por su carácter de suministradores energéticos.
-    La gestión de crisis sociales de grandes dimensiones provocadas por el empleo de armamento no convencional.
-    La necesidad de asegurar de manera permanente y efectiva la seguridad de uso de infraestructuras de comunicación y transporte básicas afectadas por la acción terrorista continuada sobre las mismas.
-    La neutralización de campos de entrenamiento terrorista en países carentes del control efectivo del territorio por parte del estado.
-    La gestión de grandes movimientos de personas provocados por crisis humanitarias y de seguridad propiciadas por acciones terroristas.
-    La adquisición para uso conjunto de todos los aliados de recursos tecnológicos y logísticos que por su elevado precio, o por el carácter esporádico de su uso, resultaría ineficiente o prohibitivo su adquisición individual por parte de cada estado miembro.
-    El establecimiento de una estructura permanente y eficaz de coordinación, gestión y difusión de la inteligencia militar generada por parte de los diferentes despliegues militares de sus miembros.
 
En definitiva, el terrorismo tratará de lograr (buscando siempre la sorpresa y el desconcierto) una serie de escenarios repletos de peligros y complejidad, los cuales no sólo pueden llegar a demandar el recurso a medios militares, sino que estos se implementen de manera coordinada y eficaz, un requerimiento que exige que instrumentos como la OTAN se sitúen en el núcleo de la estrategia contra la amenaza yihadista global.  

 
 
Manuel R. Torres Soriano Doctor por la Universidad de Granada, Profesor de Ciencia Política de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, y subdirector de la Fundación Athena Intelligence. Ha recibido el Premio Defensa de Investigación (2008).
 
 
Notas
[1] HOFFMAN, BRUCE. Al Qaeda, Trends in Terrorism and Future Potentialities: An Assessment, Rand, Santa Monica, 2003.
[2] Bruce Hoffman & Seth G. Jones. “Cell Phones in the Hindu Kush”, The National Interest Online, 06.24.2008. http://www.nationalinterest.org/PrinterFriendly.aspx?id=1838810
[3] Sami Yousafzai; Ron Moreau & Mark Hosenball . “The Regathering Storm', Newsweek, Dec. 25, 2006.
[4] De hecho el atentado frustrado en el verano de 2006 contra aviones de pasajeros en tránsito desde Gran Bretaña hacia Estados Unidos puede interpretarse como un buen ejemplo de este tipo de acciones de primer nivel. Según las investigaciones, las explosiones de  entre 6 y diez aviones podían haber superado considerablemente el número de víctimas mortales de los atentados del 11-S, hiriendo de muerte el sector de la aviación comercial.
[5] Andrew Black. “AQIM’s Expanding Internationalist Agenda”, CTC Sentinel, Vol. 1 Issue 5, April 2008.
[6] Jarret Brachman. “Al-Qa`ida’s Changing Outlook on Pakistan”, CTC Sentinel, Vol. 1 Issue 12, November 2008.
[7] Gunaratna, Rohan &  Nielsen, Anders (2008). “Al Qaeda in the Tribal Areas of Pakistan and Beyond”, Studies in Conflict & Terrorism, 31:9, pp. 775-807.
[8] Mohammed M. Hafez. “Jihad After Iraq:  Lessons from the Arab Afghans Phenomenon”, CTC Sentinel,  Vol. 1 Issue 4, March 2008.
[9] Peter Bergen, “Assessing the Fight Against al Qaeda”, House Permanent Select Committee on Intelligence, April 9, 2008. Disponible en: http://fas.org/irp/congress/2008_hr/040908bergen.pdf
[10] Entendemos por ellas aquellas que cumplen dos criterios funcionales: comunicación frecuente y acción coordinada estable con una organización yihadista superior. Dicho integración no debe ser entendida como mera subordinación jerárquica, sino que suele plasmarse en una coordinación horizontal donde prima la innovación y la autonomía. Véase: Javier Jordán.  “Estructura organizativa del terrorismo de inspiración yihadista en Europa: retos para los servicios de inteligencia”, Cuadernos de Estrategia, (en prensa)
[11] Javier Jordán, Fernando M. Mañas & Nicola Horsburgh, “Strengths and weaknesses of Grassroot Jihadist Networks. The Madrid Attacks Case”, Studies in Conflict  & Terrorism, Vol. 31 Issue 1, January 2008, pp. 17-39.
[12] Rita Katz, & Josh Deven (2007). “Franchising Al Qaeda”, The Boston Globe, June 22.
[13] “Entre las cosas que nunca agradarán a los sentimientos del pueblo musulmán que te ama y te apoya, se encuentran las escenas de degollamiento de rehenes. No debes ser engañado por las alabanzas de algunas entusiastas jóvenes y su descripción de ti como “el jeque de los carniceros”. Carta de Ayman Al Zawahiri a Abu Musab Al Zarqawi, difundida por el ejército americano en octubre de 2005. Disponible en: