España y la reconfiguración del orden mundial

por Florentino Portero y Rafael L. Bardají, 1 de diciembre de 2003

(Publicado en Perspectivas Exteriores, 2003, diciembre de 2003)
 
Antes de los terribles atentados de septiembre del 11 de septiembre de 2001 había muchas razones para pensar que no sólo el orden de  la guerra fría ya se había enterrado definitivamente, sino que también los inestables años de la post-guerra fría estaban llegando a su fin. Algunos analistas vieron, incluso, en el final de la década de los 90, con un mundo volcado en sofocar conflictos civiles y étnicos, con unos Estados Unidos relativamente comprometidos con crisis sin ellos insalvables, como Kosovo, con una economía post-moderna, global y prometedora para buena parte de la población mundial, el nacimiento de un nuevo orden internacional, un orden “post-post-guerra fría”, a falta de una denominación mejor.
 
Ese sistema incipiente entreveía a una América claramente hiperpotencia, por emplear el calificativo ideado entonces por Hubert Védrine, el antiguo ministro de asuntos exteriores galo, pero en el que junto a unos Estados Unidos dominantes surgían nuevos polos de poder, muy particularmente Europa. Es más, poco se pensaba en esos momentos en una posible quiebra de eficacia y/o confianza en buena parte de las instituciones internacionales nacidas tras la Segunda Guerra Mundial pero todavía en vigor. El orden internacional se entendía garantizado por el poderío militar norteamericano y en lo político por el consenso surgido entre socios y aliados, desiguales en importancia y responsabilidad pero iguales ante las nociones de soberanía, independencia, no injerencia y, en última instancia, “un estado un voto” en el seno de la ONU. Es lo que el analista americano Robert Kagan llamó ya en 1998 “la multipolaridad honorífica”.
 
Septiembre de 2001 va a marcar el final de este sueño idílico de un mundo entre iguales, sobre todo en el bando occidental, tradicionalmente definido, y va a subrayar de manera dramática las diferencias entre americanos y europeos, entre Marte y Venus o entre el poder y la debilidad, por seguir utilizando metáforas más actuales de Robert Kagan. Los Estados Unidos van a salir del shock de los ataques terroristas de Al Qaeda con un imperativo político, moral y militar: impedir que algo así vuelva a tener lugar. El 11-S va a transformar radicalmente a Norteamérica, de tal forma que se abandona gran parte del realismo pragmático que había inspirado su política exterior durante años y se abraza una acción exterior más intensa y un compromiso a largo plazo y políticamente ambicioso para luchar contra el terrorismo internacional.
 
George W. Bush no llegó a la Casa Blanca con una agenda evangelizadora ni con la idea de enviar sus tropas a medio mundo y luchar dos guerras, Afganistán e Irak. En la campaña del 2000 se imaginaba un mundo menos turbulento en el que, como los occidentales hicieron durante toda la década de los 90, pudiera optar por qué intervención humanitaria realizar y por cual no. Como escribió por aquellos días Condoleeza Rice, la salvaguarda de los intereses vitales de los Estados Unidos era lo primero, por encima de la injerencia humanitaria y el apoyo amplio a la paz de terceros. Nada nuevo para la escuela realista de pensamiento. Pero los ataques de septiembre, tanto los atentados del 11 como las cartas de ántrax de los días posteriores, van a revolucionar la mente del Presidente americano y el universo político de Washington. Bin Laden y sus redes terroristas van a exigir de Estados Unidos aceptar que son altamente vulnerables a este tipo de ataques y que la única forma de sentirse a salvo de ellos solo puede lograrse con una acción global y preventiva.
 
Afortunadamente para el Presidente Bush y sus ciudadanos americanos, los Estados Unidos contaban en el 2001 con unas fuerzas armadas que habían venido experimentando con la llamada “revolución de los asuntos militares”, unas innovaciones tecnológicas en el terreno de los sensores, los ordenadores y sistemas de mando y control, en las armas de precisión y en las comunicaciones, de tal forma que sus tropas no sólo fueran capaces de eliminar la famosa niebla de la guerra, esa confusión innata al combate que tan bien describió en su día Clausewitz, sino que se pudieran plantear ejecutar operaciones militares integradas y en un campo de batalla digitalizado y reticular y a miles de kilómetros de sus bases nacionales.
 
Una nueva amenaza global, el terrorismo islámico, y la decidida lucha contra la misma por parte de Norteamérica van a pasar a ser los dos rasgos más evidentes y definitorios de la reconfiguración del orden mundial de comienzos del Siglo XXI. Aunque casi todos comparten el objetivo de acabar con el terrorismo, algunos no se muestran tanb convencidos de las opciones que defienden los Estados Unidos en la guerra contra Al Qaeda. Como se ha podido comprobar durante toda la crisis de Irak, desde el otoño del 2002 hasta nuestros días, el papel hegemónico de Washington no es admitido por igual entre sus socios y aliados y la nueva situación ha creado una fuerte división incluso en universos tan sólidos aparentemente como la Unión Europea y la Alianza Atlántica. Irak ha sido, en ese sentido, un ejercicio de clarificación de cómo ven los gobernantes y los países el sistema internacional y el futuro del mismo. Y su posible papel en él.
 
España llega a este debate con algunos elementos tan importantes como novedosos. Por una parte, en el año 2001 ya ha experimentado una profunda internacionalización de su economía, exportadora neta de capitales, muy especialmente en inversiones hacia el continente latinoamericano. Con la progresiva liberalización de su economía, España no sólo se coloca como un país abierto, sino que pasa a formar parte plenamente de la globalización. Por otro lado, su asunción de crecientes responsabilidades en la arena internacional también se ha visto acompañada ya por estas fechas con la aceptación de diversas cargas, particularmente en el terreno militar. Las fuerzas armadas españolas han pasado a ser en la segunda mitad de los años 90 una auténtica herramienta de la acción exterior del estado y están presentes y activas en diversas misiones de apoyo a la paz, particularmente en Bosnia, pero también en Kosovo y Macedonia.
 
Ahora bien, este novedoso rol como una potencia media pero presente en determinados aspectos y con una notable intensidad en zonas concretas del mundo, es altamente positivo pero también conlleva sus riesgos. Así, por ejemplo, la crisis de las economías de Argentina, y la consabida falta de garantías jurídicas para las inversiones extranjeras, va a poner sobre el tapete, y a un elevado coste financiero, cómo la progresiva internacionalización nos vuelve más interdependientes y también más vulnerables ante lo que les acontece a otros.
 
El 11-S afectará también a la conciencia de que vivimos en un mundo relativamente pequeño e interconectado en lo bueno y en lo malo. Tras una década de soñar con un mundo privilegiado, en el que Europa viviría en una especia de burbuja y en el que los conflictos serían parte de sociedades incivilizadas y arcaicas, la destrucción de las Torres Gemelas va a traer consigo la rotura de esa visión idílica. El 11-S se vivirá como el regreso a la política -tras una década de ver en la globalización sólo su lado de desarrollo económico- y a los asuntos de seguridad -tras los 90 donde se borró del vocabulario común la palabra amenaza-.
 
Así y todo, posiblemente la gran sacudida social no estuviera determinada por los atentados de Bin Laden, sino por el desagradable y súbito reconocimiento de que tropas de Marruecos habían ocupado el Islote Perejil, en julio del año 2002. Tras años de creer imposible una agresión militar contra España, por limitada que fuera en este caso, la pesadilla se hizo realidad: o se recurría al empleo de la fuerza, toda vez que las negociaciones no condujeron a resultado alguno, o se perdía la dignidad y la credibilidad internacional. Como sabemos, el peñón se recuperó exitosamente gracias al buen hacer de nuestras tropas.
 
Pero Perejil significaría algo más aún que ver hecha realidad una agresión marroquí contra suelo patrio. Pondría de relieve la falta de solidaridad de algunos de nuestros tradicionales aliados, muy particularmente Francia, quien vetaría inicialmente la condena por parte de la UE de la ocupación por la fuerza marroquí y marcaría, tras su mediación, el papel que Estados Unidos puede jugar en la zona a nuestro favor. De Perejil y no de Irak provienen algunos de los más importantes malentendidos españoles con sus socios europeos.
 
Y ese es el clima o el contexto con el que nuestro país llega al punto histórico cuando el sistema internacional entra en clara mutación, como hemos dicho antes por la amenaza terrorista y por la nueva actitud norteamericana, más proactiva y comprometida. En ese sentido, las opciones que se la han abierto y que se le abren a España para su posicionamiento cara al emergente orden internacional vienen limitadas por la propia reconfiguración que está desarrollándose en estos momentos. A continuación se describen y abordan algunos de los elementos claves de este nuevo orden internacional.
 
1.- La guerra contra el terrorismo no ha hecho sino empezar
 
El terrorismo internacional contemporáneo, entendiendo por tal el que hemos visto de la mano de Al Qaeda, tiene algunos rasgos de los que se puede deducir su paciencia para lograr sus objetivos y su gran aguante para resistir en un medio hostil. Se trata de un fenómeno esencialmente de fanáticos religiosos, cuyo sacrificio individual no cuenta negativamente, al contrario, su inmolación última es garante de una vida mejor en el más allá. Es más, la batalla que plantea Bin Laden no permite pensar ni en treguas ni en rendiciones, pues su lucha está concebida como un enfrentamiento total y global, encaminado a extender su versión del Islam y a doblegar o eliminar a los occidentales, comenzando por los americanos, en quien simboliza el paganismo y la degradación. Para Bin Laden no hay entendimiento ni acomodo posible. Se trata de matar a cuantos más enemigos mejor. Precisamente con ese objetivo en mente, Al Qaeda ha recurrido a unas fórmulas organizativas que no sólo le ayudan en su globalidad, sino que le otorga una gran capacidad de adaptación y supervivencia. Pocas células arrastran a la cárcel a más de media docena de militantes terroristas y la compartimentalización de información impide en buena medida tener la seguridad y la confianza de que con las detenciones se impide el desarrollo de algún otro atentado.
 
Los datos hablan por sí solos: se ha logrado capturar a gran parte de la cúpula de Al Qaeda, así como a más de tres millares de militantes o personas próximas a esa organización, pero ello no ha sido suficiente para impedir atentados como el de Bali, Riad o Casablanca. Las alertas de los servicios de inteligencia occidentales se han vuelto una constante en nuestras vidas, sobre todo si se reside en Estados Unidos.
 
A esto hay que añadir que en la medida en que la proliferación de conocimientos y tecnologías asociadas a sistemas de destrucción masiva parece un fenómeno imparable, la posibilidad de que un número cada vez más pequeño de personas consigan un nivel de destrucción catastrófico relativiza mucho la tradicional métrica del éxito policial contra los comandos terroristas. El éxito ahora no depende ya del número de terroristas detenidos cuanto de planes desbaratados y frustrados, de que no se produzcan nuevos atentados y de que éstos, si no se llegan a evitar, no alcancen al menos un nivel de violencia y destrucción catastrófico.
 
Ante el escenario de una situación apocalíptica ningún gobernante puede quedar impertérrito. Y menos aún los dirigentes americanos que ya han sufrido en primera persona unos ataques de dimensiones nunca antes conocidas. Por eso, la guerra o la lucha contra el terrorismo, en todas sus dimensiones, de la financiera y policial, a la militar y de inteligencia, va a ser algo que se va a quedar entre nosotros por mucho tiempo, desgraciadamente. Y eso va a alimentar determinadas actitudes y un clima político y social en donde uno y un país esté con el terrorismo o contra el terrorismo y donde las medias tintas y los matices no tengan fácil cabida.
 
2.- La lucha contra el terrorismo exige una nueva doctrina de seguridad
 
Hasta ahora el fenómeno terrorista se juzgaba esencialmente en su dimensión policial y judicial. Era un delito y como tal se trataba. La necesidad de impedir a toda costa un atentado con armas de destrucción masiva, bacteriológicas, radiológicas o nucleares, llama a una revisión o adaptación de las doctrinas clásicas de la seguridad.
 
Para empezar, exige un nuevo entendimiento operativo entre los servicios de inteligencia, los cuerpos de seguridad del estado y las fuerzas armadas. Todas estas instituciones juegan un papel determinante en la preservación de la seguridad, pero deben romper sus diferencias adquiridas con el tiempo y hacer conjunto su esfuerzo antiterrorista a escala nacional. En el ámbito internacional deberán ponerse en marcha los mecanismos y procedimientos suficientes para que la información fluya allí donde sea necesario. Es más, organizaciones de defensa colectiva, como la OTAN, ya han comenzado a desarrollar su posible contribución a esta lucha global.
 
Pero más allá de estas adaptaciones institucionales, el requisito de impedir un atentado de dimensiones apocalípticas conlleva la necesidad de frustrarlo antes de que se materialice y por eso, es necesario cambiar la aproximación reactiva frente al delincuente o criminal y asumir la necesidad de llevar a cabo acciones de anticipación y preventivas llegado el caso. ¿Qué líder se quedaría inactivo cuando fuera informado de la existencia de un comando que en tal o cual localización se sabía se estaba preparando con armas biológicas? ¿Quién podría quedarse quieto de saber la existencia de un laboratorio clandestino para la fabricación de sistemas de destrucción masiva al servicio del terrorismo?
 
Es obvio que una doctrina de seguridad nacional sustentada en la anticipación y la prevención supone un duro golpe a mucho de lo construido hasta ahora bajo el manto de la legalidad internacional. Pero es de sentido común que de nada vale el derecho internacional si no queda nadie vivo para interpretarlo. De lo que se trataría, más bien, es de intentar definir y acotar las condiciones que justificarían sobradamente una acción de tipo preventivo, pero siempre siendo conscientes de que en una situación fluida es prácticamente imposible llegar a concretar todos los posibles supuestos que pueden presentarse. Demasiada codificación lleva a la parálisis.
 
En todo caso, parece probable que en los próximos tiempos, el debate sobre la autoridad apropiada para autorizar o legitimar estas posibles acciones no se va a resolver, dada la disparidad de criterios en liza y por el hecho de que nadie, en la práctica, va a renunciar a una opción, posiblemente la única, para defenderse de un ataque catastrófico.
 
3.- Las instituciones internacionales con toda probabilidad verán agudizar su crisis de funcionamiento
 
Es patente que dos organizaciones bien asentadas, como son la ONU y la OTAN, no han sabido resolver elegantemente sus problemas de funcionamiento interno cuando más necesario era. Ninguna de ambas va a cerrar sus puertas, aunque sólo sea porque no hay mejor alternativa, pero ello no va a significar que se vayan a ver nuevamente dignificadas y que ocupen un lugar central en el nuevo entorno internacional y estratégico. Por razones distintas, eso sí.
 
La ONU, para comenzar, ha sido un terrible campo de batalla en el que se ha intentado dirimir el papel de los Estados Unidos en el mundo. Francia y Alemania han usado -o abusado- de los mecanismos y procedimientos del Consejo de Seguridad para avanzar sus posiciones antiamericanas, sin respeto alguno a lo acordado durante años por el propio Consejo en relación al Irak de Saddam Hussein. Irak les ha servido de excusa y coartada a su política en aras de una supuesta multipolaridad y para sus intentos de frenar la hegemonía norteamericana.
 
En cualquier caso, lo que ha quedado patente es que con sus reglas de funcionamiento salidas de la Segunda Guerrea Mundial y de la relación de poder de ese momento, el Consejo de Seguridad tiende a bloquearse con suma facilidad, retrotrayendo a la Organización prácticamente a la época del “nyet” soviético. El problema de futuro es que aunque vuelve a plantearse la opción de una reforma en profundidad del sistema de toma de decisiones de la ONU, es y será imposible que los países cedan sus atribuciones actuales, al servicio de sus intereses nacionales, en aras de un mejor funcionamiento interno. ¿Estarían Francia y el Reino Unido dispuestos a perder su voz y derecho de veto en el Consejo de Seguridad para cederlo a un hipotético sillón de la UE? ¿Le interesa a Estados Unidos? ¿Es viable una ampliación del gusto de todos incorporando, por ejemplo, a Brasil pero no a México, o viceversa? La complejidad es tan grande, que la reforma del Consejo de Seguridad no parece viable. Y en ausencia de esa demandada reforma, la confianza en la toma de decisiones, tal y como se da hoy, seguirá en entredicho.
 
A su vez la OTAN adolece de dos problemas básicos y de difícil, si no imposible, solución. Por un lado está la pérdida de confianza, lógica, entre sus miembros de que la OTAN acudirá automáticamente en su defensa llegado el caso. Y no se debe a que tras haber activado por primera vez su artículo 5º, su cláusula de defensa colectiva, la Alianza quedara relativamente marginada, se debe más bien al triste y lamentable episodio vivido a comienzos de año con motivo de la petición de Turquía de solicitar el inicio de una planificación defensiva para su territorio ante la eventualidad de un ataque por parte de Irak. Como sabemos, la interpretación francesa de que eso significaría legitimar de hecho la intervención americana en Irak bloqueó, con el apoyo de Alemania y Bélgica, la adopción de una decisión durante una semana, forzando finalmente la ausencia de decisión en el órgano pertinente, el Consejo Atlántico, y bajando el nivel de decisión al Defense Planning Committee, donde Francia no está presente. La solidaridad que se le suponía a los miembros de la Alianza ha quedado fuertemente en entredicho y, hoy por hoy, no parece aconsejable que ninguno de sus miembros haga depender sus opciones defensivas en la buena voluntad de sus aliados exclusivamente.
 
De todas formas, el problema más grave de la OTAN sigue siendo el de sus limitadas capacidades. No es que los Estados Unidos hayan adquirido un ritmo de innovación imposible de alcanzar, es que entre los europeos la brecha también se agranda y la mayoría mantiene una estructura de gastos poco eficaz para las exigencias de los conflictos modernos. Sin una revolución en los planteamientos defensivos y militares de los miembros europeos de la OTAN, las capacidades que los aliados pueden aportar a una acción colectiva seguirán siendo pocas e ineficaces en muchos casos. Téngase en cuenta, por ejemplo, que el esfuerzo del Reino Unido en Irak, extraordinario por lo demás dada su estructura y nivel de fuerzas, es con toda seguridad lo máximo a lo que puede llegar ese país con los niveles de gastos actuales y con la dimensión de sus ejércitos. Y eso que Londres es quien más recursos y en serio se toma su defensa en Europa.
 
La mezcla de desconfianza y la precariedad en los medios de respuesta colectiva hará que sea más y más complejo sostener operaciones combinadas con los americanos y ello desembocará en una mayor marginación de la OTAN en la planificación militar y defensiva estadounidense, los únicos que han sabido ejercer durante décadas el indispensable liderazgo en la Alianza para que esta funcionara.
 
4.- Europa girará en torno al resentimiento y la venganza
 
Europa pudo haber sido un proyecto único, pero ahora son muchos. La caricatura de Donald Rumsfeld de la “vieja y la nueva Europa” no deja de tener un cierto viso de realidad, pero tiende a enmascarar un hecho esencial: Irak no es la fuente de las divergencias entre los propios europeos, la crisis de Irak sólo ha hecho aflorar de manera más brusca dichas diferencias. Si acaso las ha acelerado y profundizado.
 
El problema esencial de Europa reside en la progresiva pérdida de influencia y poder de Francia y Alemania, vivido más angustiosamente y con menor aceptación en el lado galo. Durante la década de los 90 Alemania se concentrará en digerir su integración y Francia no dispondrá ni de la visión ni de los recursos ni del liderazgo para colocarse sola al frente de la incipiente UE. En temas como el de la defensa resulta reveladora la evolución de la propia Francia: olvidando su tradicional letanía de que el eje franco-alemán resulta imprescindible para la profundización del proceso de construcción europea, París sólo encontrará en Londres al socio que necesita para dar nacimiento a la PESD. Sólo tras los acuerdos franco-británicos de Saint-Malo, a finales de 1998, una política como la PESD puede tener visos de realidad.
 
Paralelamente, los éxitos y logros económicos del Gobierno Aznar en la España de la segunda mitad de los 90 lleva a que nuestro país comience a adquirir una credibilidad y, sobre todo, una seguridad en sí mismo, que tiende a disminuir, por lógica, la tutela ejercida por Paris sobre nosotros. Francia se encontrará sin su socio histórico, Alemania, de la mano de un Londres del que nunca se ha fiado lo bastante, y con un creciente número de países de “segundo escalón”, como son Italia y ya España, capaces de disputarle o complicarle el ejercicio de su tradicional liderazgo.
 
Con este contexto llega la crisis de Irak, crisis que será aprovechada por Francia para recomponer aceleradamente su especial relación con Alemania, a la que ata a sus posiciones antiamericanas concediéndole por primera vez en la historia una notable ventaja decisoria en el seno de la futura UE ampliada, Arropado Chirac por el relanzamiento del eje franco-alemán se puede permitir el lujo de erigirse de nuevo en la voz de Europa y servir de martillo de herejes, en este caso España y los demás firmantes de la carta de los 8, misiva con la que quisieron desmarcarse de las palabras del presidente galo con motivo del aniversario del Tratado del Elíseo por lo que de antiamericanas tenían.
 
Todo cuanto franceses y alemanes han hecho desde entonces sólo puede explicarse por su política de resentimiento acumulado durante años y el deseo de encontrar una venganza histórica que les devuelva a su paraíso perdido, a su posición dominante en Europa. Así, por ejemplo, lanzarán con Bélgica y Luxemburgo, un llamamiento para una defensa europea a finales de abril, sentando las bases para la creación de un cuartel general y unas estructuras de planificación curiosamente no ya al margen de la Alianza Atlántica, sino también fuera de las estructuras de la UE. Sólo la debilidad de este supuesto “núcleo duro”, muy desigual en su esfuerzo defensivo, hará que Francia se replantee la necesidad de incorporar en este ámbito al Reino Unido, aprovechando, por lo demás, la debilidad política de Tony Blair en todo lo tocante al euro en su casa.
 
Paralelamente, Francia y Alemania seguirán poniendo trabas en la ONU a los sucesivos llamamientos de Estados Unidos a la comunidad internacional para la estabilización y reconstrucción de Irak. Se negarán sistemáticamente a adoptar cualquier resolución que no suponga una transferencia de competencias a la ONU y una cesión acelerada de poderes al un gobierno iraquí, desoyendo todos los consejos de que tal acción hundiría aún más a Irak en el descontrol. Pero su oposición es un sine qua non para ejercer de potencia de nuevo y hacer pagar la supuesta prepotencia de América y de los esquiroles europeos, incluida España.
 
Esta fijación con nuestro país se ha podido comprobar en la inflexibilidad negociadora con que Chirac encara el proyecto de Tratado constitucional y la Conferencia Intergubernamental. Alemanes y franceses consideran que España debe perder en la negociación porque no quieren admitir lo que de concesiones sacó de Niza. Schroeder aviva el fuego atribuyendo su crisis económica a sus aportaciones a los fondos europeos y el beneficio directo que España saca de los mismos al ser receptor de fondos de cohesión.  Y Chirac juega a cumplir selectivamente con España lo acordado en Lisboa, particularmente la interconexión energética y la red de transporte terrestre de alta velocidad.
 
Es posible que sea viable recomponer las relaciones normales entre los europeos y entre España y Francia y Alemania, pero parece poco probable. No es un problema de carácter de las personas, ni tan solo del acercamiento español hacia posiciones más atlantistas o proamericanas. Se debe esencialmente a la imposibilidad de encajar con normalidad y soltura a una nación como la nuestra que ha crecido y madurado y que quiere y tiene cosas que decir con criterio propio. Mientras Francia vea la construcción de Europa en términos de ejes a dos o de directorios a tres, como máximo, será inevitable la tensión con España.
 
5.- La imprevisibilidad del Norte de África no disminuirá
 
Perejil fue una sorpresa no sólo porque nadie se lo esperara, sino porque una acción de esa naturaleza resultó inexplicable. Todavía nadie puede afirmar a ciencia cierta de quién partió la orden de la toma del islote, cuándo se decidió y qué se pretendía obtener con ello. Ni siquiera se sabe si era un movimiento limitado a Perejil o si representaba el inicio de una cadena de eventos sobre algunas de nuestras posesiones.
 
Pero de lo que sí se tiene constancia es de que además de la opacidad en la toma de decisiones, la situación interna marroquí se enfrenta a graves problemas institucionales y de seguridad. Los atentados islamistas suicidas de Casa Blanca han acercado peligrosamente el terrorismo islámico a nuestros intereses y a nuestras puertas, amenazando, por lo demás, la paz y la convivencia en Marruecos. Desde ese momento, además, se han sucedido varios ataques mortales contra miembros de la comunidad judía marroquí, cosas que nunca antes había tenido lugar. Y la evolución electoral deja lugar a pocas dudas: muy pronto los islamistas serán una alternativa real de gobierno.
 
Si a eso le sumamos el cúmulo de factores que ya inciden sobre la relación bilateral, particularmente el flujo migratorio hacia Europa y nuestro país, así como, en otro terreno, la conflictiva solución al problema del Sahara, no es de extrañar que el futuro de la relación bilateral esté sometido a una cierta tensión. Que esta tensión pueda encauzarse y limitarse a través de las buenas relaciones diplomáticas sería lo deseable, pero no por ello debería descuidarse el factor de disuasión y fuerza que representan los ejércitos españoles de cara a reducir la eventualidad de otras posibles decisiones aventureras.
 
6.- La hegemonía americana tenderá a  consolidarse
 
Que el momento en el que vivimos es unipolar no cabe dudas al respecto. Los Estados Unidos son la potencia hegemónica porque con el presupuesto que invierte en su defensa es la única verdaderamente capaz de librar y ganar una guerra clásica o de nuevo tipo en cualquier parte del globo; pero también lo es por su dinamismo económico y su capacidad de generar riqueza de manera sostenida, factor que no siempre puede apreciarse con los parámetros clásicos para medir la economía industrial, todavía dominantes a pesar de que países como Norteamérica se mueven más en el difuso terreno de la economía post-moderna; lo son, además, por el influjo y atracción que ejercen en amplias capaz de la población, con sus universidades, sus películas, burgers y, en fin, con eso que se ha venido llamando el american way of life.
 
Pero, sobre todo, son la potencia dominante del momento porque tienen voluntad de serlo y de defenderse de sus rivales y enemigos. Todo lo demás lo han tenido los americanos desde la caída y desaparición de la URSS. Sólo les faltaba la misión universal y la conciencia y voluntad de tener que jugar un papel mundial, sostenido y consistente. Y esa concepción y voluntad es lo que ha brotado con  fuerza tras el 11-S.
 
De hecho, hay tres razones importantes de por qué los estados Unidos seguirán siendo la potencia hegemónica en los próximos años, de tal forma que el nuevo sistema mundial tenga este hecho como columna vertebral de la reordenación del poder. El primero, que esta actitud expansiva e intervensionista, garante de la estabilidad y la paz en el mundo como condición y a la vez subproducto de la guerra contra el terror, se sustenta en un profundo cambio en los valores y actitudes del pueblo americano. No es un giro impuesto por un presidente alocado, es una demanda de una sociedad que se siente amenazada y en guerra. Y, por lo tanto, no es algo que pueda cambiar de la noche a la mañana con la llegada de otro presidente, sino que es un factor instalado en la política bipartidista de Washington. Y, sobre todo, es un hecho que tal vez ayude a comprender por qué George W. Bush tiene muchas posibilidades de salir reelegido en las elecciones presidenciales de noviembre de 2004.
 
En segundo lugar, con la política de transformación de sus ejércitos, Estados Unidos logra ahondar la brecha tecnológica, doctrinal, organizativa y de capacidades, en suma, respecto a sus potenciales enemigos así como a sus aliados y amigos, consolidando aún más su poder. No hay nadie en el horizonte que pueda realmente plantearse librar una batalla con las tropas americanas y salir indemne. Esto es muy cierto en el terreno de la guerra clásica pero todo apunta a que también lo será en otras formas menos tradicionales, como la guerrilla, estrategias asimétricas, ciberataques, etc.
 
Por último, América se consolidará en su rol mundial simplemente porque no hay otras alternativas. Un gobierno mundial inspirado en la ONU es un sueño y la aparición de otros líderes políticos no parece posible, sobre todo si quien les reemplazaría, por dimensión, población y visión, es, pongamos por caso, la China comunista. De hecho, el único intento de formación de una coalición capaz de limitar el poder norteamericano, surgió durante la crisis de Irak de la mano de Francia y sumaba elementos tan dispares como Rusia y China, en un imposible eje París-Moscú-Pekín. Y ya se ha comprobado tanto la ineficacia como la inestabilidad del mismo.
 
No, la polémica no es si los Estados Unidos seguirán siendo la potencia hegemónica, cuanto si en un futuro próximo serán capaces de desarrollar formas cuasi-imperiales en el terreno de la seguridad pero compaginadas con una benevolencia y respeto a las libertades y democracia de los demás. Esto es, si quieren y son capaces de encontrar una estructuración global de corte imperial pero sin los elementos negativos, de coerción y extracción de riqueza, de los imperios clásicos.
 

España en el mundo unipolar

 
Estas son, básicamente, las cartas con las que puede jugar España para construir su agenda internacional y hacer avanzar sus objetivos e intereses. Nunca antes se ha encontrado con tantas oportunidades pero, al mismo tiempo, los elementos externos no le son del todo favorables. Se exigirá una gran habilidad política y una visión muy clara. Si todo lo anterior se comprueba correcto, España encontrará dificultades y fuertes resistencias en el entorno europeo, concentradas éstas en Francia y Alemania esencialmente y salvo que en esos dos países cambien las mayorías políticas o sus líderes, eso supondrá un problema, pues todo intento español de hacer valer sus derechos y opiniones se verá contrarrestado con un frente de resentimiento y rechazo por lo que España ha llegado a ser, no por lo que hace o dice.
 
En segundo lugar, en nuestro entorno cercano, cara al mundo árabe y musulmán, Marruecos no es un actor ni serio ni fiable. Y no sólo por las inclinaciones de sus dirigentes, sino, sobre todo, porque es una sociedad llena de contradicciones que amenaza con explosiones irracionales como método de supervivencia. Por otra parte, el fenómeno terrorista parece querer instalarse en el país, con todo lo que eso conlleva de inestabilidad y exportación de violencia o elementos indeseables.
 
Sólo en los Estados Unidos de George W. Bush, en los Estados Unidos comprometidos con una visión democratizadora del mundo, empeñados en erradicar el terrorismo internacional de la faz de la tierra y vigilantes ante la proliferación de armamentos, España encuentra un puntal de apoyo y un aliado. El problema, no obstante, es la asimetría de la relación. Piénsese, por ejemplo, que Norteamérica invierte en sus ejércitos en un año lo que el Ministerio de Defensa español hace en 42. No obstante hay otros elementos novedosos, el aprecio por los países de igual parecer o, esa nueva dimensión social, económica y política, como son los hispanos de Estados Unidos, que borran la tradicional frontera de lo que es la acción internacional de la política doméstica. Cuando el presidente español va de gira por Nuevo México, Florida o Arizona, por citar unos casos concretos, ¿qué es lo que en realidad está haciendo? ¿Política exterior española o política doméstica americana? Ya ambas cosas a la vez claramente. Y eso abre todo un universo de posibilidades nunca antes conocido para un español.
 
España no cuenta con muchas opciones. Pero la esencial es continuar estrechamente vinculado a América. Es el único aliado que nos puede ayudar de verdad en todo cuanto nos interesa.