España, Timor Oriental y el "efecto" Kosovo

por GEES, 16 de septiembre de 1999

Sumario ejecutivo
 
A medida que España ha ido ganando protagonismo en la esfera internacional, su compromiso efectivo con la ayuda humanitaria y las misiones de apoyo a la paz ha ido también creciendo, en un proceso paralelo de normalización y equiparación a nuestros socios y aliados, a la vez que de asunción de responsabilidades de una potencia media. El caso de Kosovo y la participación activa en la operación “Fuerza Aliada”, así como la posterior presencia española en la KFOR reafirmaban la opción por el refuerzo de la paz y la estabilidad internacional. En el caso de Timor Oriental, sin embargo, la voluntad del Gobierno español ha resultado ser mucho más comedida y titubeante, anunciando únicamente una participación española como apoyo a una presumible petición portuguesa en el terreno logístico. Timor Oriental no es, desde luego, Kosovo, pero hay ciertos elementos comunes que deberían llevar a una clarificación pública de los principios que rigen y sustentan la política de intervención humanitaria española. La intervención -o no- española debe responder a unas directrices claras y públicas, ser eficaz como contribución a la gestión de la crisis y, finalmente, beneficiar a la posición internacional de nuestro país.
 
1.- Diplomacia activa.
 
El Gobierno español ha dado buenas pruebas en los últimos años de estar contribuyendo activamente a paliar los sufrimientos humanos causados tanto por catástrofes naturales (caso del huracán Mitch en Centroamérica), como por la acción del hombre y las guerras (casos de Bosnia y Kosovo, por ejemplo). Los objetivos siempre han sido claros: garantizar la vida, aliviar el horror e intentar crear las condiciones para el restablecimiento de la normalidad, la estabilidad y una paz duradera.
 
El coste de estas acciones no ha sido baladí ni en términos financieros (más de 25 mil millones de ptas. al año cuesta nuestra presencia en Bosnia) ni, aún peor, en términos humanos (18 víctimas mortales en el teatro de operaciones de la antigua Yugoslavia).
 
Pero también hay que reconocer que España, como nación, ha obtenido unos claros beneficios por su intervención humanitaria. Es innegable que ha ganado en credibilidad y respeto tras largos años de estar al margen del sistema internacional. Es más, el Gobierno y las propias fuerzas armadas han cobrado un tinte humano que ha calado profundamente en la opinión pública. El apoyo de la sociedad española a las misiones de paz es hoy abrumador.
 
2.- Compromiso selectivo.
 
La comunidad internacional, y España en tanto que miembro activo de la misma, no podrá ni atender ni resolver todos los conflictos que estallen en el mundo. Aunque sólo sea por una cuestión de medios insuficientes. De ahí que sea necesario discriminar entre las posibles actuaciones bajo un criterio de compromiso selectivo.
 
Las razones para una intervención han quedado relativamente aclaradas tras la práctica de la década de los 90: Del Kurdistán a Kosovo o Timor la comunidad internacional o algunos de sus miembros se movilizan para proteger a unas minorías frente a los desmanes de sus gobiernos. No es necesario contar con la aprobación de los dirigentes represores y ni siquiera es necesario, cuando la catástrofe humana es evidente, contar con la sanción de una resolución de las Naciones Unidas. La base legitimadora puede ser la concurrencia de las democracias occidentales avanzadas, el respeto al espíritu de la Carta de Naciones Unidas y la buena voluntad de proteger los derechos básicos de las poblaciones castigadas.
 
Ahora bien, frente a crisis específicas, como la provocada en Timor Oriental -tan alejada geográficamente de la cuna de los principios de respeto a los derechos humanos, una creación de la civilización occidental al fin y al cabo- lo ideal sería conseguir una respuesta regional que diera una salida apropiada y justa al enfrentamiento. Primera opción, por tanto, que la seguridad debe garantizarse por quienes más cercan están del foco de tensión y dentro de un marco regional. Sólo cuando este marco limitado se demuestra incapaz de ofrecer salidas viables debe actuar directamente la comunidad internacional que, a la postre, no es sino un eufemismo para las democracias avanzadas.
 
Por tanto, ni la distancia ni la diferencia cultural o de raza debe servir como criterio definitorio de una intervención o su contrario, la no-injerencia, sino la capacidad o incapacidad de dar con una solución rápida, eficaz, justa y estable dentro del marco regional. Así ocurrió en Kosovo y ha vuelto a ocurrir en Timor y hubiera debido ocurrir en Ruanda.
 
3.- Esfuerzo común y compartido
 
Ningún país en solitario debería poder arrogarse la legitimidad de una intervención, decidida o no por las Naciones Unidas. Nadie debe convertirse en el sheriff del mundo. Le corresponde a la comunidad internacional, con la sanción o no del Consejo de Seguridad de la ONU, o en su nombre a un número significativo de países, servir de fuerza estabilizadora y de exportación de la paz.
 
Sólo una acción común garantiza contar con una legitimidad apropiada y, dados los constreñimientos actuales de los ejércitos, que la fuerza que se emplee sea adecuada y eficaz, al mismo tiempo que los costes de estas operaciones se distribuyan con cierto equilibrio y equidad entre las potencias más importantes del globo o entre aquellas que se ven más directamente afectadas.
 
La paz y la seguridad internacional es cuestión de todos. Y principalmente de quienes más disfrutamos de ellas.
 
4.- Actuación eficaz.
 
Toda intervención debe estar guiada por el deseo de encontrar una solución rápida y eficaz, en el nivel diplomático, militar y social. Si España compromete fuerzas para un contingente internacional tiene que asegurarse de que dicha participación representa un valor añadido para la fuerza multinacional y para el objetivo que se persigue. No sólo se debe comprometer lo que se tiene, sino que de ello se debe ceder lo que es de más valor para el esfuerzo común y el éxito de la misión.
 
5.- Disponibilidad de medios.
 
España debe estar en capacidad de dar aquello a lo que se comprometa. No puede haber aquí disparidad alguna entre la política declaratoria y la capacidad efectiva de contribuir con fuerzas.
 
Las operaciones de paz son, por su propia naturaleza, muy intensivas. En personal, ya que en un ambiente hostil o semi-hostil el número mínimo de fuerzas que se puede desplegar está en función normalmente de la propia capacidad de autoprotección, más que de la eficacia para cumplir con los objetivos de la misión. Por otro lado, y salvo que las unidades se integren modularmente en una fuerza multinacional perfecta, la voluntad de contar con mando nacional también exige un volumen mínimo de tropas, variable según el nivel de mando que se pretenda.
 
En segundo lugar, son intensivas por el material que se consume durante las mismas, material la mayoría de las veces irrecuperable tras largos años desplegado en la zona.
 
Por último, son también intensivas por los recursos financieros que demandan. Bosnia cuesta por encima de los 25 mil millones al año; Kosovo rondó los 10 mil. Si se tiene en cuenta que la duración de estas operaciones es dilatada, los gastos acumulados y múltiples no son nada desdeñables, particularmente en momentos de austeridad presupuestaria.
 
España avanza con la profesionalización plena de la tropa y marinería en la buena dirección en el terreno humano. Con el entrenamiento y el equipamiento apropiado, tal vez con la especialización de determinadas unidades también, puede estar en disposición de participar en dos escenarios tipo Bosnia simultáneamente y contribuir a otra operación de menor envergadura con algún apoyo. El reto estriba en que dicha presencia internacional esté asegurada por unos niveles presupuestarios adecuados.
 
En cualquier caso, España no jugará nunca un papel destacado y creíble si no está dispuesta a pagar por ello, en términos de sacrificios humanos y en términos económicos.
 
6.- ¿Debe España ir a Timor?
 
Al igual que en otras intervenciones no hay obligación alguna, más allá de la moral, de que España participe en una fuerza multinacional que imponga la estabilidad y la paz en Timor Oriental. No obstante, con la pauta iniciada en esta década, el Gobierno español debería sentirse seria y públicamente comprometido con una estrategia internacional de condena activa de las flagrantes violaciones de los derechos humanos y que conllevan el desplazamiento, limpieza étnica o el aniquilamiento de pueblos y minorías enteras. España debe manifestarse claramente en contra de la barbarie.
 
Por otro lado, España debe favorecer una salida lo más regionalizada posible. Deben ser los vecinos más afectados quienes lideren cualquier operación y en este caso en particular, Australia y Nueva Zelanda, como exponentes máximos en la zona del grupo de democracias avanzadas y representantes de la comunidad internacional.
 
No obstante, en la medida en que España quiere jugar un papel destacado en la esfera internacional, debería participar y contribuir aunque fuese con medios limitados o simbólicos. La actual posición de que se prestaría apoyo logístico a Portugal si este país lo solicita no es digna de una nación que quiere formar parte del club de los grandes. Aún peor, ni siquiera consigue el agradecimiento de un país como Portugal, con el que mantenemos una alambicada y tormentosa relación y al que obligamos a manifestarse sobre sus carencias. España debería ofrecer a Portugal, no esperar a que lo pida.
 
España cuenta con una Guardia Civil y una policía con sobrada experiencia en operaciones internacionales de paz, y es actividad policial lo que Timor demanda ahora; de la misma manera, nuestras fuerzas armadas pueden contribuir con escalones médicos avanzados o con ingenieros altamente especializados y que ayuden en la reconstrucción de la infraestructura dañada. O simplemente pueden servir de transporte a las fuerzas de otros países, bien con barcos o con aviones.
 
Timor ha salido gracias a la ONU y a la televisión de la ignorancia y de la indiferencia, al igual que lo hizo Kosovo o, con anterioridad, Bosnia-Herzegovina. No está en el área euroatlántica, tal y como la define la OTAN, pero ha llegado el momento de medir si verdaderamente el motivo de la guerra en Kosovo fue proteger a la población albano-kosovar de la brutalidad serbia, o a la propia OTAN de su descrédito.