España en la guerra de Afganistán: huir de la banalidad

por Joseph Stove, 6 de julio de 2009

La situación en Afganistán y en la frontera con Pakistán es de guerra, y ya no hay lugar para eufemismos. Esta situación viene desarrollándose desde hace años, pero la que tenía lugar en Irak le robó el protagonismo. Sólo después de que la campaña americana de contrainsurgencia, en 2007 y 2008,  posibilitase que el gobierno de Bagdad asumiese el control de la situación en Irak, Estados Unidos pudo dirigir su esfuerzo al problema Afgano.
 
Después de la derrota de los talibanes en 2001, lo que se concibió como un esfuerzo de reconstrucción de Afganistán, sin una adecuación a la situación real allí, sólo propició el empeoramiento de la situación. Con el tiempo, se puso de manifiesto que el problema era muy grave, se reconoció que la situación en Afganistán y la de Pakistán estaban unidas, que representa un foco muy peligroso para la seguridad global, y que el esfuerzo necesario de estabilización y reconstrucción será costoso, en sangre y tesoro, para lo que se atisba un horizonte temporal de varios años.
 
La OTAN intervino en Afganistán con la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF) para apoyar al Gobierno interino afgano: en ella se integraron las unidades españolas a principios de 2002. Desde ese momento los sucesivos gobiernos españoles han practicado la corrección política divulgando que estábamos en Afganistán en “misión de paz”. Pero vayamos más allá de lo políticamente correcto, y denunciemos que estamos ante una banalización de la guerra, que es de lo que realmente estamos hablando.
 
La huida de las tropas españolas de Irak -golpe de efecto doméstico-, pronto se mostró muy nocivo para nuestra política exterior y esa inadecuación en el trato con los aliados abrió una mayor implicación en Afganistán. La presencia española en Afganistán se reforzó en 2005, estableciendo la base de Herat en el noroeste del país y, posteriormente, el Equipo de Reconstrucción Provincial (PRT) de Qala i Naw. Todo partía de un juego de compromisos con los aliados, sin que la verdadera naturaleza de la situación jugara un papel esencial. La participación militar era sólo para el esfuerzo de reconstrucción. Cuando el Cuartel de Alta Disponibilidad OTAN de Bétera (Valencia) debió constituir el núcleo del Cuartel General de ISAF, el Presidente del Gobierno lo vetó, y el “papelón” ante los aliados fue de dos orejas, rabo y vuelta al ruedo.  El “antes morir que matar” era el lema de la banalización de la guerra por parte del Gobierno de Zapatero.
 
Actualmente la guerra en Afganistán ha entrado en una fase de futuro incierto. Durante la campaña electoral, el Presidente Obama tuvo que ir moderando sus ansias abandonistas en Irak, oponiendo a Afganistán como el verdadero objetivo en la guerra contra el terrorismo. El hecho de enviar refuerzos a Afganistán, la mayor implicación en el apoyo a Pakistán, y el establecimiento de una estrategia de contrainsurgencia, convierten a Afganistán en la Guerra de Obama. La Guerra de Afganistán ya puede ser blanco de las iras políticas de los republicanos y del ala izquierda del partido demócrata. Las encuestas de opinión harán el resto.
 
En abril de este año, en la cumbre de la OTAN de Estrasburgo y Kelh, la mayoría de aliados europeos, no se mostraron muy favorables a apoyar la parte militar de la estrategia de contrainsurgencia de Obama; sólo dedicarían esfuerzos a la reconstrucción. España, además, se comprometió a aumentar, temporalmente, el número de sus fuerzas para el periodo electoral que culminará el 9 de Octubre.
 
Esta decisión, como las anteriores es inadecuada. En un escenario de contrainsurgencia, el control de la población es un proceso largo, paciente y peligroso. Vivir entre el pueblo, tejer el contacto con las personas es un asunto de “convivencia” para obtener confianza y respeto. La permanencia de una pequeña fuerza por dos meses en Afganistán sólo puede justificarse para, por ejemplo, hacer guardia en el aeropuerto de Kabul, pero en la realidad es para “cubrir el expediente”.
 
España tiene fuerzas militares en un territorio en guerra, integradas en la estructura de mando que dirige las operaciones y que sirve a una estrategia diseñada por Estados Unidos y apoyada por la OTAN. Este es el hecho que el Gobierno tiene que transmitir al pueblo español. Debe decirle que Afganistán es un teatro importante para la seguridad mundial, que la guerra va a demandar sacrificios y que será larga. No sólo eso: el Presidente del Gobierno debe hacerlo en el Congreso. Justificar la presencia de nuestros soldados porque se cuenta con la autorización de las Naciones Unidas en una “operación de paz”, es otra banalidad. Nuestras tropas están protegiendo los intereses nacionales, y sería difícil justificar el riesgo de su integridad física por otros motivos.
 
Estamos ante un asunto de calado. Si el Congreso ha autorizado el envío de tropas a zona de guerra, es porque hay graves motivos de seguridad nacional. Por lo tanto, medítese bien la implicación de la nación, porque no hay margen para la frivolidad. Estamos a tiempo de evitar sumergirnos en un conflicto largo y costoso. El que ¡nos defiendan otros! no vale. No se puede estar de medio lado ni ponerse de canto. Vendrán tiempos difíciles.
 
Si vamos a permanecer en Afganistán hay que tomar medidas. Evítese la tentación de otra “huida” como artificio electoral, que ya sabemos que estas situaciones dan amplio margen a la demagogia. Manténgase alta la moral de las Fuerzas Armadas, búsquese el respaldo social, no hagan coincidir nuestra participación en una guerra con la letalidad de la aplicación de la Ley de la Carrera Militar. Huyan de las inadecuaciones, den a nuestros soldados, aviadores, marineros e infantes de marina lo que precisen, “subvenciónenlos” como lo hacen a actores, sindicatos o autonomías. 
 
Maquiavelo dejó escrito que la guerra es el negocio más importante que el Príncipe tiene entre manos. Aplíquese la sabia máxima. Si el “Príncipe” es digno de tal magistratura debe de soslayar las inadecuaciones y huir de la banalidad.