¿Es o no Irán el nuevo Irak?

por George F. Will, 15 de noviembre de 2007

(Publicado en The Washington Post, 11 de noviembre de 2007)

A finales de 2002, dos resueltas funcionarias de la CIA, identificadas solamente como Beth y Margaret, estuvieron a punto de llegar a las manos. Tenían opiniones diametralmente opuestas de la veracidad de los informes de un desertor iraquí concernientes al programa de armamento biológico de Saddam Hussein, y especialmente los famosos pero nunca vistos laboratorios móviles de armamento.
 
“Mira”, decía Beth desafiantemente, 'podemos cotejar un montón de cosas de las que dice este tío”.
 
Margaret, enfadada e incrédula: '¿con qué lo cotejas
 
Beth: “Con internet”.
 
Margaret: 'Exactamente; está en Internet, ahí es donde también él lo sacó”.
 
Margaret estaba en lo cierto en ese episodio, recordado en el nuevo libro de Bob Drogin, del Los Angeles Times, “Curveball”. Curveball era el nombre en clave del desertor iraquí en Alemania de cuyas informaciones la administración Bush dependió fuertemente en su argumentación de que las armas de destrucción masiva de Sadam justificaban una guerra preventiva.
 
En 1999, Curveball desertó a Alemania, que alberga una porción significativa de la diáspora iraquí. En busca de la buena vida -un trabajo prestigioso, un Mercedes- se coló en la fila de aspirantes a asilo y llamó la atención del servicio de Inteligencia de Alemania con la palabra “Biowaffen”, arma biológica. Afirmaba haber estado profundamente involucrado en las sofisticadas y mortales cuestiones científicas de Sadam, particularmente esos famosos laboratorios móviles. Famosos y, sabemos ahora, inexistentes.
 
Los funcionarios de la Inteligencia alemana -en parte porque las agencias de Inteligencia son así y en parte porque pensaban que Alemania había sido culpada injustamente por Estados Unidos de no detectar la célula de Hamburgo de la que venían tres de los cuatro pilotos del 11S- se negaron a permitir a los funcionarios norteamericanos entrevistarse con Curveball. Pero hacia marzo del 2001, los alemanes expresaban dudas sobre él; en abril de 2002, también los británicos.
 
También algunos funcionarios norteamericanos, como Margaret. Pero otros se la jugaron con la credibilidad de Curveball, y en poco tiempo no podían retractarse sin arriesgarse a la mortificación personal y la desgracia institucional, las cuales vinieron, por supuesto, tras la invasión. Entonces algunos de los conocidos iraquíes de Curveball fueron localizados y ellos le identificaron como 'un mentiroso patológico' que no era científico, sino taxista. Pero antes de la invasión, proporcionó un motivo importante para iniciarla: era la fuente más importante del discurso de 80 minutos de Colin Powell ante el Consejo de Seguridad de la ONU detallando los programas de armas de destrucción masiva de Irak, el discurso que cristalizó el apoyo norteamericano a la guerra.
 
'Tenemos', decía Powell, 'descripciones de primera mano' de 'fábricas de armas químicas sobre ruedas y sobre raíles'. Powell se fió de las personas que se fiaron de la palabra de Curveball. Como Beth, que reconocía que Curveball era raro, ¿pero no lo son la mayor parte de los desertores? Las informaciones de Curveball eran 'demasiado detalladas para ser una invención', y demasiado complejas y técnicas para que Margaret juzgase. Y vino la guerra.
 
El relato de Drogin de la búsqueda de armas de destrucción masiva después de caer Bagdad sería hilarante si los hechos no fueran escandalosos y las implicaciones trágicas. ¿El misil detectado por especialistas en imagen vía satélite? Era el tambor de un molino de secar el maíz. ¿El misil fotografiado desde el aire? Los pollos en Irak son criados dentro de largos y bajos toneles semi-cilíndricos. Algunos buscadores de armas acabaron con camisetas marcadas con el símbolo de la ONU y las palabras 'Equipo de Inspección de Granjas Avícolas Balísticas'. En mitad de la noche en Bagdad, el jefe de la oficina del vicepresidente Cheney, Scooter Libby, llamaba de Washington con coordenadas geográficas precisas para orientar a los buscadores de las armas de destrucción masiva ocultas de Irak. El supuesto escondrijo estaba en el Líbano.
 
El libro de Drogin refuta su subtítulo, que es 'Espías, mentiras, y el embustero que provocó una guerra'. Curveball no causó la guerra; más bien engrasó el engranaje de la guerra alimentando la certeza de las personas cuya confianza [en él] les cegó a su implausibilidad.
 
Drogin probablemente exagera su acusación a funcionarios norteamericanos cuando dice que la CIA, habiendo fracasado a la hora de 'unir los puntos' antes del 11 de Septiembre, 'inventó los puntos' con respecto a las armas de destrucción masiva de Irak. En el párrafo siguiente su acusación es menos siniestra -- pero más alarmante. Más alarmante porque su formulación sugiere que el problema fue la naturaleza humana, y siempre hay mucho de eso en el gobierno. Llamar fabulador a Curveball, escribe Drogin, 'implica que la Inteligencia norteamericana había sido víctima de un engaño inteligente. La verdad era más preocupante. El desertor no engañó a los espías tanto como se engañaron a sí mismos'.
 
El libro de Drogin llega, casualmente, al mismo tiempo que algunas voces de Washington, familiares muchas de ellas, están reproduciendo una música familiar -- el programa nuclear de Irán está cerca de dar un fruto que justifica la acción militar preventiva. Ya se deba prestar atención a estas voces o no, el libro de Drogin explica el motivo de que no se les vaya a prestar atención.


 

 
 
(c) 2007, Washington Post Writers Group