¿Es de fiar Ruhaní?

por GEES, 30 de septiembre de 2013

 Para su régimen, desde luego que lo es. Fue socio fundador del mismo. Hombre de confianza de Rafsanyaní, uno de sus prohombres. Primer negociador de temas nucleares del 2003 al 2005, cuando los ayatolas veían pelar las hipotéticas barbas nucleares de su enemigo Sadam y tomaron precauciones para que no les sucediera lo mismo. Vinculado siempre a temas de seguridad y defensa. Aceptado, como poco, pero cabe conjeturar que preferido, por Jamenei, el sucesor de Jomeini como líder supremo, que lo dejó entre los seis candidatos en las elecciones presidenciales del pasado junio tras depurar a docenas y docenas. Se presentó con piel de reformador, por lo que su victoria causó sorpresa.

 

Reformador ciertamente del estilo y los modos de su predecesor Ahmadineyad, del cual es el tipo humano opuesto. Frente a la vulgar y provocativa zafiedad de aquel, el nuevo presidente es fino, culto, sonriente, de suaves modales. Representa la necesidad de un cambio de imagen e incluso de correcciones en algunas políticas, como el dirigismo corrupto de la economía. Sobre todo significa la necesidad de aliviar la presión exterior.
El tono perpetuamente desafiante estaba resultando muy costoso. Es, sin duda, el preferido de Jamenei, que sigue manteniéndolo con alguna menor estridencia, pero necesitaba una cara nueva frente al exterior. Las sanciones están haciendo mella y tienen repercusiones en el nivel de vida, aunque no pueden descontarse los efectos de la corrupción, el estatismo, el apropiamiento por parte de los Guardia Revolucionaria de porciones cada vez mayores de la economía. Desde su campaña electoral, Ruhaní ha puesto el énfasis en la necesidad de conseguir el levantamiento de las sanciones, mientras que, hasta que él llegó, el régimen quitaba importancia a sus efectos.
 
El carácter público de ese énfasis es demasiado obvio como para inducir a sospecha. Es real pero sirve de pantalla para la prioridad de prioridades, el programa nuclear. Crea la ilusión de que, para conseguir la retirada de aquellas, Teherán estaría dispuesto a realizar concesiones de envergadura en él. Así que de nuevo a negociar.
 
Para el régimen la cosa es tanto más fácil cuanto que por boca del supuesto reformista reafirma lo que siempre ha dicho: no ha habido jamás ninguna aspiración a poseer armas nucleares, y los más de diez años de fracasos negociadores son debidos exclusivamente a la intransigencia y agresividad de los occidentales, en especial, claro, los americanos. Irán ha cambiado de cara, de tono, de gesto, de apariencia. Elimina los exabruptos pero mantiene las mismas falacias disfrazadas de razonamientos. Quienes deben cambiar de fondo y forma para conseguir algo definitivo sobre lo que no existe somos los occidentales.
 
¿Es un callejón sin salida? Sí, pero no. Lo que verdaderamente está en juego no son concesiones de unos u otros, sino tiempo. Los revolucionarios islámicos han conseguido toda una larga década. Necesitan ya poco más. A Obama, con muchas menos ilusiones, le vendría bien algún éxito, aunque sólo fuera aparente, pero lo que de verdad necesita es que este cáliz pase de él, para los tres años y pico que le quedan.
 
Esas son las premisas del juego que recomienza.